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martes, noviembre 17, 2009

Perú y Chile: el espíritu del nacionalismo tribal (I)


Los últimos desencuentros entre los gobiernos de Perú y Chile a raíz del caso de espionaje atribuido al vecino país del sur es un buen motivo para analizar las pulsiones que sustentan el espíritu tribal del nacionalismo que cada cierto tiempo asoma con tanta fuerza y vitalidad que pareciera convencernos de que la integración sudamericana, a más de un siglo de nuestra independencia, es un proyecto muy lejano de concretarse. Y todo porque un nacionalismo perverso anima el accionar de la población y de algunos políticos irresponsables que aprovechan la oportunidad para adquirir notoriedad.

He venido escuchando en algunos medios que se pretende fomentar un bloqueo comercial de parte de los consumidores para no comprar productos chilenos; de esta manera, supuestamente, estaríamos infligiendo un severo castigo a los inversionistas sureños en nuestro país, además de mostrarles lo unidos que estamos frente al agresor. De obtener la acogida que pretende esta iniciativa, lo que lograríamos de inmediato es perjudicar a los miles de empleados y funcionarios peruanos que laboran en las empresas chilenas que invierten en el Perú. Imagínense que la primera víctima de esta campaña antichilenista fueran Wong, Saga Falabella o Ripley ¿a quién perjudicarían realmente con este boicot? ¿al vil empresario capitalista chileno? ¿A Michelle Bachelet? De ninguna manera. Afectaría al cajero, al empleado de almacén, al personal de plataforma, al joven que acomoda los productos en el carrito y que nos despide, a veces, con una frase repetida de memoria o con una sonrisa impostada. En la segunda línea, estarían los funcionarios y los mandos medios. Y cuando, de persistir esta irracional propuesta, los funcionarios que toman decisiones vieran en ello un problema, simplemente rematan, venden y se acabó: adiós problema.

Lo anterior no significa que no me sienta indignado por sucesos como la negativa de los gobiernos de Chile a realizar un plebiscito en Tacna y Arica y las maniobras dilatorias para cumplir los tratados; la falta de argumentos para explicar el caso de espionaje; la escalada armamentista que justifican bajo el pretexto de la renovación estratégica; la vergonzosa actitud del gobierno de Eduardo Frei que vendió armas al Ecuador durante el conflicto del Cenepa, a pesar de ser Chile un Estado garante del Protocolo de Río de Janeiro; la falta de reciprocidad en lo referente a las facilidades para la inversión de medianas empresas; y la negativa de Chile de aceptar de buen grado negociar el diferendo marítimo sobre el cual tenemos argumentos concluyentes. Al contrario, todo esto me deja un sabor amargo y me convence de que el bienestar económico no es un antídoto totalmente efectivo contra el nacionalismo patriotero que asemeja a una riña de barras bravas o al enfrentamiento entre pobladores que defienden los linderos de un terreno invadido: en ambos casos, se ve al otro como una potencial amenaza para la propia existencia, de tal manera que, en situaciones extremas, la comunidad en su conjunto no ve otra razón de existir que afianzarse en mantener vivas las diferencias conflictivas.

El hecho que todos los gobiernos de Chile, matices más, matices menos, hayan mantenido con nosotros una política ambigua desde que terminó la guerra del Pacífico -como dijo alguna vez el general Chiabra- llamando a la paz, a la integración comercial, por un lado; y armándose, por el otro, debe hacernos pensar que en ese país la clase política dirigente y las Fuerzas Armadas siguen viendo al Perú, ahora más que nunca, como una potencial amenaza.

El año pasado estuve en Santiago durante una semana luego de 25 años y pude comprobar que muchos peruanos que viven allá han logrado salir adelante a costa de mucho esfuerzo, incluso, venciendo la resistencia de los locales. El tema de conversación en todo momento era el despegue económico (?) del Perú. Muchos amigos chilenos no comprendían como es que, luego de elegir un japonés que renunció vía fax, elegimos a quien nos llevó hacia el precipicio. Sus preguntas evidenciaban una curiosidad por lo que venía sucediendo en el Perú post-fujimorismo. En la perspectiva de muchos chilenos, el Perú atraviesa una situacion económica similar a la del Chile de los 90, es decir, del crecimiento sostenido. La expectativa era muy grande y desproporcionada a mi parecer, engrandecida por la capacidad de los medios de generar audiencia sobre la base de noticias analizadas al vuelo. "Ustedes están muy bien, nosotros estamos mal con la Michelle", me decían muchos en tono enfadado. Un año después me atrevo a afirmar que la misma inquietud ronda la mente de los políticos y de las Fuerzas Armadas chilenas: un país que experimenta un crecimiento económico sostenido como el Perú, que a nivel mundial recibe elogios por las políticas económicas aplicadas y que es expuesto como ejemplo de control fiscal, de hecho que despierta inquietudes. ¿Quién iba a preocuparse por el Perú de los 80´s sumido en una guerra interna o de los 90`s, cual enfermo convalesciente? La última vez que un gobierno chileno demostró abierta preocupación fue cuando a fines de los 70`s casi se inicia una guerra; según los entendidos, el saldo hubiera sido favorable al Perú habida cuenta de la crisis económica chilena producto de los ajustes implementados por los Chicago Boys y por la superioridad, en ese entonces, del poderío militar peruano.

Contrariamente a lo que se piensa, los gobiernos no siempre representan el sentir de los ciudadanos que los eligieron. Por ello, es necesario distinguir entre lo que los gobiernos y los ciudadanos pretenden. ¿A qué nos referimos cuando decimos "Chile quiere la guerra"? ¿No se confunde equivocadamente el sentir de la gente de a pie con la insania de militares en busca de protagonismo? Seguramente, muchos militares en el Perú ansían una guerra para demostrar su destreza en el combate y, de alguna manera, formar parte de una historia moderna que compensara la humillación del pasado. Y estoy convencido de que lo harían muy bien; no pongo en duda su aplomo a la hora de enfrentar al enemigo. A diferencia de Perú, Chile no ha enfrentado una guerra en más de cien años; nosotros hemos convivido con ella durante 20 años y todavía seguimos entrenando.

Sin embargo, ello no me enorgullece.

En circunstancias que la clase política es incapaz de pensar con prudencia, urge que la sociedad civil participe activamente no en campañas patrioteras absurdas que le hacen el juego a políticos oportunistas, sino en manifestaciones que combatan los instintos artificiales del nacionalismo tribal. Sí, artificiales porque no es cierto que los chilenos sean el enemigo: una mentalidad tribal razona de esa manera. Cuando se quiera hallar a algún responsable y no haya de dónde sacarlo, simplemente, lo inventaremos. ¿Significa que debemos ofrecer la otra mejilla? ¿No renovar nuestro armamento? ¿Esperar cándidamente una invasión? No. Significa colocar en una balanza lo avanzado en estos últimos 10 años y el sacrificio indefinido de una guerra en la que, a todas luces, tenemos las de perder.

Si algo sensato dijo Alan García en lo que va de su gobierno es que la "guerra" comercial y económica del presente la podemos ganar nosotros. A trancas y barrancas hemos firmado un TLC con EEUU, China está en ciernes, la EU a la expectativa. Algunos países sudamericanos han acogido la propuesta peruana para la reducción de armas, aunque en la práctica la realidad es otra. No obstante, es mucho lo que sacrificaríamos en una guerra. Luego de 1879, nos ha costado más de un siglo levantarnos ¿vamos a comprometer el futuro de las generaciones venideras en aras de una revancha nacionalista? En La Haya, queda cada vez más visto que nuestra causa es justificada. Aquellos Estados que no estén dispuestos a acatar los fallos internacionales que son de carácter vinculante se exponen a convertirse en parias, en leprosos que cualquiera evitaría tener al lado. El actual gobierno chileno está arriesgándose a ello si persiste en hacer gala de su poder militar para intimidar a sus vecinos (¿o acaso esta intimidación tiene nombre propio?).
(Continuará)

Enlaces de interés

ANTICHILENOS Y ANTIPERUANOS - José Alejandro Godoy
CHILE: EL SUR TAMBIEN EXISTE - José Alejandro Godoy
Mozo, hay un espía en esta sopa - Augusto Alvarez Rodrich

viernes, agosto 22, 2008

Jalla Santiago 2008




Arturo Caballero Medina
acaballerom@pucp.edu.pe

La presente edición de Jalla 2008 ha congregado a diversos especialistas en los estudios literarios latinoamericanos de todo el mundo. Desde Perú llegaron Daniel Matthews (San Marcos),Carlos García Bedoya (San Marcos), Enrique Rosas Paravicino (UNSAAC) y Eduardo Huarag (PUCP). No llegaron Dorián Espezua, Yasmín Lopez Lenci, Marcel Velásquez (San Marcos) y Nécker Salazar (Villarreal). Sin embargo, llegaron ponentes peruanos provenientes de Canadá y EEUU, tales como Ricardo Montoya (Western Ontario), Augusto Voysest (Beloit College, EEUU) y quien escribe esta nota por la PUCP. La organización del evento recayó en el connotado crítico chileno Grinor Rojo quien asumió el reto de reivindicar a la ciudad anfitriona luego de que la edición anterior en Santiago no tuviera la acogida esperada.

Mi ponencia titulada "La democracia liberal, el Arequipazo y el rol de los intelectuales en el Perú" fue programada para el lunes 11 en la segunda mesa que trataría sobre "La democracia en América Latina". La ponencia tuvo una buena recepción de parte del auditorio a pesar de que los sucesos del Arequipazo fueran totalmente desconocidos para los asistentes chilenos, venezolanos, argentinos y brasileños (estos últimos conformaron la delegación más numerosa). Esta distancia acerca del tema me obligó a contrastar los conflictos sociales peruanos con lo de Bolivia, Ecuador y Venezuela, lo cual surtió efecto ya que aproximó a los asistentes a un realidad compartida por todos los latinoamericanos: por qué en momentos de aparente auge económico en algunos países latinoamericanos susbsite la desigualdad y la pobreza y son más frecuentes los conflictos sociales. La ponencia que más que agradó sobre todo por su didactismo y amenidad fue "Poder político y saber académico" de Bernardo Subercasseaux (Universidad de Chile) que giró en torno a los contenidos de los seminarios sobre política y sociedad realizados en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet. Aquella dictadura no solo estuvo avalada por la fuerza sino por cierto discurso investido de academicismo que intentaba justificar la restricción de las libertades individuales, políticas y sociales, en aras del orden interno y la seguridad nacional. Subercasseaux explicó muy bien cómo ciertas nociones como la libertad de prensa y derechos humanos son desestimadas por los regímenes autoritarios al amparo de determinado saber académico que lo refrenda.

Luego de mi intervención y debido a una breve alusión que hice sobre los medios de comunicación en Venezuela, fue que la profesora Gabriela Iturriza (venezolana que cursa estudios de doctorado en Canadá) me preguntó acerca de la correlación de aquellos hechos con la realidad peruana. Acoté que los dictadores de hoy no son como los de antaño: ya no pretenden tomar el poder mediante un golpe de estado sino que llegan a él por las urnas. Y ya aprendieron también que tomando el control de los medios aseguran su influencia en la opinión pública. Solo que mientras algunos lo hicieron muy hábilmente como Fujimori y Montesinos, Chávez puso en movimiento todo un aparato estatal y mediático que internacionalmente lo desprestigió mucho y que, no obstante, generó toda una corriente de respaldo en los países cuyos gobernantes son próximos a Chávez como Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Devolviendo la atención prestada por la profesora Iturriza, asistí a su mesa al día siguiente cuya ponencia "Discurso presidencial, prensa caraqueña y reformas constitucionales" trató sobre el rol de los medios de comunicación en Venezuela en los momentos actuales de evidente intervención y presión del régimen chavista. Igualmente interesante estuvo la ponencia "El femicidio según los medios de comunicación chilenos: otra forma de violencia contra la mujer" de Claudia Lagos quien a través del análisis del discurso y de los estudios de género nos brindó un análisis de las noticias periodísticas vinculadas a crímenes contra mujeres. Claudia mostró cómo la gravedad del crimen se atenúa mediante determinados calificativos y cómo también se invisibiliza a la víctima, lo cual consiste en otra forma de violencia contra la mujer en la medida que no solo se desvirtúa la agresión contra ella, sino que se le imprime una mirada que imposibilita reconocer que existe dicha agresión.

Al iniciarse la ronda de preguntas, Gabriela Iturriza cedió la palabra a la profesora Daniuska González para que respondiera la inquietud que yo plantee acerca de si existía en Venezuela una resistencia intelectual o artística contra el poder chavista. La respuesta de Claudia fue contundente: no la hay, ni siquiera en los espacios que tradicionalmente mantuvieron una postura crítica frente a otros gobiernos, como es el caso de la UCV (Universidad Central de Venezuela). Agregó que el caso venezolano es muy peculiar ya que no puede ser catalogado como “dictadura” o “democracia”: ¿puede ser lo un gobierno que llegó al poder mediante las urnas y que goza de respaldo popular? Sin ánimo de avalar a Chávez, lo cierto es que desde afuera parece más sencillo etiquetar la realidad venezolana; sin embargo, Daniuska nos explicó detenidamente las razones por las que en Venezuela las cosas aun no están tan claras: no existe una teorización sobre el “socialismo del siglo XXI”, frecuentemente mencionado por Hugo Chávez para referirse al proceso revolucionario en su país. Esto pareciera ser más un esfuerzo gaseoso por darle forma o nombre a un proceso que nada tiene que ver con el nuevo socialismo del siglo XXI (socialdemócrata, moderadamente liberal y respetuoso de los derechos humanos e individuales).

Otra ponencia que me agradó fue la del profesor sanmarquino Carlos García-Bedoya titulada “Hacia un nuevo humanismo. Por una epistemología dialógica intercultural” en la que se cuestiona el frecuente ninguneo de parte de la academia norteamericana y europea por los estudios en ciencias sociales realizados en América Latina. A ello contribuyen, en parte, la gran cantidad de información disponible en inglés, lo que obliga a muchos investigadores europeos, asiáticos y latinoamericanos a escribir en la lengua de Shakespeare para asegurar mayor difusión a sus trabajos. Esto redunda en la progresiva marginación de los trabajos publicados en español y portugués que siendo igualmente valiosos, no llegan a ser integrados a las comunidades académicas con la misma velocidad de las publicaciones en inglés. Otro motivo consiste en la masiva cantidad de investigadores que consolidan sus trabajos en las universidades más prestigiosas de EEUU y Europa, pero que pierden distancia de la agenda de investigación de su localidad al insertarse en los planes establecidos por los departamentos académicos del primer mundo. Al preguntarle sobre la necesidad de una teoría literaria latinoamericana, el profesor García Bedoya se inclinó más por la constitución de un diálogo equilibrado entre lo que hacemos aquí y lo que se hace allá, puesto que mientras subsista el ninguneo, todo aquello que se produce en nuestras comunidades no circulará más allá de nuestras fronteras. No se trata entonces de buscar una esencia epistemológica latinoamericana, sino de enriquecernos con los aportes que provengan de afuera, pero sin perder de vista nuestra propia agenda de investigación.

En fin, dar cuenta de todas las ponencias a las que asistí no cabría en este espacio. Simplemente, debo resaltar que la organización del evento estuvo a la altura de las circunstancias y que la mejor de las mesas de Jalla, además de las mencionadas, estuvo en los intermedios, en el café y en el almuerzo, donde se puede compartir, sin el apretado protocolo de una disertación, experiencias, conocimientos e impresiones de realidades latinoamericanas distantes y distintas, pero, a la vez, unidas por la inquietud de querer saber quiénes somos y adónde vamos.