domingo, noviembre 03, 2013

LA SEMIOLOGÍA CRÍTICA DE ROLAND BARTHES



En Mythologies (1957), Roland Barthes expone su semiología crítica de la cultura, perspectiva que combina la crítica ideológica y el análisis semiológico de la cultura de masas. El propósito de sus artículos, en los que realiza lecturas sugerentes sobre la lucha libre, la publicidad, el Tour de Francia y el vino francés, entre otras actividades culturales, es desmitificar la apariencia natural del discurso cultural y así mostrar que lo natural es en realidad una construcción histórica. 

Bajo la impronta de Ferdinand de Saussure, Barthes adquiere la convicción que la cultura de masas puede ser leída como un lenguaje, en tanto cine, gastronomía, moda, deportes, entretenimiento, fotografía, etc., conforman representaciones colectivas organizadas como sistemas de signos, es decir, materialidades significantes susceptibles de manifestar sentido. 

Además del lingüista ginebrino, es reconocible la influencia de Mijail Bajtin, para quien el signo y, en consecuencia, la forma literaria, son ideológicos. Que el signo y la forma literaria sean ideológicos significa que la ideología se hace inteligible a través de la palabra; en términos de Bajtin, «donde no hay signo, no hay ideología». Es así que todo análisis formal del lenguaje comporta un análisis y una crítica de la ideología. Por consiguiente, leer la cultura de masas como un lenguaje implica atender su dimensión ideológica. 

Es en este sentido que a Barthes le interesa la cultura de masas como vehículo ideológico de la burguesía, puesto que el análisis del lenguaje de la cultura de masas le permitirá analizar «las representaciones colectivas como sistemas de signos»; dicho de otro modo, analizar el lenguaje que brinda soporte a la ideología equivale a analizar el lenguaje para llegar a la ideología. 

Esta semiología crítica de la cultura se fundamenta, por un lado, en la lingüística estructural de Saussure, que aporta un modelo lingüístico a la semiología barthesiana para analizar otras formas de lenguaje, en este caso, los objetos de la cultura de masas, y, por otro, en la tradición del marxismo, en una línea que va desde Hegel y Marx hasta Lukács y otros marxistas posteriores, los cuales se interesaron por una noción de ideología entendida como ilusión, distorsión y mistificación. Esta crítica marxista de la ideología de corte epistemológico subraya que la ideología supone un conocimiento falso de la realidad. Otra línea alternativa predominantemente sociológica se ha orientado más hacia el funcionamiento de la ideología en vida social. De algún modo, la semiología crítica de la cultura de Roland Barthes conforma una de las diversas experiencias en las que confluyeron estructuralismo y marxismo durante el siglo XX.

La semiología barthesiana imprime un marcado carácter político a los artículos de Mythologies, como lo demuestra su severo enjuiciamiento de la ideología burguesa. La burguesía se sirve de la cultura de masas para ocultar su posición dominante, revistiendo de naturalidad, por ejemplo, la desigualdad de género, el nacionalismo, el exotismo de las culturas periféricas a Occidente, el conformismo de la crítica literaria o el declive de la creatividad, mediante el ropaje de algún «mito» contemporáneo: novela, cine, deporte, fotografía, turismo, teatro, etc. 

El mitólogo, dice Barthes, se encarga de evidenciar la ilusión del mito, cuya naturalidad oblitera percibirlo como un constructo discursivo e histórico impulsado por una clase social con el poder suficiente para convertir ese discurso en un «sentido común». El mitólogo critica ese sentido común con la finalidad de desnaturalizar lo que, una vez devenido mito, se muestra como verdad-en-sí-misma. 

Barthes define el mito no como un concepto u objeto, sino como un habla, una forma, un sistema de comunicación; y como tal, el mito otorga significado a variedad de conceptos y objetos. Esta la consecuencia más importante de la definición barthesiana de mito: considerarlo como un marco de inteligibilidad o interpretación requiere aproximarse al mito no como algo dado, ya definido, sino como una estructura cuyo funcionamiento habría que describir para comprender sus procesos de significación, lo cual se resume en leer los signos de la ideología en el lenguaje de la cultura de masas, labor emprendida por Barthes en Mythologies.

Además de servir como vehículo ideológico de la burguesía, Barthes presta atención a la cultura de masas, entramado diverso de mitos, porque facilita la «ex nominación» a la burguesía, es decir, que no pueda ser nombrada como la clase social interesada en posicionar su ideología. De modo que el mayor éxito de la burguesía y el capitalismo es no ser reconocidos y a la vez impulsar el «sentido común» de que determinados procesos sociales (primavera árabe), culturales (multiculturalismo), políticos (democracia liberal) o económicos (libre mercado) son naturales. ¿Cómo combatir lo natural si su emergencia es inmotivada, desinteresada, desideologizada y apolítica? Y aquí lo natural no es más que resultado de la invisibilización de un agente ideológico: el capitalismo tardío.

La crítica ideológica y el desmontaje semiológico aplicados por Barthes a los mitos contemporáneos trascienden la simple descripción e interpretación del lenguaje de la cultura de masas, ya que su mayor empeño es hacer visible la «performance» ideológica de la burguesía: en las representaciones exóticas de los filmes europeos, que coloca a las culturas orientales fuera de la historia; en la crítica literaria que renuncia a una evaluación rigurosa de la literatura que transmite una falsa sensación de seguridad al lector; en los fabricantes de juguetes que abandonaron el incentivo de la creatividad a favor de la utilidad (del niño-creador al niño-usuario); en los magazines que publican notas sobre las mujeres escritoras, subrayando su condición de madres ejemplares; o en el horóscopo que narra la cotidianeidad de la pequeña burguesía. 

La existencia de mitos supone comunidades que les rindan culto. Y la sociedad peruana tiene propio acervo de mitos contemporáneos: Mistura, la opulenta feria gastronómica peruana, convive con vergonzosos índices de desnutrición infantil; las ferias del libro con deficientes niveles de comprensión de lectura; el crecimiento económico y la baja inflación con salud y educación públicas precarias; una prensa fascista con licencia empresarial para agraviar y mentir; una Marca Perú que tradujo a términos publicitarios el síndrome del perro del hortelano de Alan García; y la tentación autoritaria proveniente del vóley se quiere como receta para la obtención de éxitos en el fútbol. La clase media los ha incorporado sin mayores reparos y seguirá tomando partido por el primer término mientras no vea perjudicado su consumo, y porque encuentra en ellos suficientes razones para celebrar eufóricamente la posible exoneración de la visa Schengen para ciudadanos peruanos. A fin de cuentas, nuestra burguesía emergente está más preocupada por ejercer cuanto antes el consumo transnacional que imaginar a sus «otros» más próximos, diría Barthes, «porque uno de los rasgos constantes de toda mitología pequeñoburguesa es esa impotencia para imaginar al otro». Por eso es más sencillo viajar hasta Perú, Nebraska para gritarle a sus habitantes que tienen derecho al buen comer y mucho más difícil hacerlo ante la población excluida del boom gastronómico en el interior del país.

El sentido común sostenido por estos mitos es el que responde a la consigna «pequeño burgueses del mundo, uníos».

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen trabajo. Gracias por compartir!

Charlie dijo...

Gracias