viernes, febrero 26, 2010

Objetividad, ideología y discurso



Notas sobre el debate acerca de la objetividad en las ciencias sociales




Si bien llego tarde al debate, lo hago con distancia del apasionamiento propio de quien está involucrado en él y con la ventaja de revisar las intervenciones vertidas hasta el momento. Nelson Manrique, Martín Tanaka, Gonzalo Gamio, Carlos Meléndez, entre otros, han intercambiado entradas sobre el tema de la objetividad en las ciencias sociales. De mi parte, solo me queda aportar algunas ideas, aunque tardíamente, a este interesante debate que, más allá de las posiciones sobre el tema, revela los presupuestos teóricos desde los cuales cada interlocutor enuncia su postura. El análisis crítico del discurso (ACD) es una propuesta de investigación muy útil para desentrañar los esquemas ideológicos que subyacen al discurso del sujeto que lo enuncia. Particularmente, considero que la confrontación entre hermenéutica y positivismo es la polémica que subyace a este debate y, a mi modo ver, es el trasfondo ideológico detrás de todas las posturas expuestas.



¿Cuáles son las limitaciones y posibilidades de la objetividad dentro de la investigación en el área de las ciencias sociales? ¿Es la objetividad una pretensión inalcanzable o su búsqueda un indicio que demuestra la rigurosidad de un investigador? Estas son las dos principales interrogantes que,me parece, atraviesan la polémica, a la cual agrego una más ¿Qué ideología está detrás de los discursos a favor de la objetividad y la subjetividad? ¿Qué acciones concretas demandan de los individuos que los asumen?




Nelson Manrique y los grados de objetividad


Nelson Manrique señaló que prefiere hablar "de grados de objetividad que pueden ser mayores en la medida en que seamos capaces de poner bajo control nuestros sesgos conscientes e inconscientes". Desde su punto de vista, es paradójico que la objetividad esté más presente cuando el sujeto es conciente de sus sesgos y no los niega. De esta manera, aquella objetividad que parta del supuesto que no existe nada entre el sujeto y el objeto comete el desliz de ser muy ingenua. No es que Manrique cierre filas contra la objetividad y sostenga que esta no es importante en la investigación: lo que indica es que debemos reconocer que se trata de una pretensión que no podemos satisfacer de manera absoluta, sino tan solo aproximarnos. Entonces, en el grado de aproximación al objeto es que se construye la objetividad.


Entender la objetividad como grado de aproximación equivale a decir que se trata de un proceso, de una construcción, es decir, la objetividad sería un "ir siendo", un estado de cosas que es susceptible de enriquecerse de las diversas perspectivas existentes sobre el objeto. Esto se explica porque un "grado de aproximación" es, en buena cuenta, una escala compuesta por múltiples intentos (individuales o grupales), algunos más logrados que otros. Si aceptamos la premisa de que la objetividad no se agota en una sola exclusiva mirada, contacto o interpretación de la realidad, en consecuencia, aceptaremos también que el resto de interpretaciones pueden complementarse entre sí, sin necesariamente excluirse. Prueba de ello es que, cuando se investiga, luego de plantear la interrogante que conducirá la investigación, no podemos ignorar las investigaciones precedentes a la nuestra. Ellas complementan nuestra hipótesis, ya reforzándola o bien exigiendo su reformulación. En ambos casos, los diversos grados de aproximación al tema en cuestión adquieren una gran importancia para el investigador.



Al incorporar puntos de vista distintos al propio en nuestra investigación y al verificar que nos colocan en un grado más cercano de validez que el ocupado al inicio del trabajo, se prueba que, primero, la objetividad es una (re)construcción, mas no una reproducción (si fuera así no habría posibilidad de aporte ni de avance, sino solo de coincidencia o diferencia de perspectivas), y, segundo, que no se debe ignorar la dimensión intersubjetiva de la investigación científica, porque la ciencia como tal es un discurso sostenido por una comunidad de individuos que contrastan entre sí sus conclusiones rechazando, aceptando y proyectando nuevas y constantes interrogantes y resultados. Lo intersubjetivo se evidencia en la posibilidad de poder "apropiarnos" del punto de vista del otro, es decir, de su subjetividad que, en parte, encierra su grado de objetividad aproximada al problema en cuestión.


¿Existe algún discurso desideologizado?


El otro aspecto de la postura de Manrique que destaco es su abierta crítica al cientificismo positivista, al cual no menciona, pero alude: El pensamiento más crudamente ideológico cree que la ideología distorsiona la percepción de los demás pero no la de uno mismo, porque uno piensa, limpiamente, “en científico”. La impronta del positivismo en las ciencias naturales durante el siglo XIX y parte del XX también se impregnó en las humanidades y en las ciencias sociales. Bajo el imperativo de que toda disciplina que se preciara de ser científica debería poseer un objeto de estudio sensible a la experiencia y que priorizara el método científico de las ciencias naturales como el más idóneo y extensible al resto de ciencias, la comunidad científica de la época entró en una especie de virulencia positivista, la cual se podría resumir en "el que no salta es un hermeneuta". La Literatura del siglo XIX está repleta de una carga utilitaria enorme, sobre todo en la educación: el autor y el lector, por algún tiempo, asumieron que la literatura tenía la función de educar a la población y unificarla mediante la construcción de un imaginario nacional. La función de construir el Estado-nación estuvo, durante mucho tiempo, asignada a la literatura en la escuela. La Historia adquirió la convicción de que era capaz de estudiar, objetivamente, los acontecimientos más relevantes del pasado de una nación sin ningún tipo de distorsión.


Para el positivismo no le es muy grato recurrir a la interpretación, puesto que desconfía de las valoraciones que no tienen como fuente un dato empírico y, debido a que se asume como un discurso que desentraña las causas de los fenómenos que estudia mediante el análisis de datos concretos , se considera libre de todo sesgo que distorsione sus impresión de la realidad. Ese "pensar en científico" supone, ingenuamente, la posibilidad de que el sujeto pueda sustraer su discurso de toda referencia espacio-temporal (valores, creencias, costumbres, identidad, etc.) y producir un enunciado limpio de toda impureza ideológica. De esta forma, la cientificidad radicó exclusivamente en la rigurosa aplicación de una metodología y en el acopio de datos y documentación en perjuicio de la interpretación de los resultados, pues más importante resultaba indagar por las causas de los fenómenos que valorarlos o reflexionar sobre ellos; tomar distancia de los hechos y no adherirse a una causa, bajo el riesgo de distorsionar los resultados.



Concuerdo con la postura de Manrique porque sostener que el discurso científico pueda estar desprovisto de alguna carga ideológica implicaría aceptar que el sujeto que enuncia dicho discurso se encuentra en un lugar privilegiado de observación (un lugar que situaría al sujeto fuera de "la cárcel del lenguaje") o que tiene acceso a una super-visión de la realidad negada para el resto de sujetos poco o nada capacitados en la práctica científica.


Hasta aquí deseo destacar dos conclusiones particulares: a) la objetividad es resultado del consenso subjetivo (en realidad, intersubjetivo), es decir, una construcción progresiva resultante de la integración de diversas perspectivas que, poco a poco, nos aproximan a la comprensión del fenómeno en cuestión, mas no agotan su problematización; y b) es imposible la existencia de un discurso desideologizado.


En la siguiente entrada, volveré sobre la polémica entre positivismo y hermenéutica a propósito de la postura de Martín Tanaka y Gonzalo Gamio.

viernes, febrero 05, 2010

El señor presidente 2010 II: el caso Bayly

Jaime Bayly ¿presidente?

Carlos Meléndez elaboró un análisis muy sucinto y claro acerca de los factores que explican el porqué de la simpatía electoral hacia el aún virtual candidato a la presidencia Jaime Bayly. Hasta ahora es el análisis más concreto que he leído al respecto y que va al fondo del asunto : ¿por qué alguien como Bayly tiene tanta aceptación en nuestro país cuando no se sabe si postulará o no a la presidencia? ¿Su participación banaliza las elecciones? ¿qué partidos se ven afectados con su ingreso a la arena política?

Luego de que Bayly anunciara que le gustaría ser presidente entre broma y broma, diversos periodistas y analistas políticos desestimaron tal proyecto. Interpretaron que se trataba de otra maniobra mediática para llamar la atención como era su costumbre, es decir, no lo tomaron en serio. Pero cuando las encuestas comenzaron a ubicarlo en lugares expectantes por encima de PPK, Marco Arana, Yehude Simon y todos los demás, y tan solo a un punto de Ollanta Humala, ya no es posible seguir tomando a la ligera la posible postulación del otrora "Niño terrible" de los 90.

Explicar las causas de un fenómeno no implica justificar el resultado de las mismas, sino que se trata de un esfuerzo por brindar una explicación. Siguiendo lo mencionado por Meléndez, tenemos que en el Perú la crisis de los partidos políticos se evidencia en la personalización del proyecto político partidario en la imagen del líder, que, en la mayoría de casos, es considerado el candidato natural de la agrupación, puesto que no se realizan elecciones internas que motiven un debate de propuestas. El carisma, la simpatía, el protagonismo mediático o los asuntos de índole privada toman mayor importancia que la difusión del plan de gobierno. El líder de un partido, alianza o movimiento emergente que saque partido de estas características sentirá la suficiente seguridad como para afirmar todo aquello que le plazca y que sepa que tendrá un eco inmediato en la opinión pública. Frente a ello, las ideas inteligentes, el debate alturado o los análisis acuciosos quedan al margen, lamentablemente, para el gran público.

El personalismo de un proyecto político es muy perjudicial para la democracia de partidos porque no solo todo el poder de decisión se concentra en un individuo y sus allegados, sino que el culto a la personalidad aflora de manera inevitable, toda vez que los seguidores no ven otra alternativa dentro de su agrupación. De esta manera, el espíritu crítico se nubla y da paso a la condescendencia cómplice, lo cual insufla de seguridad, y a veces de soberbia, al líder. Muestra de este personalismo es que, en muchas oportunidades, el nombre del partido o la ideología que lo sustenta termina siendo un "ismo" derivado del nombre del líder fundador: marxismo, maoísmo, leninismo, fujimorismo, toledismo, odriísmo, peronismo, etc. (actualmente, algunos analistas consideran vigente la dicotomía hayismo vs. alanismo).

No quiere decir esto que el baylysmo vaya a ser en la nueva ideología de moda ni que pueda convertirse en un pensamiento guía a futuro. Se trata de que el autor de No se lo digas a nadie, conciente o inconcientemente, está girando la tuerca hacia lo que en un futuro mediato podría ser el escenario político nacional: trivialización del debate político, deliberación mediática de la política y personalización del liderazgo político en sujetos mediáticos. Todo ello encaja en lo que Giovanni Sartori denominó videopolítica, es decir, la incidencia de la televisión en los procesos políticos mediante una transformación radical del "ser político" y de la "administración de la política". Este fenómeno tiene larga data en todo el mundo, tanto en dictaduras como en democracias. Nuestra realidad no escapa a esta influencia. Tampoco podríamos afirmar que está empezando con Jaime Bayly. Lo que pienso es que este momento representa un punto de quiebre en la manera cómo se desarrollarán las elecciones futuras en un escenario donde los partidos políticos buscan establecer alianzas o intercambian o adquieren candidatos con popularidad emergente porque en sus canteras simplemente no los tienen.

Lo paradójico es que, a pesar de que todos tenemos claro que los medios hace tiempo establecen la agenda política, los partidos aún no caen en la cuenta de los recursos que deberían explotar para difundir sus proyectos (si los tienen) a sus potenciales electores. Si desde hace dos décadas tenemos la certeza del poder influyente de los medios en la formación e información de la opinión pública, ¿nos debe sorprender de que sea un famoso conductor de TV quien semana a semana vaya incrementando su aceptación en las encuestas aunque no haya oficializado su candidatura?

Si esta tendencia se consolida, tendremos que en las siguientes elecciones los partidos procederán de manera inversa a la tradicional, es decir, desde afuera hacia adentro y ya no de adentro hacia afuera. O sea, dejarán la pesada tarea de instruir políticamente a sus electores y acortarán camino mediante la selección oportunista de algún personaje que les ahorre la captación de votos. Y en eso, José Barba Caballero parece ser un visionario.

Dudo que Bayly llegue a ser presidente. No ha demostrado que pueda sobrevivir mucho a presiones intensas, sino más bien que sabe sopesar las circunstancias para decidir sus acciones. Critica el populismo chavista, pero recurre irresponsablemente al populismo cuando se trata de decidir la suerte del sentenciado Fujimori al punto que propone un referéndum para que la población decida su liberación. Se conduele del sufrimiento de los desposeídos y exige que se invierta más en educación y menos en armas, pero no se disculpa por las expresiones discriminatorias que pronunció cuando comentaba las deficiencias intelectuales de los seguidores de Humala "allá por encima de los 4.000 metros de altura". Se presenta como un demócrata, un defensor de la democracia liberal, pero es capaz de colocarse la camiseta naranja del Fujimorismo sin ningún reparo.

La candidatura de Jaime Bayly debe ser combatida con buenas ideas y lo más pronto posible. Ningunearlo o atacarlo solo incrementará su protagonismo. Lamentablemente, no hay alguien lo suficientemente audaz para desnudar las deficiencias de su posible candidatura. Le temen y cualquier candidato que desee inclinar la balanza a su favor debe tener las agallas suficientes de sentarse con él en su programa y confrontarlo. De lo contrario, no se sorprendan si en la siguiente encuesta lo miran hacia arriba.





martes, enero 19, 2010

El entusiasmo militarista de Ricardo Milla

Arturo Caballero


El último fin de semana, en el suplemento Domingo de La República, Ángel Páez publicó un artículo muy revelador acerca de Alfredo Ignacio Astiz, capitán de fragata en retiro de la armada argentina, quien actualmente enfrenta un proceso por violación de los derechos humanos durante los años de la dictadura. En el referido artículo, menciona que Astiz, con el expreso objetivo de mortificar a los familiares de las víctimas en el tribunal, exhibió el libro Volver a matar, cuyo autor es el ex jefe de la SIDE (Secretaría de Inteligencia de Estado), Juan Bautista Yofre. Mientras Astiz exhibía el libro en el tribunal proclamaba estar orgulloso de lo que había hecho y que estaba dispuesto a volver a hacerlo.


Alfredo Ignacio Astiz

El fin de semana también leí una noticia, rebotada en el blog de Ricardo Milla, que da cuenta de la negativa de las Fuerzas Armadas del Brasil a aceptar ser investigadas por una comisión de la verdad. La noticia menciona que el Ministro de Defensa y los máximos comandantes de las Fuerzas Armadas de ese país renunciaron en cuanto se conoció el decreto que crea una comisión de la verdad que tendrá como objetivo investigar los crímenes cometidos por las fuerzas armadas durante la dictadura militar (1964-1985). Esta reacción de los militares brasileños ante la posibilidad de ser investigados es celebrada por Ricardo Milla con mucha admiración y, a la vez, lamenta que en el Perú nuestros militares no hayan hecho lo mismo, es decir, renunciar a sus cargos cuando se formó la CVR. En conclusión, y aunque no lo mencione explícitamente, porque solo comenta muy brevemente la noticia ("Me pareció interesante. Los militares de Brasil son un ejemplo. Los nuestros... bueno...") su admiración a la actitud de los altos mandos militares del Brasil entraña la defensa de la impunidad de los crímenes cometidos por militares. De ahí es que considero, en todo sentido, no solo lamentables, sino agraviantes las insinuaciones vertidas por Milla en su post y en algunos de sus posteriores comentarios sobre el mismo.

Porque no es posible estar a favor de la justicia y el Estado de Derecho -que implica reconocer que existe un sistema jurídico ante el que cualquier ciudadano es tratado con igualdad y que todas las instituciones del Estado y el Estado mismo quedan subordinadas al orden jurídico-, y a la vez, celebrar que los militares de un país hagan espíritu de cuerpo para no ser investigados y rechazar un decreto que está amparado en la fuerza de la legalidad y de los principios: exigir justicia y sanción ejemplar a criminales.

Por ello, Milla se contradice cuando afirma que "...si han habido crímenes de parte de un agente del Estado o de algún civil o de algún agente del orden, debe ser investigado. No he negado ello en ningún momento". Sí lo niega. ¿Qué significa entonces, si no, admirar que los mandos superiores de las FFAA de Brasil rechacen una investigación? Significa negar la posibilidad esclarecer la verdad, porque se impide que el Estado se redima con la nación por las tropelías cometidas por un gobierno dictatorial e impide que la sociedad civil, los deudos y la ciudadanía sepan qué ocurrió; significa avalar la impunidad de criminales que encuentran en su institución un manto protector; significa prolongar el sufrimiento de los deudos que solo desean hacer justicia porque no podrán ver sentenciados a los culpables. ¿Acaso Milla ignora que los militares en el Perú no quieren ser investigados? ¿No se da cuenta de la gravedad de celebrar la actitud de las FFAA del Brasil y lamentar que no fuera igual en el Perú? Por lo que hasta ahora ha manifestado, me queda claro que Milla no pensó en las implicancias de su entusiasmo militarista.

A Milla le parece mejor que en lugar de una CV que investigue a las FFAA, sean ellas mismas quienes se autoinvestiguen. "Me parece que ellos saben a quienes deben condenar, investigar y sancionar. Además, el Estado también puede intervenir. Pero de ahí a que se haga una CV para "aclara" (sic) los hechos me parece una intromisión que lo único que traerá será corrupción, como en el caso de nuetsro (sic) país en que se han hechos un sin fin de juicios, muchos por interesés y por venganza de un grupo de personas que parecen desear la erradicación de las FF.AA". Milla parece ignorar que las CV se forman por mandato de los Estados y fue Estado Peruano quien dispuso la formación de la CVR el 2001; en consecuencia, mientras duró fue una institución del Estado. El problema son los intereses del gobierno que tiene a cargo su administración del Estado, ya que quienes asumen el poder no distinguen entre Gobierno y Estado. Mencionó que el Estado también puede intervenir. En este punto vuelvo a lo anterior: ¿acaso las diversas CV que han existido en el mundo no se formaron por mandato expreso de los Estados? ¿No fue así en el Perú? En un país como el nuestro donde, como dije, Gobierno y Estado son entidades que los gobernantes y el oficialismo no distinguen muy bien no tenemos la garantía que una intervención directa del Estado sin instituciones intermediarias, logre los resultados previstos. Además, es propio de un Estado de Derecho -a no ser que Milla desee otro tipo de régimen- que los poderes del Estado sean autónomos, lo mismo que sus instituciones. El actual gobierno aprista, en alianza con el fujimorismo y la derecha, ha hecho todo lo posible por entorpecer las investigaciones que permitirían saber qué militares cometieron crímenes y a la postre, sentenciarlos. Lo hizo Flórez-Aráoz durante su cargo como Ministro de Defensa: rechazó todas peticiones del Poder Judicial aduciendo que no poseen archivos de identidad, lo cual es inconcebible. En razón de ello ¿es posible creer que este gobierno hará algo en lo que le queda en el poder por revertir esa situación? Las evidencias hasta ahora demuestran lo contrario.

Si bien las FFAA en el Perú no recibieron de buen grado la conformación de la CVR ni el IF CVR, no les quedó otra opción que aceptarla, aunque fuera a regañadientes, puesto que la institución quedó enormemente desprestiada por su participación durante el fujimorato, lo que es de lamentar, puesto que, de hecho, muchos oficiales honorables se vieron perjudicados porque no se alinearon con la corrupción. Qué diferencia respecto al mea culpa que asumieron los Estados y las FFAA de otros países como El Salvador, donde el Ministro de Defensa anunció el año pasado que las Fuerzas Armadas de su país estaban dispuestas a perdir perdón por los crímenes de guerra. Este manifiesto fue ratificado por el presidente salvadoreño Mauricio Funes el reciente fin de semana. Colombia, hizo lo propio ante las Naciones Unidas; durante dicha ceremonia, el vicepresidente calificó de "crimen inexcusable" las muertes de civiles y las ejecuciones extrajudiciales a mano de las FFAA y no las matizó como simples excesos. En Paraguay, el presidente Lugo también pidió perdón a las víctimas del dictador Alfredo Stroessner. A nuestro presidente le haría muy bien tomar en cuenta estos ejemplos circundantes y extender la petición de perdón no solo a la comunidad afroperuana, sino también a las víctimas civiles de las Fuerzas Armadas. (A pesar que Toledo lo hiciera cuando recibió el IF CVR, viniendo de García, en cuyo gobierno se incrementó la barbarie terrorista y siendo el único ex presidente que puede dar un testimonio de parte, sería notablemente representativo que pidiera perdón y demandara a las FFAA que también lo hagan, pero ello, soy conciente, es pedir demasiado. Sin embargo el general (r) Roberto Chiabra representa una honorable excepción: considera que ninguna institución del Estado se libra de no pedir perdón a la nación por lo sucedido entre 1980-2000 y que lo hagan en el marco de las recomendaciones de la CVR).


Una observación importante a los comentarios de Milla, que también son comunes en quienes defienden el accionar de las FFAA, es que califica de "excesos" los crímenes cometidos por los militares o agentes del orden. "En el caso de Perú hubo algunos excesos que no superan el 0,6% total de las muertes que se tienen registradas". Un exceso es el resultado imprevisto de una acción que tenía un objetivo diferente, también puede referirse a abusos, delitos o crímenes. Para que puede servir como atenuante de un resultado grave tendría que poseer la cualidad de ser ocasional. Si el exceso deviene perjudicial, es comprensible que el responsable del mismo lamente ese resultado imprevisto, sobre todo si este "exceso" es constante. Sin embargo, lo que Milla califica como exceso posee un patrón que caracteriza los testimonios de aquellos que fueron torturados por miembros de las FFAA, el cual se repite en los lugares donde hubo más violencia. La acumulación periódica de "excesos" sobrepasa dicha calificación porque ofrece indicios de que existe un procedimiento que en lugares distintos también se aplica. (Un dato que puede explicar dicho patrón es que muchos oficiales de mediano y alto rango fueron entrenados en tales prácticas en la Escuela de las Américas en Panamá. Ello se corrobora también con lo sucedido en Argentina, Paraguay, Brasil, Uruguay, Chile, El Salvador, etc., donde hubo prácticas similares).

Asimismo, tengo la impresión que Milla aporta el dato porcentual de víctimas con la finalidad de atenuar la responsabilidad de los militares que cometieron crímenes. Esto merece una aclaración porque muchas veces la objetividad estadística suele maquillar propósitos. Prefiero el análisis concreto en función al número de víctimas, ya que, en casos de crímenes, los porcentajes son anecdóticos y abstractos: se pierde la individualidad y visión de conjunto. No obstante, los muertos son más que víctimas: solo en Putis fueron aproximadamente 120 pobladores asesinados por el ejército; la Defensoría del Pueblo entre 1980 y 1996 ha comprobado la desaparición forzada de 7,382 personas y 514 ejecuciones extrajudiciales. Lo informó 7 años antes de la conformación de la CVR.

De otro lado, Milla también expresa su preocupación por el sesgo ideológico que existe detrás del discurso de los derechos humanos y considera que ese es el verdadero problema: "El gran problema está en las ideologías que se disfrazan en estas Comisiones de la Verdad. La pretensión es que por medios de una serie de investigaciones, parciales y guiadas por una ideología de fondo, para que, inculpando a agentes del orden y del Estado, se pueda beneficiar sus ideologías e intereses propios". Este argumento del sesgo ideológico -más adelante puntualiza que es el liberalismo de izquierdas- me recuerda a los avisos que suele haber en algunas bodegas: "Hoy no fío, mañana sí". De esta manera, el infeliz que deseara un crédito se encontrará con una postergación eterna que terminará con desanimarlo porque siempre habrá un mañana. Aquí la pregunta es ¿cuál es el mejor momento o la ideología más adecuada para iniciar las investigaciones sobre los crímenes de las FFAA? ¿Y cuándo estaremos listos para enfrentar la verdad de lo sucedido? ¿Hasta cuándo habrá que esperar para mostrarle a las generaciones posteriores que el Estado y la sociedad fueron corresponsables por acción u omisión de la violencia armada?

Las ideologías siempre van a estar presentes, pero como decía Wilde, "no hay que perder de vista la Luna mirando el dedo que la señala". Cierto es que hay oportunismo y deseos de indisponer a toda la FFAA de parte de quienes aprovechando las circunstancias actuales, lucen con rostro democrático, a pesar de que en el pasado quisieron demoler la democracia a sangre y fuego, pero este no es el caso de los comisionados de la CVR, ya que el IF reconoce el esfuerzo de las FFAA y señala que sin ellas no hubiera sido posible vencer al terrorismo. Si nos quedamos paralizados por temor a que un grupo ideologizado de izquierda radical se apropie de la memoria ¿hasta cuando esperaremos la ideologia adecuada para iniciar nuestra revisión histórica? ¿existe alguna ideología adecuada? ¿cuándo será el momento adecuado? ¿cuando los responsables ya no puedan ser sentenciados? Actuar por principios y anteponerlos a lo ideológico sí es una actitud loable: no lo es estar paralizado ante un problema y no distinguir entre lo que es de justicia y las ansias de los oportunistas.

La indolencia de Astiz frente a los deudos de las víctimas, de cuya muerte él responsable y cuya memoria pisotea frente a los familiares, es agraviante para todos los que perdieron a alguien a manos de quienes debían protegerlos de la violencia terrorista. Pedirle a alguien como Astiz que se arrepienta es una pérdida de tiempo. Sin embargo, espero equivocarme respecto a las aventuradas opiniones de Milla, porque, de lo contrario, su admiración por la actitud de las FFAA del Brasil bien podrían confundirse con la indolencia insolente y agraviante de Alfredo Ignacio Astiz, un entusiasta militar que volvería a asesinar sin remordimiento.

domingo, enero 17, 2010

El señor presidente 2011

Luis Castañeda y los posibles escenarios en una segunda vuelta el 2011




Según el sondeo de las últimas encuestas, el alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio lidera la preferencia electoral en Lima y provincias seguido de Keiko Fujimori, Ollanta Humala y Alejandro Toledo y Lourdes Flores Nano. Si bien falta poco más de un año para las elecciones presidenciales y cualquier cosa puede suceder en el camino, me aventuro a especular con algunos posibles escenario para una eventual segunda vuelta el 2011. Antes de ello, comentaré mis impresiones acerca de Luis Castañeda Lossio, quien parece configurarse como el nuevo outsider, término que viene captando el interés de muchos analistas políticos que se desvelan por saber quién emergerá como el candidato sorpresa para el próximo año.

Castañeda posee un perfil político diferente al de sus competidores. Se trata de un candidato que destaca por su perfil bajo ante los medios de comunicación y por ser un eficiente administrador en la gestión municipal. Como resultado de ello, las encuestas de aprobación no le han dado menos de 70% en todo lo que va de su gobierno, cifra que muchos políticos, comenzando por el Presidente de la República, quisieran tener. Sin embargo, lo que muchos analistas y simpatizantes ven en Castañeda como una virtud, a mí me parece, más bien una peligrosa señal. La actitud pragmática, es decir el presentarse como un ejecutor, un hombre de pocas palabras que declara poco y exhibe como prueba los resultados concretos de su gestión, no nos permite esclarecer cuán dialogante es o será cuando tenga que enfrentar críticas a su gestión. Parecer ser que Castañeda eludió el diálogo fluido con los medios de comunicación en casos como el Metropolitano o el litigio con la Universidad San Marcos por el puente que invade parte de su campus amparado en la aceptación que goza su gestión en la población limeña. Es como si nos dijera "mis obras hablan, yo no necesito hacerlo", "la gente lo aprueba, ello es suficiente". Y cuando un gobernante tiene la certeza de que la población lo apoya sin chistar, suele sentir que tiene carta blanca para todo y que no tiene que rendir cuentas.

De otra parte, debido a lo anterior, es un candidato que, en mi opinión, resulta muy permeable de caer en la tentación autoritaria-democrática, o sea, acceder al poder mediante elecciones, pero una vez en él, actuar de manera autoritaria. Y no me refiero a un autoritarismo del tipo chavista, sino a un autoritarismo descafeinado, sutil, populista, con la bendición del sector empresarial y banquero, y de las fuerzas políticas que no quieren desmantelar la corrupción fujimontesinista y que tampoco desean continuar con la transición democrática en lo que a derechos humanos y reparaciones a los damnificados por la violencia armada se refiere. Por ello, tengo la impresión que el fujimorismo, el APRA y la derecha estarán a la expectativa de apoyar a algún independiente o outsider cuyo perfil los satisfaga para la consecución de sus propios intereses; y ese es, a mi modo de ver, Castañeda Lossio.

Pero ¿qué tiene Castañeda que lo haga atractivo para el APRA, el fujimorismo y la derecha? Su pragmatismo es muy similar al de Fujimori: no habla mucho, pero actua; es eficiente y habla con resultados; no tiene un pasado político desgastado como sus competidores; goza del reconocimiento y la aprobación de la población limeña. En consecuencia, la viabilidad de sus proyectos encontrarían muy poca resistencia, lo cual, aunado a todo lo anterior, crearía un clima de confianza propicio para que empresarios e industriales se sientan cómodos (verían a Castañeda con mucho agrado, ya que garantizaría el status quo. Todo esto lo hace muy permeable al discurso conservador y al neopopulismo.

Segunda vuelta 2011

Castañeda vs. Toledo

Esta eventual segunda vuelta presentaría las siguientes características. El peligro es que Castañeda se vería obligado a negociar el apoyo del APRA, la derecha y el fujimorismo para ganar y cogobernar con ellos, de manera que así les devolvería el favor. En este momento, sería clave la participación de los movimientos regionales y del Partido Nacionalista que posee vínculos importantes con ellos. De darse una alianza abierta o encubierta entre Castañeda y la aprofujiderecha, el continuismo quedaría asegurado: retroceso en los procesos judiciales anticorrupción y en la investigación de casos ocurridos durante la gestión aprista; también, retroceso en la aplicación de las recomendaciones de la CVR y en el modelo económico.

En ese momento, recién conoceríamos la conducta política y moral de Castañeda, de lo que sería capaz de hacer: competir con sus propios recursos y rechazar el apoyo del aprofujiderechismo o recibir su apoyo con tal de ganar la presidencia. Si sigue la lógica pragmática de costo-beneficio que le ha dado resultados hasta ahora -que es lo más probable- pactará con quienes hoy gobiernan. Frente a esta posibilidad, se requeriría de una gran coalición de fuerzas políticas para apoyar a Alejandro Toledo con la finalidad de cerrarle el paso al APRA y al fujimorismo y a todo lo que ellos entrañan.

Castañeda vs. Keiko

Aunque parezca extraño, puede ser el escenario más conveniente, porque obligaría a Castañeda a apoyarse en fuerzas menos nefastas que las anteriores, sobre todo de centroizquierda, movimientos regionales y el nacionalismo, lo cual lo alejaría saludablemente del APRA y el fujimorismo, y desaparecería la posibilidad de que termine engullido por ellos y con ella la tentación autoritaria-democrática.

Keiko es una candidata muy vulnerable. No sería difícil para Castañeda demoler a Keiko en un debate. En una eventual segunda vuelta, los aliados de Castañeda lo harían muy gustosos durante la campaña.

El oportunismo aprista, con el olfato que caracteriza a su líder, podría abandonar su alianza estratégica con el APRA y buscar reacomodarse con los nuevos tiempos. No nos extrañe que, llegado el momento, Alan García comience a echar mano de la persecución que fue víctima cuando tuvo que salir del país, de los DDHH, el IF CVR y de todos aquellos temas que sirvan para demostrar que nada lo une al fujimorismo. Lo haría para al menos asegurar alguna cuota de participación en el poder.

Castañeda vs. Humala

En este caso, el más beneficiado sería Humala si es que entre Solidaridad y el aprofujimorismo se consuma y se hace evidente para el electorado. Humala sería visto como el único candidato que impediría el retorno de los enemigos de la democracia y de los corruptos. Las fuerzas políticas de centro, algunas a regañadientes, le darían su apoyo condicionado a que Humala se comprometa a respetar el orden constitucional y que no permite que el Perú ingrese a la órbita chavista. La duda es si Humala podrá resistir la presión chavista (aunque para ese momento, el gobierno de Hugo Chávez se encontrará debilitado por la crisis económica que atraviesa Venezuela, la cual tiende a agravarse).

Si Humala no hace un enorme y evidente esfuerzo por desmarcarse del chavismo y el radicalismo etnocacerista, Castañeda podría ser visto como el candidato que impedirá el ingreso del socialismo chavista en el Perú (ya estoy visualizando los spots apocalípticos en contra de Humala que mostrarán la crisis económica venezolana que nos esperará si este resulta elegido).

Cualquiera sera el escenario, la voz cantante la tendrán los movimientos y frentes regionales. Quien articule sus expectativas, las organice y los convenza de que desde Lima hay alguien que las hará posibles, tendrá muchas posibilidades de ser el señor presidente 2011.

Enlaces de interés

CASTAÑEDA, EL CALETA - Desde el tercer piso

Luises - Menos Canas

sábado, diciembre 26, 2009

Una sociedad con licencia para matar

La Policía Nacional y los escuadrones de la muerte en Trujillo




Juan Luis Cebrián en El fundamentalismo democrático advirtió el peligro que representa el surgimiento del totalitarismo en sociedades democráticas. Aunque parezca contradictorio, algunos gobiernos que afirman ser democráticos suelen recurrir a prácticas que distan mucho de serlo como la represión abierta o sutil del cualquier discurso que contradiga al discurso oficial. La opinión pública también es susceptible de adherirse a esta forma totalitarismo. Alberto Flores Galindo ensayó una explicación al respecto en La tradición autoritaria: el autoritarismo, esa tendencia a ejercer el poder a través de la fuerza, ha estado arraigado en nuestra sociedad desde la Colonia y ha subsistido en la República a tal nivel que se ha naturalizado en el día a día, ya que cada vez nos causa menos sorpresa, debido a su constante exposición. Así parece confirmarlo la significativa aceptación que tiene en un sector de la población la posible existencia de un escuadrón de la muerte, grupo conformado por policías en actividad y en retiro, quienes ajustician a delincuentes en Trujillo.

No es necesario elaborar una acuciosa investigación para explicar esta actitud. La delincuencia y el crimen organizado aumentan en la misma proporción que el crecimiento económico; es más, en las localidades más económicamente prósperas se suelen concentrar las actividades del crimen organizado. De seguir esta tendencia, Trujillo va camino a convertirse en el Medellín de los 90, ciudad Juárez o Tijuana por citar algunos ejemplos. Comerciantes y empresarios son extorsionados por mafias que cobran cupos a cambio de protección; tremendos jueces en fallos totalmente descabellados dejan libres a delincuentes que la policía logró capturar tras largos periodos de seguimiento. Si a ello le agregamos que desde el Legislativo y el Ejecutivo se exige sancionar drásticamente a los miembros de las Fuerzas Armadas y Policiales involucrados en delitos de función, pero, contrariamente, solo se castiga a los oficiales de menor rango, mientras que los superiores disfrutan de la cobija del gobierno y que no se mide con la misma vara los delitos de los funcionarios públicos vinculados al gobierno aprista, la indignación del cuerpo policial, lógicamente, es comprensible. En los hechos mencionados, podemos hallar explicaciones acerca de la frustración que invade a la Policía Nacional sobre todo al personal subalterno y a los mandos medios, quienes son los que ejecutan las operaciones contra la delincuencia y el crimen organizado.

Sin embargo, ¿qué otras razones llevan a la población a aprobar un escuadrón de la muerte y a un grupo de policías a constituirlo? Una de ellas es la ineficacia de los planes diseñados para combatir el crimen. La ciudadanía no percibe los resultados y, por ello, demanda una acción efectiva y ejemplar contra la delincuencia. Asimismo, tampoco deposita enteramente su confianza en la policía nacional, debido al descrédito social que esta institución tiene en el imaginario social de la población. La imagen de la policía está muy venida a menos por la coima que habitualmente un conductor entrega a un policía de tránsito y la facilidad con que este la acepta; la falta de seguridad en zonas donde se los necesita y no llegan con prontitud por negligencia o por falta de soporte logístico; escándalos protagonizados por policías ebrios que maltratan a sus cónyuges o parejas, o que abusan de su autoridad e incluso provocan víctimas fatales y luego reciben el apoyo de sus compañeros quienes obstaculizan las investigaciones; o casos de policías en actividad o retiro que integran bandas de secuestradores o que colaboran con ellas. Todo esto explica en parte por qué la población enardecida, cuando se alza violentamente en el interior del país, ataca de primera intención la comisaría o los puestos policiales.

No obstante, no todas las manzanas están podridas porque también contamos con valiosos ejemplos de sacrificio, valentía e integridad moral. Incontables héroes anónimos que diariamente exponen sus vidas, frustrando secuestros o capturando a avezados delincuentes, y que en sus días de franco continúan haciéndolo cuidando establecimientos privados u ofreciendo seguridad particular. Una breve noticia periodística da cuenta de estos actos, pero nada más. Otros, pensando más en las fatales consecuencias de una decisión precipitada, prefieren rendirse ante la muchedumbre enardecida, acatar sus exigencias tales como humillarse pidiéndoles perdón, antes que exponer su vida y la de sus hombres. ¿Y cómo califica el Presidente a este oficial? Lo tilda de de cobarde y débil, además de pasarlo inmediatamente al retiro. En cambio, Mercedes Cabanillas, luego del Baguazo, fue condecorada por los altos mandos de la Policía Nacional. Sin embargo, el general Alberto Jordán puede dormir con la conciencia tranquila.

En este punto, debemos darnos cuenta de que la policía no solo tiene que enfrentar a delincuentes comunes, criminales, narcotraficantes o terroristas, sino que también tiene en contra a algunos superiores sumisos e incompetentes que no velan por sus derechos y contra los poderes del Estado que les colocan zancadillas, por ejemplo, cuando el Ejecutivo no contempla incrementos salariales para la Policía o cuando el Poder Judicial no depura a los jueces inmorales que liberan a delincuentes, a pesar de las pesquisas y pruebas, lo cual mina la moral de las fuerzas policiales y deteriora su imagen ante quienes hacen del delito un estilo de vida.

El escenario que tuvo lugar en los ochentas y noventas durante la lucha contra el terrorismo es similar al que se vive actualmente, salvando las distancias, contra el crimen organizado en algunas partes del país: el último fin de semana, el director del penal Castro Castro Manuel Vásquez Coronado, fue brutalmente acribillado por tres delincuentes cuando salía de su domicilio con dirección a su centro de trabajo; en Trujillo, delincuentes cobran cupos a empresarios y transportistas; a menudo nos enteramos de asesinatos cometidos por sicarios; el crimen organizado ha elegido la construcción civil como espacio para consolidarse; las guerras entre pandillas en el Callao, donde "gobiernan" amplias zonas liberadas, cobran víctimas frecuentemente; los "marcas" acechan en cualquier parte de la ciudad para secuestrar o asaltar a quienes retiran dinero de los bancos. Y la tendencia es creciente.

Ante un panorama tan poco auspicioso, ¿debemos, entonces, justificar la existencia de un escuadrón de la muerte? De ninguna manera. Si el Estado y la sociedad civil actúan de la misma forma que en aquellas décadas, es decir, minimizando o ignorando la gravedad del problema -mirar hacia otro lado cuando el terror no tocaba nuestras puertas fue una actitud muy usual-; o si se acuerda combatir el terror con terror, las Fuerzas Policiales perderán por completo la endeble superioridad moral que conservan, gracias al invalorable esfuerzo de muchos buenos policías quienes, posiblemente, en un arrebato de indignación, decidieron tomar la justicia por sus propias manos y aplicar la Ley del Talión.

La escalada de violencia no se detendrá, porque los deudos de los asesinados extrajudicialmente se sentirán con la suficiente autoridad y respaldo legal y, cuando no, mediático, para exigir justicia y jaquear a la Policía. No por mucho tiempo podrá el Gobierno ocultar la verdad y a los mandos implicados en los escuadrones de la muerte, porque, como nos ha enseñado la historia reciente del Grupo Colina, estos destacamentos no actúan por iniciativa de un grupo de espontáneos efectivos que, de un día para otro, libremente decidieron ajusticiar delincuentes: actúan con la venia de los mandos superiores, seguramente, no comprometiendo a las esferas castrense más altas, pero sí a algunos mandos con poder de decisión. De esta manera, a la larga, la delincuencia y el crimen organizado tendrán más posibilidades de ganar que de perder, sin contar con que los cabecillas más "rankeados" tiendan a convertirse en ídolos populares, en víctimas o mártires heroicos y no ser reconocidos como que son: criminales. La impronta de un héroe es más influyente cuando está muerto porque genera una secuela de culto que elimina cualquier defecto moral elevándolo a la categoría de mártir o santo (si no recordemos cómo una multitud acudió al entierro de la senderista Edith Lagos en Huamanga, cómo mucha gente peregrinaba a la tumba del narco colombiano Pablo Escobar, y sin ir muy lejos, en los barrios más peligrosos del Callao, las paredes de las calles lucen pinturas y graffitis dedicados a los delincuentes más famosos del momento, conocidos cabecillas de bandas y pandillas; algunos de ellos muertos en enfrentamientos con la policía se convierten en ídolos para los adolescentes que se inician tempranamente en el delito y quienes tratan de emularlos.

La sociedad que encuentra en el ojo por ojo la solución contra la delincuencia está destinada a que la violencia le estalle en el rostro. La solución no pasa solo por el accionar de las fuerzas del orden, sino por una participación activa de las instituciones de la sociedad civil. Si las actividades del crimen organizado y el narcotráfico no se detienen, lo más probable es que sus tentáculos lleguen hasta las esferas más altas del poder como ha sucedido en México(*) y, en ese momento, cualquier acción por erradicarlos será fácilmente neutralizada.

Una sociedad con licencia para matar es una sociedad suicida.

(*) Este país es el espejo en donde debemos vernos hacia el futuro en lo que respecta a la violencia producto del crimen organizado y el narcotráfico.

Enlaces relacionados

El misterio del escuadrón de la muerte - Revista Poder

Trujillo: Redada Mortal - Caretas

jueves, diciembre 24, 2009

Memoria y clase social

Impresiones del Jorobado de Notre Dame acerca del Museo de la Memoria

Carlos Meléndez comentó en su última entrada algunas impresiones que le suscita la implementación del Museo de la Memoria. Afirma que "la clase media progresista limeña—tiende a monopolizar la interpretación de la memoria histórica del país y, sobre todo, del duelo producto de la violencia política". En consecuencia, la construcción del MM, al ser conducida únicamente por una clase social privilegiada que lo impregna de un sesgo ideológico, termina convirtiéndose en un proyecto excluyente. Nuevamente, el conocido Jorobado simplifica su análisis al extremo y brinda argumentos que no se condicen con la profundidad académica que debiera exhibir un estudiante de posgrado en Ciencias Políticas. No quiero decir con ello que en el apretado espacio que ofrece una columna el autor deba desarrollar a profundidad cada una de sus ideas, sino que debe darse el tiempo para revisar las posibles inconsistencias de su postura. Tampoco se trata de llenar el artículo con una jerga especializada que aleje al lector. Se trata, como acabo de mencionar, de consistencia.

Meléndez considera que el pertenecer a una clase social distinguida descalifica a un individuo para asumir una actitud basada en principios, es decir, la tarea de implementar un Museo de la Memoria que dé cuenta de lo sucedido durante los años del conflicto armado interno de la manera más objetiva y amplia posible según lo manifestado por su presidente, Mario Vargas Llosa. Una evidencia de lo anterior es, a su parecer, que quienes integraron la CVR y quienes conforman la comisión responsable del MM han cometido el error de darle un tono socialmente excluyente a los materiales de difusión que fueron parte de un suplemento dominical de La República -al que Meléndez sin aludirlo directamente, considera un "diario caro"-. Salvo que me equivoque, no hubo otro diario en Lima que haya brindado la cobertura que La República le ha dado al tema de la violencia política mediante periódicas publicaciones, informes, investigaciones y suplementos. El resto lo han hecho, pero no con la misma intensidad. No imagino al Comercio, ni al actual Perú21 y mucho menos a Expreso o La Razón poniéndose la camiseta del esclarecimiento de la verdad mediante la difusión objetiva de aquellos lamentables sucesos. Dejo de lado a los diarios chicha, ya que este no es, ni de lejos, su asunto. Carlos debería darse cuenta que, salvo algunos diarios, el resto tiene una agenda muy clara: cerrar filas a favor de las FFAA, a pesar de los evidentes crímenes contra la población civil que cometieron algunos de sus elementos; y que tampoco quieren contradecir el discurso oficial porque es mediáticamente rentable. Me parece saludable que reconozca que la línea editorial del diario con el que colabora asume una postura militarista de derecha; sin embargo, si le parece que los materiales distribuidos por La República son caros, ¿por qué Correo no contribuye con colocar esta información al alcance de las mayorías y así hacer menos exclusivo su contenido? La respuesta es obvia: los Agois y Aldo Mariátegui prefieren bombardear este proceso más que contribuir a su difusión.

Ubicar el Museo de la Memoria en Miraflores le parece otro signo de exclusión social que también consistiría en un error de la clase media progresista miraflorina en su tarea por construir la memoria histórica de la violencia política. ¿Acaso no recuerda Meléndez que la construcción del MM ha enfrentado diversos obstáculos como la negativa del actual gobierno a recibir la donación del gobierno alemán para dicha implementación? Una vez que dieron marcha atrás y se convocó a MVLL para que presida la comisión responsable, las trabas no cesaron porque los sectores más reacios a la difusión de la verdad siguen torpedeando este proceso amparándose en el poder político y mediático que poseen muchas veces tergiversando los objetivos que conducen al MM. No fue iniciativa del Ejecutivo disponer de un terreno para la construcción del MM, que yo recuerde, ningún organismo del Estado ni funcionario de alto nivel dijo algo al respecto ni propuso alternativas: se dejó que el proyecto siga en piloto automático y que los comisionados hagan lo que puedan. En un principio, iba a estar en Jesús María, luego el alcalde de Miraflores, Manuel Masías, ofreció el actual terreno donde se construirá el MM. Es cierto que construirlo en las zonas donde se vivenció más intensamente el terrorismo le daría un aire diferente al MM, pero también es cierto que las medidas de seguridad que brindan aquellos distritos no son las más adecuadas. Miraflores es un distrito que cuenta con una municipalidad muy organizada y con una infraestructura en seguridad que ofrece la garantía de que actos como los sucedidos en el "Ojo que llora" no serán frecuentes.

El tema de la exclusión social no pasa por el lugar donde se ubica el MM, porque de ser así muchos establecimientos de interés público solo deberían ubicarse en distritos marginales, lo cual nos llevaría al extremo opuesto de la discriminación: creer que la verdadera interpretación de la historia es solo patrimonio de una parte de las víctimas y que el resto debe conformarse con ser un espectador de segunda clase que nunca comprenderá lo que fueron esos años. Particularmente, toda esa época la pasé en mi natal Arequipa, donde el terrorismo se veía tan lejano como la guerra entre Irak e Irán. No obstante, ello no me impidió tomar conciencia del sufrimiento y del dolor de las víctimas de la violencia, porque, no se trata de que el resto de la sociedad que vio de lejos la violencia y no fue tocada con la misma intensidad tenga que padecerla para recién entender su verdadera dimensión. Todos somos susceptibles de lamentar el dolor ajeno si es que hay disposición para hacerlo y si se tiene la suficiente información al respecto. Y si al final el acceso al MM se pareciera al que tienen que enfrentar algunos ciudadanos cuando desean ingresar a ciertas discotecas o restaurantes miraflorinos, seré el primero en criticar esa actitud y darle razón a Carlos Meléndez, pero no ahora que son otros los obstáculos que se tienen que superar.

No existen víctimas más o menos célebres. La intensidad del dolor experimentado por aquellos que vivenciaron la violencia es inmensurable porque está mediada por una subjetividad que de un individuo a otro cambia de manera radical, desde los más solidarios hasta los más indiferentes u oportunistas. Por esta razón, la discusión acerca de cuál es el lugar donde más se sufrió la violencia, donde murieron más personas, donde se cometieron los crímenes más execrables es absurda: la memoria acerca de un acontecimiento lamentable en nuestras vidas es directamente proporcional al grado de importancia que tuvo para nosotros, al impacto emocional y a la identificación colectiva con nuestros semejantes más próximos. Si tuviésemos que seguir la propuesta de Carlos Meléndez -("Son los distritos populares (San Juan de Lurigancho, Villa El Salvador) los que destacan por el mayor número de víctimas en la capital")- la construcción del MM se diluiría en un debate interminable y bizantino en decidir cuál de los lugares más asolados por el terrorismo el Lima debería albergarlo. ¿Por qué no en Barrios Altos? ¿Por qué no en La Cantuta, San Marcos, la UNI, la Universidad de Huamanga, la del Centro o en Putis? ¿Acaso alguien puede atribuirse el monopolio del dolor sin ofender la memoria del otro? Nadie, por supuesto, pero ello no nos puede paralizar al momento de tomar una decisión que sirva como precedente para que otros MM se implementen no solo bajo la anuencia del Ejecutivo, que no de buen grado dio su brazo a torcer, sino por una iniciativa descentralizada proveniente de aquellas zonas que también merecen honrar a sus víctimas.

La cantidad de víctimas no debería ser el criterio más importante para decidir el lugar donde construir un MM. Ello, verdaderamente, sí resulta ofensivo, macabro y excluyente porque jerarquizar el dolor de manera cuantitativa no hace más que sectorizar y clasificar un sentimiento que es connatural a todos los seres humanos: el dolor. Los muertos de la violencia política forman parte de nuestra memoria colectiva e individual; nadie nos puede reclamar no sentir dolor por nuestros propios deudos, pero sí deberíamos demandar condolernos por el sufrimiento ajeno.

Tampoco lo debería ser la procedencia social ni ideológica, sino el producto de la gestión. Si a Meléndez le preocupa la composición social de los comisionados del MM, debería preguntarse quiénes en el Perú hubieran estado dispuestos a asumir esta tarea. Esperemos ver el museo y atendamos a las explicaciones de la comisión. Concentrémonos en el objetivo, no el dedo que lo señala.

sábado, diciembre 12, 2009

Las disculpas de Alan García

¿Alan García pedirá disculpas por las víctimas de El Frontón, Cayara y Bagua?

El presidente Alan García pidió disculpas esta semana a la comunidad afroperuana en nombre del Estado peruano, debido a los atropellos cometidos durante la Colonia y buena parte de nuestra vida republicana por las autoridades que tuvieron a su cargo el poder en nuestro país. Se trata de un mea culpa que, hasta donde recuerdo, tiene como antecedentes otras disculpas del mismo García, aquella vez dirigida a toda la nación, por la debacle social, política y económica a la que nos condujo su primer gobierno.

Las disculpas ofrecidas por Alan García se dieron en el marco de un acto simbólico de desagravio a favor de un sector de la población que históricamente soportó -y aún soporta qué duda cabe- maltratos y vejámenes que, a veces, lamentablemente, se invisibilizan bajo el manto de la cotidianeidad. El día a día suele adormecer la reflexión al punto que tendemos a naturalizar lo habitual y a perder una saludable indignación ante, por ejemplo, la injusticia, la desigualdad o la discriminación.

Si bien se trató de un gesto político muy importante, es necesario que se dé un paso más allá para superar lo simplemente anecdótico o ceremonial, pues este acto debe constituirse en un precedente para que, en un futuro cercano, este o el próximo gobierno ofrezca disculpas públicas a los deudos de las víctimas del conflicto armado interno sin distinción de ningún tipo. Estas disculpas estarían plenamente justificadas en el caso de Alan García porque aún tiene pendiente una deuda moral frente a los deudos de las víctimas de la masacre de El Frontón, Cayara y Bagua por mencionar solo algunos casos. Y digo deuda moral porque la deuda política la puede controlar mejor, mientras detente el poder; y la judicial requiere atravesar un largo camino para iniciarse.

Cuando el Estado recurrió al terror para combatir el terrorismo, perdió la supremacía moral que lo colocaba por encima de los agresores que deseaban destruir nuestra precaria, pero todavía en formación sociedad democrática. Las víctimas producto de la violencia armada no solo fueron las huestes del MRTA o de Sendero Luminoso, sino también la población civil y los miembros de las Fuerzas Armadas, quienes en un inicio combatieron en desigualdad de condiciones contra un enemigo desconocido, acatando el mandato del Ejecutivo. En la medida que lucharon en desventaja por el abandono al que el Estado los expuso (aislamiento prolongado, falta de recursos logísticos, etc.) y que los poderes de este mismo Estado claudicaron a favor del poder militar sin ningún tipo de supervisión de las instituciones democráticas, se dio lugar a la barbarie de la cual recientemente estamos tomando conciencia. La sociedad democrática no puede volver a claudicar de esta manera ante el poder militar mucho menos cuando las Fuerzas Armadas se encuentren consternadas o en perpetua zozobra por los constantes ataques del narcoterrorismo y las consecuentes bajas que, a nivel mediático, causan tanto o más impacto en la imagen de las instituciones militares. En consecuencia, el Estado que conminó a las Fuerzas Armadas a combatir en tales circunstancias adversas y que cedió el control absoluto al poder militar en perjuicio de la institucionalidad democrática es corresponsable de la violencia generadas en aquellas zonas de emergencia y, por ende, de las miles de víctimas tanto civiles como militares.

Respecto a Bagua las justificaciones sobran. La desacertada operación de desalojo de los manifestantes que bloquearon la carretera aunada a la incompetencia de Mercedes Cabanillas como ministra del Interior y a los exabruptos de Alan García quien puso jerarquías a la ciudadanía de los pobladores de aquella zona no hicieron más que agravar la situación. Estos acontecimientos ocurridos durante su primer y segundo mandato justifican sobremanera una disculpa de Alan García. Y nótese que no se trata de una disculpa ofrecida solo a los deudos de terroristas o de la población civil, sino, además, al personal militar. Por ello, recalco que no debe existir ningún tipo de distinción cuando, en su momento, se ofrezcan estas disculpas oficiales.

Posiblemente, transcurran algunos años antes que esto ocurra o tal vez ni siquiera suceda, pero si dentro del APRA existe alguna mente lúcida y autónoma del oficialismo alanista, tendrán la tarea de asumir en el silencio los errores de su líder o procurar enmendar, al menos moralmente, esos descalabros.

domingo, diciembre 06, 2009

Teología de la liberación vs. conservadurismo teológico

Impresiones sobre una entrevista a Gustavo Sánchez(*) acerca de la Teología de la Liberación

Antes de empezar debo aceptar mi escasa información y formación en cuestiones de teología. Sin embargo, considero que ello no me exime de tener una postura respecto a ciertas afirmaciones que involucran una discusión académica en la que puede participar todo aquel que crea tener algo importante que decir. A pesar de que la autoridad para manifestarse sobre alguna materia tiene que ver con la especialización en la misma, también considero que ninguna parcela del saber humano es patrimonio de nadie, es decir, por ejemplo, los asuntos literarios han sido abordados por científicos sociales y filósofos con resultados satisfactorios que, a su vez, han ampliado el horizonte de la teoría literaria contemporánea. Lo mismo podría afirmar acerca de la teología y la filosofía. Por ello, más que la autoridad del individuo, o además de ella, es importante el contenido de las ideas expuestas.

El 2005, Gustavo Sánchez, profesor de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, fue entrevistado acerca de la Teología de la Liberación, especialmente, sobre la tendencia desarrollada por el sacerdote Gustavo Gutiérrez. Al respecto, después de revisarla, y con la distancia de por medio, me animo a observar algunas de sus afirmaciones. (Por ello, sugiero leer primero la entrevista).

-La creencia de que puede existir algún discurso desideologizado, inmaculado de cualquier contenido. Esto es un total desacierto de su parte. Lo ideológico está presente en cualquier discurso sobre todo si se trata de aquellos que son enunciados desde posiciones de poder. El problema no es que exista ideología en la TL, sino en deslizar la posibilidad de que desde los estudios teológicos no exista ideología, y peor aún en creen que esta no existe (es cuando no se la quiere ver cuando realmente es más activa) entendida como un sistema de creencias que busca constituirse como una herramienta de poder a través del discurso. Es este discurso el que mueve a los individuos a actuar según lo previsto por la ideología, o sea, que es indispensable un aparato institucional que sostenga el discurso ideológico y que lo reproduzca a través de individuos que gocen de reconocimiento social (el espacio académico brinda una oportunidad enorme para esto; también lo son los cargos públicos y políticos). A la luz de esto, habría que preguntarnos si los estudios teológicos católicos no están ideologizados. Al menos la TL hace visible ello a través de la crítica.

-Lo otro es que a través de las respuestas de Gustavo Sánchez me queda más clara la diferencia entre la filosofía y la teología
. Si la filosofía renuncia a la reflexión, a la crítica constante, incluso de sus propias ideas, pierde, para mí su razón de ser. Los teólogos conservadores como Sánchez, apelarán, como es de esperarse a una hermenéutica también conservadora. Cada vez estoy más convencido de que la filosofía, o más bien los filósofos, no deberían llegar a defender con apasionamiento ninguna creencia que antes no hayan cuestionados exhaustivamente. Un ejemplo de ello me viene a la mente con Isaiah Berlin quien fue un ardoroso crítico del marxismo, pero a la vez un denodado lector de las obras de Marx a quien dedicó varios ensayos.



-Y en relación con lo anterior, es increíble, o tal vez no debería serlo viniendo de un conocedor en teología de orientación conservadora, defender la integridad del conocimiento teológico negando la posibilidad de que se enriquezca con los aportes de otras disciplinas como el marxismo, agregado al cual considera de una perversión enorme. Si el marxismo con toda la carga dogmática que tuvo y todavía mantiene en algunos sectores, fue susceptible de incorporar al psicoanálisis, al estructuralismo, a la semiótica y aplicarse no solo al análisis socioeconómico y político, sino también al cultural (tal como lo hizo la Escuela de Frankfurt y posteriormente los postmarxistas europeos) ¿por qué defender la teología como un espacio que rechace la multidisciplinariedad?. Al respecto, me sorprende como es que Sánchez reconoce una heterogeneidad dentro del pensamiento de la Teología de la Liberación, pero ignora la misma heterogeneidad dentro del marxismo. Hago esta mención porque en la referida entrevista, Sánchez, ante la pregunta que considera la violencia como un elemento consustancial del marxismo, avala dicha implicancia. La violencia no es consustancial al marxismo. No voy a dedicar una amplia digresión a detallar las diversas tendencias postmarxistas en la actualidad, pero solo recalco que en las plataformas de lucha del marxismo contemporáneo, es decir, de aquel que ha asumido una autocrítica luego de la debacle post muro de Berlín, se han incorporado las reivindicaciones de las minorías étnicas, nacionales, sexuales, lingüísticas y hasta religiosas y ya no solo las económicas del proletariado.

-Otro: ¿por qué un intelectual como Gustavo Gutiérrez que tiene la convicción de una idea tendría que rectificarse si no lo desea? Si lo hace será en virtud de un convencimiento personal, pero me parecería grave que lo hiciera por mandato o sumisión a la jerarquía eclesiástica. Al parecer la Sánchez, Gutiérrez y la TL ya perdieron antes de discutir. ¿se puede entablar un diálogo en estas condiciones? Definitivamente, no. La explicación puede ser que la teología, tal como la conciben aquellos que coinciden con Sánchez, parte de la premisa de la incuestionabilidad de ciertos conocimientos que deben mantenerse inalterables e impolutos. Lo otro tiene que ver con los objetivos de esta teología y sus presupuestos: argumentar apelando a la divinidad de Jesucristo puede ser válido para una comunidad cristiana (incluso guardando ciertos reparos dependiendo de qué tendencia sea) pero será inútil si se quiere debatir fuera de esos espacios en los que la razón y/o la práctica aportan evidencias. Sánchez no debate fuera de esos ámbitos.

Encuentro una significativa carga dogmática en la crítica de Sánchez hacia la Teología de la Liberación. La pregunta que me gustaría hacerle es cómo hace para conciliar la filosofía con la teología de manera que una no termine opacando a la otra. En su caso, al parecer, la filosofía ha sido engullida por la teología conservadora.

Estoy seguro de que dentro de los estudios cristianos y específicamente católicos, existen mayores niveles de apertura que no hallan discrepancia entre, por ejemplo, la sociedad secular que propone el modelo liberal y la religión, o el de la deliberación política desde cualquier esfera pública o privada sin importar la investidura de quien lo hiciera, ya sea religioso o laico. Por todo ello, considero que los alcances de la crítica de Sánchez adolecen de un vuelo muy reducido, ya que fuera del ámbito de la teología conservadora, dudo que pueda establecer un diálogo que sea mutuamente enriquecedor en la medida que sostenga ideas como la posibilidad de un discurso desideologizado o la negación de la multidisciplinariedad del conocimiento, en este caso, de la teología.

Enlaces relacionados


(*) Gustavo Sánchez, Sodálite, Doctor en Sagrada Teología. Se desempeña como Profesor Principal en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, es Director de la Escuela de Postgrado de la misma Facultad de Teología y Profesor Asociado de la Universidad Católica San Pablo (Arequipa).

martes, noviembre 17, 2009

Perú y Chile: el espíritu del nacionalismo tribal (I)


Los últimos desencuentros entre los gobiernos de Perú y Chile a raíz del caso de espionaje atribuido al vecino país del sur es un buen motivo para analizar las pulsiones que sustentan el espíritu tribal del nacionalismo que cada cierto tiempo asoma con tanta fuerza y vitalidad que pareciera convencernos de que la integración sudamericana, a más de un siglo de nuestra independencia, es un proyecto muy lejano de concretarse. Y todo porque un nacionalismo perverso anima el accionar de la población y de algunos políticos irresponsables que aprovechan la oportunidad para adquirir notoriedad.

He venido escuchando en algunos medios que se pretende fomentar un bloqueo comercial de parte de los consumidores para no comprar productos chilenos; de esta manera, supuestamente, estaríamos infligiendo un severo castigo a los inversionistas sureños en nuestro país, además de mostrarles lo unidos que estamos frente al agresor. De obtener la acogida que pretende esta iniciativa, lo que lograríamos de inmediato es perjudicar a los miles de empleados y funcionarios peruanos que laboran en las empresas chilenas que invierten en el Perú. Imagínense que la primera víctima de esta campaña antichilenista fueran Wong, Saga Falabella o Ripley ¿a quién perjudicarían realmente con este boicot? ¿al vil empresario capitalista chileno? ¿A Michelle Bachelet? De ninguna manera. Afectaría al cajero, al empleado de almacén, al personal de plataforma, al joven que acomoda los productos en el carrito y que nos despide, a veces, con una frase repetida de memoria o con una sonrisa impostada. En la segunda línea, estarían los funcionarios y los mandos medios. Y cuando, de persistir esta irracional propuesta, los funcionarios que toman decisiones vieran en ello un problema, simplemente rematan, venden y se acabó: adiós problema.

Lo anterior no significa que no me sienta indignado por sucesos como la negativa de los gobiernos de Chile a realizar un plebiscito en Tacna y Arica y las maniobras dilatorias para cumplir los tratados; la falta de argumentos para explicar el caso de espionaje; la escalada armamentista que justifican bajo el pretexto de la renovación estratégica; la vergonzosa actitud del gobierno de Eduardo Frei que vendió armas al Ecuador durante el conflicto del Cenepa, a pesar de ser Chile un Estado garante del Protocolo de Río de Janeiro; la falta de reciprocidad en lo referente a las facilidades para la inversión de medianas empresas; y la negativa de Chile de aceptar de buen grado negociar el diferendo marítimo sobre el cual tenemos argumentos concluyentes. Al contrario, todo esto me deja un sabor amargo y me convence de que el bienestar económico no es un antídoto totalmente efectivo contra el nacionalismo patriotero que asemeja a una riña de barras bravas o al enfrentamiento entre pobladores que defienden los linderos de un terreno invadido: en ambos casos, se ve al otro como una potencial amenaza para la propia existencia, de tal manera que, en situaciones extremas, la comunidad en su conjunto no ve otra razón de existir que afianzarse en mantener vivas las diferencias conflictivas.

El hecho que todos los gobiernos de Chile, matices más, matices menos, hayan mantenido con nosotros una política ambigua desde que terminó la guerra del Pacífico -como dijo alguna vez el general Chiabra- llamando a la paz, a la integración comercial, por un lado; y armándose, por el otro, debe hacernos pensar que en ese país la clase política dirigente y las Fuerzas Armadas siguen viendo al Perú, ahora más que nunca, como una potencial amenaza.

El año pasado estuve en Santiago durante una semana luego de 25 años y pude comprobar que muchos peruanos que viven allá han logrado salir adelante a costa de mucho esfuerzo, incluso, venciendo la resistencia de los locales. El tema de conversación en todo momento era el despegue económico (?) del Perú. Muchos amigos chilenos no comprendían como es que, luego de elegir un japonés que renunció vía fax, elegimos a quien nos llevó hacia el precipicio. Sus preguntas evidenciaban una curiosidad por lo que venía sucediendo en el Perú post-fujimorismo. En la perspectiva de muchos chilenos, el Perú atraviesa una situacion económica similar a la del Chile de los 90, es decir, del crecimiento sostenido. La expectativa era muy grande y desproporcionada a mi parecer, engrandecida por la capacidad de los medios de generar audiencia sobre la base de noticias analizadas al vuelo. "Ustedes están muy bien, nosotros estamos mal con la Michelle", me decían muchos en tono enfadado. Un año después me atrevo a afirmar que la misma inquietud ronda la mente de los políticos y de las Fuerzas Armadas chilenas: un país que experimenta un crecimiento económico sostenido como el Perú, que a nivel mundial recibe elogios por las políticas económicas aplicadas y que es expuesto como ejemplo de control fiscal, de hecho que despierta inquietudes. ¿Quién iba a preocuparse por el Perú de los 80´s sumido en una guerra interna o de los 90`s, cual enfermo convalesciente? La última vez que un gobierno chileno demostró abierta preocupación fue cuando a fines de los 70`s casi se inicia una guerra; según los entendidos, el saldo hubiera sido favorable al Perú habida cuenta de la crisis económica chilena producto de los ajustes implementados por los Chicago Boys y por la superioridad, en ese entonces, del poderío militar peruano.

Contrariamente a lo que se piensa, los gobiernos no siempre representan el sentir de los ciudadanos que los eligieron. Por ello, es necesario distinguir entre lo que los gobiernos y los ciudadanos pretenden. ¿A qué nos referimos cuando decimos "Chile quiere la guerra"? ¿No se confunde equivocadamente el sentir de la gente de a pie con la insania de militares en busca de protagonismo? Seguramente, muchos militares en el Perú ansían una guerra para demostrar su destreza en el combate y, de alguna manera, formar parte de una historia moderna que compensara la humillación del pasado. Y estoy convencido de que lo harían muy bien; no pongo en duda su aplomo a la hora de enfrentar al enemigo. A diferencia de Perú, Chile no ha enfrentado una guerra en más de cien años; nosotros hemos convivido con ella durante 20 años y todavía seguimos entrenando.

Sin embargo, ello no me enorgullece.

En circunstancias que la clase política es incapaz de pensar con prudencia, urge que la sociedad civil participe activamente no en campañas patrioteras absurdas que le hacen el juego a políticos oportunistas, sino en manifestaciones que combatan los instintos artificiales del nacionalismo tribal. Sí, artificiales porque no es cierto que los chilenos sean el enemigo: una mentalidad tribal razona de esa manera. Cuando se quiera hallar a algún responsable y no haya de dónde sacarlo, simplemente, lo inventaremos. ¿Significa que debemos ofrecer la otra mejilla? ¿No renovar nuestro armamento? ¿Esperar cándidamente una invasión? No. Significa colocar en una balanza lo avanzado en estos últimos 10 años y el sacrificio indefinido de una guerra en la que, a todas luces, tenemos las de perder.

Si algo sensato dijo Alan García en lo que va de su gobierno es que la "guerra" comercial y económica del presente la podemos ganar nosotros. A trancas y barrancas hemos firmado un TLC con EEUU, China está en ciernes, la EU a la expectativa. Algunos países sudamericanos han acogido la propuesta peruana para la reducción de armas, aunque en la práctica la realidad es otra. No obstante, es mucho lo que sacrificaríamos en una guerra. Luego de 1879, nos ha costado más de un siglo levantarnos ¿vamos a comprometer el futuro de las generaciones venideras en aras de una revancha nacionalista? En La Haya, queda cada vez más visto que nuestra causa es justificada. Aquellos Estados que no estén dispuestos a acatar los fallos internacionales que son de carácter vinculante se exponen a convertirse en parias, en leprosos que cualquiera evitaría tener al lado. El actual gobierno chileno está arriesgándose a ello si persiste en hacer gala de su poder militar para intimidar a sus vecinos (¿o acaso esta intimidación tiene nombre propio?).
(Continuará)

Enlaces de interés

ANTICHILENOS Y ANTIPERUANOS - José Alejandro Godoy
CHILE: EL SUR TAMBIEN EXISTE - José Alejandro Godoy
Mozo, hay un espía en esta sopa - Augusto Alvarez Rodrich

sábado, octubre 31, 2009

Contra la reelección presidencial en el Perú

Arturo Caballero Medina

Carlos Meléndez acaba de postear un artículo que también publicó en Correo,"Re-elección presidencial", en el cual sostiene que la reelección consecutiva por un solo periodo es apropiada. En virtud de ello, propone que en el Parlamento de discuta esta posibilidad. Por el contrario, considero que existen sociedades con mayores posibilidades que otras para que la reelección se instituya como un mecanismo efectivo que asegure la continuidad de un proyecto nacional entre las cuales excluyo al Perú por el momento.

La primera razón que esgrime a favor de la reelección es que "es el principal mecanismo de rendición de cuentas con el que cuentan los electores sobre el desempeño de sus elegidos". Es decir, que cuando el electorado manifiesta su deseo de elegir nuevamente a quien gobernó el país, se debe interpretar como un reconocimiento a la gestión o una renovación de la confianza. Sin embargo, a la luz de la nefasta experiencia del Fujimorato, no entiendo cómo Carlos Meléndez puede tener confianza en que -habiendo transcurrido tan poco tiempo de la re-re-elección de Alberto Fujimori- la reelección consecutiva pueda, efectivamente, servir como un instrumento de fiscalización. Carlos no nos explica cómo es que se desarrollaría esta rendición de cuentas de parte del gobierno reelegido. Más bien, sucedería absolutamente lo contrario: ese espíritu de la reelección (cuyas bondades son destacadas por Carlos) se vería distorsionado porque sería aprovechado para, por un lado, afianzar el poder del partido gobernante en el control de las instituciones del Estado, lo cual conduciría a una mayor indiferenciación entre gobierno y Estado; y,por otro lado, para obstaculizar todo intento de fiscalización que apunte a cuestionar la gestión del primer periodo, a la vez que para borrar todas las evidencias acumuladas antes de la culminación del segundo periodo.

La tentación autoritaria en nuestro país no ha desaparecido. Prueba de ello son los exabruptos de Alan García, Luis Giampietri, Rafael Rey, Lourdes Alcorta, Edgar Núñez, Mercedes Cabanillas y Ollanta Humala, del lado político; y Aldo Mariátegui, Andrés Bedoya (Correo), Uri Ben Schmuel (La Razón) y Rafael Romero (Expreso-RBC), del lado periodístico, cuando opinan, por ejemplo, sobre las reparaciones a los deudos de la masacre de Putis. Imaginen si estos mismos sujetos conservaran el poder y/o lo sostuvieran desde los medios. Un eventual tercer gobierno de Alan García consecutivo al presente se caracterizaría por una intensificación de la violencia (en todos sus matices) contra quienes criticaran su gestión amparándose en la voluntad de la mayoría que lo reeligió. Como si la mayoría que ganó tuviera que atropellar a los que discrepan. Este tipo de refugio político en lo popular es frecuentemente visitado por los caudillos. ¿Qué nos garantiza que un gobernante reelegido en el Perú, en las actuales circunstancias, no ceda a la tentación autoritaria?

De otra parte, Carlos Meléndez menciona que "la posibilidad de una re-elección puede ser un incentivo para la autoridad para mejorar su actuación. De otro modo, se corre el riesgo que la autoridad elegida se desentienda de su función y, a falta de motivaciones, reduzca su trabajo a una mediocre administración pública sin ambiciones". Estaría de acuerdo si -a riesgo de parecer pesimista o apocalíptico- el análisis de Carlos estuviera circunscrito a sociedades similares a las europeas en las que la experiencia de participación política de la ciudadanía es muy activa y notablemente más reflexiva (tampoco deseo caer en idealizaciones), pero no en el Perú de hoy. Carlos confía demasiado en los buenos propósitos de los gobernantes. Un presidente nunca gobierna solo, sino que gobierna "con" y "contra" algunos (en el sentido de lidiar frente a conflictos); la psicología de gran parte de la burocracia estatal o de la partidocracia en nuestro país no se guía por los principios de elementales del márketing ni actúan en función de la excelencia administrativa (excluyo a los tecnócratas que acuden al auxilio de los políticos cuando estos destacan por incompetentes); sino que están totalmente politizadas (en el sentido peyorativo del término), o sea, que actúan por consignas personales y partidarias. Esto se consolida cuando el sistema garantiza su permanencia en el poder.

Si un gobierno solo mide gestión en términos del reconocimiento de la ciudadanía con miras a reelección y reacciona ante la falta de reconocimiento con apatía e indiferencia -como el niño que no estudia si es que no hay premio- reduce la política gubernamental a la relación entre una foca y su entrenador. En vez de buscar solo el reconocimiento de la población, debemos exigir que un gobierno actúe por convicciones dentro de un marco democrático y no por cálculo. Si es por este motivo que se desea promover la reelección presidencial, nuevamente se desvirtúan sus potencialidades.

Finalmente, el autor de la nota afirma que "la posibilidad de una re-elección permite plantear políticas de mediano plazo, con un horizonte mayor al inminente recambio. Y en cuarto lugar, complementariamente con el punto anterior, la posibilidad de la permanencia en el gobierno contribuye a la construcción de una burocracia con profesionales con mayor experiencia en la administración pública, cuyo proceso de aprendizaje se fortalece conforme pasa el tiempo".

La continuidad de un gobierno no siempre asegura la continuidad de políticas acertadas ni la consecución de objetivos nacionales. Prueba de ello ha sido la "dictadura perfecta" del PRI en México, a la cual resulta difícil de catalogarla como de derecha o de izquierda a lo largo de su historia porque ha oscilado entre el proteccionismo, estatismo y populismo, y el libre mercado y la apertura económica.

Precisamente, el argumento de los caudillos que se instalan en el poder, por la fuerza o mediante elecciones democráticas, es que necesitan un tiempo más prolongado para terminar el proyecto iniciado -el cual muchas veces personalizan al grado que se consideran los elegidos para ejecutarlo-. Esto excluye la posibilidad de que el mismo plan pueda ser alcanzado, enriquecido y perfeccionado por otro gobierno y puede servir para perpetuar intereses para nada loables "en bien de la nación". Acerca de que la reelección permitiría el perfeccionamiento de la burocracia profesional, me parece que Carlos solo está considerando a los más calificados, a aquella tecnocracia que no profesa necesariamente algún credo partidario y que más bien acude solícita al llamado de los políticos y que siempre cae bien parada. No dudo de las capacidades de este sector de funcionarios públicos, pero son los menos. El grueso no actúa ni piensa como ellos ni desea perfeccionarse profesionalmente. Estos burócratas que menciona Carlos son "rara avis", aves de paso que tampoco desean perpetuarse en un cargo público porque las ofertas de trabajo y desarrollo de las que disponen son mayores en otro lugar.

A resultas de todo lo anterior, considero que muchas cosas deben cambiar en el Perú antes de volver a la reeleccion presidencial consecutiva. La discusión por este tema requiere de una debate previo concentrado en un diagnóstico acerca de las posibilidades y limitaciones que tendría su aplicación en concreto en nuestro país. La reelección consecutiva no es en sí misma perjudicial o beneficiosa, ya que influyen mucho las circunstancias que rodean su ejecución. No es lo mismo la reelección de Uribe y Chávez que la reelección pasada de Rodríguez Zapatero o la de Mitterrand en los 80's en Francia o las reelecciones en los EEUU. La reelección en el Perú es la reelección en el Perú.

viernes, octubre 23, 2009

Fotos de la semana

Manifestación del sindicato de trabajadores de la PUCP

Entrada principal de la PUCP, miércoles 21, 8.00 am.










Enlaces sobre el tema

PUCP: la huelga de 1984 - Silvio Rendón

Calidad de las demandas político-sociales de la ciudadanía

Qué le paso a Cenaida Uribe

Arturo Caballero

En esta semana, los medios de comunicación informaron de un incidente protagonizado por la congresista y ex voleibolista de la selección Cenaida Uribe. Las fuentes indican que agredió verbalmente a una policía que estaba desviando el tránsito en el centro durante el paso de la procesión del Señor de los Milagros.

Ante el requerimiento de los medios, la congresista decidió no tocar el tema y hasta el momento no ha esclarecido lo que sucedió. Bajo ningún concepto, es justificable que un funcionario público utilice su investidura para no respetar las leyes. Es verdaderamente fatigante enterarse cada semana de los exabruptos de congresistas, jueces y diversas autoridades quienes no están a la altura de las circunstancias. Un vocal en Puno se resiste a ser intervenido y desafía a la policía a liarse golpes; una abogada de la procuraduría nada menos, es intervenida, en completo estado etílico, por la policía y protagoniza un bochornoso incidente en la comisaría; lo del Congreso es pan de cada día.

La constante en todos estos casos, además del abuso del cargo para burlar la ley o una sanción, es la ausencia total de autocrítica. La incapacidad para reconocer un error, por el motivo que sea, imposibilita cualquier propósito de enmienda. Estos individuos, seguramente piensan que reconocer un error es signo de debilidad o pérdida de autoridad cuando realmente enaltecería su imagen en un contexto en el que es poco frecuente que una autoridad pida disculpas por sus errores.

Algo que me sorprende y creo merece analizarse es la cuestión de género. Es una observación empírica, pero he sido testigo, en diversas circunstancias, de cierta agresividad intensificada cuando la protagonizan mujeres. Cuando era profesor secundario y comunicaba al salón que en mi reemplazo llegaría una profesora, la reacción inmediata de la mayoría de las alumnas era adversa: preferían que venga un profesor; a menudo en los hospitales, he sido testigo a través de familiares o de pacientes, que ante la posibidad de que una doctora atienda u opere a su familiar, agoten la probabilidad de hallar a un doctor; incluso cuando ha ocurrido algún incidente de tránsito, no solo los choferes hombres hacen gala de su malacrianza al lanzar agravios de corte sexista contra conductoras, sino que también otras mujeres lo hacen: "mujer tenías que ser". (Una colega en mi trabajo nos contaba furiosa que "una mujer" la había chocado por detrás destacando sobre todo la condición de género de la misma).

Lo anterior tiene relación con una idea de Marco Aurelio Denegri: el feminismo, entendido como una propuesta revisionista y crítica de las relaciones intergenéricas, no ha calado en la mayoría de mujeres en el mundo. Prueba de ello es que muchas veces son las mismas mujeres quienes fomentan, avalan o difunden prácticas machistas. De manera similar sucede con otros tipos de discriminación (el cholo que cholea, el negro que discrimina con mayor ferocidad a sus similares). Recordemos que los agentes de represión durante la Colonia no solo fueron las autoridades españolas, sino que había indígenas a su cargo que ejecutan órdenes represivas contra sus congéneres. Sucede algo similar con los miembros de seguridad de algunas discotecas: en vez de indignarse por un maltrato contra un ciudadano debido a sus rasgos físicos, la emprenden con violencia contra los mismos acatando una orden superior; cuando diversas instituciones protestaban contra el personaje de la Paisana Jacinta de Jorge Benavides, podíamos apreciar que la sintonía era enorme en los sectores que supuestamente eran agraviados con ese personaje.

Sin embargo, estos casos no deberían servir para concluir que algunas situaciones injustas deben permanecer en aras de lo acostumbrado. Por el contrario, deben incentivarnos a buscar mejoras y tratos igualitarios. El problema es que quienes tienen la responsabilidad y la posibilidad de implementar cambios tienen actitudes éticamente reprobables. Además, quienes los eligen para que cumplan con su deber, no suelen estar interesados en fiscalizar o no tienen acceso a los mecanismos fiscalizadores para revertir tal situación o, mucho peor, estos no existen. A ello se agrega que la calidad de la demanda de gran parte de la ciudadanía en temas de corrupción es muy pobre: se aprecia más al vivo que al honesto, al cual se califica de ingenuo.

Hechos como el de la congresista Uribe solo cambiarán cuando la ciudadanía eleve las exigencias que plantea a sus representantes políticos.