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domingo, agosto 18, 2013

LOS FAST-THINKERS

Publicado en Diario Noticias de Arequipa, lunes 16 de agosto de 2013

Los fast-thinkers son aquellos intelectuales que con la misma avidez que adhieren a una teoría —a la cual no dedicaron el tiempo suficiente para evaluar sus resultados— se desprenden de ella. Son atentos consumidores de las teorías de moda, pero lo son del modo más inocuo: se sirven de ella para consolidar prestigio académico, asegurar espacios de poder en instituciones académicas e intervenir en los debates públicos a fin de ilustrar a su auditorio (hacen pedagogía en cuanta oportunidad se les presenta), si no es empleando la jerga académica de su preferencia, haciendo gala de un uso liviano de la teoría que profesan o acudiendo a la corrección política, pero en muy pocas ocasiones o ninguna esforzándose por la consecución de los logros teóricos en la vida de la gente común. En ellos se cumple la traición de la teoría, pues la potencia transformadora de la deconstrucción, los estudios culturales, la crítica poscolonial o el feminismo se convirtieron en el mejor de los casos en una maquinaria para producir textos académicos, participar en conversatorios de convocatoria cerrada o para darle mayor densidad a la hoja de vida. 

Con frecuencia, se presentan ante auditorios que difícilmente podrían interpelarlos; así, su modo de divulgación apela a un claro ejercicio de violencia epistémica. A lo sumo se exponen a los agravios que reciben a través de las redes sociales, pero mayormente reciben amables comentarios de sus pares. Son progresistas en artículos académicos, monografías y tesis, pero sostienen posturas reactivas y conservadoras en las redes sociales. 

También exhiben una gran habilidad para estar al día de la coyuntura política, cultural y mediática nacional, sin importar cuan lejos radiquen. Obvian matices, detalles, circunstancias y contrastes; radicalizan los debates hasta el grado en que el lector que los sigue no tiene más opción que estar con ellos o contra ellos, ya que la corrección política y la corrección cultural son el agua bendita que les permite distinguir entre el bien y el mal. Por ello, los fast-thinkers prefieren sentenciar antes que comprender. 

En ellos ha operado una gran transformación. Al inicio, la cautela y el prudente escepticismo, la agudeza del análisis ocupaba un lugar primordial. Luego, progresivamente, la arrogancia intelectual los condujo a una performance mediática donde es más importante ofrecer garantías, construir certezas y demoler las opiniones adversas. Por este motivo es que son muy selectivos para elegir a sus rivales de ocasión. Un enemigo rentable es una figura mediática cuya imagen moral ante la opinión pública sea tan repulsiva que fulminarlo durante un par de semanas con una andanada de posts genera una indubitable corriente de adhesión. Una respuesta furibunda, condescendiente o sencillamente, el silencio del adversario de ocasión son reacciones que a todas luces representan una victoria para los fast-thinkers.

El uso rudimentario que hacen de la teoría es tan grave que, aunque convencidos sobre un gran saber que los respalda, lo cierto es que la teoría los utiliza a ellos con mayor efectividad. Si teoría los debía incitar a reflexionar sobre el saber y el hacer, es decir, sobre el conocimiento adquirido y sobre su práctica, en el caso de los fast-thinkers ello poco o nada importa. La lógica del sentido común los saca de apuros, pero olvidan que la teoría, al menos la más reciente, es un enjuiciamiento de todo aquello que se ha pensado como normal, natural o tradicional, porque, en realidad, se trata de productos históricos y culturales. 

Desplegando uno de los movimientos más empobrecedores, los fast-thinkers sostienen una noción reductiva de la teoría y la crítica: emplean un texto literario para comprobar en él las premisas de la teoría, rinden pleitesía a sus pensadores fundamentales hasta que aparezca otro cuya cita textual o mención al paso los revista de mayor glamour, se han acercado a la opinión pública, por un lado, siendo funcionales a la agenda de los medios de comunicación, y por otro, abandonando a la ciudadanía ante las fuerzas coercitivas del libre mercado y la manipulación de los apetitos del consumidor. Su jerga preciosista oscurece los problemas que urge esclarecer, lo que favorece un academicismo venido a menos: el de las pugnas por una cátedra que, dependiendo del establecimiento académico, no se concursa, sino que se hereda, como ocurría antiguamente con el oficio notarial. Interrogan improductivamente los artefactos culturales deteniéndose en su grandeza artística o miseria pero no se interesan por la relación de ese objeto cultural con la vida de los individuos que lo consumen. Los fast-thinkers manifiestan expresamente su desprecio por la cultura de masas, la cual solo adquiere valor porque remite a otras expresiones «más valiosas». La desigualdad es constitutiva de estos puntos de vista sobre la cultura de masas. Por eso estos divulgadores de la corrección artística o estética la defienden a ultranza, pues sin ella les sería complicado legitimar su posición.

A pesar de su apariencia sólida y bien acabada, son abrumadoramente vulnerables ante las críticas adversas, las cuales confrontan con suma vehemencia con cuanto adjetivo se acomode a su pluma. De ningún modo podrían colocarse a la altura de los pensadores que invocan en sus textos o intervenciones mediáticas, aquellos que como Michel Foucault, Terry Eagleton y Edward Said desarrollaron ideas originales, las ampliaron, las criticaron y las aplicaron para combatir los poderes que condenaban a muchos a un sufrimiento que para cierto pensamiento determinista era natural. Una didáctica simplificación concluiría que los fast-thinkers gustan más del beso francés que de la filosofía francesa. Son el vívido ejemplo de que las humanidades no humanizan, como bien anota un sempiterno inconforme George Steiner.

Los fast-thinkers devenidos blog stars o celebridades virtuales se inclinan, en todo el sentido del término, ante el culto, la reverencia y el proselitismo teórico, pues esto más redituable que arriesgarse a no ser atendido por las masas virtuales hambrientas de espectáculo. La indignación vía redes sociales es el límite de sus posibilidades de disidencia.

domingo, julio 21, 2013

LO CULTURAL ES LO POLÍTICO

Publicado en diario Noticias de Arequipa, Perú. Lunes 22 de julio de 2013



La afirmación de la autonomía de la intención creadora lleva a una moral de la convicción que inclina a juzgar las obras con base en la pureza de la intención del artista, y que puede culminar en una especie de terrorismo del gusto cuando el artista, en nombre de su convicción, exige un reconocimiento incondicional de su obra. Así, la ambición de la autonomía aparece, desde entonces, como la tendencia específica del cuerpo intelectual.


Pierre Bourdieu. «Campo intelectual y proyecto creador», 1967





La formación de élites intelectuales, las modalidades de consumo artístico, el campo académico y el campo político fueron objeto de interés para el sociólogo francés Pierre Bourdieu, quien desarrolló la categoría «campo intelectual» como resultado de un vasto programa de investigación acerca de la sociología de la creación intelectual que examinaba las relaciones entre sociedad, creadores y obras de arte. En «Campo intelectual y proyecto creador» (1967) Bourdieu sostiene que la relación creador-obra y la obra misma están afectadas por la posición del creador dentro del campo intelectual, es cual está conformado por la confrontación de fuerzas entre sistemas de agentes, es decir, de los actores organizados en torno a un campo intelectual especializado (cultural, científico, artístico, etc.). Señala además que la formación de un campo intelectual fue resultado de la progresiva liberación de instancias legitimadoras exteriores que dejaron de condicionarlo ética y estéticamente y de la emergencia de nuevas instancias de consagración intelectual. 



La confrontación mediática que sostuvieron escritores y críticos luego del Encuentro de Narradores Peruanos en Madrid consistió en un intercambio de estimaciones y desestimaciones, donde la condición de escritor funcionó como garantía de autoridad para pronunciarse sobre el tema en cuestión. Ser «andino» o «criollo» suponía hablar desde un lugar de enunciación que situaba a un grupo de escritores en una posición de poder frente a otros no solo excluidos sino perjudicados por ese poder. Los términos en juego «andino» y «criollo» se emplearon como sustancia y atributo, es decir, como una esencia dada, definitiva, y como una cualidad que se traducía en un recurso para denunciar o defenderse. 

Cuando Melissa Patiño fue detenida al regresar del Ecuador —bajo la presunción que estaba comprometida en actividades terroristas por haber asistido a un encuentro político donde uno de los oradores fue el número dos de las FARC, Raúl Reyes— un nutrido grupo de escritores se pronunció contra la arbitraria detención. Las declaraciones más frecuentes de los escritores y amigos allegados a Melissa Patiño subrayaban, además de que no tenía vínculos con el MRTA ni las FARC, que ella era poeta. 

Gustavo Faverón sostuvo que Gastón Acurio carecía de competencia para integrar el jurado calificador del concurso de las mil palabras organizado por la revista Caretas. Aquí el no poseer la condición de escritor o la idoneidad académica fue argumento del blogger para desestimar la participación de Acurio en el conocido certamen literario. 

Estos episodios exhiben las tensiones del campo intelectual en el Perú y evidencian un uso estratégico de la condición de escritor para atenuar valoraciones negativas o para destacar cualidades positivas sobre la actuación de un individuo, para enaltecerlo o para desmerecer la actuación de un eventual adversario si es que no posee la condición de escritor o si, al poseerla de facto, no se la considera legítima. Es decir, se trata de casos representativos de una ardua disputa por la condición de escritor en el campo intelectual y cultural en el Perú, donde el modo de concesión u obtención de reconocimiento son fundamentales para la legitimación de lo culturalmente correcto.

El reciente reconocimiento a Martha Meier Miró Quesada en el marco de la FIL Lima 2013 ha generado el rechazo unánime de varios escritores nacionales donde destaca una carta que congrega adherentes contrarios al referido reconocimiento. Aquella carta, que circuló en las redes sociales y logró reunir cerca de doscientas firmas, es reveladora de un discurso acerca de la condición de escritor, la idea de cultura y los vínculos entre cultura y política. Es una consideración manifiesta de y por intelectuales y escritores (IE), identidad colectiva asumida para mostrar su desacuerdo. El sujeto colectivo que enuncia la carta rechaza el reconocimiento a MMMQ por dos razones: su falta de idoneidad profesional y cercanía al fujimorismo. Son objeciones de carácter profesional, cultural y política. La disputa por la idea de cultura se aprecia en varios pasajes de la carta. El enunciador de la carta establece una distinción inicial: «intelectuales y escritores» suscribientes supone un cuerpo diferencial de otro, los IE que no la firmen u ocasionales lectores adversos o indiferentes a su postura.

En el contexto del caso MMMQ, la discusión se ha concentrado en la incapacidad de la resistida directora de «El Dominical» como gestora cultural y su filiación fujimorista, y en lo nefasto que significaría que la FIL Lima lo ignore. Pero hay otras implicancias más importantes que atender, pese a que la tacha contra el reconocimiento a MMMQ tiene fundamento. Este caso prosigue la discusión sobre qué significa ser escritor en el Perú (condición de escritor), quiénes sienten que lo son (espíritu de cuerpo) y la selectividad de los asuntos que consideran válidos para intervenir públicamente como escritores e intelectuales (deliberación pública organizada). En suma, es una manifestación bastante significativa de una batalla ideológica por la legitimidad cultural y política, o dicho de otra manera, un hecho donde se verifica que lo cultural es un asunto político.

Los poetas Marco Martos y Antonio Cisneros recibirán homenajes en esta edición de la FIL Lima 2013. Los detractores de Martos recusan el homenaje recordando que fue decano de la Facultad de Letras durante la intervención de la Universidad de San Marcos por una comisión designada desde el gobierno de Alberto Fujimori. Antonio Cisneros condujo un programa literario en un canal de cable que a la postre se supo recibió dinero de Vladimiro Montesinos para apoyar la rereelección de Fujimori. Ciertamente, ambas participaciones no los convierte en fujimoristas, pero fijémonos cómo en un caso la proximidad fujimorista es empleada como agravante y cómo en otro es sencillamente soslayada, creo yo, porque la condición de escritores reconocidos por un sector influyente de escritores, críticos y lectores funciona como atenuante, es decir, lo artístico blanqueando lo político. 

¿Por qué sí se evalúa integralmente a MMMQ, en lo profesional y lo político —lo cual arroja un irrefutable saldo negativo— y por qué se evalúa exclusivamente a Martos y Cisneros en tanto poetas? ¿qué determina que se evalúe integral o selectivamente a un intelectual? Ello depende de las fuerzas que constituyen el campo intelectual. El grupo que disponga de los recursos simbólicos suficientes para instalar su discurso logrará alterar el equilibrio de fuerzas, conquistando o recuperando espacios o dando señales de actividad que alerten a sus adversarios.

Para los emisores de la carta «cultura» es algo diferente de lo que es para sus otros. La idea de cultura expuesta en la carta es sinónimo de labor promotora eficiente, producción artística de calidad y corrección política, condiciones que MMMQ no reúne y que la convierten en un sujeto vulnerable por las deficiencias que la señalan. Una de las afirmaciones más sugerentes de la carta de los intelectuales y escritores contra el reconocimiento a MMMQ es que la cultura proteja de las dictaduras. Primero, porque supone la cultura como un espacio diferenciado de los usos autoritarios de la política, segundo que habría algo constitutivo o esencial en la cultura (elevado, puro, enaltecedor) que repele el ejercicio autoritario de la política (perversa, degradante, baja), y tercero, la apelación a la cultura para salvarnos de la política autoritaria, o sea, superioridad moral de la cultura. ¿Y si el autoritarismo fuera una práctica, un «habitus» configurado con arreglo a nuestras formas de vivenciar la política o si la cultura fuera una traducción de nuestros hábitos políticos? (me viene a la mente el filme Das Weisse Band [La cinta blanca], de Michael Haneke). Pensada así, la cultura no protege de las dictaduras sino que las constituye. El asunto es que una reducción de la cultura a bellas letras, bellas artes, excelencia artística, etc., impide apreciar que la cultura es susceptible es engendrar todas aquellas tropelías que se le atribuyen a la política.

El camino para confrontar al fujimorismo no es excluirlo de la política, sino conminarlo a aceptar valores democráticos para lo cual es necesario que deliberen en política. Y el camino para fomentar la cultura en una feria del libro no pasa por invitar a escritores mundialmente consagrados, no solamente, ni en denostar la participación de cantantes pop o escritores que no sean del gusto del cuerpo intelectual hegemónico, sino en abrir ese espacio a las experiencias cotidianas de la población. 

Identificar cultura con arte de calidad es una de las más nefastas reducciones de la idea de cultura. Si la cultura es monopolio de los artistas de la alta cultura, lo único que se logra es que la cultura sea lo que hacen estos artistas. Cultura es un modo de habitar el mundo. Entonces el desafío no debe ir solo por reconocer lo que hacen los artistas, sino haciendo algo efectivo por la cultura atendiendo a lo que la gente siente, expresa y aprecia. Si nuestro modo de experimentar la cultura en una feria internacional del libro no se ajusta a la de Frankfurt o Londres, no es esto lo preocupante sino que los organizadores de estos eventos no asuman como prioridades la inclusión y la pluralidad. No me incomoda que la cultura de masas ocupe el pedestal de los gustos refinados. Me preocupa que la noción de cultura sea secuestrada por un cuerpo intelectual.




sábado, marzo 27, 2010

El precio de la libertad de pensamiento




En El pez en el agua, hay una sección en la que Mario Vargas Llosa relata una parte de su amistad con Julio Ramón Ribeyro. En ella cuenta que, si bien al inició mantuvieron una muy cordial amistad (Ribeyro fue uno de los primeros en leer el manuscrito de La ciudad y los perros), la política los fue distanciando progresivamente. Durante el primer gobierno de Alan García, Ribeyro fue nombrado funcionario cultural en la embajada de Perú en Francia. Corría el año de 1987 y García se empeñó en estatizar la banca. Como muchos recordamos, Vargas Llosa fue el líder del movimiento Libertad, con el cual inició una campaña que fue decisiva para hacer retroceder al gobierno en sus pretensiones. Cuando Ribeyro fue consultado acerca de la actitud de Vargas Llosa frente a la estatización de la banca, respondió que el autor de La casa verde era un representante de la oligarquía y que actuaba según los intereses de dicha clase. Tal afirmación decepcionó profundamente a Vargas Llosa quien consideraba a Ribeyro como un muy buen amigo. Sin embargo, poco tiempo después, el flaco Ribeyro le alcanzó una nota mediante una amiga en común en la que explicaba que sus opiniones se dieron en el marco de una coyuntura muy especial y que hiciera caso omiso de ellas. Esta rectificación privada molestó mucho más a Vargas Llosa que las expresiones públicas sobre su persona, pues las interpretó como una muestra de inconsistencia ética, la cual si es censurable a nivel privado, en el ámbito de la política pública es mucho más perniciosa. En consecuencia, la amistad entre ambos escritores se deterioró notablemente.

La integridad ética no es solo un asunto que compete a aquellos individuos que detentan un cargo público o que ejercen responsabilidades que comprometen a muchos otros. Las consecuencias de la doblez ética, es decir, de esa manera convenida de interpretar el marco que regula nuestra conducta moral, tiene impacto en todos los ámbitos del quehacer humano y podemos observarla cotidianamente en nuestro diario vivir. No obstante, cuando el contexto no es muy propicio para manifestar opiniones ni para ejercer la abierta discrepancia basada en convicciones personales y no en consignas, la integridad ética, la correspondencia entre el dicho y el hecho, es vista como una potencial amenaza contra el sistema dominante.
Ante esta situación, y con la finalidad de contrarrestrar el disenso, quienes ejercen el poder suelen recurrir a argumentos que son verdaderos en lo que afirman, pero falsos en los que niegan. Apelar al espíritu de cuerpo, la identificación institucional, el amor por el trabajo, el profesionalismo o al sacrificio en aras de un objetivo común es loable y difícilmente alguien podría en contra de aunar esfuerzos colectivos para obtener un resultado beneficioso para el grupo. Sin embargo, la trampa radica en que lo anterior no implica que cuestionar a la mayoría sea una señal de egoísmo, divisionismo o sabotaje. Propósitos muy nobles devienen en totalitarismo cuando se considera que no existe nada por criticar y que el solo hecho de reflejar un valor enaltecedor es condición suficiente para aceptarlo: "Somos conocedores de su capacidad profesional; por ello confiamos en que sabrá resolver el problema"; "La institución lo necesita, sea parte de la solución, no del problema". Desde donde lo veamos, estos discursos manifestan un evidente autoritarismo revestido de solidaridad y sacrificio.

Estos sistemas estar conformados por cualquier agrupación de individuos organizados en torno a ideas claves, principios, doctrinas, creencias, etc. Tales instituciones podrían o no tener una relevancia determinante en la sociedad, pero, al interior de su estructura, mientras menos fisuras ideológicas existan, habrá mayor cohesión entre los miembros, lo que posibilitará un blindaje efectivo contra cualquier ataque externo o disidencia interior. De hecho, existen instituciones más flexibles que otras, porque están constituidas por individuos que no solo ven en el conocimiento un capital intelectual, un recurso para el sustento laboral, un emblema de prestigio social, sino sobre todo que asumen que, por ejemplo, el ser democrático implica una acción que se concreta con la misma intensidad en el ámbito público como en el privado; y que la distinción oportunista, convenida, acomodaticia del accionar ético puede solventar injusticias y abusos. No es íntegro aquel que pregona la democracia, el diálogo, la concertación o la defensa de los derechos humanos, pero que practica el totalitarismo en sus relaciones laborales o familiares, la discriminación racial o el fundamentalismo pedagógico en las aulas.



Hasta hace algún tiempo, yo compartía la idea de que había que juzgar a un individuo de manera fragmentaria, según el ámbito en el que su pensamiento haya tenido alguna influencia; o, de otro lado, me parecía válido distinguir entre la valoración moral sobre una persona y las ideas que esta sostiene. Actualmente, opino distinto: considero que no es posible establecer dicha separación entre el sujeto que enuncia un discurso y el contenido del discurso mismo y que, por lo tanto, las valoraciones que se tienen sobre las ideas de alguien es justo proyectarlas sobre el individuo que las sostiene. Ello también es extensible a las instituciones.

Primero, porque las ideas, creencias y opiniones son productos cognitivos adquiridos, procesados, reforzados o reformulados mediante la socialización y el contacto con otras ideas similares u opuestas. Las ideologías no surgen por generación espontánea, sino que florecen en circunstancias que les sean favorables. Si hay un contexto propicio para el desarrollo del autoritarismo y, por ejemplo, el trato vertical a nivel familiar, laboral y social es de uso cotidiano, no debería sorprendernos que un dictador ascienda al poder fácilmente. Las ideas son construcciones mentales que influyen en la conducta de los individuos. Al organizarse y ser representativas de un grupo social, adquieren institucionalidad y, posteriormente, toman cuerpo ideológico y sirven como marco de interpretación de la realidad para los que comulgan con sus postulados.

Segundo, y en consecuencia de lo anterior, porque la adhesión de un individuo a una ideología va más allá de la simple simpatía o admiración. Se trata de que existe una identificación psicológica del individuo con la "personalidad" de la ideología. Las ideologías poseen una conducta, una psicología o una personalidad que es susceptible de analizar a través de los actos realizados por sus seguidores. El fascismo, el comunismo, el nacionalismo, el liberalismo tienen un espíritu particular que los anima y que, a su vez, anima a sus militantes. En consecuencia, la generación de ciertas ideologías en contextos favorables o la identificación psicológica con el "espíritu" de la ideología. El problema aparece por exceso o por defecto: cuando la ideología rige en absoluto toda la conducta del individuo y anula su capacidad crítica, ello deriva en fanatismo; o cuando, por el contrario, la ideología no cuaja en el individuo y este no actúa en consecuencia con los principios que enuncia. Cabe aclarar que no estoy utilizando una noción peyorativa de ideología, sino una más bien funcional o descriptiva, o sea, como conjunto organizado de creencias representativas de un grupo social.

Nuestros funcionarios públicos y autoridades implicadas en escándalos de corrupción ¿son solamente malos funcionarios? Aunque no conozcamos detalles de su vida privada, es posible adelantar algunos juicios sobre su persona en función de sus declaraciones o actos públicos. La soberbia de Aurelio Pastor respecto al indulto a Crousillat; la indolencia de Rafael Rey frente a las víctimas de las FFAA; la coprolalia de los audios León-Químper; los escándalos protagonizados por los congresistas "comepollo", "robaluz", "mataperro", "lavapiés"; y demás casos, de hecho que revelan, al menos un aspecto parcial de la conducta moral privada de estos sujetos.

Sin embargo, mantener la integridad ética no es muy sencillo cuando la libertad de pensamiento es censurada. El precio que se tiene que pagar por la libertad de pensamiento es enorme cuando hay que decidir entre la supervivencia económica, los contactos sociales, el reconocimiento público y la supremacía moral del deber cumplido que, generalmente, no es nada redituable en términos concretos. Los héroes morales son olvidados rápidamente; en cambio, "hacerse el muertito para no ser visto" sí es muy rentable.

La libertad de pensamiento se dificulta si es que las instituciones condicionan la independencia de sus miembros. Por ello, muchas veces algunos políticos prefieren abstenerse de discrepar de la posición de su partido o de emitir una crítica sobre el líder o sobre flagrantes hechos que merecen un deslinde claro y oportuno. Sartre y Camus lo sabían muy bien. Pese a que ambos consideraban que el socialismo representaba una alternativa política viable para lograr la emancipación del hombre, nunca militaron en ningún partido político de izquierda, seguramente, para conservar su independencia. Cuando la circunstancia lo ameritaba, ambos criticaron duramente a la izquierda francesa y europea por no manifestarse acerca de la existencia de campos de concentración en la Unión Soviética. Gran parte de la izquierda interpretó estas críticas como una traición al socialismo.

La independencia también se dificulta cuando la militancia o la fe nublan el juicio o cuando de subsistir este, es avasallado por el espíritu de cuerpo institucional. Lo vemos diariamente en la política, pero además lo podemos apreciar en lo cotidiano: el maestro innovador que es tildado de excéntrico, el alumno inquisidor calificado de irreverente, el empleado eficiente que culmina su labor en menor tiempo, pero que tiene que exceder su hora de salida para demostrar identificación con la empresa, o el profesional calificado que es postergado por el "tarjetazo" o por su falta de contactos, empatía o adulación con los mandos ejecutivos. El precio de la libertad de pensamiento puede ser muy alto, pero brinda una satisfacción incomparable: la reafirmación del ser individual y de las convicciones, y la liberación de sectarismo ideológico.
Necesitamos que el ciudadano entronice en su vida diaria aquello que los académicos saben muy bien a través de los libros, pero que no siempre aplican como regla de vida. Es la mejor manera de iniciar la pedagogía política con una ciudadanía cada vez más escéptica con los políticos y los intelectuales.

viernes, septiembre 18, 2009

Sobre los intelectuales

¿Qué ha cambiado en los intelectuales?

Hace unos meses publiqué en Náufrago Digital un artículo acerca del rol de los intelectuales. Toco nuevamente el tema a partir de la lectura de los artículos de Martín Tanaka y Gonzalo Gamio.

En su artículo, Tanaka define a los intelectuales como aquellos quienes parten "de una legitimidad obtenida en las artes, ciencias o humanidades en general, para desarrollar también una reflexión sobre los principales problemas y desafíos de su tiempo, que establecen pautas de acción política". Luego contrasta el accionar de los intelectuales en los EEUU y en Europa. A su modo de ver, en EEUU los intelectuales tienen otro perfil, ya que no deliberan de manera gravitante en los asuntos públicos, mientras que en Europa es mucho más notable la participación de los intelectuales en los asuntos públicos. Por su parte Gonzalo Gamio discrepa abiertamente de Tanaka. Gamio considera que la dicotomía intelectual especializado/intelectual comprometido no es tal y además que existen probados ejemplos de intelectuales que en EEUU deliberan con la opinión pública.

Respecto a este asunto, coincido con la definición de Tanaka, pero le agregaría el hecho de que un intelectual es un personaje que tiende a constituirse en la reserva moral de su sociedad y que su estatus como tal se lo debe al reconocimiento que le otorga la sociedad en la que se manifiesta. En este sentido, la construcción de un intelectual no es autónoma, es decir, no depende exclusivamente de lo que este pueda hacer para convertirse en una voz autorizada sobre los asuntos de interés público, sino que requiere necesariamente del reconocimiento de un sector determinante de su sociedad. Esto explica el porqué actualmente la voz de los intelectuales no ejerce una influencia tan determinante en la actual sociedad globalizada como sucedía hasta los años 70: las expectativas de los ciudadanos han cambiado radicalmente, lo cual ha llevado a que cambie el perfil de lo que se entiende por intelectual hoy en día.

Es así que el lugar dejado por los intelectuales es ocupado hoy por los periodistas, políticos y personajes de la farándula. La demanda de información de los ciudadanos contemporáneos exige entretenimiento e información breve, rápida y actual. En este sentido, tenemos que darnos cuenta que pretender ubicarse como intelectual a la antigua usanza dentro de este panorama no depararía mucho éxito. De la misma manera que no podríamos persuadir a un lector adolescente con las lecturas de nuestros abuelos, padres (e incluso las propias), tampoco lo lograríamos con la receta que sirvió a los intelectuales de los 60 y 70 para cautivar a la ciudadanía y moverla a actuar en pro de una causa considerada como legítima.

Respecto a lo vertido por Gonzalo Gamio también tengo una opinión particular. Es cierto que en EEUU hay intelectuales como Chomsky que ejercen un impacto evidente en la opinión pública, pero, a pesar que lo digo desde aquí, tengo la impresión de que aquellos ejemplos mencionados en su post solo complementan pero no rebaten el hecho de que, tradicionalmente, la discusión intelectual en los EEUU ha sido de corte pragmático, en el sentido cotidiano de este término, es decir, un asunto de especialistas autorizados en su trayectoria para opinar sobre algún tema. Ahora, si bien en Europa la situación del intelectual ha sido distinta, tampoco podemos afirmar que aún subsiste dentro del imaginario del ciudadano europeo, la figura del intelectual comprometido como un modelo diametralmente opuesto al académico especializado.

La crisis de los intelectuales es mundial. Tal como lo percibo, es un problema de representatividad y de discurso. Representatividad porque la ciudadanía espera acción de aquellos en quienes deposita su credibilidad, acción que se traduzca en resultados concretos y cambios más o menos perdurables. Este tipo de compromiso estaba muy claro para los intelectuales de principios y mediados del siglo XX. Había que complementar la palabra con la acción y de vez en cuando ensuciarse un poco las manos. Hoy, muy poco estarían dispuestos a lo segundo. Asimismo, la distancia que media entre el discurso de los intelectuales y las expectativas y disposición para comprometerse con los dilemas morales de la época ausentes cada vez más en el ciudadano contemporáneo dificulta que la "gente de a pie" entienda a los intelectuales. Peor aún si es que estos están convencidos de que el oscurantismo es sinónimo de complejidad o que el conocimiento complejo debe mantenerse igual en la explicación. En suma, muchos intelectuales han venido escribiendo para ellos mismos y han abandonado aquello que hicieron sus precursores: pedagogía política para los que menos saben.

La realidad vigente no debe ser una condición inevitable de resignación, sino un desafío para el cambio. Por ello, no deseo que los intelectuales contemporáneos recurran a estrategias facilistas para sobrevivir a este cambio de expectativas en los ciudadanos que los viene dejando a la zaga. Si algo aún creo deben conservar los intelectuales es la preeminencia de los principios éticos por encima de lo ideológico para que incluso puedan autocuestionarse, y el espíritu inconforme que los anime a estar alertas contra toda amenaza de unificación del pensamiento. Y tal como viene aconteciendo actualmente, la sombra del pensamiento único seduce a muchos intelectuales. Esto es lo que verdaderamente me preocupa.


Alerta!!!: esto no es un intelectual!!!



lunes, diciembre 01, 2008

Los intelectuales y el compromiso social




En la cinta Sartre: años de pasión, se narra parte de la vida de Jean Paul Sartre y de Simone de Beauvoir, precisamente, sus años intelectualmente más fecundos. Una de las escenas más entrañables fue cuando Sartre y Beauvoir visitan Cuba y el propio Fidel Castro funge de guía en la isla. Cuando de pronto de topan con un ama de casa quien airadamente reclama al comandante por la refrigeradora malograda que hace semana nadie repara, el mismo Fidel en persona decide solucionar el problema ante la mirada escéptica de Simone de Beauvoir y el éxtasis revolucionario de Sartre. Luego de infructuosos intentos, el comandante indicó a la señora que ordenaría a uno de sus ministros para que en persona resuelva el desperfecto de su refrigeradora. Sartre no cabía en sí mismo de la emoción por el accionar del comandante Castro a quién le preguntó “¿y cómo le llama ud. a esto?”, a lo que Castro respondió “se trata de la democracia directa, todo lo que nos piden, se los damos”. Simone de Beauvoir preguntó de inmediato, “pero dígame comandante, ¿y si le piden la luna?”. Castro se detuvo, dio una intensa pitada a su habano y contestó muy orondo, “bueno, si me piden la luna es porque la necesitan”. Ni hablar, ¡al diablo el existencialismo!

Ahora bien, ¿qué hacer cuando la sociedad les pide la luna a los intelectuales? Creo tener algunas certezas al respecto, más concretamente, en lo que la sociedad debiera esperar de sus intelectuales. Si bien no estamos viviendo la euforia de mayo del 68 ni las marchas en protesta contra la guerra de Vietnam y tampoco disponemos de referentes en la cultura de masas como los íconos musicales que se reunieron en las colinas de Woodstock, existe una variedad de acontecimientos que merecen la atención de los intelectuales, aquella especie aparentemente en extinción a partir de 1980 —hecho coincidente con la consolidación del neoliberalismo a lo Reagan y Thatcher, como política económica en el Primer Mundo— . Dejaré pendiente la pregunta inicial para dar paso a otra no menos importante: ¿Qué debemos esperar de un intelectual en una era post muro de Berlín, post Torres Gemelas y, en general, post ideológica?

Si bien los pronunciamientos de un intelectual, o sus ideas, pueden generar acciones concretas, sus intervenciones poseen un carácter eminentemente simbólico (simbólico aquí no significa inocuo, sino referencial, es decir un conjunto de ideas-modelo a seguir). Es por ello que el resultado del accionar intelectual no debe ser evaluado necesariamente en términos prácticos, como el sastre que mide la talla de una prenda o como el despensero que despacha un kilo de arroz, sino mediante la actitud que el pensador asume, la cual puede oscilar entre la acción directa o la manifestación simbólica de sus ideas. Recordemos a Sartre y a Marlon Brando. Muchos de los más notables intelectuales franceses y europeos criticaron denodadamente a Sartre cuando este rechazó el Premio Nobel de Literatura. Estemos o no de acuerdo con esa decisión, lo cierto es que el autor de La náusea actuó por convicción y en estricta correspondencia y, en primer lugar, con sus ideas entre las que destacaba el compromiso del escritor con su sociedad. El caso de Brando fue similar: a pesar del reconocimiento de la crítica especializada, durante un buen tiempo se convirtió en un paria, ya que ninguna productora de Hollywood quería contar con sus servicios debido a sus actitudes díscolas e impredecibles. Rechazó el Oscar en protesta por el acoso que el gobierno norteamericano aplicaba contra los indígenas en sus propias reservas. Brando desafío las barreras que restringían el protagonismo de un actor más allá del estudio de grabación y decidió hacer manifiesta su protesta. En ambos casos, la frontera entre la manifestación simbólica y la acción concreta de un intelectual o de cualquier figura pública puede parecer difusa, ya que, siempre que estos actúen por convicción, el resultado será el mismo: mostrar y demostrar que el cambio comienza con las ideas.

No obstante, el intelectual, el artista, el académico, el político, el comunicador, el ciudadano común, entre otros, poseen distintas formas de manifestar su disconformidad con lo establecido. Un intelectual, a diferencia de un académico, tiene un compromiso moral con su sociedad y con su época, el cual va más allá de los límites de su especialidad profesional. Sin embargo, no se le puede exigir a un intelectual que resuelva todos los problemas sociales al estilo de la democracia directa de Fidel Castro. Para ello existen instancias competentes, las cuales no deberían evadir su responsabilidad en el cambio social: el Estado y las instituciones sociales, aquellas que nacen de iniciativas privadas como las ONG’s, asociaciones civiles sin fines de lucro, partidos políticos, medios de comunicación, frentes regionales, etc. ejercen todos juntos una influencia determinante en la vida nacional. Entonces, ¿el intelectual debe convertirse en un mero espectador de la miseria humana y contemplarla desde su torre de cristal? No. Lo que sucede es que su participación en dicho cambio tiene varias aristas, las cuales no se reducen exclusivamente a la acción o a la militancia partidaria. Gandhi, la madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King y muchos otros sin ser intelectuales o ideólogos en estricto sentido contribuyeron al cambio social desde el lugar donde mejor lo hacían. ¿Deberíamos recriminarles por no haber formulado un cuerpo sólido de ideas? Análogamente, ¿Sería sensato fustigar a Mariátegui como un intelectual incompleto porque no pasó a la acción? ¿Restaremos valor a las ideas de González Prada porque se refugió en su hogar durante la ocupación chilena? A propósito, es pertinente releer “El intelectual y el obrero”, texto en el cual el autor de Horas de Lucha no encuentra conflicto entre la labor de ambos, sino que las entiende como complementarias: cada uno desde su lugar puede aportar al cambio social.

En este sentido, la exigencia de la acción directa a un intelectual o a un artista, a manera de un imperativo impostergable, podría desnaturalizar sus roles y, lo que es peor, quitarles independencia política e ideológica. En todo caso, se trata de una decisión individual, en la que las convicciones personales deben encontrarse por encima de cualquier coacción social, ideológica o política. De ninguna manera estaré de acuerdo con que la agenda individual de un intelectual esté conducida por otra motivación que no sea el convencimiento interior de creer en lo que piensa para luego hacer lo que piensa por una sencilla razón: no creo en los intelectuales ni en los revolucionarios que actúan por reflejo. La solución de los problemas sociales demanda la movilización de una logística que muchas veces excede las facultades de cualquier iniciativa individual por muy bienintencionada o altruista que esta sea. Siempre que un intelectual, un ideólogo o un revolucionario pretendieron llevar a la acción sus ideas, tuvieron que ampararse en el espíritu corporativo de alguna organización lideraba por ellos o que los apoyara.

Entonces ¿qué debemos exigirle a un intelectual? 1) que sea consecuente con sus ideas, es decir que predique con el ejemplo, 2) tomar postura y pronunciarse frente a hechos concretos, 3) colocar la ética por encima de la ideología y de la política (lo cual sea, tal vez, la demanda más difícil de cumplir: no separar la política de la moral). 4) Proponer iniciativas de cambio y convertirse en un formador de opinión, en un referente para su sociedad y su época. Todo ello, a mi modo de ver, es lo que deberíamos esperar de un intelectual. Pero exigirle la solución de la triste realidad de los más necesitados es un propósito que, como indiqué antes, puede exceder sus facultades, aunque indirectamente contribuya con aquello. En consecuencia, no les pidamos la luna, exijámosles, más bien, que tengan bien puestos los pies en la tierra.

lunes, noviembre 10, 2008

Los intelectuales de izquierda frente al poder mediático




La izquierda en la era del karaoke

Norberto Bobbio / Giancarlo Bossetti / Gianni Vattimo
Fondo de Cultura Económica, 1997

¿Tiene todavía la izquierda algo que decir y/o hacer frente al poder de los mass media? ¿Debe mantenerse la izquierda expectante y actuar por reflejo o tomar la iniciativa frente a una derecha que viene ganando más simpatía en la opinión pública? ¿Por qué la mayoría de medios se alinean a la derecha? Norberto Bobbio, Giancarlo Bossetti y Gianni Vattimo ensayan algunas respuestas en La izquierda en la era del karaoke, publicación que contiene el conversatorio que estos tres intelectuales de izquierda sostuvieron en 1994, a propósito de la elección de Silvio Berlusconi, magnate de las comunicaciones, como primer ministro italiano.

En la introducción, Bossetti comenta algunas ideas de Umberto Eco respecto a los medios de comunicación. Según el semiólogo italiano, una política cultural prudente sería aquella que encuentre un equilibrio entre la información visual y escrita. La televisión debería enseñar al televidente a que no sea dependiente de ella, a que esté alerta, a que ponga en práctica su juicio crítico y a formarse una opinión sobre la base de información diversa (y no monocorde como parece que es la tendencia mundial de las megacorporaciones de telecomunicaciones, las cuales adquieren varios tipos de medios, pero que mantienen una misma línea, lo que perjudica la variedad informativa).



Que los medios de comunicación, y en especial la televisión, asuman una función didáctica en determinados temas, podría sonar para algunos ciegos defensores de la libertad de mercado y de expresión (derechos que no siempre van de la mano como apreciamos en el caso Álvarez Rodrich y Peru 21) como desfasada o intervencionista. Sin embargo, no lo es tanto si nos damos cuenta de que la televisión no es verdaderamente democrática en una sociedad cuyos ciudadanos no pueden acceder a información de calidad para formarse un criterio y así evaluar la vida política nacional y mucho más grave si para remediar esto hay que pagar cuando se trata de un servicio público al que todo ciudadano tiene derecho a acceder. En este sentido, la propuesta de Eco permite apreciar cómo la televisión se vuelve basura y cómo también se basuriza la discusión política. Sino recordemos la campaña que la izquierda y el APRA emprendieron contra Vargas Llosa previo a las elecciones de 1990; la actuación de Carlos Álvarez como comediante oficial del fujimorato en canal 7; los titulares de los diarios chicha contra los opositores al fujimorismo; los comentarios racistas de Cecilia Valenzuela acerca de Alejandro Toledo y su campaña contra Ollanta Humala —quien encontró en la conductora de La ventana indiscreta a su mejor propagandista: a ella y a muchos otros periodistas que lo atacaron al unísono, les debe Humala el haber llegado a la segunda vuelta y casi lograr la presidencia—; y los infundios levantados por La Razón, Correo y Expreso contra el Informe Final de la Comisión de la Verdad y los comisionados.

En consecuencia, aquel que considere que lo que sucede en la televisión es un mal necesario o que apele a la libre elección del consumidor, a la libertad de empresa o a la variedad de alternativas que ofrece la televisión, es decir, que sostenga que no existe un problema, carece de todo sentido de responsabilidad social. Bossetti señala que los medios de comunicación, así como cualquier empresa que ofrece un servicio público, está obligada a mantener niveles de calidad que impidan que “los televisores se conviertan en vehículos de contaminación y confusión general”. La defensa de la libertad de expresión y de empresa no debe socapar, de ninguna manera, la irresponsabilidad social.



El diálogo entre estos tres intelectuales también está motivado por una profundización sobre el libro de Bobbio: Derecha e izquierda. Dos elementos fundamentales que el lector no debe perder de vista en este diálogo son que, en primer lugar, la izquierda deje de ser conservadora (en el peor sentido, es decir, estática) frente a una derecha activa, frontal y “vanguardista” que viene ganando simpatía popular, aunque nos parezca mentira. Al respecto, durante el tiempo que estuvo en el aire, Cecilia Valenzuela —quien se convirtió en una de las voceras mediáticas de la derecha liberal— le daba a machamartillo a la izquierda sindicándola como la principal responsable de los conflictos sociales en el interior del país y de que la crisis de la educación peruana era única y exclusiva responsabilidad del SUTEP. Estaba convencida de que los pobladores que tomaron el puente Montalvo en Moquegua eran disciplinados militantes de izquierda. Asimismo, la ley que otorga impunidad a las fuerzas policiales que causen muertes en el ejercicio de sus funciones; la pretendida amnistía contra los militares que participaron de las masacres en la guerra contra el terrorismo; la gran acogida que tuvo la iniciativa presidencial de instaurar la pena de muerte; y la creencia de que todas las ONG’s son el brazo legal del terrorismo o que se oponen al progreso económico son algunos ejemplos de cómo en la sociedad peruana, ciertas ideas de carácter autoritario que son defendidas por personajes como Rafael Rey, Edwin Donayre, Lourdes Alcorta, Ántero Flórez-Aráoz, Luis Giampietri y otros, tienen eco en un vasto sector de la opinión pública. El otro aspecto que se debe tener en cuenta son los efectos de la televisión en la discusión política.

La primera cuestión que discuten tiene que ver, precisamente, con la actitud de la izquierda contemporánea y de la derecha frente a la sociedad. Como dije líneas arriba, la izquierda perdió iniciativa frente a una derecha más dinámica y activa que pareciera lleva la batuta de la renovación constante. El nuevo orden político, económico y social exige la verificación material de cualquier proyecto de cambio; de lo contrario, se le descarta por inaplicable o utópico. De ahí que el camino más corto, el de la ejecución sea el preferible antes que la discusión razonada de otras posibles alternativas. Esto en nuestro país lo hemos apreciado con creces: es más fácil esterilizar a pobladores analfabetos que instruirlos sobre métodos anticonceptivos; reprimir y dar de baja a generales que prevenir los conflictos sociales; amnistiar a criminales que juzgarlos; denostar a la CVR y a sus integrantes que leer el Informe Final o aprobar una ley que limita la propiedad comunal antes de dialogar con los directamente afectados.



La izquierda se presenta como el camino difícil que requiere sortear muchos obstáculos y e invertir tiempo valioso en discusiones seguramente infructuosas, desfasadas o antimodernas, si es que a sus adeptos no se les tilda de perdedores históricos, terroristas o agitadores sociales. Del lado de los intelectuales tampoco las cosas están mejor porque estos, si bien dialogan con su comunidad académica, hace tiempo que están desconectados de la gente de a pie. Paradójicamente, la izquierda, o mejor dicho cierta izquierda, viene defendiendo valores tradicionales y anticuados para el gusto de las masas (estatismo, nacionalismo, regionalismo y, en los casos más patéticos, la lucha armada y de clases), lo cual hace que se la perciba como conservadora y reaccionaria. Tal percepción es reforzada por la televisión. ¿Acaso les interesa a los propietarios la formación del televidente? Queda claro que las metas de Delgado Parker, Schutz, los Croussillat y demás eran más empresariales que ético-sociales. A ello se agrega el pasivo con el cual carga la izquierda. Las dictaduras totalitarias, el terrorismo y el fracaso de los socialismos reales del siglo XX todavía son acontecimientos difíciles de remover de la historia reciente al punto que, luego de la caída del Muro de Berlín, era común oír “¿yo de izquierda? No, soy de centro”. En pocas palabras, la izquierda más ruborizada (y más roja que nunca), por su vergonzoso pasado, se volvió conservadora y asumió el rol tradicionalista que antes le era endilgado a la derecha. Por todo esto, la derecha viene ganando terreno en la opinión pública.

En segundo lugar, una de las consecuencias más nefastas que estos tres intelectuales hallan en la televisión se relaciona con la escasa participación ciudadana en la vida política y en los asuntos que más le atañen. En los 60’s y 70’s, la gente buscaba respuestas en los intelectuales; hoy las encuentra en los periodistas de espectáculos, en los políticos y en Osho, Deepak Chopra o Paulo Coelho. Vattimo apunta que ser de izquierda puede acarrear impopularidad, pero ello no significa que, necesariamente, haya que renunciar a la participación activa en la política. Y esto es lo que, personalmente, reclamo a los intelectuales peruanos de izquierda: mayor deliberación con el ciudadano común y corriente; pero, al parecer, no están dispuestos a “ensuciarse un poco las manos”.

Algo que quiero destacar en esta parte es la intervención de Bobbio en torno a por qué no hay una izquierda fuerte en los Estados Unidos. Explica que ello ocurre debido a la influencia de la televisión. La sociedad norteamericana está grandemente influida por los medios de comunicación que son quienes dictan la pauta política o de lo políticamente correcto. La cultura CNN es el portavoz oficial de la Casa Blanca a nivel mundial. Hay una izquierda en EEUU, pero es de élite y escasamente influyente en la política pública. Por ello, que la mayoría de medios de comunicación estén alineados con la Casa Blanca y que la izquierda no tenga muchas tribunas no es un hecho fortuito.

Un punto aparte ocupa el debate Bobbio-Vattimo. Que ambos compartan posturas progresistas no los obliga a estar de acuerdo. El conservadurismo de la izquierda es analizado por ambos de distinta manera. Para Vattimo, sin llegar a estar de acuerdo con tal conservadurismo, esto se explica porque la izquierda, en el pasado, no creía en la democracia; defenderla hoy contra toda amenaza totalitaria (libremercadista, nacionalista o populista) a costa de parecer reaccionaria o conservadora, no le parece tan negativo, ya que defender el orden constitucional obedece a una actitud principista, lo cual es indicio de que la izquierda aprendió la lección. Y tiene razón en la medida que luce así frente a una derecha modernizada y más en sintonía con el pragmatismo de la época. ¿Acaso no somos algo reaccionarios y conservadores si se trata de combatir la pena de muerte, la esclavitud o la pornografía infantil? El conservadurismo de izquierda tiene lugar en momentos en que a un sector creciente de la opinión pública parece no importarle mucho los derechos humanos, la igualdad o la solidaridad con los más desposeídos. Es decir, justo en el momento en que la izquierda tomó conciencia de sus errores históricos y quiere enmendarlos, la opinión pública cambia sus intereses políticos y tiende a sintonizar con la derecha. De esta manera, la izquierda luce como reaccionaria, a pesar de que la animen ideales progresistas.

Para Bobbio, en cambio, la izquierda debe recuperar la iniciativa y un lugar expectante en la discusión con la sociedad. El dedicarse solamente a tratar en exclusiva ciertos temas (ecologismo, derechos humanos, crítica cultural, etc.) que no necesariamente interesan a la opinión pública pese a su importancia, puede convertirla en una opción perdedora. En pocas palabras, Bobbio exige una izquierda más pragmática, deliberativa en otros ámbitos de la realidad social y mucho más frontal. Para este filósofo italiano, este punto es crucial. Le exige resultados concretos a la izquierda: hay que ganar votos de lo contrario seguirá postergada y el camino estará más allanado para la derecha. Para ello hay que dialogar con el ciudadano común y renovarse en el juego político. Como podemos apreciar, Bobbio se halla en las antípodas de Vattimo para quien la competencia para ganar votos contra la derecha a costa de renunciar a ciertos fundamentos, no es la solución.

Aunque discrepan, coinciden en que los medios de comunicación orientan la discusión política en un contexto en que la izquierda ha perdido conexión con las masas y espacios donde exhibir sus propuestas. Ello sucede porque, en la medida en que los medios de comunicación son empresas, comulgan mucho más con los planes de la derecha liberal que con los ideales de la izquierda. Por ello, no es casual que algunos temas no se debatan con total amplitud, que el conservadurismo haya calado en sectores populares y que la izquierda tenga que bregar más para estar en los medios. A ello se agrega la influencia que ejercen el poder económico y político sobre los medios de comunicación. Es posible que se desmarque un poco del político, pero muy difícil que lo hagan del económico.

Que exista cada vez mayor afinidad popular con la derecha se explica en este diálogo porque los medios de comunicación conducen la discusión política en esa dirección, debido a que la derecha liberal comparte objetivos con el empresariado mediático. Al respecto, observo que la derecha ha evolucionado más rápido que la izquierda, a pesar de que ambas poseen antepasados impresentables: fascismo y comunismo. La derecha, oportunamente, ha hecho suyos los postulados de la democracia liberal, en lo referente al libre mercado, inversión privada y libertad individual, lo cual le ha significado notables réditos políticos en las clases medias altas y ascendentes. Por el contrario, a la izquierda le cuesta mucho desprenderse de los fantasmas stalinista, maoísta y senderista que, cada vez que puede, le son recordados por la derecha. Curiosa situación en la cual un ciego pretende hacerle ver la luz a otro ciego.

Visto así, el panorama para la izquierda hoy no luce tan prometedor. Salir del ghetto de la teoría cultural, los estudios culturales, la crítica literaria, el ecologismo y los derechos humanos, por un instante, para enfrentar a los mass media la volverá más impopular de lo que es actualmente. Pero, definitivamente, es un riesgo que debemos correr quienes hoy nos consideramos de izquierda.