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domingo, octubre 04, 2009

Crisis de la socialdemocracia europea

Un diagnóstico paralelo

En su último post, Martín Tanaka recomendó la lectura de algunos artículos que daban cuenta de la crisis que actualmente atraviesa la socialdemocracia en Europa, la cual se ha acentuado luego de la reelección de Angela Merkel en Alemania. En general, la crisis de la socialdemocracia es un eco de la crisis que atraviesan los partidos políticos tradicionales en todo el mundo, solo que en el caso de los socialdemócratas es particularmente más grave porque tanto los liberales como los conservadores se han acomodado mejor al nuevo contexto político, sobre todo si es que lo analizamos desde la perspectiva de los votantes.




En What is wrong with Social Democracy? (¿Cuál es el problema con la Socialdemocracia?) Matt Browne, Ruy Teixiera, and John Halpin establecen las causas, limitaciones y posibilidades de la Socialdemocracia en el escenario político europeo actual. Los autores del artículo publicado en Spiegel plantean la siguiente interrogante: ¿Por qué los grupos sociales emergentes, que anteriormente eran próximos a la Socialdemocracia, no votan por ella? Primero, porque los socialdemócratas europeos no han definido bien lo que ellos representan o qué los diferencia de los conservadores. En un post reciente, mencioné que una de las críticas más fuertes contra la centroizquierda era que, después de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del socialismo, se allanaron ante la agenda de la derecha liberal, lo que implicó una renuncia a ciertos principios fundamentales que históricamente la Socialdemocracia había defendido: igualdad, libertad, Estado de Bienestar y más recientemente, multiculturalidad, entre otras. De esta manera, las propuestas progresistas se inhiben con la finalidad de que sus representantes luzcan más modernos, autocríticos y más conectados con el quehacer político-económico actual. Es así que el votante que antes depositó su plena confianza en los socialdemócratas ahora ve con simpatía las propuestas de la derecha liberal, ya que no se distinguen radicalmente de las socialdemócratas, las cuales parecen ser un apéndice de aquellas.

Segundo, los socialdemócratas no han conectado con los valores de los votantes y en consecuencia, tampoco responden al enojo populista que está típicamente arraigado en estos valores. En todo el mundo, es evidente que ha aparecido una nueva clase social emergente producto del desarrollo económico centralizado en algunas zonas del planeta: India, China, sudeste asiático, etc. En Europa ha ocurrido lo propio, pero de manera que esta nueva clase emergente que antes fuera la reserva electoral de la socialdemocracia posee nuevas expectativas que no concuerdan con lo que los progresistas tienen previsto para ellos. Frente a problemas concretos como la delincuencia, la inmigración, el desempleo, la crisis financiera y el terrorismo, la derecha aparece como más determinante, sin medias tintas y con medidas concretas (lo que no quiere decir acertadas) para enfrentar los problemas de interés público. Asimismo, no llaman la atención del gran electorado porque están enfrascados en discusiones intelectuales sobre cuestiones éticas muy loables acerca de lo que "debe ser" y, en consecuencia, olvidan que su agenda también debe incluir las nuevas expectativas de sus votantes. Por ello, los electores terminan por inclinarse hacia la derecha que sí les presta mayor atención.

Tercero, los demócratas sociales se hallan confrontados por una avalancha de nuevos desafíos de la política que la Tercera Vía no previó. Uno de ellos tiene que ver con los conflictos ideológicos que se creían extintos luego de 1989, lo cual alimentó la idea de una nueva etapa postideológica caracterizada por el dominio del capitalismo neoliberal, es decir, por un escenario político-económico unipolar. Sin embargo, el retorno de los fundamentalismos religiosos y del nacionalismo, la amenaza terrorista y la crisis financiera mundial nos han demostrado que lo ideológico sigue vigente, pues tales asuntos alcanzan una dimensión planetaria. ¿Qué tendría que hacer la Socialdemocracia en una etapa marcada por la ausencia de discusión ideológica y marcada por un exacerbado pragmatismo político-económico? Al parecer muy poco y no tanto porque las condiciones no sean las adecuadas (la desigualdad económica, la injusticial social y la restricción de libertades subsisten y la crisis económica mundial brinda una oportunidad a las causas progresistas para que tomen la batuta de la discusión política) sino porque les viene faltando capacidad de reacción. No han aprovechado la actual coyuntura y nuevamente la derecha y los liberales les ganaron por puesta de mano. Creyeron a pie puntillas que la Historia había terminado y con ella los conflictos ideológicos.

Los socialdemócratas, finalmente, no han modernizado su manera de hacer política. Siguen pensando en que un mando central debe dirigir y planificar todas las actividades del partido y olvidan que la discusión política se mudó a otros espacios. La deliberación política de la ciudadanía está cobrando mayor fuerza cada vez en Internet. Los blogs recogen las inquietudes de la población a la manera que lo hacía la radio hasta hace algunas décadas. En la blogósfera circula información sin censura y en tiempo real, e incluso se formulan denuncias que luego se canalizan en los medios oficiales. Los votantes de hoy son menos pasivos y quieren participar de la discusión. Por esta razón, se alinearán con aquella plataforma que recoja sus inquietudes y les dé tribuna para expresarse.

Este diagnóstico sobre la crisis de la socialdemocracia europea puede darnos algunas luces acerca de lo que sucede con la centroizquierda en el Perú. Estas mismas explicaciones sirven también para analizar el rol de los partidos de izquierda en el Perú con una salvedad: no hemos tenido una tradición socialdemócrata en nuestro país. El APRA, que estaba llamado a ser la izquierda democrática, se encuentra hoy a la derecha de la derecha. La izquierda radical, en todos sus matices, intenta recomponerse, pero le cuesta mucho presentarse como tal frente a la opinión pública por lo que prefieren camuflarse dentro de frentes regionales o del nacionalismo. Por su parte, la centroizquierda peruana ha heredado el gen divisionista que ha azotado a la izquierda desde su nacimiento, ya que existen planteamientos microgrupales, pero no se ve la intención de integrarlos en una plataforma más amplia. Aparte de ello, tienen que lidiar con la confusión ideológica que los aproxima a la extrema izquierda y con los prejuicios suscitados a partir del IF CVR, las ONGs y los DDHH.

Si la centroizquierda pretende ocupar el gobierno, debe repensar sus estrategias, sobre todo, su manera de hacer política en el Perú.

domingo, mayo 03, 2009

Los comunistas liberales según Slavoj Zizek (y según este blogger)


Desde esta tribuna digital, hemos sustentado la posibilidad de un liberalismo de izquierda como alternativa a la vieja izquierda radical y extremista, y a la derecha ultraconservadora, promercado y antiderechos humanos. Personalmente, considero que ninguna doctrina, ideología o teoría agota por sí sola una explicación de los fenómenos que intenta abordar; por ello, me inclino por una solución integral y más ecléctica que contemple lo mejor de cada una de las doctrinas en cuestión (o de todas aquellas que puedan aportar algo), ya que, en lo que respecta al socialismo y al liberalismo, estos tienen, en sus fundamentos iniciales, varios puntos de encuentro que podrían dar lugar a una síntesis en tiempos en los que, por un lado, luego de la caída del Muro de Berlín, del derrumbre de la Unión Soviética y del giro hacia el capitalismo salvaje dirigido por el Partido Comunista chino, y, por el otro, del actual colapso financiero mundial producto del laissez faire ultraliberal en el cual el Estado, hasta hace unos meses, no debía intervenir, tanto el socialismo como el liberalismo contemporáneo (lo llamaré en adelante neoliberalismo) deben repensar su lugar en el nuevo orden mundial.

Del socialismo se ha dicho mucho desde 1989: que ya no tiene nada más qué decir porque la Historia ha demostrado que sus postulados son inviables o que, entusiastas como Francis Fukuyama, la historia ha terminado y ha comenzado el imperio de la globalización en clave neoliberal caracterizado por un mundo unipolar en el que, en cuestión de tiempo, todos los Estados mundiales acabarán por asumir, tarde o temprano, el nuevo paradigma político, social y económico imperante, la democracia liberal, en detrimento de las utopías socialistas de principios y mediados del siglo XX.

Aquellos que desde 1989 hacia adelante saltaron sobre la tumba del socialismo posiblemente hoy están experimentando el mismo drama de aquellos izquierdistas de viejo cuño que ante la evidencia de la realidad no les queda otra opción que reacomodarse en el nuevo orden de manera que el choque no sea tan traumático. La diferencia radica en que el cargamontón que recibieron aquellos que se autodenominaban socialistas (luego de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del socialismo en Europa occidental muy pocos tuvieron las agallas de aceptar abiertamente que lo eran, so pena de lucir como piezas de arqueología política) no se compara al que hoy en día recae sobre los defensores del liberalismo económico global (neoliberalismo). Estos últimos tienen a su favor, aún, que el sistema financiero mundial ha resistido, aunque endeblemente, este primer embate de la crisis. Y digo primero porque, según los especialistas, todavía no es posible avizorar si ya tocamos fondo o si algo peor está por venir. También los favorece que los Estados del primer mundo agrupados en estas asociaciones numéricas tipo G8, G10, G20, APEC, ALC-UE y demás no contemplan otra salida que perpetuar el modelo económico cuyo aplicación ortodoxa y convenida en algunos países, ha ocasionado la actual crisis económica mundial. ¿Acaso alguna de estas sociedades interestatales inició una cruzada para salvar al bloque socialista de la debacle que la amenazaba? Por supuesto que no, ya que la caída del socialismo a nivel mundial allanaba el camino para la expansión global del neoliberalismo.



Sin embargo, a pesar que la tercera vía del liberalismo de izquierda se perfila como una alternativa al fracaso del socialismo y del liberalismo absolutos, un intelectual de izquierda como Slavoj Zizek es muy escéptico frente a esta extraña síntesis postmoderna y postideológica a la cual califica de tibia y cómplice de la derecha. Zizek es un radical en el mejor sentido de la palabra: no va con medias tintas y desconfía abiertamente de opciones como la tercera vía o el socioliberalismo (liberalismo de izquierda o izquierda liberal). En ¿Quién dijo totalitarismo? fustiga a la socialdemocracia europea que luego del derrumbe del socialismo se allanó completamente a la agenda de la derecha liberal al punto de ser cómplice de sus tropelías y traicionar los principios que distinguían a la izquierda de la derecha. Zizek entiende el radicalismo de una manera diferente como tradicionalmente podríamos asumirla. El radical, para Zizek, es aquel que no negocia sus convicciones según las circunstancias y que muere en su ley, pese a que el contexto no le es favorable. Zizek los llama en su libro "radicales libres". Critica a la nueva izquierda que se avergüenza de su pasado y que en aras de no lucir totalitaria, acata todos los preceptos que el imperio neoliberal impone como políticamente correctos, so pena de parecer totalitario si es que la contradice.

De otra parte, en "Los comunistas liberales de Porto Davos", Zizek enfila sus baterías contra los comunistas que asumen el liberalismo como signo de actualidad y progreso a la vez que los sindica como oportunistas que quieren ganar un poco de espacio en el mundo político. Prueba de ello sería que no tienen reparos en participar de las cumbres antiglobalización como en las cumbres del G8, G20 o similares. Estar en Porto Alegre y lanzar vivas contra la globalización no se contradice, para estos comunistas liberales, con asistir a una cumbre en la que se discute sin éxito, el presupuesto mundial para reducir las emisiones de CO2, el desarme nuclear, la transición urgente de la industria a energías renovables o la despenalización de la migración ilegal. Es decir, estar en Lima durante la ALC UE y afirmar que más importante que declarar el libre tránsito de productos sería declarar el libre tránsito de seres humanos, en virtud de una ciudadanía mundial y globalizada, no sería incompatible, para estos comunistas liberales, con participar de la directiva de retorno que dos semanas después aprobó el parlamento europeo, en la cual los países de la Unión Europea penalizaban la migración ilegal con cárcel.

Aunque Zizek lo desconozca, estos comunistas liberales a los que alude bien pueden encajar para algunos en la denominación local de "caviares" con la que algunos medios, políticos, bloggers y comentaristas de blogs han denominado al sector político-académico que representa en nuestro país "lo políticamente correcto", es decir, la defensa de los Derechos Humanos, la importancia del Informe Final de la Comisión de la Verdad, la judicialización de casos contra militares implicados en crímenes de lesa humanidad y el reconocimiento a la sentencia condenatoria a Fujimori, entre otros aspectos. Zizek, en pocas palabras, critica el oportunismo y la frivolidad con que se abordan los asuntos político de partes de estos comunistas liberales a la europea.

Considero aceptable la crítica de Zizek en la medida que la socialdemocracia europea se ha replegado tanto que en su ánimo de lucir moderna, no radical, es decir, de desprenderse de todas las etiquetas que heredó del viejo socialismo, ha claudicado ciertos principios en aras de no perder vigencia y conservar espacios de protagonismo: la reducción progresiva del Estado de Bienestar y apoyo a las leyes antimigratorias o endurecimiento del régimen migratorio son algunos ejemplos de cómo la socialdemocracia europea, en sintonía con los sectores más conservadores y con el clamor de la opinión pública, está ignorando aquellos principios que sentaron las bases de su origen. Sin embargo, es también muy peligrosa la demanda del intelectual esloveno: invocar el radicalismo conlleva el riesgo de despertar aquellas bajas pasiones que soliviantaron el holocausto estalinista, maoísta, polpotiano y gonzalista. Por supuesta que hacer una invocación como esta en Europa no es lo mismo que hacerla en Latinoamérica o África: allá a los manifestantes que protestan contra los despidos o a los sindicatos que paran los ferrocarriles un par de días en Inglaterra o Francia no los llaman "salvajes" ni "bárbaros"; contrariamente, el gobierno y las empresas negocian y procuran llegar a un acuerdo; en cambio, por estos lares, se les acusa de ser obstáculo para el progreso y de no ser interlocutores válidos para el debate, puesto que no son "ciudadanos de primera clase".

Los comunistas liberales de Zizek no equivalen a los tan denostados "caviares" locales. De que hay frivolidad en algún sector de la intelectualidad y de la política peruana de centroizquierda, sí la hay, pero no es exclusividad de ellos, sino propio de cualquier individuo dedicado a este quehacer. Por ello, es injusta esta denominación en muchos casos porque se viene utilizando para descalificar la actuación de aquellos intelectuales y políticos que han tenido una participación decisiva en el cambio de percepción acerca de los derechos humanos (no son solo de los terroristas, sino de todos los ciudadanos), recuperación de la memoria (buscar la verdad, no ocultarla ni olvidar, para hacer verdadera justicia), señalamiento de responsabilidades (todos fuimos víctimas y no hay victimario bueno o justificado: FFAA y terroristas), reparación a las víctimas sin mezquindades por mencionar algunos temas.

El político o intelectual de coctel que asiste a los Foros Mundiales sobre la pobreza y que apoya a la vez el endurecimiento de las leyes migratorias es el verdadero caviar. De hecho, este apelativo surge en los años 60 cuando en las reuniones más distinguidas de las altas esferas de la burocracia socialista de Europa Oriental, el aperitivo más frecuente eran los huevos de esturión. De allí el término de gauche caviar para referirse a esta izquierda de refinado paladar. Tales comunistas no tienen lugar en nuestro país, primeramente porque no tenemos comunistas. (No escucho a ningún político ni siquiera a los más extremistas vociferar a los cuatro vientos que es comunista; tal vez, y eso se lo dejo a los politólogos y científicos sociales, el "comunista" ha sido reemplazado por el "nacionalista" término que recoge del primero el ímpetu radical y confrontacional y que, a la vez, atenúa todos las significaciones monstruosas que contiene el primero: la valoración de la identidad nacional puede unificar a tirios y troyanos contra un enemigo común, de ahí que el nacionalismo sea tan transversal a las ideologías políticas).

Si bien es cierto que la centroizquierda peruana hizo posible la discusión pública de ciertos temas a partir del Informe Final de la CVR y del accionar de algunas ONG's y centros de investigación, se necesita que todo ello se traduzca en acción política organizada que convoque la participación ciudadana. De lo contrario, todas aquellas buenas intenciones se quedarán en eso: intenciones. La dificultad que percibo es que el amplio espectro de la izquierda peruana es tan disperso que dudo puedan elaborar un proyecto común (Ollanta, el padre Arana, Susana Villarán y Javier Diez Canseco no caminan necesariamente por la misma vereda política); y lo otro es que percibo muy poca disposición de los nuevos cuadros políticos de la centroizquierda para involucrarse en un proyecto político; más bien los veo interesados en adherirse a plataformas más amplias o establecer alianzas estratégicas. ¿Acaso hay temor por ensuciarse un poco las manos? lo digo en el sentido de exponerse a la crítica y de "bajar al llano", no de apoyar causas nefastas.

Esperemos que la izquierda peruana, al menos aquella que ha sido autocrítica, tome conciencia de la responsabilidad que tiene frente a la sociedad y se decida de una vez por todas a deliberar con el ciudadano común y corriente. Un primer paso ha sido el IF CVR; ahora toca tomar decisiones políticas desde el Estado y limpiarse la cara un poco. Están en deuda con todos.

Próximamente: ¿Cuál es la deuda de la izquierda peruana con la sociedad?

lunes, abril 06, 2009

Rafael Romero y Víctor Robles: más allá de la noticia (y de la verdad)


Javier Torres. Coordinadora Nacional de DDHH



Víctor Robles. IPADES


Carlos Arturo Caballero

Hace tiempo escuché decir a Marco Aurelio Denegri que hablar al "caballazo" y atropelladamente sobre algún tema con total desconocimiento sobre el mismo, pero, a la vez, con postura de especialista, es una costumbre muy arraigada en el Perú. Todos tienen el derecho a opinar, por supuesto; sin embargo, muy pocos sienten el deber de manifestarse con relativa propiedad y/o cautela sobre determinados temas. Ello ocurre a menudo dentro del periodismo, ya que, desde hace un par de décadas tanto en el Perú como en el mundo, los intelectuales han cedido su protagonismo frente a la opinión pública a los periodistas y a los políticos de turno.

La semana pasada sintonicé Más allá de la noticia programa conducido por Rafael Romero en canal 11 RBC. Como seguramente saben, Romero es jefe de la página editorial del diario Expreso. Recientemente, hace un par de meses, se encuentra nuevamente en RBC luego de una breve ausencia en la que Luis Alfonso Morey condujo el programa. La noche que vi el programa, Romero moderó un debate entre Javier Torres, miembro de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, que agrupa a las ONG´s peruanas pro derechos humanos, y Víctor Robles, jefe de IPADES (Instituto Paz y Desarrollo). El debate giró en torno al Museo de la Memoria y a la idoneidad de los integrantes de la comisión de alto nivel que tiene a su cargo dicha implementación.

Durante gran parte del debate, Torres tuvo que refutar todas las imprecisiones y deliberadas distorsiones en las que incurrió Víctor Robles cuando este se refería al Informe Final de la CVR. Robles afirmaba que la CVR estaba ideológicamente sesgada y que si el Museo de la Memoria tomaba como referencia el Informe Final, correría el mismo destino. Para demostrarlo, señaló que en el informe se indica que los movimientos terroristas iniciaron la guerra contra el Estado burgués (?). Robles no tiene la menor idea de lo que dice. En ningún momento, el informe se refiere al Estado Peruano en esos términos. Lo que me queda claro es que Robles al igual que toda la plana periodística de La Razón, Expreso y gran parte de Correo, miente deliberadamente y con el objetivo de confundir a la opinión pública acerca de la CVR, las ONG´s y la responsabilidad de Fujimori en la violación de Derechos Humanos (de quien se cuidan minuciosamente de cuestionar o elevar la más mínima crítica en torno a este tema).

Seguramente, Víctor Robles, Uri Ben Schmmuel, Aldo Mariátegui, Edgar Núñez, Andrés Bedoya Ugarteche y Edwin Donayre se hubieran sentido más agusto si la Comisión de la Verdad hubiera estado integrada por Cipriani, Rafael Rey, Luis Giampietri y Martha Chávez. Tal vez dirían que eran los más idóneos porque estuvieron en el Perú y algunos de ellos tuvieron contacto directo con los terroristas o apelarían a la experiencia de un gobierno que aplacó a la subversión. Sin embargo, ¿admitirían remotamente la posibilidad de algún sesgo ideológico en su perspectiva del conflicto? Por supuesto que no. Los detractores de la CVR parten de la premisa de que la filiación política de los miembros de la comisión es una tacha que invalida el informe. De manera similar, recuerdo, en el canal 7 durante la campaña de 1990 se discutía la integridad moral de Mario Vargas Llosa según los contenidos de Elogio de la madrastra.

Si alguna importancia tiene el informe de la CVR esta no pasa por su objetividad al cien por ciento o porque pretenda abrir y cerrar la discusión sobre el conflicto armado interno: se trata de la posibilidad que hoy, más de 20 años después de su inicio, recién estemos comprendiendo la dimensión de lo sucedido, que se discuta la posibilidad de judicializar a los responsables de crímenes de lesa humanidad, que, en fin, aquella parte de la sociedad que fue indiferente hasta que perdió a un familiar o cuando la violencia terrorista tocó a su puerta, pueda reflexionar para que esto no se repita. Sin el informe de la CVR, simplemente, estos asuntos no se discutirían.

Es lamentable que un sector importante del periodismo nacional -al menos en cantidad de lectores y no necesariamente en calidad- esté tan interesado en obstaculizar el conocimiento de la verdad y la comprensión del fenómeno social que asoló el país que aún no termina de desaparecer. La divergencia es saludable siempre y cuando el intercambio de posturas y argumentos no descienda a niveles lumpenescos. Pero si analizamos con detenimiento las críticas que Giampietri, Cipriani, Rey, Núñez, Flórez-Aráoz, Lourdes Alcorta, entre otros, alzan contra la CVR nos damos cuenta de que no leyeron el informe, lo leyeron y no lo comprendieron o que, habiéndolo comprendido, no lo aceptan y consideran que se debe hacer todo lo posible para detener la ejecución de sus recomendaciones, aunque ello signifique mentir o hacer el ridículo. En todas estas críticas sostenidas por la peor derecha peruana, no encontramos propuestas sino diatribas, ataques, epítetos y mentiras. Todo ello me confirma la pobreza de cuadros intelectuales dentro de la derecha, al menos de aquella que delibera a nivel mediático. La derecha periodística carece de cuadros intelectuales.

Y sobre el particular, la actitud de Rafael Romero no hace más que acentuar esta tendencia. Antes de la designación de Vargas Llosa como presidente de la comisión encargada del Museo de la Memoria, muy pocos de los columnistas de opinión de La Razón, Correo o Expreso discrepaban del liberalismo vargallosiano, claro que solo en lo económico. Pero cuando el intelectual peruano más influyente (tanto que convenció a Alan García de su error) apoya el informe de la CVR son capaces de llamarlo "caviar". Rafael Romero dijo que la comisión estaba integrada por "señoritos" y que Vargas Llosa jalaba siempre a su gente. Olvida Romero que fue el presidente quien le encargó esta responsabilidad y que es legítima potestad del designado sugerir a quienes lo acompañarán en su labor.

El asunto, tal como lo veo, es mucho más grave. La falta de capacidad de gran parte de los periodistas políticos para analizar el acontecer nacional no se puede entender sin la falta de interés de la opinión pública por los temas que más le competen. Que el fujimorismo tenga 10 a 15% de seguidores no es cualquier cosa; así como tampoco lo es que Keiko vaya incrementando su aceptación. Mientras los medios de comunicación continúen banalizando la discusión política, la revista Magaly venderá más que Caretas o Le Monde Diplomatique; mientras periodistas desinformados o deliberadamente digitados coloquen por encima el protagonismo que les brinda un medio, la polémica insustancial o las prebendas que obtienen del poder, más importante será para el televidente saber acerca del Puma Carranza y su esposa o cuánta aceptación tiene Jaime Bayly en su carrera a la presidencia.

De continuar esto, nunca estaremos más allá de la noticia.

jueves, marzo 26, 2009

La izquierda (no) tuvo (toda) la culpa

A propósito de un artículo de Carlos Meléndez

Hace unos días, Carlos Meléndez publicó en Correo un artículo titulado "Crecimiento sin izquierda". Allí sostiene la hipótesis de que existe una correlación entre el actual crecimiento económico y la crisis de la izquierda peruana. Si bien una hipótesis no es de carácter concluyente, es una muestra de lo que el autor sostiene, frente a lo cual considero que la impresión de Meléndez es demasiado simplificadora y aventurada por las siguientes razones.

El primer punto que encuentro criticable en el mencionado artículo es que el autor transita entre la certeza y la vacilación. Al inicio consigna datos que son acertados (inflación galopante, terrorismo e inestabilidad social), es decir, hechos cuya veracidad es irrefutable. La presentación de estos datos apocalípticos (en verdad así fue aquella época) en contraste con la actual situación del país, da la impresión, por un momento, que Meléndez posee la convicción de que, efectivamente, la crisis de la izquierda peruana, o sea, su incapacidad para elaborar una propuesta concreta y la pérdida de arraigo popular permitió que en nuestro país pudieran implementarse reformas económicas que, finalmente, están dando frutos. Sin embargo, hacia el final, vemos que tal convicción adopta un tono relativo al señalar una serie de interrogantes cuya respuesta queda suspendida. Al parecer, la contundencia de las evidencias anteriormente presentadas deberían darle el respaldo suficiente a su postura, pero el columnista prefiere, estratégicamente, exponer su postura como una mera hipótesis. Personalmente, hubiera preferido que continuara en la línea inicial porque es muy sencillo lanzar una idea con apariencia de seguridad y luego matizarla: lo más probable es que sus lectores tengan la idea que la izquierda fue la única responsable de la debacle política, social y económica de los 80´s y a pesar de que se trata "solo de una hipótesis" esta última mención se queda en el olvido.

En relación con esto, y en contraposición a lo manifestado por Carlos Meléndez, considero que la izquierda no tuvo toda la culpa. Es cierto que muchos no deslindaron filiaciones de manera tajante con Sendero Luminoso (al respecto, sí me gustaría oír un mea culpa mucho más explícito de aquellos políticos que consideraron a Sendero como una fuerza política deliberante) pero también lo es que muchos líderes de izquierda estuvieron en la mira de Abimael Guzmán y sus huestes. A propósito, el pedagogo Juan Borea nos comentó a un grupo de amigos en una reunión que hubo oportunidades en que miembros de Izquierda Unida eran sindicados como parte del aparato estatal burgués y que cuando visitaba el interior del país iban premunidos de un arma. Es más, las amenazas eran constantes y muy difícilmente se podía realizar alguna concentración en poblados de la selva no solo por el narcotráfico sino porque Sendero debía autorizarlo. Y ser integrante de Izquierda Unida no significaba ninguna garantía de supervivencia. Asimismo, en Puno, existen registros acerca de la participación de Izquierda Unida contra Sendero Luminoso. Entonces, es mejor enfocar el tema con luces más claras y mucho más amplias.

Otra razón por la cual considero que la izquierda no tuvo toda la culpa es porque tanto AP como el PPC, el APRA y el fujimorismo agudizaron la crisis. El gobierno de Belaúnde fue incapaz de combatir el terrorismo (claudicó el poder civil ante el militar en las zonas de emergencia) y la crisis económica al igual que el primer gobierno de García. Fujimori lo hizo a su manera (Cantuta, Barrios Altos, Putis, Los Cabitos, etc.) y hoy asistimos al descubrimiento de más fosas comunes.

Por otro lado, el crecimiento al que Meléndez hace referencia hay que analizarlo con mucho cuidado. Cuando se dice que el Perú ha crecido en los últimos años, ¿significa todo el Perú por igual? ¿Creció Trujillo lo mismo que Arequipa? ¿Lima lo mismo que Huancavelica? De ninguna manera. Así como sucedió en el sudeste asiático entre los 70 - 90´s, y como sucede en China, el crecimiento económico, en estos últimos años, se ha sectorizado geográfica y socialmente. Por ello, los "logros" a los que Meléndez atribuye como resultado de las políticas económicas de mercado hay que medirlos en el sentido de ¿a quién y en dónde? ¿por qué si todo está también yo estoy tan mal? ¿Estamos mejor que antes, pero en qué sentido?

Cabe resaltar que crecimos a costa de un plan de recuperación económica neoliberal que no tuvo parangón alguno en Latinoamérica: nos allanamos en todo y no pusimos resistencia alguna porque, simplemente, no la había. Hacia 1900, todos los partidos políticos, y no solo la izquierda, estaban desacreditados; los sindicatos y los movimientos estudiantiles ya no tenían eco en la opinión pública que los consideraba como posibles extensiones de la subversión. La inflación desbordante y la violencia terrorista debían convencer a la población de la necesidad de medidas radicales, pero no votamos por Vargas Llosa ni su plan liberal, sino por Fujimori quien ofreció un plan progresivo y menos doloroso: ya conocemos la historia. En fin, votamos por la opción moderada y nos retribuyeron la receta neoliberal más extrema.

En suma, la izquierda no fue la única responsable de la crisis aunque tuvo una participación gravitante. Me inclino a afirmar que también hay que analizar el papel de aquella derecha complaciente y hipócritamente liberal que se rindió ante Fujimori, que consintió el autogolpe del 5 de abril, que calló en todos los idiomas cuando se supo de las masacres de La Cantuta y Barrios Altos, que oficia de traductora de los exabruptos de Alan García y que, de vez en cuando, siente la tentación de tocar las puertas de los cuarteles para poner orden cuando las masas se les van de las manos. En lo personal, confío en que el centro, hasta ahora vacío, pueda aglutinar a aquellas fuerzas políticas que contengan una propuesta alternativa y viable a la actual, lo cual no significa un viraje drástico, sino un esfuerzo por no dejar la economía en piloto automático.
P.D.
A PESAR DE QUE EN SU BLOG ACTUALIZÓ Y PRECISÓ LOS ALCANCES DE SU HIPÓTESIS QUE ME PARECEN ATENDIBLES, SIGUE EXISTIENDO EN CARLOS MELÉNDEZ UN CONFLICTO DE PROPÓSITOS: NO SE PUEDE HACER ANÁLISIS SERIO Y A LA VEZ "CHACOTA" PORQUE EL PERSONAJE GRACIOSO OPACA AL POLITÓLOGO QUE CREO ASPIRA A SER. LO OTRO ES QUE, QUERIÉNDOLO O NO, SE CONVIERTE EN UN RETRANSMISOR E INDIRECTAMENTE, AVAL DEL DIARIO DE ALDO MARIÁTEGUI.

lunes, marzo 16, 2009

EN DEFENSA DE WILLIAMSON



Gabriel Icochea Rodríguez

El caso ya es conocido por todos, el Monseñor Richard Williamson fue entrevistado en un programa de la televisión sueca y desconoció el genocidio nazi contra los judíos. Enunció cifras lejanas a las que nos tienen acostumbrados los historiadores, 300 000 o 400 000 víctimas, y no los seis millones que difunde incluso la cultura mediática.

La reacción del Vaticano fue inmediata: lo destituyeron del puesto que ejercía como director de un seminario a las afueras de Buenos Aires y días después, argumentando un problema burocrático fue conminado a salir de Argentina por iniciativa del ministerio del interior. El argumento de la burocracia es casi una nimiedad: Williamson declaraba trabajar para una ONG y no como sacerdote.

El personaje tiene una historia controversial, había sido excomulgado años atrás por sus posiciones ultra conservadoras al interior de la iglesia (más específicamente lefebrevistas) y hacía poco tiempo fue rehabilitado por el mismo Benedicto XVI.

Difícil coincidir con Williamson. Su postura arriesga una hipótesis casi improbable: nadie habría muerto en cámaras de gas durante la segunda guerra mundial. Claro, apela a historiadores revisionistas y a una investigación prolija que él mismo, supuestamente, habría realizado durante mucho tiempo. Pero la demostración de tales hipótesis es más difícil de probar que su contraria. Es decir, aún existen sobrevivientes de dichos campos y todos ellos han brindado testimonios aterradores de estos.

Sin embargo, se viola su derecho a opinar libremente. Más aún, se le desconoce dicho derecho en una democracia, lo cual ya es un atentado serio contra un derecho fundamental y antiguo. La tolerancia en su versión prístina es la aceptación de la diferencia, de lo distinto. Una herencia lejana de las guerras de religión que hicieron posible la paz en Europa: Más aún, la tolerancia reflejaba la separación de Iglesia y Estado: una cosa eran las cuestiones de fe y otra eran las cuestiones civiles.

En su condición de clérigo su opinión tiene autoridad cuando abarca tanto asuntos de moral como de teología. Todo lo demás es opinable. Williamson emitía un juicio sobre un asunto histórico en lo cual podía ser totalmente falible, su estatuto era el de un ciudadano más. Sin duda, está recibiendo un castigo inmerecido.

Su caso es un proceso que ha funcionado así: primero el Vaticano da un paso al costado y acepta la destitución de su cargo como jefe del seminario y luego el gobierno argentino lo expulsa arguyendo una irregularidad burocrática.

¿Dónde están los defensores de las libertades y de los derechos? ¿Dónde están los intelectuales que defienden el pensamiento débil o la verdad dialógica? ¿Dónde están los defensores de la idea de una verdad construida a través del diálogo que daría por superada la verdad positivista que cree ser única? ¿Dónde están quiénes se oponen al peligro de dicha verdad por considerarla potencialmente autoritaria?

A nadie gusta demasiado el personaje: un ultraconservador enemigo de las libertades y amante de la tradición, pero del mismo modo se comete una injusticia contra él. El clérigo en una de sus opiniones cree que debe librarse una lucha contra la izquierda en el mundo presumiendo que existe sólo una derecha en el mundo. Hay una derecha que cree en el holocausto y es firme aliada de los Estados Unidos. Y hay varias izquierdas también.

Me imagino que los acontecimientos fortalecen a la derecha que Williamson suscribe. Su principal argumento será que no existe una verdadera democracia, ya que no se respeta el derecho a opinar libremente. Que la democracia es una farsa manejada por un celoso poder de un grupo. Estas posturas son muy semejantes a las que levanta la ultraizquierda contra el mismo sistema político.

Los derechos son universales incluso para aquellos cuyas opiniones pueden herir nuestra sensibilidad. Pero el caso es más grave cuando comprobamos que Williamson no opina al interior del Estado de Israel sino de un país lejano, Argentina.

Aquí en el Perú una corriente fuerte de los historiadores de la Universidad Católica ha insistido que en el siglo XVI, el período de la conquista, el monstruoso descenso demográfico de 11 millones a menos de un millón luego de 30 años fue producto de epidemias y no de los maltratos que trajo la encomienda y la mita. En un país en el que la mayoría son indígenas o mestizos descendientes de tales. Un Estado que dice representar a todos no los castiga ni a nadie se le ocurriría razonable. Es paradójico y contradictorio. Porque una lectura que sí cabe en ese caso es que la diferencia que hay entre los judíos victimados en cámaras de gas y los indios o los descendientes de ellos que habitan el Perú, es que los primeros tienen el poder financiero y son una raza vencedora y los segundos siguen siendo mayoritariamente pobres e históricamente vencidos.

Nadie debe ser castigado por sus ideas a menos que defienda la destrucción de la propia democracia. Ni Williamson ni los indigenistas ultrarradicales, todos pueden opinar y tener un lugar y un estado que garantice por igual sus derechos inalienables.

lunes, noviembre 10, 2008

Respuesta a Andrés Bedoya Ugarteche

Andrés Bedoya Ugarteche o el cacógrafo embotellado


Arturo Caballero

El entrañable don Timoteo


Los recuerdos que tengo de Andrés Bedoya se remontan a 1986 cuando el autor de esta nota cursaba sexto grado de primaria en Arequipa. El canal 9 de Lima tenía la señal del 8. De lunes a viernes entre las 7.45 a 8 de la noche, un muñeco llamado don Timoteo, vestido como loncco arequipeño, con sombrero y acento característicos, comentaba los acontecimientos de la semana con humor y picardía, dándole un toque local a las noticias. Era "La pedrada de Andrés". Su creador acompañaba a don Timoteo, pues era aquel quien daba vida a la voz de pintoresco characato loncco. El guión del microprograma consistía en que don Timoteo se indignaba con las autoridades y/o políticos por su incapacidad o su tendencia a"meter la mano" en el fisco al enterarse por Andrés de los entretelones de tales fechorías. Los televidentes enviaban sus cartas al programa en las cuales felicitaban a don Timoteo por su coraje en denunciar a las autoridades que se aprovechan o que no cumplían con su labor. En aquellos años, Andrés Bedoya utilizaba su facilidad de palabra para ridiculizar a los políticos locales con mucho ingenio. El programa duró algunos años, con ciertas intermitencias, pero a medida que pasaban el tiempo, cada retorno de don Timoteo estaba impregnado de más agresiones verbales, invectivas y constantes alusiones al color de la piel o al origen o procedencia de la persona que era criticada. El ex alcalde de Arequipa, Luis Cáceres Velásquez fue uno de sus favoritos a la hora de criticarlo. Ambos se vieron enfrascados en una querella judicial, debido a un conato de pelea en una céntrica fuente de soda, "Manolo", donde Lucho Cáceres encontró a Andrés Bedoya y le propinó un puñetazo. Aquella vez, el creador de don Timoteo recibió una pedrada que nunca olvidaría en su vida. Personalmente, le tenía afecto al personajillo hasta que a su creador no se le ocurrió mejor idea que transmitirle su propio resentimiento y desdoblarse en su criatura, convirtiéndolo en un viejo amargado, racista e intolerante.

Los tiempos presentes son absolutamente distintos: don Timoteo no existe, Andrés Bedoya ya no sale en televisión, sino que es columnista de Correo, y sus actuales pedradas son, precisamente eso: "rocas" verbales.

El cacógrafo embotellado



Cada vez tengo más claro el porqué Aldo Mariátegui, a pesar de las reiteradas quejas de muchos lectores, sigue permitiendo la publicación de los artículos de Andrés Bedoya. No lo hace por su atildada prosa o por la profundidad de sus análisis políticos, sino porque le sirve como chien de garde contra aquellos que discrepan abiertamente de las ideas de Aldo y de la línea editorial de Correo, que al final son lo mismo. Además de compartir una prosa digna de la envidia de los redactores de los diarios "chicha" -aquellos que florecieron cancerosamente durante el fujimorato- tanto Aldo Mariátegui como Andrés Bedoya derrochan ingentes cantidades de mediocridad periodística e incurren en gruesos errores de interpretación de la coyuntura política y social actual. En esto, exclusivamente, poseen un nivel superlativo.

De otro lado, coinciden en sus convicciones ideológicas pseudoliberales y, más bien, conservadoras -muy propias de los liberales económicos para quienes las libertades políticas y las consideraciones éticas son un estorbo-. El estilo de gacetillero atrabiliario les brota espontáneamente del mismo modo que les es natural la falta de sustento y el insulto fácil para darle contundencia a sus afirmaciones . De Aldo me ocuparé en una próxima oportunidad. Ahora, aunque no lo tenía previsto, debo responder a los comentarios que Andrés Bedoya vertidos en este blog, comentarios que, muy a mi pesar, no eliminé en su momento, pero que ahora, los dejaré impresos como testimonio de la invalidez argumentativa de su autor, a quien, aparentemente, la vejez ha acentuado los peores rasgos de su personalidad como la necedad y la estrechez de pensamiento, cuando no la pose matonesca, que, más bien, es propia del perro que ladra.

En cada línea de su columna La Ortiga, Andrés Bedoya demuestra una absoluta mediocridad que no lo avergüenza en lo absoluto, sino que, por el contrario, lo enorgullece. Desperdigar insultos a diestra y siniestra es para él un hábito que forma parte de su estilo. Desde aquí lo emplacé a debatir y en ninguna oportunidad manifestó siquiera un ápice de fundamento ni un asomo de réplica: es que no los tiene o, simplemente, es algo que sobrepasa sus capacidades. Lo que hace bien es trazar débiles líneas alrededor de una idea general y abundar en lugares comunes, a lo cual le agrega insultos, burlas, tergiversaciones... en fin, parafraseando al poeta Alberto Hidalgo: "pobre paisano mío, parece que cuando hablara, cientos de burros estuvieran rebuznando..."

La cacografía, en el caso de Andrés Bedoya, ha alcanzado niveles dantescos. Se trata de un cacógrafo consumado a quien la validez de sus argumentos le importa un comino. Es un convencido de que mediante el insulto le imprime mayor contundencia a sus afirmaciones. Nunca argumenta ni prueba ni exhibe razones para sostener todas las sandeces que el diario Correo se empecina en publicarle. Algunas veces ha escrito algunos comentarios en este blog, los cuales accedí a publicar con la finalidad de probar hasta donde alcanzaba su moderación. Claro, algunos dirán que si acepto sus comentarios debo atenerme a las consecuencias: de la misma manera replico, que se atenga él a las suyas. En su última intervención aquí, escribió que habría que ser un cojudo para creer que existe en el Perú una izquierda democrática. Para sostener tal afirmación indicó que las protestas en el sur son una evidencia de que la izquierda no puede ser democrática. Andrés, lo cierto es que tu cultura política y social es tan vasta como tus recursos estilísticos y tu abreviada prosa: solo fuegos fatuos, resentimiento ideológico, falsedades acumuladas. Conozco intelectuales de derechas y liberales con los cuales resulta constructivo conversar porque son mentes lúcidas con posturas distintas, pero abiertos a la discrepancia. En cambio tú, Andrés, escribes siempre el mismo discurso, pero usando distintos insultos. No tienes idea de lo que es el marxismo ni la socialdemocracia ni siquiera has entendido de Wikipedia lo que es el liberalismo ni el libre mercado. Para ello, te sugiero que leas La riqueza de las naciones ¿de quién? adivina pues... de Adam Smith; y también Sobre la libertad de John Stuart Mill. Estos dos filósofos políticos te darán algunas luces para que te redefinas como un conservador de derechas (pero no de la derecha pensante porque eso es demasiado complejo para ti), bueno tal vez si llegas a Carl Schmidt comulgues cien por ciento con él. Te adelanto algo: ¿sabes lo que dicen Smith y Mill acerca del liberalismo? que debe existir equilibrio entre las libertades políticas y las económicas, y que todos los grupos sociales deben partir de una misma base y, en función de sus capacidades individuales, lograr sus objetivos para conseguir la realización personal. Para ello, el Estado no debe desaparecer, sino asegurar una calidad de vida a los ciudadanos que lo integran, de lo contrario, un Estado que es incapaz de esto contribuye a la desigualdad social. ¿Te quedó claro Andresito? En consecuencia, no andes vociferando por ahí que eres liberal.

Si quieres debatir aporta razones, no repartas coces por doquier. Hilvana mejor tus ideas y no seas tan oportunista, al menos infórmate medianamente sobre el tema que escribes. Magaly recibió una sentencia por algo que considero menos grave de lo que tú haces: agredir impunemente la dignidad de mucha gente respaldado tras la libertad de expresión que todos los gacetilleros hepáticos y nostálgicos por la mano dura del fujimorato elevaron a la categoría de dogma. Típico ejemplo de la razón cínica, cuando te conviene la defiendes y cuando no la atropellas de un solo porrazo.

De otra parte, un flaco favor le haces a los arequipeños que difícilmente creo que se sientan representados en tu intolerancia racista y en aquel mal entendido orgullo regional:"¿quiénes coño han sido los subvertebrados que han actuado como la basura que son? Sí lo adivinaron: puneños arreados por la cabronería comunista en un noventinueve por ciento. Y que no se me diga racista: puneño es gentilicio y geográfico."

Además, opinas de marxismo con la sapiencia de un primate. ¿Alguna vez te tomaste el tiempo suficiente para revisar lo que escribes? Tendría que hacer una larga digresión para explicarte qué es realmente el marxismo, tanto los desaciertos como la vigencia de algunos de sus postulados, pero estoy seguro que sería inútil. Mejor que eso, te sugiero que leas La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith, libro en el cual el padre del liberalismo económico matiza todas sus apreciaciones vertidas en La riqueza de las naciones, recalcando que el liberalismo no puede sustraerse del dolor ajeno, que identificarse con el sufrimiento del otro no es incompatible con la defensa de mi libertad individual. Espero que no te dé un "soroche intelectual" por escalar cumbres tan empinadas para ti a una edad en la que más fácil es hurgar en la frustración y el resentimiento que esforzarse por cuestionar sus propias creencias.

¿Ha caído todo esto en saco roto? No lo sé, Andrés, pero no será la última vez que me refiera a ti y a tus exabruptos, lo haré cada vez que la situación lo amerite. Aquellos que recordamos al entrañable don Timoteo no terminamos por comprender qué fue lo que te convirtió en un gacetillero mediocre.













Los intelectuales de izquierda frente al poder mediático




La izquierda en la era del karaoke

Norberto Bobbio / Giancarlo Bossetti / Gianni Vattimo
Fondo de Cultura Económica, 1997

¿Tiene todavía la izquierda algo que decir y/o hacer frente al poder de los mass media? ¿Debe mantenerse la izquierda expectante y actuar por reflejo o tomar la iniciativa frente a una derecha que viene ganando más simpatía en la opinión pública? ¿Por qué la mayoría de medios se alinean a la derecha? Norberto Bobbio, Giancarlo Bossetti y Gianni Vattimo ensayan algunas respuestas en La izquierda en la era del karaoke, publicación que contiene el conversatorio que estos tres intelectuales de izquierda sostuvieron en 1994, a propósito de la elección de Silvio Berlusconi, magnate de las comunicaciones, como primer ministro italiano.

En la introducción, Bossetti comenta algunas ideas de Umberto Eco respecto a los medios de comunicación. Según el semiólogo italiano, una política cultural prudente sería aquella que encuentre un equilibrio entre la información visual y escrita. La televisión debería enseñar al televidente a que no sea dependiente de ella, a que esté alerta, a que ponga en práctica su juicio crítico y a formarse una opinión sobre la base de información diversa (y no monocorde como parece que es la tendencia mundial de las megacorporaciones de telecomunicaciones, las cuales adquieren varios tipos de medios, pero que mantienen una misma línea, lo que perjudica la variedad informativa).



Que los medios de comunicación, y en especial la televisión, asuman una función didáctica en determinados temas, podría sonar para algunos ciegos defensores de la libertad de mercado y de expresión (derechos que no siempre van de la mano como apreciamos en el caso Álvarez Rodrich y Peru 21) como desfasada o intervencionista. Sin embargo, no lo es tanto si nos damos cuenta de que la televisión no es verdaderamente democrática en una sociedad cuyos ciudadanos no pueden acceder a información de calidad para formarse un criterio y así evaluar la vida política nacional y mucho más grave si para remediar esto hay que pagar cuando se trata de un servicio público al que todo ciudadano tiene derecho a acceder. En este sentido, la propuesta de Eco permite apreciar cómo la televisión se vuelve basura y cómo también se basuriza la discusión política. Sino recordemos la campaña que la izquierda y el APRA emprendieron contra Vargas Llosa previo a las elecciones de 1990; la actuación de Carlos Álvarez como comediante oficial del fujimorato en canal 7; los titulares de los diarios chicha contra los opositores al fujimorismo; los comentarios racistas de Cecilia Valenzuela acerca de Alejandro Toledo y su campaña contra Ollanta Humala —quien encontró en la conductora de La ventana indiscreta a su mejor propagandista: a ella y a muchos otros periodistas que lo atacaron al unísono, les debe Humala el haber llegado a la segunda vuelta y casi lograr la presidencia—; y los infundios levantados por La Razón, Correo y Expreso contra el Informe Final de la Comisión de la Verdad y los comisionados.

En consecuencia, aquel que considere que lo que sucede en la televisión es un mal necesario o que apele a la libre elección del consumidor, a la libertad de empresa o a la variedad de alternativas que ofrece la televisión, es decir, que sostenga que no existe un problema, carece de todo sentido de responsabilidad social. Bossetti señala que los medios de comunicación, así como cualquier empresa que ofrece un servicio público, está obligada a mantener niveles de calidad que impidan que “los televisores se conviertan en vehículos de contaminación y confusión general”. La defensa de la libertad de expresión y de empresa no debe socapar, de ninguna manera, la irresponsabilidad social.



El diálogo entre estos tres intelectuales también está motivado por una profundización sobre el libro de Bobbio: Derecha e izquierda. Dos elementos fundamentales que el lector no debe perder de vista en este diálogo son que, en primer lugar, la izquierda deje de ser conservadora (en el peor sentido, es decir, estática) frente a una derecha activa, frontal y “vanguardista” que viene ganando simpatía popular, aunque nos parezca mentira. Al respecto, durante el tiempo que estuvo en el aire, Cecilia Valenzuela —quien se convirtió en una de las voceras mediáticas de la derecha liberal— le daba a machamartillo a la izquierda sindicándola como la principal responsable de los conflictos sociales en el interior del país y de que la crisis de la educación peruana era única y exclusiva responsabilidad del SUTEP. Estaba convencida de que los pobladores que tomaron el puente Montalvo en Moquegua eran disciplinados militantes de izquierda. Asimismo, la ley que otorga impunidad a las fuerzas policiales que causen muertes en el ejercicio de sus funciones; la pretendida amnistía contra los militares que participaron de las masacres en la guerra contra el terrorismo; la gran acogida que tuvo la iniciativa presidencial de instaurar la pena de muerte; y la creencia de que todas las ONG’s son el brazo legal del terrorismo o que se oponen al progreso económico son algunos ejemplos de cómo en la sociedad peruana, ciertas ideas de carácter autoritario que son defendidas por personajes como Rafael Rey, Edwin Donayre, Lourdes Alcorta, Ántero Flórez-Aráoz, Luis Giampietri y otros, tienen eco en un vasto sector de la opinión pública. El otro aspecto que se debe tener en cuenta son los efectos de la televisión en la discusión política.

La primera cuestión que discuten tiene que ver, precisamente, con la actitud de la izquierda contemporánea y de la derecha frente a la sociedad. Como dije líneas arriba, la izquierda perdió iniciativa frente a una derecha más dinámica y activa que pareciera lleva la batuta de la renovación constante. El nuevo orden político, económico y social exige la verificación material de cualquier proyecto de cambio; de lo contrario, se le descarta por inaplicable o utópico. De ahí que el camino más corto, el de la ejecución sea el preferible antes que la discusión razonada de otras posibles alternativas. Esto en nuestro país lo hemos apreciado con creces: es más fácil esterilizar a pobladores analfabetos que instruirlos sobre métodos anticonceptivos; reprimir y dar de baja a generales que prevenir los conflictos sociales; amnistiar a criminales que juzgarlos; denostar a la CVR y a sus integrantes que leer el Informe Final o aprobar una ley que limita la propiedad comunal antes de dialogar con los directamente afectados.



La izquierda se presenta como el camino difícil que requiere sortear muchos obstáculos y e invertir tiempo valioso en discusiones seguramente infructuosas, desfasadas o antimodernas, si es que a sus adeptos no se les tilda de perdedores históricos, terroristas o agitadores sociales. Del lado de los intelectuales tampoco las cosas están mejor porque estos, si bien dialogan con su comunidad académica, hace tiempo que están desconectados de la gente de a pie. Paradójicamente, la izquierda, o mejor dicho cierta izquierda, viene defendiendo valores tradicionales y anticuados para el gusto de las masas (estatismo, nacionalismo, regionalismo y, en los casos más patéticos, la lucha armada y de clases), lo cual hace que se la perciba como conservadora y reaccionaria. Tal percepción es reforzada por la televisión. ¿Acaso les interesa a los propietarios la formación del televidente? Queda claro que las metas de Delgado Parker, Schutz, los Croussillat y demás eran más empresariales que ético-sociales. A ello se agrega el pasivo con el cual carga la izquierda. Las dictaduras totalitarias, el terrorismo y el fracaso de los socialismos reales del siglo XX todavía son acontecimientos difíciles de remover de la historia reciente al punto que, luego de la caída del Muro de Berlín, era común oír “¿yo de izquierda? No, soy de centro”. En pocas palabras, la izquierda más ruborizada (y más roja que nunca), por su vergonzoso pasado, se volvió conservadora y asumió el rol tradicionalista que antes le era endilgado a la derecha. Por todo esto, la derecha viene ganando terreno en la opinión pública.

En segundo lugar, una de las consecuencias más nefastas que estos tres intelectuales hallan en la televisión se relaciona con la escasa participación ciudadana en la vida política y en los asuntos que más le atañen. En los 60’s y 70’s, la gente buscaba respuestas en los intelectuales; hoy las encuentra en los periodistas de espectáculos, en los políticos y en Osho, Deepak Chopra o Paulo Coelho. Vattimo apunta que ser de izquierda puede acarrear impopularidad, pero ello no significa que, necesariamente, haya que renunciar a la participación activa en la política. Y esto es lo que, personalmente, reclamo a los intelectuales peruanos de izquierda: mayor deliberación con el ciudadano común y corriente; pero, al parecer, no están dispuestos a “ensuciarse un poco las manos”.

Algo que quiero destacar en esta parte es la intervención de Bobbio en torno a por qué no hay una izquierda fuerte en los Estados Unidos. Explica que ello ocurre debido a la influencia de la televisión. La sociedad norteamericana está grandemente influida por los medios de comunicación que son quienes dictan la pauta política o de lo políticamente correcto. La cultura CNN es el portavoz oficial de la Casa Blanca a nivel mundial. Hay una izquierda en EEUU, pero es de élite y escasamente influyente en la política pública. Por ello, que la mayoría de medios de comunicación estén alineados con la Casa Blanca y que la izquierda no tenga muchas tribunas no es un hecho fortuito.

Un punto aparte ocupa el debate Bobbio-Vattimo. Que ambos compartan posturas progresistas no los obliga a estar de acuerdo. El conservadurismo de la izquierda es analizado por ambos de distinta manera. Para Vattimo, sin llegar a estar de acuerdo con tal conservadurismo, esto se explica porque la izquierda, en el pasado, no creía en la democracia; defenderla hoy contra toda amenaza totalitaria (libremercadista, nacionalista o populista) a costa de parecer reaccionaria o conservadora, no le parece tan negativo, ya que defender el orden constitucional obedece a una actitud principista, lo cual es indicio de que la izquierda aprendió la lección. Y tiene razón en la medida que luce así frente a una derecha modernizada y más en sintonía con el pragmatismo de la época. ¿Acaso no somos algo reaccionarios y conservadores si se trata de combatir la pena de muerte, la esclavitud o la pornografía infantil? El conservadurismo de izquierda tiene lugar en momentos en que a un sector creciente de la opinión pública parece no importarle mucho los derechos humanos, la igualdad o la solidaridad con los más desposeídos. Es decir, justo en el momento en que la izquierda tomó conciencia de sus errores históricos y quiere enmendarlos, la opinión pública cambia sus intereses políticos y tiende a sintonizar con la derecha. De esta manera, la izquierda luce como reaccionaria, a pesar de que la animen ideales progresistas.

Para Bobbio, en cambio, la izquierda debe recuperar la iniciativa y un lugar expectante en la discusión con la sociedad. El dedicarse solamente a tratar en exclusiva ciertos temas (ecologismo, derechos humanos, crítica cultural, etc.) que no necesariamente interesan a la opinión pública pese a su importancia, puede convertirla en una opción perdedora. En pocas palabras, Bobbio exige una izquierda más pragmática, deliberativa en otros ámbitos de la realidad social y mucho más frontal. Para este filósofo italiano, este punto es crucial. Le exige resultados concretos a la izquierda: hay que ganar votos de lo contrario seguirá postergada y el camino estará más allanado para la derecha. Para ello hay que dialogar con el ciudadano común y renovarse en el juego político. Como podemos apreciar, Bobbio se halla en las antípodas de Vattimo para quien la competencia para ganar votos contra la derecha a costa de renunciar a ciertos fundamentos, no es la solución.

Aunque discrepan, coinciden en que los medios de comunicación orientan la discusión política en un contexto en que la izquierda ha perdido conexión con las masas y espacios donde exhibir sus propuestas. Ello sucede porque, en la medida en que los medios de comunicación son empresas, comulgan mucho más con los planes de la derecha liberal que con los ideales de la izquierda. Por ello, no es casual que algunos temas no se debatan con total amplitud, que el conservadurismo haya calado en sectores populares y que la izquierda tenga que bregar más para estar en los medios. A ello se agrega la influencia que ejercen el poder económico y político sobre los medios de comunicación. Es posible que se desmarque un poco del político, pero muy difícil que lo hagan del económico.

Que exista cada vez mayor afinidad popular con la derecha se explica en este diálogo porque los medios de comunicación conducen la discusión política en esa dirección, debido a que la derecha liberal comparte objetivos con el empresariado mediático. Al respecto, observo que la derecha ha evolucionado más rápido que la izquierda, a pesar de que ambas poseen antepasados impresentables: fascismo y comunismo. La derecha, oportunamente, ha hecho suyos los postulados de la democracia liberal, en lo referente al libre mercado, inversión privada y libertad individual, lo cual le ha significado notables réditos políticos en las clases medias altas y ascendentes. Por el contrario, a la izquierda le cuesta mucho desprenderse de los fantasmas stalinista, maoísta y senderista que, cada vez que puede, le son recordados por la derecha. Curiosa situación en la cual un ciego pretende hacerle ver la luz a otro ciego.

Visto así, el panorama para la izquierda hoy no luce tan prometedor. Salir del ghetto de la teoría cultural, los estudios culturales, la crítica literaria, el ecologismo y los derechos humanos, por un instante, para enfrentar a los mass media la volverá más impopular de lo que es actualmente. Pero, definitivamente, es un riesgo que debemos correr quienes hoy nos consideramos de izquierda.


lunes, octubre 13, 2008

Indefiniciones políticas. Sobre el artículo de Luis Carlos Malca




Arturo Caballero
(Recomiendo leer antes el post de Gonzalo Gamio sobre el particular y el artículo de Malca)

Desde hace algunos meses tenía previsto escribir un ensayo sobre cuyo título precisamente era La izquierda reaccionaria. Lo hacía con una intención distinta a la de Luis Carlos Malca, es decir, no para proponer un cambio de términos, sino para distinguir el trigo de la paja. Es que uno de los retos que enfrenta la nueva izquierda, así como la vieja guardia, es la fragmentación interna; en contraste con el espíritu de cuerpo que mayormente caracteriza a los bloques conservadores, reaccionarios y de derecha, la izquierda ha tenido que lidiar sobre todo contra las facciones que amenazaban diluirla en un sinfin de partículas en torno a un líder.

En el artículo "Izquierda reaccionaria", Malca sostiene que el término izquierda caviar debe cambiarse por el de izquierda reaccionaria. Supuestamente esta es la postura que pretende demostrar. Sin embargo, no logra este cometido ni expone los argumentos que persuadan de la validez de su postura. Veámoslo a continuación

Primero, describe a los integrantes de la izquierda caviar como un grupo elitista identificado claramente con una clase social económicamente privilegiada y de piel blanca. De esto último se deduce que los caviares poseen cierto poder que utilizan para refrendar la validez de sus propuestas, lo cual entra en contradicción con lo mencionado por Malca en el mismo texto, o sea, que la izquierda caviar es un grupo indeterminado. ¿Los caviares son un grupo selecto, exclusivo, identificable y diferenciable o son una masa informe e indeterminada? Asimismo, apelar al calificativo de "gente bien" para validar su crítica a los caviares no es un recurso que logre convencer porque en nada esclarece el debate en torno al rol de los cuestionados caviares: lo que hace es retransmitir un prejuicio que, como todo enunciado de ese tipo posee la eficacia de la pincelada efectista y sonora, pero carece de la necesaria profundidad para explicar las debilidades de la propuesta contraria. Si Malca, con mayor tranquilidad hubiera diseñado un análisis suscinto de ideas, habría evitado recurrir a la personalización de adjetivos como suele hacerlo Andrés Bedoya Ugarteche, Aldo Mariátegui, Rafael Romero o Uri Ben Schmuel. Estoy seguro que ni siquiera Eduardo Hernando Nieto ni cualquier otro representante de la derecha pensante podría ampararse en las opiniones de los periodistas antes mencionados; así como, difícilmente, aquellos que nos definimos de izquierda podríamos suscribir los exabruptos de Hugo Chávez o las transnochadas opiniones de Roberto Ledesma.

Otro error de Malca es grupalizar a los sujetos que critica bajo una misma etiqueta (al igual que aquellos que piensan que Humala o Chávez son de izquierda o que representan a la izquierda. Error muy frecuente cuando se abarca un cuerpo muy amplio y por encima de cualquier posibilidad de definición. ¿Quiénes son los destinatarios de la crítica de Malca? Solo leemos adjetivos ya consignados en la trilogía ultraconservadora del periodismo que le hace un flaco favor a los intelectuales de derecha. Caracterizar conductas grupales sin identificar a los sujetos es como pensar que en la noche todos los gatos son pardos. Con esa misma lógica, Eduardo Hernando Nieto y Andrés Bedoya Ugarteche (o Aldo Mariátegui) serían interlocutores igualmente válidos en un debate sobre Derechos Humanos: personalmente preferiría debatir con el primero por la calidad de sus argumentos.



En segundo lugar, indica que detrás de las propuestas de los caviares se esconde un fundamentalismo camuflado mediante ideas como justicia social, derechos humanos y medio ambiente. Tal fundamentalismo consistiría en la defensa de una verdad divina, es decir, que detrás de la defensa de los derechos humanos, por ejemplo, subyace la idea del culto a una verdad como quien rinde culto a Dios. Malca confunde la defensa de una convicción con dogmatismo e intransigencia. Bajo esta lógica, cualquiera que sostenga una creencia por el solo hecho de creer firmemente en ella o por manifestar abierta y recurrentemente su desacuerdo con ciertos temas sería un reaccionario. Una mente dogmática, fundamentalista o fanática no solo cree tener la verdad sino que se empeña en que el Otro crea y sienta esa verdad con la misma intensidad; es más, está muy preocupado en que el Otro se corrija puesto que el fundamentalista asume apriori que el Otro está equivocado. Es así que la línea entre fanatismo y librepensamiento es muy frágil: resulta muy fácil convertirse en fanático del antifanatismo. En tanto, Malca no distingue los matices será difícil saber quiénes son los fanáticos intransigentes que pretenden imponer por la fuerza el credo de los DDHH.

Respecto a las conquistas caducas no me queda claro a qué se refiere exactamente. ¿Le parece que los derechos humanos o la justicia social son reclamos caducos?

Otro aspecto que merece ser comentado es lo referente a la tolerancia con los intolerantes a propósito de algunos comentarios sobre la participación de Malca en la semana de los DDHH en la PUCP. Al menos yo lo tengo muy claro. La pluralidad no implica dar tribuna abierta a los incendiarios para quemar la pradera. Eso es imprudencia y falta de sensatez. No debe confundirse objetividad con dogmatismo o la diversidad con relativismo. En tiempos donde muy pocos se atreven a llamar las cosas por su nombre suele suceder que opiniones polémicas pasan por innovadoras; el insulto procaz con la crítica frontal (sino lean los artículos de Andrés Bedoya Ugarteche). Bajo el argumento de una malentendida apertura entonces justificaríamos a los que irrumpieron en la ceremonia de la CVR+5 en el Ojo que llora, puesto que ejercían su libertad de expresión. Peor todavía si es que se formaliza la participación extemporánea de un expositor que se dedicó a ironizar sobre los asistentes al evento. Si para Punto Edu ello no constituye una ofensa -como aclaran en una respuesta a un lector- no sé qué puede llegar a serlo.

Finalmente, el título del artículo se presenta interesante pero no logra cuajar completamente. Malca debió incidir en definir lo que entendía por izquierda reaccionaria, o sea, en aquellos rasgos que distinguen a esta izquierda de las demás. Malca propone un reemplazo de términos, mas no realiza un análisis serio del término propuesto: lanzar diatribas o calificativos a diestra y siniestra no es el medio para analizar el tema que plantea. Sin embargo, sí estoy de acuerdo en que existe una izquierda reaccionaria, aquella que no deslindó ni deslinda posturas con el terrorismo, aquella que hasta ahora no realiza un mea culpa y que se empeña en sostener posturas anacrónicas como la revolución armada o reducir la injusticia social a la lucha de clases. Esta izquierda es la que merece ser cuestionada y definida como un lastre para la nueva izquierda. De otro lado, también creo que existe una izquierda caviar, frívola, superficial y de cóctel, pero de ninguna manera gravitante a nivel de la ciudadanía y mucho menos intelectualmente. La izquierda a la que se le llama caviar está en otro lado y no en la CVR ni en las ONG pro derechos humanos. Es aquella que teme asumir un rol protagónico en la política nacional y que se niega a comprarse el pleito con sus detractores. Esa izquierda y no otra, merece todo mi rechazo.

viernes, septiembre 05, 2008

CVR +5: la derecha juega en “banda”




Arturo Caballero Medina

La orquesta del Siniestro Total

He dedicado los últimos post a las reacciones en contra de la CVR. (José A. Godoy comenta en su blog la carta que el general Donayre envió a La Razón felicitándola por su labor a favor de las Fuerzas Armadas, la cual es verdaderamente vergonzosa. Gonzalo Gamio también trató el tema de la CVR y las críticas suscitadas recientemente contra el informe y los ex comisionados). La semana que pasó Giampietri, Ántero Florez-Aráoz, Edwin Donayre, Rafael Rey y Cipriani han jugado en pared y al unísono para dejar sentir sus desavenencias respecto al Informe Final de la CVR. Pero no fueron los únicos; como ya nos tienen acostumbrados Uri Ben Schmuel (La Razón), Aldo Mariátegui (Correo) y Rafael Romero (Expreso) fungieron de cajas de resonancia de los desaciertos de aquellos personajes. (Después de la patinada de la ministra de Justicia parece que ahora cualquier individuo grato al gobierno puede ser honorable a pesar que tenga un pasado vinculado a la etapa más oscura que haya vivido nuestro país. Los Wolfenson practican el periodismo ad hoc que el fujimorismo añora: complaciente, tendencioso, agresivo, sumiso y manipulador. Se nota que al general Donayre no le interesa esto en absoluto porque se presta al juego).

El fin de fiesta lo dio la barra brava del fujimorismo con Patricia Vásquez Bocanegra de “espontánea” manifestante que siempre porta su cartel del Chino por si acaso haya por ahí alguna manifestación de la CVR. Sin embargo, el APRA no podía estar ausente: Mulder y Cabanillas hicieron lo suyo. Esta última denunció que la editorial Norma publicó de contrabando contenidos ideológicos inadecuados para los escolares que desconocen lo que el Perú vivió durante las dos décadas de violencia terrorista, de las cuales cinco años correspondieron al APRA.

Yo era el Rey de este lugar

Anteanoche Rafael Rey dio una explicación —quizá para él muy didáctica— acerca de los errores de la CVR en torno a la cifra oficial de víctimas. Considera que es un error equiparar las víctimas de las Fuerzas Armadas con las de los terroristas, deslizando la idea que aquellas son también responsabilidad de los terroristas por provocar intencionalmente una reacción violenta. Rey se da cuenta más de 20 años después que la estrategia de Sendero Luminoso fue provocar que las Fuerzas Armadas rompieran la institucionalidad democrática mediante el genocidio, algo que la clase política no evitó al confiar a los comandos político-militares el pleno control de las zonas de emergencia. (Al respecto, hoy miércoles en el marco del juicio a Fujimori, el coronel argentino en retiro José Luis García brindó una brillante exposición acerca de las limitaciones de las Fuerzas Armadas y la zozobra que puede experimentar una sociedad que abdica el control político ante los militares). Además, Rey sostuvo que los crímenes cometidos por las Fuerzas Armadas poseen el atenuante de las circunstancias que enmarcaron la violencia: los soldados actuaron bajo una fuerte presión psicológica lo que derivó en ciertos excesos, que no justifica pero que atenúan la culpabilidad. Frente a la pregunta de Cecilia Valenzuela acerca de qué hacemos para reconciliarnos toda vez que no podemos negar lo que ocurrió, Rey contestó sin mayor desparpajo: “perdonarnos, como lo hicieron en España”.

Ciertamente, muchos de los combatientes contra el terrorismo lucharon en desigualdad de condiciones ya sea porque se enfrentaron a un enemigo desconocido que recurría a la guerra no convencional o porque, y es lo más grave, el Estado y la clase política los abandonaron a su suerte. El Estado tiene una gran deuda no solo con las víctimas sino también con los militares a quienes confirió el control político en las zonas de emergencia. El informe de la CVR consigna las condiciones adversas que los soldados tenían que afrontar en espacios agrestes sin contar con los pertrechos necesarios para la supervivencia. Soccos, Putis, Accomarcca, La Cantuta y Barrios Altos no fueron exabruptos de tres o cuatro oficiales y subalternos que enloquecieron de momento para ajustar cuentas por el compañero caído en combate; no son como diría Ántero Flórez “golondrinas que no hacen un verano”. (Estas golondrinas tienen las alas teñidas de sangre señor ministro). Rafael Rey aun piensa como los curas del poblado de Kíllac en Aves sin nido: las víctimas de la violencia deben resignarse al dolor y el alivio lo encontrarán en el perdón.

De los terroristas debíamos esperar lo peor; ellos declararon la guerra a todos los que no pensáramos como ellos. No obstante, los crímenes de los militares de ninguna manera deben quedar impunes bajo la consigna del perdón y el olvido sin justicia. Si en España recientemente están abriéndose las heridas de la dictadura franquista es porque todos desean saber qué paso con sus familiares y amigos, y no porque tengan una pasión enfermiza por el sufrimiento. (Recomiendo la lectura de El fundamentalismo democrático de Juan Luis Cebrián quien comenta el costo político y social que significa hasta hoy para los españoles olvidar los sucesos del franquismo).

¡Qué siniestra que es nuestra derecha!

Un general que felicita a un diario fujimorista; un ministro que equipara cientos de muertos con eventuales golondrinas veraniegas; otro ministro chien de garde del cardenal; un cardenal que nada dijo cuando debía hacerlo; y un vicepresidente que acató órdenes superiores cuando era militar y que luego se retractó porque su superior es nuevamente su presidente nos muestran lo siniestra que es nuestra derecha peruana.