martes, abril 29, 2008

¿A dónde va el libre mercado?

A propósito de un artículo de César Hildebrandt

Arturo Caballero Medina
acaballerom@pucp.edu.pe
http://www.naufragoaqp.blogspot.com/

El periodista antiliberal y el comentarista fiel

Gracias a los comentarios desinteresados de un amigo y ex condiscípulo de la secundaria, Lucho Juárez, es que recientemente me veo más obligado a escribir sobre ciertos temas cuya discusión considero importante. De no ser por este fiel comentarista, difícilmente hubiera leído el artículo que César Hildedrandt escribió sobre el libre mercado en agosto de 2007 (el cual sugiero leer antes de esta nota. Puede consultarlo en http://cesarhildebrandt.wordpress.com/2007/08/17/economia-de-mercado/. Fiel a su estilo incisivo y mordaz, este connotado periodista odiado y admirado a la vez, de seguro que es extrañado por un gran sector de los televidentes, agotados por las moralejas de Cecilia Valenzuela o nostálgicos por los mejores momentos de Rosa María Palacios: “La ventana indiscreta” parece cada vez más un recetario sobre lo políticamente correcto mientras que “Prensa libre” padece de un ritmo por momentos cansino. En el mencionado artículo, su autor arremete contra el libre mercado, el capitalismo salvaje y el liberalismo con mucho hígado pero sin distinguir el trigo de la paja: solo se regodea con la paja. A continuación, procuraré “despajarizar” lo vertido acerca del libre mercado para completar la otra parte ausente en el texto de Hildebrandt.

La fuente desconocida

Tanto los que defienden a muerte como los que critican el liberalismo político y/o económico cometen el error de no consultar las fuentes sino que reciclan la crítica de la crítica. Dudo que Hildebrandt haya leído La riqueza de las naciones de Adam Smith además de su Teoría de los sentimientos morales los cuales muchos liberales económicos acérrimos y antiliberales también deberían revisar. En La riqueza de las naciones Smith afirma que el mercado debe regular la economía mediante la oferta y la demanda (la mano invisible), pero en ningún momento dice que el Estado deba desaparecer, más bien dice que este debe garantizar el bienestar individual del ciudadano permitiéndole acceder a los requerimientos mínimos para su realización, a partir de lo cual, cada uno podrá escoger su destino. Esto lo complementa en Teoría de los sentimientos morales un tratado acerca de los valores éticos sostenidos por el liberalismo clásico. El desconocimiento de ambos textos induce al error generalizado, en la actualidad, de confundir liberalismo con neoliberalismo y liberalismo político con económico. Obviamente, el ciudadano de a pie no tiene la obligación de conocer estos detalles; sin embargo, aquellos que expresan opiniones favorables o adversas sobre el libre mercado —y por extensión, sobre el liberalismo— o cualquier tema de actualidad no deberían cometer un desliz como este, sobre todo cuando se trata de líderes de opinión como periodistas o políticos (no incluyo a los intelectuales ya que ellos están, lamentablemente, cada vez más lejos de la gente) cuya responsabilidad compartida es hacer pedagogía política.

El liberalismo clásico, en su vertiente política, tiene muchos puntos de coincidencia con el anarquismo (rechazo a la limitación de la libertad) y con el socialismo utópico (bienestar social). Por otro lado, derechos humanos, contrato social, instituciones legales supranacionales, tolerancia con las diferencias, estado de bienestar, etc., son conquistas liberales no socialistas, marxistas ni comunistas. La lucha contra el poder despótico y absolutista de las monarquías europeas la inició el liberalismo, no el marxismo. Estos principios liberales fueron distorsionados en el siglo XX por los ideólogos del capitalismo salvaje (neoliberales) para quienes el mercado está por encima del individuo y lo ético no es más que una molestia a enfrentar.

Hildebrandt enfiló sus baterías contra el libre mercado (con las cuales coincido en parte) pero le faltó pedagogía política para no confundir al lector: todo ello que menciona no es culpa de Adam Smith sino de las tergiversaciones, según algunos expertos, de Milton Friedman y Frederick von Hayek, economistas ultraneoliberales del siglo XX.

Chomsky desarrolla de manera profunda las coincidencias entre liberalismo clásico y socialismo libertario en El gobierno del futuro, conferencia dictada en el Perry Center de Nueva York en 1970. Ahí señala que en el futuro no quedará otra opción que conciliar lo mejor del liberalismo con lo mejor del socialismo para construir un liberalismo de izquierda (posibilidad viable para algunos y para otros un disparate porque se trataría de una contradicción insuperable. Acerca del liberalismo de izquierda sugiero revisar el blog del filósofo Gonzalo Gamio (http://www.gonzalogamio.blogspot.com/) y el del politólogo Martín Tanaka (http://www.virtuefortuna.blogspot.com/). Ambos analizan las posibilidades y obstáculos, respectivamente, que enfrentaría esta síntesis en el Perú).

Chomsky señala que “las ideas liberales clásicas, en su esencia, aunque no en la manera como se desarrollaron, son profundamente anticapitalistas” (15). Critica al libre mercado pero deja en claro que la deshumanización de la sociedad industrial no fue responsabilidad del liberalismo sino del capitalismo industrial de fines del siglo XIX hacia adelante. Este capitalismo solo puso énfasis en la reducción del Estado y en la exacerbación del individualismo el cual no es avalado en su totalidad por el liberalismo clásico ya que busca establecer una comunidad de libre asociación acentuando los vínculos sociales entre sus miembros. Vale la pena citar un fragmento de la conferencia de Chomsky:

“(…) el punto de vista liberal clásico se desarrolla a partir de una determinada idea de la naturaleza humana que hace hincapié en la importancia de la diversidad y la libertad de creación; por lo tanto, ese punto de vista se opone de un modo fundamental al capitalismo industrial con su esclavitud de los salarios, su trabajo alienante y sus principios jerárquicos y autoritarios de organización social y económica (…) el pensamiento liberal clásico se opone a los conceptos del individualismo posesivo, que son inherentes a la ideología capitalista”.

En relación a las limitaciones del libre mercado, Karl Polanyi afirma que el mercado “no podría existir durante un periodo de tiempo prolongado sin arruinar la sustancia humana y natural de la sociedad; aniquilaría físicamente al hombre y destruiría su entorno por completo”. En conclusión, el capitalismo moderno manipuló las tesis del liberalismo clásico; este es el sello del neoliberalismo: capitalismo deshumanizado.

Mercaderes, indiferentes y excluidos



Hildebrandt explota muy bien la pluma ácida, el ejemplo certero y la frase efectista, recursos con los que en dos trazos diseña una estrategia de argumentación práctica para la comprensión del lector pero poco sustancial para el análisis. Los perjuicios del libre mercado deben interpretarse en oposición a sus beneficios. ¿Por qué después de tantos años tenemos tarifa plana de Internet, cable y telefonía? ¿Por qué se reducen las tarifas de llamada a celular y a teléfonos fijos? Por la tremenda oferta que existe de estos servicios en el mercado. Y esta tardía pero beneficiosa reacción de Telefónica no se debe a que el Estado patee el tablero y desconozca los contratos ni a cruzadas sociales contra la inversión española ni a los debates en el congreso sobre la eliminación de la renta básica. Aquello es resultado del esfuerzo de miles de peruanos cuya necesidad los llevó a idear una manera de sacarle la vuelta al sistema aprovechando las ventajas del libre mercado. Me refiero a las cabinas de Internet, los locutorios públicos y a los “hombrecitos celular”. Es a ellos a quienes deberíamos agradecer la rebaja de las tarifas telefónicas porque vienen cubriendo una demanda creciente a precios muy bajos. En 1997, la Universidad Nacional de San Agustín ofrecía el servicio de Internet al público los domingos de 8 a 12 a un precio de 3.50 soles por dos horas. Recuerdo que en el verano de 2000 pagué 4 soles por hora en una cabina ubicada en la avenida Benavides de Miraflores en Lima. Mientras en toda Latinoamérica Telefónica ofrecía tarifa plana de Internet, en el Perú se pagaba por tiempo de conexión en el caso de usuarios domésticos y una tarifa plana solo para distribuidores. ¿Qué sucedió durante los siguientes ocho años? Proliferaron las cabinas públicas de Internet de una manera vertiginosa al punto de que en Arequipa una hora cuesta 0.70 céntimos. (Según estadísticas, el Perú es el país que posee mayores niveles de acceso masivo (cabinas públicas, no doméstico) a Internet en Latinoamérica. Este fue solo el primer paso para que las tarifas de telefonía descendieran puesto que las llamadas por Internet pusieron en sobreaviso a las compañías de telefonía fija y celular: progresivamente, redujeron el precio de la línea fija y de los aparatos y tarifas celulares (los primeros armatostes que llegaron al Perú en 1992 costaban desde 1 000 dólares hacia arriba). Lo curioso es que las campañas de promociones no desalentaron el negocio de las llamadas por Internet sino que, aparte de ello, incentivaron el aprovechamiento de los minutos libres: tal es así que, dependiendo del criterio del “hombrecito celular”, una llamada local cuesta igual que una nacional. (“Los usuarios de telefonía móvil descubrieron que los planes más ventajosos de las empresas del mercado permitían tener minutos más baratos. Así empezó el negocio de vender minutos para llamar a celulares. La ganancia promedio es de 100%”. Fuente: Diario La República
http://www.larepublica.com.pe/content/view/171464/

Además de la creatividad criolla de los locutorios públicos, no perdamos de vista que gracias al libre mercado es que las tarifas de transporte público urbano no se incrementan de manera correlativa al alza de los combustibles, pese a que dicho aumento estaría plenamente justificado de parte de los transportistas (los precios del pasaje urbano llevan un considerable retraso respecto al alza del combustible: entre 1994 y 2008 el precio de la gasolina y el petróleo aumentó en casi 50% mientras que el pasaje urbano lo hizo en 25 a 30%). Tanto en el transporte urbano masivo como en los taxis existe una “dictadura” de los usuarios quienes retrasan las alzas al no pagar más allá de lo acostumbrado. Este es un típico caso de transferencia de los costos al ofertante del servicio y no al consumidor, como sucede la mayor parte de veces. Sin embargo, aunque los usuarios controlen relativamente estos precios, lo cierto es que también la renovación de unidades de transporte y la adquisición de repuestos es más difícil de sostener debido a que los transportistas no pueden solventar estos costos cada vez mayores por la progresiva reducción de sus ganancias. El resultado: buses y combis contaminadores por carencia de mantenimiento. El caso del transporte urbano masivo y particular es ejemplo de que el mercado libre no solo se sitúa del lado de los ofertantes del servicio o del producto sino también del lado de los usuarios, aunque a veces con perjuicio de ellos mismos.

Muchos se sorprenderían de saber que las localidades más capitalistas del Perú son Puno y Juliaca. Paradójicamente, es en estas ciudades —sobre todo en Juliaca— donde se practica el más rabioso capitalismo de libre mercado a pesar de que suelen hacer noticia por protestar contra el “neoliberalismo hambreador” y por concentrar la mayor cantidad de votos a favor de Ollanta Humala, abanderado del nacionalismo; la región en donde Hernán Fuentes lanza diatribas contra el mercado libre. ¿Cómo entender aquellas protestas si su economía gira en torno de lo que combaten? Simplemente porque aún subsiste un gran sector de la población que no se ha beneficiado del mercado libre como sí sucede con los “hombrecitos celular”. Los contrabandistas no son empresarios que se exponen a los campos minados en la frontera con Chile o a enfrentamientos contra la policía por alguna pasión aventurera: son comerciantes —aunque no todos ellos claro está— que no pueden ingresar a la formalidad por las vallas tan altas que le impone el Estado. En el Chicago de los años 20, el contrabando se desmoronó inmediatamente al derogarse la prohibición sobre el consumo de alcohol.

Entonces, zanjemos el malentendido. Lo que no aceptan los neoliberales ortodoxos es que el Estado intervenga para regular el mercado cuando los individuos ven coaccionada su libertad de elección al no poder alcanzar el grado de realización personal (laboral, artística, académica, etc.) no por la falta de capacidades sino por deficiencias estructurales (vivienda, comunicaciones, salud, educación, economía) que el Estado debe garantizar a sus ciudadanos. Ampliar las redes telefónicas en Asia, Chacarilla o La Planicie es lo económicamente correcto para las empresas de telefonía ya que así podrían asegurar el consumo y la consecuente recuperación del capital; en cambio, instalar Internet, cable y telefonía en Huancavelica, Chumbivilcas o Juli no es atractivo porque los pobladores carecen de recursos para pagar esos servicios y, en consecuencia, no se recuperaría lo invertido. Esta mentalidad empresarial siempre será pragmatista y dudo mucho que cambie a pesar de que la responsabilidad social empresarial es el discurso de moda en las empresas modernas. Hasta que el cambio ocurra, el Estado tiene el legítimo derecho de intervenir en situaciones como el alza indiscriminada de pasajes interprovinciales y alimentos pero no a través del control de precios que genera mayor especulación sino mediante la información y el establecimiento de infraestructura básica. Los alimentos se encarecen por el incremento de los combustibles pero, además, por el flete que agregan los transportistas cuando transitan por carreteras de trocha carrozable. Un maestro rural además de una remuneración digna necesita contar con servicios básicos en la comunidad donde labora, lo mismo que un médico o un abogado. El mercado por sí solo no puede asegurar el progreso de una sociedad si es que no incluye a la mayor parte de sus miembros. Por el contrario, si es excluyente, generará descontento en las mayorías desplazadas. En este sentido, afirmar que la exclusión es implícita al mercado —“Eso es Adam Smith con su Tirifilo más, Milton Friedman con su Lastenio al costado, la mano invisible y el dedo medio en ristre”— según César Hildebrandt, significa caer en inexactitudes.

A lo anterior se agrega que nuestros mercados son imperfectos ya que en lugar de alentar la formación de precios en base a la oferta y la demanda, se fomenta el oligopolio de los reyes de la papa, el camote y la cebolla, y de los intermediarios. Mejores carreteras permitirían a los agricultores primarios (escasa o nulamente tecnificados) a ofrecer sus productos directamente en los mercados sin intermediarios, con el consecuente incremento de sus ganancias, lo cual a mediano o largo plazo deberían invertir en la tecnificación de sus productos tal como viene sucediendo en Ica con la exportación de espárragos a los EEUU; Piura y Tumbes con el mango; y Cajamarca con los lácteos. El alza mundial en el precio de los alimentos bien podría beneficiar a los más necesitados: aquel vasto sector de comunidades empobrecidas debido a los mercados imperfectos y a la ineficiencia del Estado y los gobiernos regionales cuyas arcas están repletas de dinero pero carentes de proyectos de inversión. Para los agricultores de la sierra, el mercado libre dejará de ser “el monstruo detrás de los cerros” cuando comprueben que mejora su nivel de vida tanto por el incremento de sus ingresos como por la calidad de los servicios públicos (salud, educación y vivienda).
De esta manera, nos damos cuenta de que, en realidad, algunos de los vicios atribuidos al libre mercado (desigualdad, exclusión, alza de precios) son corresponsabilidad de las políticas económicas de los estados que dejan al mercado en piloto automático.

En resumen, para que el mercado libre funcione allí donde es excluyente el Estado debe intervenir como promotor de la inversión privada a la vez que asegura la infraestructura básica para el desarrollo de los ciudadanos. Por lo tanto, suele suceder que las deficiencias del libre mercado no sean responsabilidad total de los capitalistas sino también del Estado que abandona a su suerte el bienestar social.

Libertad económica y libertad política

En Alaska, EEUU, una empresa minera fue sancionada severamente al comprobarse que contaminaba el medio ambiente; en Uruguay, sucesivos gobiernos han convocado a plebiscito la cuestión de la privatización del servicio de agua potable y, hasta ahora, siempre ha perdido la privatización. Ambos ejemplos demuestran que salvaguardar los intereses de los ciudadanos no implica atentar contra el libre mercado: se sanciona a los que infringen la ley y se consulta a los directamente afectados sobre decisiones trascendentales como la administración del agua.

Si antes mencioné que la exclusión no es implícita al libre mercado sino que determinadas condiciones estructurales no permiten la inclusión de las mayorías en su circuito, no es menos cierto que los gobiernos son los responsables de los términos en que se negocian los contratos de privatización. Si la negociación es perjudicial para los intereses nacionales, se debe diseñar mecanismos jurídicos que permitan su revisión, lo cual no equivale a patear el tablero y desconocer los acuerdos. El libre mercado no es el culpable de los estropicios o de la ineptitud de los gobiernos que celebran acuerdos sin tomar en cuenta el costo-beneficio para sus ciudadanos. Si a Telefónica se le entregó en bandeja el mercado de las telecomunicaciones en el Perú y no reditúa los beneficios al Estado en los términos estipulados, iluso es creer que por “buena fe” lo harán más adelante. ¿Quién y bajo qué condiciones privatizó las empresas públicas? ¿A dónde fue a parar todo ese dinero? Aquellos sujetos tienen nombre y apellido y son los que deben responder, pero de ahí a satanizar al libre mercado endilgándole la depredación de la riqueza nacional existe un trecho muy largo. No debemos confundir el clientelismo, la prebenda, el favoritismo político con el libre mercado. Mercantilismo no es igual a mercado libre sino que es su distorsión y junto con los anteriores, los causantes de la desconfianza popular ante la libre competencia en el mercado.

Otro aspecto que los neoliberales dogmáticos proclaman a los cuatro vientos es que las libertades económicas generan por añadidura, libertades políticas; es decir, si saturásemos Irak de franquicias de comida rápida entonces ello ayudaría a que los fundamentalistas islámicos se democraticen. La historia ha demostrado lo contrario: que las libertades económicas carentes de libertades políticas han servido para sostener dictaduras en el poder bajo el pretexto del crecimiento económico. En Taiwán, uno de los tigres asiáticos, la dictadura del Kuomintang duró hasta 1991; en Singapur, el sistema de gobierno se aproximaba más al autoritarismo que a una democracia multipartidista: Lee Kuan Yew fue el único primer ministro desde 1959 hasta 1990, cuando por su propia voluntad decidió dejar el cargo; desde 1953, en Corea del Sur las dictaduras militares se sucedieron el poder hasta los años 80; ¿sería necesario abundar sobre el capitalismo neoliberal planificado por el Partido Comunista Chino?; en Chile, los resultados obtenidos por los Chicago boys solventaron ante el mundo la imagen de país en vías de desarrollo, pero Pinochet concentró el poder desde 1973 hasta 1990 (contrariamente a lo que se cree, el despegue económico de Chile se dio en democracia y no en dictadura). En conclusión, la aplicación del neoliberalismo tuvo a las dictaduras militares como soporte para aplacar la resistencia social.

El artículo de César Hildebrandt es reflejo sintomático de la frustración que siente la gran mayoría de peruanos que no percibe los beneficios del libre mercado debido a la corrupción del empresariado clientelista y a la exclusión generada por la falta de infraestructura adecuada (responsabilidad estatal). Los conceptos vertidos por el autor no contribuyen a la elucidación de conceptos frecuentemente utilizados por los medios de comunicación y por la ciudadanía tales como libre mercado, liberalismo, neoliberalismo, libertad económica o libertad política; al contrario, acrecientan la confusión ya que, por un lado, el desarrollo de los mismos es de un alcance limitado (frases efectistas, ejemplos contrastantes, afirmaciones radicales pero sin argumentación coherente) y por otro, desconoce las fuentes básicas de los temas que discute lo cual redunda en una secuela de imprecisiones. Mediante este artículo, espero haber contribuido en algo al conocimiento de lo que significa, a grandes trazos, el libre mercado.

martes, abril 22, 2008

Fundamentalismo y violencia de género

Arturo Caballero Medina
acaballerom@pucp.edu.pe


“Tienes que subir a la combi más seguido Rosa María”

Argumento esgrimido por Gonzalo Núñez ante Rosa María Palacios para sustentar la realidad del machismo peruano.

El incidente que protagonizaron la árbitra Silvia Reyes y el futbolista uruguayo Mario Leguizamón y, por otro lado, la actitud de la Universidad San Martín de Porres frente a Esther Vargas, resultan muy útiles para ejemplificar los prejuicios latentes en el imaginario colectivo nacional, sobre todo dentro de una sociedad como la peruana que se considera muy liberal en algunos aspectos cuando, en realidad, sigue siendo muy conservadora. En ambos casos, las reacciones de la opinión pública confirman que, primero, la defensa de una causa legítima puede distorsionarse si se ampara en el fundamentalismo y, en segundo lugar, que nuestra sociedad aún no está lista para enfrentar al “fantasma” de la verdad.

Fundamentalismo y machismo feministas

Lo primero que evidenció el caso Reyes-Leguizamón fue la hipersensibilidad social frente al tema de los derechos de la mujer. Ministros, congresistas, Defensoría del Pueblo, colectivos feministas y periodistas deportivos denostaron la actitud del jugador de la San Martín; sin embargo estos diferían de aquellos respecto a cuál debía ser la sanción más ejemplar. Si bien los periodistas deportivos no avalaron la reacción de Leguizamón, dejaron sentado que “en un momento de cólera uno no sabe lo que dice” y que si el ofendido hubiera sido un varón nadie se rasgaría las vestiduras. Gonzalo Núñez sugirió a Rosa María Palacios que abordara combis más seguido para verificar que el trato masculino hacia la mujer en el Perú no es el mismo que recibe la princesa de Asturias en su palacio. Efectivamente, a diario comprobamos que lo dicho por Gonzalo Núñez es cierto pero el error en su razonamiento es pretender sostener una postura (en el Perú se trata mal a las mujeres) mediante ejemplos que no explican el maltrato sino que, por el contrario, merecen ser explicados, es decir, el objeto a explicar no puede servir como explicación. Los fenómenos no se interpretan a sí mismos, simplemente suceden; es la actitud racional la que define una postura frente a los hechos. Lo cuantitativo, lo usual, lo frecuente, a veces no es muy útil como criterio de validez.

Aparentemente, nuestra sociedad —o al menos buena parte de ella— habría desarrollado los anticuerpos necesarios para rechazar el machismo aunque viniera del deporte rey, espacio en el que se reivindica, precisamente, la masculinidad. No lo veo así, ya que otros acontecimientos similares no provocaron ni la menor mueca en las agrupaciones que defienden los derechos de la mujer ni en los (las) que hoy encienden hogueras para “incinerar” a Leguizamón. Cuando la ministra Mercedes Aráoz rendía su informe acerca de las negociaciones del TLC con Estados Unidos, el congresista Daniel Abugattás le espetó la siguiente frase: “En EEUU, usted se puso de rodillas y de espaldas a la realidad peruana”, en alusión a que no se defendieron los intereses nacionales. ¿Alguien solicitó una petición de censura al congresista Abugattás? ¿Discutieron los medios estas expresiones de grueso calibre que sugieren, sutilmente, más que una entrega de intereses una grotesca analogía sexual? Por supuesto que no. Bastó con la retracción del congresista y asunto arreglado, lamentablemente.

En los casos Reyes-Leguizamón y USMP-Vargas fuimos testigos del fundamentalismo oportunista de género, o sea, de aquella actitud —loable en su versión moderada— que en defensa de la absoluta igualdad y de los derechos de género deriva en lo contrario ya que bloquea el debate. Un fundamentalista no detecta fisuras en su sistema de creencias, por ello es que las causas legítimas por las que lucha se distorsionan al adquirir para él el estatus de dogma. Leguizamón cometió una imprudencia pero su agresión no es menor a la que cotidianamente nos tienen acostumbrados los diarios “chicha” quienes estereotipan las conductas sexuales. No es más grave porque la agredida haya sido una mujer, lo es porque se atenta contra la dignidad de un ciudadano más allá de su sexo u opción sexual. Aquellos que promovieron una sanción severa a Leguizamón amparados solo en la condición de mujer de la agredida le hacen un flaco favor a las reivindicaciones del feminismo cuya elaboración teórica es mucho más compleja y vasta que un simple ajuste de cuentas contra el macho dominante.

La violencia no tiene género

Los medios de comunicación sensacionalistas y los programas cómicos alientan la violencia de género al reforzar los estereotipos: la vedette es una mujer fácil, el jugador de fútbol es borracho y juerguero, y los homosexuales se visten de mujer y provocan escándalos. La violencia de género no es (no debería serlo) propiedad de ningún género; sus victimarios y víctimas no distinguen opción sexual. Por ello, quienes censuramos todo tipo de violencia tampoco debemos discriminar entre si el agresor y/o agredido es heterosexual u homosexual.

La ridiculización de lo femenino es un hábito nacional, pero si bien se cuestiona a la prensa sensacionalista por exacerbar la frivolidad, el morbo y todo aquello que sabemos, no es frecuente escuchar de parte de los mismos actantes alrededor del incidente Reyes-Leguizamón o USMP-Esther Vargas, alguna crítica de la proporción a la que emitieron hace pocos días. La mayoría de periodistas demostró su tibieza al opinar sobre la reacción de Gisela Valcárcel al defender su derecho a la privacidad cuando un “urraco” la acosaba tomándole fotos: colocaron por encima el espíritu de cuerpo periodístico antes que la dignidad de un ciudadano y le hicieron el juego a la impunidad mediática del escándalo. Ni qué decir de Laura Bozzo quien enarbolaba la bandera del peor feminismo fanático al manipular paródicamente la victimización de la mujer frente a los abusos masculinos. Lo paradójico de esto es que se proyectaba una imagen que daba cuenta de lo opuesto: la mujer asumía el rol de agresor y el hombre, de víctima. Dicha muestra de feminismo fanático consiste en apropiarse del poder que somete con el fin de redireccionarlo en contra del agresor, pero de ninguna manera, en transformar su esencia agresora. Es decir, subsiste la violencia pero en otra dirección.

La reflexión que el caso Reyes-Leguizamón suscita es que cuando la agresión se produce entre sujetos del mismo género se gradúa la censura ante esta debido a una especie de permisibilidad proporcional al trato intragenérico y, en consecuencia, se invisibiliza la agresión: si a un árbitro varón le mentan la madre jugadores, hinchas y público y las sanciones se dan en el marco de las reglas de juego y de la costumbre local (al jugador lo expulsan y el árbitro, si desea, responde el insulto). En contraste, cuando la agresión ocurre entre sujetos de distinto género, el prejuicio sexista, ya sea por exceso o por defecto, nubla por completo una interpretación desapasionada de la violencia. El fundamentalismo machista o feminista finalmente son extremos que coinciden en la intolerancia: el machismo subsiste gracias a que su discurso tiene eco en hombres y mujeres machistas, es decir, por complicidad; el feminismo susbiste por oposición. Los que dicen defender los derechos de las minorías basándose en la minusvalía o incapacidad de estas para autoconducirse suelen ser los mismos que incentivan el sometimiento cultural. El paternalismo y la sobreprotección no siempre resultan medidas adecuadas para salvaguardar los derechos de las minorías porque llevan implícita la semilla del control y de la superioridad moral de quien protege respecto al protegido.

Hace poco una amiga me comentó que fue intervenida por una mujer policía debido a que conducía mientras usaba el celular. Según su testimonio, la policía le sugirió que le pintara “las uñas de las manos y de los pies” (lo que en argot coimero del personal subalterno femenino significa 20 soles y asunto arreglado). A ello se agregó la prepotencia de la señorita policía en expresiones como “usted obtuvo el brevete en una tómbola” a lo que mi amiga, al mejor estilo de Leguizamón, replicó con “estás amargada porque tu marido no te tiró bien en la mañana”. Esto es una muestra de cierto machismo que ya no se apoya solo en los patriarcas de antaño sino en las matronas —y sus potenciales herederas— que ayer y hoy siguen reproduciendo esto que se denomina machismo feminista.

Perdón San Martín, pero soy lesbiana

Si el fundamentalismo es nocivo por bloquear el debate, lo es, además, porque sobredimensiona la verdad y elimina las dudas. ¿Será acaso sintomático que los incidentes comentados aquí hayan tenido como tercer protagonista a la Universidad San Martín?

La sociedad peruana tiene una especial deuda con la verdad y la reconciliación. A las fuerzas armadas les cuesta reconocer que sí hubo excesos en la lucha contra el terrorismo. A los fujimoristas les es imposible sospechar que su líder conocía las actividades del destacamento Colina. En las elecciones del 90, la realidad exigía un ajuste económico drástico, pero elegimos afrontarlo creyendo en Fujimori y no cuando Vargas Llosa nos lo advirtió. Somos reacios contumaces a la verdad. Cuando esta nos viene de golpe, preferimos digerirla a pedacitos. Cuando llega fragmentada, dilatamos su revelación.

La negación de la verdad, a pesar de su evidencia, suele conducir la actuación de los fundamentalistas morales. La USMP procedió de manera totalmente opuesta en los dos casos referidos. A Leguizamón lo despidieron y lo comunicaron públicamente, en cambio a Esther Vargas quisieron despedirla silenciosamente. Con el primero actuaron por exceso; con la segunda, por defecto. El proceder moralmente correcto de una institución educativa era despedir del equipo al jugador de la San Martín por ofender a una mujer; sin embargo, a su entender lo moralmente correcto también consistía en separar a una docente porque es lesbiana. Aquí los fundamentalistas de la moral se guiaron más por la coyuntura que por los principios; más por el "qué dirán los padres de familia y alumnos que no estén de acuerdo" que por la defensa de un derecho laboral sin discriminación por la opción sexual del trabajador.

Cuando lo moralmente correcto se ampara en la voluntad popular es fácil proceder a su aplicación sin remordimientos; pero si, por el contrario, enfrenta resistencias, lo mejor es recurrir al silencio. Precisamente, la razón cínica saca ventaja de la coyuntura justificando su accionar en la necesidad de encontrar "solo una salida" a un problema. Según las circunstancias, el razonar cínico cuestionará lo moralmente correcto para sacar ventaja de la transgresión (como cuando el chofer de combi no recoge escolares ni invidentes o cuando inducimos a un funcionario público a la coima); o aplicará la norma literalmente, sin miramientos ni murmuraciones (el burócrata ineficiente que se ciñe al reglamento). En uno y en otro, la verdad es cuestionada y manipulada.

Esther Vargas ha declarado que nunca ocultó ser lesbiana. En su blog no hace apología al lesbianismo y mucho menos en sus aulas. No es que a la USMP le incomodaba contar en su club con un jugador machista o con una profesora lesbiana: Leguizamón seguirá pensando lo mismo de Silvia Reyes (y de seguro pensaba lo mismo de toda mujer irritada) y Esther Vargas no cambiará su orientación sexual. Lo que realmente guió el accionar de la USMP fue fundamentalismo moral oportunista y la razón cínica, amparados ambos en la negación y la manipulación de la verdad en aras de lo moralmente correcto.

¿Escribiría Ricardo Palma una tradición al respecto? De seguro que el San Martín del siglo XXI compartiría un café con la árbitra, el jugador y la profesora lesbiana.

viernes, marzo 28, 2008

El Tíbet, China y nuestro presidente olímpico

Arturo Caballero Medina
acaballerom@pucp.edu.pe

Un poco de historia

Desde que en 1952 las tropas comunistas chinas invadieran el Tíbet, la persecución religiosa, las protestas contra el régimen de Pekín y la violenta represión contra los manifestantes tibetanos han sido frecuentes cada cierto tiempo. Las aspiraciones de dominio chino sobre el Tíbet son históricas. Luego de que China lograra su unificación bajo la dinastía Qing (manchú), invadió el Tíbet en 1720 con el fin de expulsar a los mongoles; a cambio de lo cual, el gobierno tibetano liderado por el Dalai-Lama de aquella época, permitió la instalación de una guarnición militar china en su territorio. Años después en 1792, los manchúes volvieron a intervenir en Tíbet esta vez para ayudar a derrotar a los gurjas nepaleses —cuyos descendedientes fueron reclutados en 1982 por las fuerzas armadas británicas para el conflicto de Las Malvinas, en virtud de sus cualidades para la lucha cuerpo a cuerpo. Gran Bretaña y China mantuvieron un diferendo a principios del siglo XX sobre la soberanía del Tíbet que concluyó a favor de China.

El dominio de la China imperial sobre el Tíbet se vio alterado por la invasión japonesa en Manchuria. Entre 1910 y 1950, Tíbet mantuvo su independencia hasta que las tropas chinas tomaron el control de la región en octubre de ese año. India, que también administró la región fronteriza del Tíbet, reconoció la soberanía china y transfirió al nuevo gobierno la administración de las redes de servicios y comunicaciones. En 1956 hubo levantamientos guerrilleros anticomunistas en el Tíbet occidental; pero el alzamiento mas importante ocurrió en marzo de 1959 el cual tuvo un saldo de 87 000 muertos.

A partir de 1965, se oficializó la soberanía China sobre el Tíbet y paralelamente, se intensificó la persecución religiosa durante la Revolución Cultural. La represión se atenuó un poco en las décadas posteriores, aunque las protestas por la independencia del Tíbet —que posee el status de región autónoma— se repitieron en 1987 y 1993. El actual Dalai Lama, preside en la India el gobierno tibetano en el exilio, pero no es reconocido como interlocutor válido por el gobierno chino; es más, lo acusan de ser quien azuza los alzamientos.

La “china histérica”

Los ojos del mundo están dirigidos a China desde hace algunas décadas. El milagro del crecimiento económico chino —a costa del medio ambiente y de la extrema pobreza que impera en el campo— es la carta de presentación del gobierno comunista a la que desea sacarle lustre con los Juegos Olímpicos. Por lo que informan las agencias internacionales, las visitas de periodistas extranjeros son guiadas y no se permite a la prensa extranjera llegar al Tíbet, actitud comprensible en tanto no se quiere que nada empañe su presentación ante el mundo.

China siempre ha ignorado el respeto por los derechos humanos. Human Rights Watch, la supervisora mundial de estos derechos, anualmente informa acerca de lo que ocurre en China en materia de derechos humanos y da cuenta de torturas a disidentes, tráfico de órganos y como se sabe, pena de muerte. La tradición autoritaria china no es patrimonio de los comunistas sino que tiene larga data y es parte de su historia, plagada de guerras y secesiones internas en búsqueda de la unificación.








El presidente olímpico

Todo esto se sabe, es conocido por cualquier persona medianamente informada a través de los medios o interesada en el acontecer internacional. No es necesario ser un analista internacional para darse cuenta que en China se violan los derechos humanos. Por ello, sorprende (¿debería?) que el presidente García haya declarado en China que el Perú rechaza el separatismo del Tíbet y las protestas que atentan contra los Juegos Olímpicos. En su afán de apresurar un acercamiento económico con el gigante asiático, nuestro presidente perdió la serenidad que debe primar en un jefe de estado cuando opina sobre asuntos de otro país.

En contraste, el presidente francés Nicolás Sarkozy evalúa la posibilidad de boicotear los juegos si es que China no detiene la represión —claro que esto debemos entenderlo en el contexto francés actual donde la izquierda acaba de ganar la mayor parte de las elecciones municipales, por lo que Sarkozy pareciera querer congraciarse con las causas progresistas. Michelle Bachelet, por su parte, deplora la violencia con que se reprime a los tibetanos pero, más cauta, reconoce la soberanía china sobre el Tíbet. El Vaticano también ha conminado al gobierno chino a que dialogue con el Dalai Lama. En este panorama, creo que el Perú es el primer país que se alinea totalmente con el gobierno chino avalando la represión y eliminando el diálogo.

García, presidente y líder del Partido Aprista, ha experimentado una metamorfosis económica saludable en ciertos aspectos pero desconcertante si revisamos sus “perros del hortelano” que lo sitúan en el extremo del neoliberalismo más radical; pero también en lo que respecta a los derechos humanos: recordemos que mientras en todo el mundo la tendencia es abolir la pena de muerte, nuestro presidente encabezó una campaña para que el legislativo evaluara la posibilidad de reimplantarla. Seguramente, la insensata propuesta del presidente regional de Puno lo llevó a censurar el supuesto separatismo del Tíbet (ya que no pretenden independizarse sino lograr mayores libertades religiosas).

El APRA, partido al que le correspondería representar a la socialdemocracia peruana, va perdiendo mediante su actual líder, aquellas características que lo identificaban con la lucha antiimperialista y la defensa de los valores democráticos. Nuestro presidente olímpico apoya al gobierno chino en su proceder sobre el Tíbet y mira hacia otro lado cuando de derechos humanos se trata. Y aunque nuestra distinguida ministra Mercedes Araoz ensaye una interpretación de lo que quiso decir el presidente en China, debemos corregirla: la violencia en el Tíbet no ha sido reprimida de manera proporcional, es decir, no es proporcional el enfrentamiento entre un grupo de monjes budistas descalzos frente a las fuerzas del orden provistas de armas de fuego. No es proporcional 30 policías heridos frente a más de 100 muertos (¿o acaso la ministra cree en las versiones propaladas por la televisión china?); por ello sorprende que nuestro presidente defienda ardorosamente causas ajenas (ofrecerse a llevar la antorcha olímpica no hubiera sido tan polémico, y tal vez, contribuía a establecer vínculos interculturales más estrechos entre China y Perú. ¿Se imaginan a Alan García trotando a lo largo de la muralla china?)

En fin, esperemos que nuestro presidente olímpico en otra oportunidad no ponga los intereses económicos por encima de los principios éticos que rigen a las naciones libres y que por fin haya olvidado aquella nefasta sentencia que hiciera suya hace algunos años: “la verdad descansa en los hechos y no en los principios”.

sábado, marzo 15, 2008

Eje temático en Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz


Henry César Rivas Sucari
Universidad Nacional Mayor de San Marcos



No me acuerdo haber escrito por mi gusto

sino un papelillo que llaman El sueño

Sor Juana Inés de la Cruz

  1. Palabras Preliminares

Hay en la literatura hispanoamericana una tradición poética que rebasa las fronteras de lo que Mariátegui llama etapa colonial, es decir, el proceso de una auténtica literatura, madura, singular, original. Hay también excepciones mayores en las que la poesía de las colonias se sitúa de igual a igual (algo no muy frecuente) a competir en el siglo XVII, siglo del Renacimiento y del Barroquismo, con los grandes nombres de la metrópoli española: Calderón, Góngora. Y lo extraordinario de esta circunstancia es el que nuestra poetisa estudiada se convierte no solo en ideario de la intelectualidad de la época, sino, de todas las épocas.

La literatura creada por Sor Juana Inés de la Cruz es considerada la más alta en tres siglos de la Nueva España. Hay que considerar que Sor Juana vivió en un tiempo que no era adecuado para que una mujer extendiera su vocación por el estudio; pero no solo es esa exquisitez la de Sor Juana la que nos sorprende, sino que precisamente ése fuera el móvil que acrecentara su esfuerzo por la comprensión y el entendimiento del mundo.

El producto de toda esta situación: un arte depurado y perfecto. El poema Primero Sueño, puede considerarse su obra más alta y estar al lado de las de Góngora(Al que supuestamente imitó) y Calderón. Además debemos entender el impulso de la creación poética: Entenderlo todo, conocerlo todo, por medio de lo objetivo y lo subjetivo, de los ojos y la fantasía, del cuerpo y el alma. Una grandiosa pieza que exige a sus lectores una destreza sobre el conocimiento cultural de esa época, vale decir la filosofía, la literatura, además de la ciencia.

En el presente trabajo, trataremos de abordar algunos puntos, como propuesta para el debate y la reflexión, para el mejor entendimiento del poema Primero sueño, por lo que basaremos nuestra aproximación interpretativa en los estudios teóricos que han desarrollado sobre este poema, Octavio Paz, Georgina Sabat, Antonio Alatorre, Jorge Checa, quienes han desarrollado trabajos sobre distintos temas como la mitología, el feminismo, las alegorías, el estilo barroco, entre otros. Y nos apoyaremos en el análisis textual entendiendo al texto como un tejido de textos, voces, como lo entiende muy bien José E. Martínez Fernández[1] ”Como estudioso de la poesía contemporánea no he dejado de observar su intensa intertertextualidad, explícita o difusa, que integra en el tejido textual otras voces que hacen del texto un cuerpo abierto, tarea a veces de una abundante copia de citas… que el estudio de la intertextualidad en la poesía española es capaz de ofrecer pautas de investigación, de evidenciar distintos objetivos poéticos, caracterizar épocas, momentos…ésta es la razón de mi trabajo: explicarme a mí mismo—y, si es posible, a los demás—la razón de la profusa e intensa intertextualidad de la poesía española contemporánea”.

Notamos en la inquietud de Martínez Fernández una metodología de estudio amplia; sin embargo, creemos que ese estudio, nos puede servir también para hurgar en la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz y su época.

La época de Sor Juana está marcada por la religión y la tradición, ahí las rupturas se pagan, en el siglo XVII la reforma española abomina lo científico y moderno, pero no puede hacer mucho para que esto cobre notoriedad y atención en el nuevo mundo. El intertexto que hallamos en Sor Juana es riquísimo, casi todo el conocimiento de su tiempo; leer su obra es acercarse a su época y su cultura. Nosotros adentraremos nuestro estudio en algunos tópicos que nos parecen importantes, por ejemplo el carácter del narrador en la poesía, personal o impersonal, la estructuración, el sueño como material de amor engañoso y el carácter científico del poema Primero Sueño.

1. Sor Juana Inés de la Cruz y su tiempo.

Juana Ramírez de Asbaje nacida según Calleja el 12 de noviembre de 1651[2] en una casa de campo en San Miguel de Neplanta. Esta finca estaba situada cerca de Amecameca, entre los volcanes Popocatepetl e Iztlacihuatl, al sureste de la capital. Su padre fue el español: Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca, probablemente de origen vasco y su madre la criolla doña Isabel Ramírez de Santillana. En los documentos del convento donde Sor Juana profesó y vivió, siempre dice ser “hija legítima”de sus padres; sin embargo su madre no estuvo casada y en su testamento se declara”mujer de estado soltera”. La madre de Sor Juana debió haber tenido un carácter independiente e individualista, pues teniendo libertad económica, dirigiendo ella misma su alquería, proporcionó el modelo a seguir que varias de sus hijas tomaron.

Sor Juana tuvo una vocación precoz de mujer intelectual y erudita y también, hay que decirlo una extraña combinación de sometimiento e independencia. El sometimiento al servir en una congregación religiosa y la independencia del conocimiento, tan cara para la época y además desde su posición de mujer, es decir una doble exclusión.

A los tres años aprendió a leer, luego a escribir y se ponía castigos rudos sino podía cumplir las metas de aprendizaje que se había fijado. La frustración de poder ir a la universidad, puesto que era inaudito e imposible tuvo que resignarse con ser autodidacta, agotando así los libros de la biblioteca de su abuelo materno en la cercana Hacienda de Panoayán, por muchos castigos y represiones que recibiera. A los ocho años había producido una loa eucarística, según nos dice su biógrafo Calleja. Al poco tiempo, su madre la mandó a la capital a la casa de unos parientes.

Los marqueses de Mancera, en la corte virreinal captaron muy pronto estimación por la niña rara erudita. El virrey comentaría el extraordinario talento a sus amigos ilustrados y a someterla al examen de cuarenta personajes conocidos por su erudición en distintos campos. Se puede apuntar este hecho como la graduación de Sor Juana, su reconocimiento como fenómeno raro de mujer intelectual en el mundo de aquella época.

Sor Juana decidirá luego unirse al aristocrático convento de las Carmelitas. Es decir, no se dejó seducir por el mundo de la corte prefiriendo un espacio más cómodo para su vocación de estudio. A su alrededor ve a su hermana casada y abandonada por su marido; amigas, compañeras, más o menos sometidas a esposos a sus padres y hermanos; sin otra ocupación permitida ni reconocida que el imperio de la devoción a los maridos y a la crianza de los hijos.

Parece que Sor Juana no concilió sus costumbres con esta orden y precipitó su salida a los tres meses, pero esta vida conventual le permitía todavía algunos atractivos como dialogar con los hombres ilustrados de la época y frecuentar todavía el palacio.

La poetisa dedicó a la marquesa, Condesa de Paredes varios versos y es ella la que a su retorno a Madrid publicará Inundación de castálida (1689), primera edición de parte de sus obras.

La fama de Sor Juana crecía en la Nueva España y en la Península a la par que sus problemas, en un mundo donde la ciencia ye le estudio no se concebía si no estaban representados por un ser masculino.

Sor Juana cultivó todos los géneros, todos los metros. Evidencia influencia de Lope de Vega, Quevedo, Gracián, Góngora; así como Trillo y Figueroa, Salazar y Torres, Jacinto Polo. Entre sus obras tenemos la ya mencionada Inundación castálida (Madrid 1689). Las ediciones sucesivas de este libro cambiaron el título por Poemas. En total este primer tomo se editó nueve veces en España. El tomo dos bajo el título de Segundo volumen (Sevilla 1692), cambiado luego al de Segundo Tomo y más tarde a Obras Poéticas. El tercer tomo se publicó bajo el título de Fama y Obras póstumas (Madrid, 1700). Sus Villancicos, (1676 a 1679). En teatro escribió Loas, Autos sacramentales, comedias. Estas se publican en Madrid dentro del Tomo II (Sevilla 1692). La Respuesta a Sor Filotea (Crisis sobre un sermón, Carta Atenagórica, Tomo II, Sevilla 1692). La única edición moderna completa es la de A. Méndez Plancarte en cuatro tomos, México 1951-1957.

En 1682, el que había sido su confesor, el padre Antonio Núñez de Miranda, quien la guió antes espiritualmente antes de entrar de monja, le instaba a abandonar toda escritura no ligada a estrictos cánones religiosos. La ruptura de parte de la monja con su confesor se manifiesta en tono muy firme en lagarta del padre Núñez (“Carta de Monterrey”,1681 o 1682). El dilema de Sor Juana es que era mujer escritora y monja creyente en una sola persona. El misógino arzobispo de México, Francisco de Aguilar y Seijas, quien nunca aprobó la actitud de estudiosa de Sor Juana intervino en la venta de los bienes de ésta, de sus libros, para las limosnas para pobres.

Sor Juana no era mística ni monja que creyera en éxtasis, ni abogaba por una oración de tipo sobrenatural; su fe religiosa recogía las razones humanas, morales y filosóficas que buscaba el ser humano en su acercamiento a Dios.

Sor Juana se dedicó a hacer penitencia con la misma energía que antes utilizaba para defender su vocación por el estudio. Sor Juana se dedicó a cuidar a sus hermanas enfermas cuando ene. Convento de San Jerónimo entró “una epidemia tan pestilencial, que de diez religiosas que enfermaban, apenas convalecía una. Era muy contagiosa la enfermedad” (Véase a Glantz, UNAM, 1995, pp.93-98). Juana Inés la contrajo, y aunque, según Calleja, “el rigor de la enfermedad, que bastó a quitarle la vida, no la pudo causar la turbación más leve en le entendimiento”. La Décima Musa murió el 17 de abril de 1695.

2. Primero Sueño, una aproximación interpretativa

El título de Primero Sueño, su poema más ambicioso, está saturado de polisemia. “Sueño” puede tener varias acepciones. Octavio Paz diferencia cinco sentidos en la palabra: “sueño como dormir; sueño como ensoñación no mentirosa sino como visión; sueño como nombre de esa misma visión; y sueño como ambición, deseo o ilusión no realizada”[3].

2.1. Pluralismo semántico en el sueño

Esto nos recuerda el pluralismo semántico de las Soledades de Góngora, ya que soledad en este texto tampoco presenta un significado único. Sueño evoca entonces órdenes diversos o signos de experiencia, pero esta imprecisión se ve retratada en el poema, por la dificultad de saber, de conocer, de tener una explicación sobre todos los fenómenos que nos rodean. Otra influencia que podemos colegir según Octavio Paz[4] es: Del Somnium de Kepler; Iter exstaticum de Kircher. Estos poemas pertenecen a la tradición hermética tan en boga en el renacimiento y en el barroco. Según Paz esas indicaciones le muestran ataca cabos para darse cuenta que la visión hermética de la que es parte la visión del alma liberada en el sueño de las cadenas corporales, llegó a Sor Juana a través de Kircher y subsidiariamente de los tratados de la mitología de Cartario ( P. 477).

A lo que concluye que Primero Sueño debe leerse no como el relato de un éxtasis real, sino como la alegoría de una experiencia que no puede encerrarse o en le espacio de una noche…la noche del poema es una noche ejemplar, una noche de noches” (p. 481).

Para Margo Glantz[5] los textos anteriores a primero Sueño que bordean el tema y que cita Paz, carecen de lo que Sor Juana muestra: Individualidad. Así ene. Caso de Kircher; Teodidacto es guiado por Cosmiel; en la Divina Comedia, Dante es guiado por Virgilio; y en el Corpus hermético Hermes por Pimandro. En este tipo de textos siempre es necesaria la presencia de un ser divino para el viaje sobrenatural.

En Primero Sueño se rompe esa regla. El alma, independizada del cuerpo recorre los espacios supralunares sin ningún guía.

Paz cree que El Primero Sueño anticipa unote los grandes poemas de finales del siglo XIX, Un coup de dés nabolira pasle hazard de Stephane Mallarmé.

El texto nos propone que le fracaso en esta aventura de conocerlo todo se explica por la riqueza y variedad del universo. Octavio Paz nos dice que el poema nos sugiere nociones de infinitud y descentramiento asociadas a imágenes cósmicas mucho más inquietantes. (502-503). Así el tema de Primero sueño será: “la representación de la aventura fallida del alma se equipara a la victoria irremediable de las energías centrífugas que nunca dejan de infiltrarse en el texto”. [6]

  1. Apuntes finales

El poema Primero Sueño representa la búsqueda del conocimiento total que gobierna el mundo, y asimismo la frustración de esta búsqueda; pero no el fracaso, pues en la búsqueda está el deleite y el arte.

En la composición de los elementos constitutivos de esa visión del mundo; además de mitología y filosofía clásica, están también el amor como símbolo de libertad; la ciencia como herramienta de conocimiento y el carácter personal en la voz narradora de Primero Sueño.

La influencia que recibió Sor Juana para la composición del poema es múltiple; le debe tanto a fuentes literarias clásicas como a filósofos y científicos.

El amor de Sor Juana por el conocimiento, en una época en que la mujer desempeña un rol menor, y la soberbia personalidad de esta mujer que fue admirada en su tiempo y dio muestra que para la libertad no debe existir ningún tipo de exclusión. [7]

BIBLIOGRAFÍA

ALATORRE, Antonio

1991 Lectura del Primero Sueño. Homenaje Internacional a Sor Juana Inés de la Cruz. Sara Poot Herrera (ed.). México: El Colegio de México.

CALLEJA, Diego

1995 “Biografía de Sor Juana Inés de la Cruz” En Sor Juana Inés de la Cruz. Fama y obras póstumas. México: UNAM.

CHANG-RODRÍGUEZ, Raquel y Margo GLANTZ

2002 “Sor Juana: Los materiales afectos y el sueño” En Historia de la literatura mexicana. Vol. 2. La cultura letrada en la Nueva España del siglo XVII. México: Siglo XXI.

CHECA, Jorge

1996 “Los caracteres del estrago: Babel en Primero Sueño” En Mujer y cultura en la colonia hispanoamericana. Mabel Moraña (ed.) Pittsburg: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana.

DE LA CRUZ, Sor Juana Inés

1995 Obras completas. México: Fondo de Cultura Económica.

MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, José Enrique.

2001 La intertextualidad literaria. Barcelona: Cátedra.

MARTÍNEZ SAN MIGUEL, Yolanda

1999 Saberes Americanos, subalternidad y epistemología en los escritos de Sor Juana. Pittsburg: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana,

MORAÑA Mabel

1997 “Sor Juana y sus otros. Núñez de Miranda o el amor del censor”. En Sor Juana Inés de la Cruz y sus contemporáneos. Margo Glantz (ed.) México.

SABAT, Georgina

1976 El sueño de Sor Juana Inés de la Cruz. Traducción literaria y originalidad. Londres: Támesis.

PAZ, Octavio

1982 Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe Barcelona: Seix Barral.



[1] José Enrique Martínez Fernández. La Intertextualidad Literaria . Ediciones Cátedra. S. A. 2001.

[2] “Conservamos la fecha de 1651 porque el hecho de haberse encontrado un acta bautismal de 1648 de una niña,”hija de iglesia”, a quien se le puso por nombre Inés y cuyos padres eran dos hermanos de la madre de la madre de Sor Juana, no es suficiente para cambiar la fecha que la misma Sor Juana le daría al padre Calleja. No sabemos si Sor Juana adoptaría el nombre de Inés al hacerse monja o si lo tenía de sgundo al bautizarse. Lo cierto es que no solo usó, ni ella ni su madre (al referirse a ella), antes de entrar en el convento.” Historia de la literatura hispanoamericana. Tomo I. Época colonial. Luis Iñigo Madrigal. °Ed. Madrid: Cátedra, 1992. Pág. 275-293.

[3] Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe Barcelona: Seix Barral, 1982. Pág. 485.

[4] Octavio Paz. Sor Juana Inés de la cruz o las trampas de la fe. Barcelona, Seix Barral, 1982. Pág. 469.

[5] Raquel Chang-Rodríguez. Margo Glantz. Historia de la literatura mexicana .Vol. 2. La cultura letrada en la Nueva España del siglo XVII. Ed. Siglo XXI. 2002. Pág. 672. “Sor Juana: Los materiales afectos y el sueño”

[6] Jorge Checa. “Los caracteres del estrago: Babel en Primero Sueño”. Mujer y cultura en la colonia hispanoamericana. Mabel Moraña, Ed. Pittsburg: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 1996. Pág. 257.

[7]


Transición política y recuperación pública

Gonzalo Gamio Gehri
Pontificia Universidad Católica del Perú

La recuperación pública de la memoria constituye una tarea política fundamental, perteneciente a lo que los politólogos llaman procesos de justicia transicional. Este concepto alude a los proyectos de reconstrucción institucional que deciden afrontar las sociedades que han padecido regímenes dictatoriales o períodos largos de violencia interna. El esclarecimiento de la tragedia vivida, la asignación de responsabilidades a los que perpetraron o avalaron crímenes contra la vida y la libertad, la reparación de las víctimas constituyen condiciones ético – políticas necesarias para la puesta en marcha de una genuina transición democrática. Una sociedad que ha recuperado la vigencia de la legalidad tiene que comprometerse con la tarea de generar las políticas sociales y las reformas institucionales que impidan que las situaciones de conflicto armado o la suspensión del orden constitucional puedan reproducirse. Como puede apreciarse, la política que se plantea en contextos transicionales no es “corriente”, pues introduce la discontinuidad en el curso de la discusión y el diseño de la política pública: plantea la revisión de la historia y promueve la acción judicial sobre los casos en los que se han lesionado tanto los derechos básicos de los ciudadanos como los principios del propio Estado de Derecho.

Es cierto que la puesta en marcha del proyecto de justicia transicional es una opción que una sociedad asume en la persona de sus ciudadanos y autoridades. No todos los países que han afrontado transiciones democráticas han conformado comisiones de la verdad o han procesado a quienes han delinquido desde el poder. España es el caso más conocido. Transcurridos cuarenta años desde la Guerra Civil y muerto Franco, las fuerzas políticas que acordaron el retorno al régimen constitucional consideraron conveniente no hurgar en el pasado para sancionar los crímenes de guerra. En diversos países de Latinoamérica se han aprobado desde el poder ‘leyes de punto final’ —e incluso medidas de amnistía—

que archivaron investigaciones judiciales y dejaron cerradas las fosas comunes. No han faltado autoridades políticas y religiosas que han abogado por “no reabrir viejas heridas”, y dejar las cosas como están. Debo decir que no creo que estas ‘políticas de silencio’ hayan conseguido ahogar el anhelo de memoria que experimentan las víctimas, aquellas personas que aun quieren saber qué pasó con sus familiares desaparecidos, aquellos que no encontrarán la paz a menos que sus verdugos puedan ser castigados con todo el peso de la ley. Considero que este anhelo de memoria no sólo está presente en las víctimas directas de la violencia y la exclusión; un sector importante de la ciudadanía todavía invoca la reconstrucción de esa historia trágica. Por ejemplo, son tantos los libros y películas que en España se han producido para narrar bajo diversas perspectivas la dictadura franquista y la Guerra Civil que cuesta creer que a los ciudadanos españoles les es suficiente voltear la página para construir una sociedad estable y civilizada. Allí donde el sistema político y el Estado han preferido el olvido como condición para la transición, comienzan a abrirse espacios sociales diversos para el trabajo del recuerdo.

El mayor adversario de la memoria de la violencia no es el olvido. Paul Ricoeur y Tzvetan Todorov han afirmado con agudeza que la memoria es un proceso selectivo, que procura distinguir qué recuerdos son relevantes para el ejercicio de la justicia, en contraste con aquellas imágenes del pasado que pueden ser finalmente olvidadas por los miembros de la comunidad[1]. Recordar tiene sentido desde un punto de vista ético – político cuando el ejercicio de la rememoración se pone al servicio de la construcción del presente. La alétheia – el des-cubrimiento de aquello que permanecía oculto o intencionalmente reprimido – está vinculada al discernimiento práctico. Ambos autores nos han recordado la descripción borgiana de Funes el memorioso, aquel inquietante personaje incapaz de olvidar. El auténtico enemigo de la memoria es su supresión o control bajo la forma de una historia oficial. Se trata de una historia que se construye “desde arriba” por encargo de las autoridades en ejercicio el poder o de sectores influyentes en la sociedad. Una historia en la que los crímenes de lesa humanidad no figuran como hechos relevantes, que merecería la pena que fuesen conocidos por los ciudadanos. Una historia que prescinde de la mirada y la voz de las víctimas. Una historia sin desaparecidos ni fosas comunes.

Es un hecho conocido que los regímenes totalitarios se han esforzado por escribir historias de esta clase, compuestas a imagen y semejanza de la voluntad de sus dirigentes. Hemos visto las fotos de Stalin alteradas para que no figure a su lado un antiguo camarada “caído en desgracia”, sabemos de las declaraciones de los generales nazis que negaban en su momento la existencia de los campos de concentración. El control del pasado basado en el recurso a la represión o la fuerza constituye un poderoso instrumento contra la justicia. En nuestro medio, cuando la CVR reveló que – según las proyecciones estadísticas que manejaba – la cifra de muertos y desaparecidos ascendía a 69,280 personas, diversos actores políticos y periodistas insistieron en afirmar que la Comisión había inflado aquel número, dado que hasta aquel momento, las cifras que las instancias del gobierno consideraban no superaban la mitad de esa cantidad. Hasta hace muy poco, uno de los temas recurrentes en la campaña mediática en contra de la CVR ha sido el cuestionamiento de la cifra de muertos y desaparecidos. Incluso un congresista conservador – hoy miembro del Consejo de Ministros – llegó a exigir que, si la Comisión pretendía que dicha cifra fuese creíble, debía adjuntar una lista con los nombres y el DNI de las víctimas. En un país en donde casi dos millones de personas son indocumentados, ya sea porque el Estado no llega a los lugares que habitan o porque se carece de dinero para tramitar el DNI, tales declaraciones ponen de manifiesto la absoluta ignorancia de su autor, o su evidente cinismo. Hoy ese mismo político tradicionalista - que lamentablemente actúa como brazo político del sector más medievalizado de la Iglesia - muestra nuevamente su insensibilidad moral bautizando un Pisco como "7.9", en alusión directa al terremoto que destruyó parte del Departamento de Ica. Uno se pregunta seriamente si quienes suscriben esta posición consideran que sería menos escandaloso el hecho que la cifra de muertos y desaparecidos ascendiese a 35 mil personas. Lo que queda claro es que el desafío de los defensores de los Derechos Humanos ya no consiste solamente en demostrar que miles de personas fueron sometidos a tortura o asesinados, sino que nacieron alguna vez, formaron una familia, tuvieron una vida.

La composición de una “historia oficial” constituye una evidente usurpación de la potestad de los ciudadanos de reconstruir la memoria histórica. La recuperación de la memoria es una tarea pública, vinculada no solamente al reconocimiento de la injusticia y al descubrimiento de la verdad acerca de la violencia sufrida; también constituye un elemento fundamental en la construcción de las identidades colectivas[2]. Lo que somos como comunidad política es en parte lo que hemos hecho con nuestras instituciones y con nuestros conciudadanos (y lo que hemos dejado que suceda con ellos). El trabajo de la memoria puede convertirse a menudo en una operación dolorosa, puesto que puede re-velar aquello que pudimos hacer – desde el lugar que ocupábamos en la sociedad – para evitar que otros conciudadanos sufrieran violencia o exclusión. Cuando el propósito de la recuperación de la memoria es la reparación de la injusticia, la primera voz que debe ser escuchada es la de la víctima. Se trata de generar espacios de comunicación en los que la víctima pueda relatar lo que vivió y denunciar a sus agresores. Paul Ricoeur ha señalado que lo que el testimonio de una víctima quiere dejar en claro es ”aquello existió”: no se trata de una ficción creada por sectores sociales y políticos deseosos de poder. El daño sufrido ha dejado una huella que puede ser percibida, y esa imagen del pasado vivido – presente como huella – puede convertirse en objeto de una narración[3].

Ricoeur señala asimismo que con la aseveración aquello existió – corazón del relato de la víctima – el agente quiere decir fundamentalmente son tres cosas: primero, “yo estuve allí”. En ese sentido, el relato pretende verdad, en el sentido lato de fidelidad con la experiencia vivida. En segunda instancia, a través del testimonio la víctima esta formulación se torna imperativa, nos dice “créeme”, invoca que su interlocutor – en el caso de las comisiones de la verdad, la ciudadanía, la opinión pública – se fíe de su palabra, confíe en la veracidad del relato, y asuma la disposición a ponerse en su lugar. Finalmente, nos exhorta a contrastar su testimonio con el de otros: “si no me crees, pregúntale a otros”. La palabra de otros puede dar fe de lo que realmente la víctima ha tenido que afrontar. Lo que se busca es que el relato pueda ser corroborado o confrontado por el testimonio de otras víctimas, por testigos oculares, o incluso por la propia palabra de los perpetradores. Como es sabido, la CVR llegó a recabar casi 17 mil testimonios, visitando zonas andinas y selváticas a las que no llegaban las dependencias del Estado, para entrevistar a campesinos y comuneros que no habían sido acogidos por las autoridades civiles y militares cuando habían intentado denunciar la pérdida de sus familiares, o el abuso o la desidia de quienes ejercían funciones de Estado y prefirieron mirar a otro lado cuando se vulneraban sus derechos fundamentales.

Escuchar y contrastar el testimonio de las víctimas constituyen las primeras acciones conducentes a la restitución de su condición de ciudadano, proceso que se cumple con la sanción de los culpables, con la reparación de la víctima, y con la construcción de una historia más amplia que contribuya a esclarecer el proceso de violencia vivido. Dar prioridad a la perspectiva de las víctimas en el discernimiento cívico de la memoria reincorpora a quienes han sufrido en los escenarios de la esfera pública, el “espacio de aparición” de lo distintivamente humano según el juicio de Hannah Arendt[4]. La víctima comparte y confronta su testimonio con quienes pueden reconocerse a sí mismos en su historia y asumir la defensa de sus derechos. Mientras las “historias oficiales” condenan a las víctimas a la invisibilidad y a la insignificancia social y política, la recuperación pública de la memoria procura devolverles al lugar que les corresponde en la comunidad como personas y ciudadanos. El entramado hermenéutico de testimonios e interpretaciones de las experiencias de la violencia - que es en sí mismo valioso para la reflexión y la acción política – tiene que insertarse en una narrativa mayor, la del proceso histórico del conflicto armado vivido, que pretende hacer explícitas las posibles causas y las secuelas de aquella época de terror y represión.

Tampoco esta narrativa mayor deja de ser una urdimbre de interpretaciones. El Informe Final de la CVR no pretende constituirse en la “explicación última” del proceso de violencia interna. Esto es necesario señalarlo, dado que muchos de sus objetores “académicos” – en su mayoría periodistas formados en canteras tradicionalistas – han sugerido que los Comisionados han elaborado un documento diseñado desde el paradigma de una presuntamente incuestionada “objetividad científica”. El Informe Final constituye una investigación multidisciplinaria que ofrece a la sociedad peruana –en sus propias palabras – “un relato fidedigno, éticamente articulado, científicamente respaldado, contrastado intersubjetivamente, hilvanado en términos narrativos, afectivamente concernido y perfectible, sobre lo ocurrido en el país en los veinte años considerados por su mandato”[5]. Es en este sentido que el texto pretende ‘verdad’. El Informe fue presentado a la ciudadanía y a los poderes del Estado para ser estudiado, discutido y reformulado, si cabe hacerlo. Podríamos decir que el documento más que pronunciar la ‘palabra final’ sobre la tragedia que describe y examina, pretende en todo caso pronunciar una ‘palabra primera’ en el contexto del diálogo público que tendríamos que generar acerca de lo que sucedió con nuestros compatriotas, muchas veces con la complicidad de nuestro silencio o de nuestra indiferencia. Es preciso señalar que el debate sobre el Informe Final sigue pendiente, pues sólo algunas instituciones de la sociedad civil – algunas universidades, ciertas comunidades religiosas – han asumido esta tarea. Ante el silencio mayoritario de nuestra autodenominada “clase política”, corresponde a los propios ciudadanos – los primeros actores políticos en una democracia – poner en marcha el trabajo público de la memoria.



[1] Cfr. Todorov, Tzvetan Los abusos de la memoria Barcelona, Paidós 2000; Ricoeur, Paul “El olvido en el horizonte de la prescripción” en: Academia Universal de las Culturas ¿Por Qué recordar? Barcelona, Granica 2002 pp. 73 -80.

[2] Garretón, Manuel A. “Reparación y construcción de la memoria histórica” en: Cuellar Martínez, Roberto y otros Democracia y derechos humanos en el Perú: del reconocimiento a la acción Lima, PUCP 2005 pp. 35 -38.

[3] Ricoeur, Paul “Definición de la memoria desde un punto de vista filosófico” en: Academia Universal de las Culturas ¿Por Qué recordar? Op.cit., p. 26.

[4] Cfr. Arendt, Hannah La condición humana Madrid, Séix Barral 1976 p. 262.

[5] CVR, Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Tomo I, Lima UNMSM – PUCP 2004 p. 56.