miércoles, mayo 26, 2010

El pensamiento político y la teoría de la novela de Mario Vargas Llosa


















A cargo de Carlos Arturo Caballero Medina

Fecha: Del 10 de junio al 16 de julio
Hora: Jueves de 6.30 a 9:00 p.m.

La trascendencia de Mario Vargas Llosa dentro del panorama intelectual contemporáneo no se circunscribe exclusivamente a su producción literaria ficcional. La crítica literaria y el ensayo de investigación, el reportaje periodístico y los artículos de opinión constituyen una parte muy importante de su obra, puesto que han mantenido las ideas del autor en permanente contacto con la comunidad académica política y literaria, así como con el gran público en general que no era necesariamente el mismo que frecuentaba sus novelas o piezas teatrales.

Se desentrañarán los fundamentos ideológicos que sustentan el pensamiento político de Mario Vargas Llosa y, paralelamente, someterlos a crítica. Para cumplir dicho fin, se ha convenido discutir las nociones de cultura y libertad en los textos de Mario Vargas Llosa.

Perfil: Carlos Caballero Medina

Licenciado en Literatura y Lingüística, Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Ha dirigido la revista de literatura Náufrago (2004) y dirige la revista de investigación Letras del Sur. También, ha publicado ensayos de investigación en revistas académicas locales y en el extranjero vinculados a la obra de Mario Vargas Llosa. Además administra los blogs Letras del Sur y Náufrago digital en los cuales aborda temas sobre cultura y política. Actualmente, ejerce la docencia universitaria en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y en la Universidad César Vallejo.

Dirigido a todo público

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sábado, mayo 22, 2010

¿Qué son los estudios culturales?


Conversatorio en el CCPNA de Arequipa

Por Arturo Caballero Medina

El viernes 14 de mayo, el Dr. Víctor Vich, profesor de la Maestría de Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Católica, ofreció una charla acerca de los estudios culturales en el CCPNA de Arequipa. Lo peculiar de esta presentación fue que se brindó en un marco en el cual se expuso el tema con mucha espontaneidad y sin el protocolo de una conferencia académica, pero con un estilo ameno y con la claridad necesaria para comprender los estudios culturales a través de un panorama sucinto acerca de su origen, características y recepción en el ámbito intelectual.

Volver a pensar la totalidad

Vich inició su presentación puntualizando una idea que considera central para comprender los estudios culturales: la interdisciplinariedad. "Eso significa una crítica al pensamiento moderno que segmentó el conocimiento, que lo atrincheró y lo cerró: ¡si tú eres de literatura no se te ocurra citar a Heidegger porque los filósofos van a decir "¿y este por qué si nos es filósofo?". El conocimiento se convirtió en propiedad privada de las disciplinas en donde uno ya no tiene derechos a opinar... Los estudios culturales surgen como una reacción contra esta fragmentación". Es posible reconocer la importancia de la interdisciplinariedad en la medida que resulta difícil ignorar la influencia y el aporte de diversas disciplinas, como la historia, la lingüística o la antropología para analizar, por ejemplo, las novelas de José María Arguedas. De este modo, nos damos cuenta de que la crítica literaria no puede prescindir de la historia porque para el análisis y la interpretación de textos literarios es muy importante historizar el discurso literario, es decir, contextualizarlo. De manera similar, lo que sucede a nivel de las disciplinas ocurre también con los individuos que se dedican a la investigación académica. El saber interdisciplinario no es una propuesta que se haya desarrollado recientemente, sino que, a través de la historia, lo que ha sucedido es que la modernidad segmentó el conocimiento humano que, en principio, se concebía como una totalidad en la que las diferentes especialidades se veían entre sí como complementarias y afines. Esta fragmentación del saber derivó en la consolidación de conocimientos superespecializados, los cuales transmitieron la creencia de que un sujeto capacitado en un determinado saber no debía invadir otros espacios si antes haberse capacitado en dicha materia. En otras palabras, se consolidó la creencia que exclusivamente los filósofos se encontraban más acreditados para manifestarse en cuestiones de Filosofía que los historiadores, literatos, sociólogos, etc. Esta afirmación es cuestionada por la interdisciplinariedad de los estudios culturales, pues se asume que las diversas disciplinas poseen un vínculo innegable que permite a un investigador recurrir a un repertorio variado de posibilidades de análisis e interpretación, sin prescindir, por supuesto, de la rigurosidad académica.

La parcialización del saber de las diversas disciplinas, acentuada desde el siglo XIX y reforzada durante el XX, fue colocada en entredicho por algunos intelectuales ingleses que provenían del marxismo ortodoxo, entre los que destacaban Raymond Williams, Stuart Hall y otros intelectuales pertenecientes a la llamada Escuela de Birmingham, en cuya universidad se suele afirmar que nacieron los EECC, que, al principio, representaba a un grupo de investigadores disidentes del marxismo ortodoxo quienes vieron la necesidad de releer a Marx tomando distancia de él y aplicando el marxismo en otros campos del conocimiento humano como la cultura de masas y no solo la economía o la historia.

La realidad es siempre un discurso. Por un lado, las ciencias sociales han reconocido el carácter discursivo de la realidad , que no tenemos acceso a la realidad fuera del discurso; y, por otro lado, las humanidades han reconocido que necesitan pensar los actores, los procesos sociales y las ideologías. Desde esta perspectiva, la interdisciplinariedad adquiere sentido porque se toma conciencia de que el lenguaje intermedia nuestra relación con la realidad y, por ello, sin importar cuál sea nuestra particular disciplina, ningún investigador debería soslayar el hecho que el lenguaje es la herramienta con la cual se construye la realidad y que todas las disciplinas comparten un mismo material de enunciación: el discurso.

Una segunda idea a tomar en cuenta es que los estudios culturales aportan un nuevo objeto de estudio a los enfoques tradicionales de investigación. Sin embargo, en contra de la extendida creencia de que los estudios culturales pretenderían equiparar la cultura de masas con la alta cultura, Vich aclaró que no se trata de equiparar, suplantar o anteponer a la cultura popular o cultura de masas frente a lo que se considera como alta cultura, sino de agregar un objeto de estudio más a los ya existentes, pues históricamente, se ha ignorado la importancia de la cultura de masas, sobre todos desde los espacios académicos. En este sentido, los estudios culturales constituyen un esfuerzo por descentralizar los objetos de estudios concebidos en entornos académicos tradicionales.

Otro aspecto importante que permite comprender lo que son los estudios culturales es la noción de poder. De esta perspectiva, se busca comprender las dinámicas del poder y cómo actúan en la sociedad, por ejemplo, en la cultura. La cultura es asumida como un espacio en el que se libran luchas por la hegemonía, adoptando el sentido que Gramsci le otorgó a este término. La fragmentación, la desigualdad, las diferencias, los imaginarios, los estereotipos, etc. son productos del ejercicio del poder que permite la inclusión de unos y la exclusión de otros. En lo que refiere a la industria cultural, desde esta se generan representaciones socioculturales que no son ajenas al poder de ciertos grupos que poseen intereses particulares.

Finalmente, los estudios culturales se caracterizan porque buscan una articulación entre lo académico y lo político, es decir, una articulación entre ambos espacios.
“Los estudios culturales son, en última instancia, un proyecto que quiere reconstruir el vínculo entre la universidad y la vida política. La universidad ha estado como muy cerrada en sí misma y los productos académicos que produce la universidad solo son leídos por la comunidad académica. ¿Cuál es la misión de la universidad frente a la sociedad? Los estudios culturales apuestan firmemente porque el conocimiento que se produce en la universidad tiene que salir de la universidad tiene que influir en los movimientos sociales en los partidos políticos y en el Estado".
En este sentido, se trata de una invocación a la deliberación política desde la universidad, pues, en las últimas décadas, se ha observado cierto repliegue de los intelectuales a participar en política. Por ello, no resulta extraño que muchos investigadores dedicados a la publicación de sus trabajos alternen la actividad académica con el activismo político o social.

Sin embargo, al igual que toda corriente del pensamiento, los estudios culturales no han estado exentos de críticas, sobre todo de parte los sectores académicos más conservadores y tradicionales. Frecuentemente, se critica su falta de metodología y de rigor académico al abordar objetos de estudio que forman parte de la tradición de una determinada disciplina; el no poseer un objeto de estudio delimitado; y como consecuencia de todo lo anterior, calificar de superficiales a dichas investigaciones. A pesar de estas críticas, los estudios culturales apuestan por la interdisciplinariedad en la medida que los objetos de estudio reclaman una particular teoría cultural o herramientas metodológicas específicas. Ya no conciben como antes que basta poseer una teoría para aplicarla a los objetos de estudio, sino reconocer las particularidades de los productos culturales y recurrir a la "caja de herramientas" que representan los estudios culturales para elaborar una explicación. El psicoanálisis puede ser revelador para comprender el proceso creador en el artista; sin embargo, también es posible aplicarlo para explicar el discurso publicitario.

En suma, interdisciplinariedad, poder, cultura de masas y articulación entre lo académico y lo político son algunas de las principales características de los estudios culturales, corriente del pensamiento contemporáneo que a inicios de los sesenta y durante buena parte de los ochenta tuvo una gran acogida en el mundo intelectual a la vez que despertó la reticencia en la comunidad académica. No obstante ello, no es posible soslayar la influencia determinante que los estudios culturales han ejercido en la renovación de las investigaciones en ciencias sociales y humanidades.

Enlaces de interés

miércoles, abril 21, 2010

¿Existen los vicios idiomáticos?




Ideología y poder en el lenguaje formal


I

Cierta vez, durante una conversación con colegas de la Facultad de Ingeniería en una universidad donde laboraba, intercambiábamos ideas acerca de la importancia de los cursos de formación básica o general. Lo hacíamos a propósito de la tendencia actual en varias universidades, las cuales priorizan la formación especializada ofreciendo a sus alumnos la posibilidad de iniciar su carrera desde el primer día de clases. En medio de la conversación, surgió el tema de la importancia de cursos como Lenguaje, Ética o Historia para estudiantes de ingeniería, arquitectura, medicina entre otros. La postura de mis colegas estaba muy clara: para todos ellos, al menos, Lenguaje resultaba el curso más útil, puesto que “un estudiante universitario y futuro profesional no puede incurrir en faltas ortográficas”. Si alguno de ellos tuviera a su cargo la dirección de los cursos de estudios generales, posiblemente el de Lenguaje sería el único que sobreviviría; sin embargo, ese al menos lejos de ser un incentivo me parece un premio consuelo que no me gustaría ganar, ya que considero que la competencia lingüística es mucho más que un par tildes o puntos y comas bien puestos.



Desde que entramos en contacto con el lenguaje, es decir, desde el momento en que el ser humano desarrolla aquellas capacidades psicobiológicas innatas que lo predisponen a adquirir una lengua, nos encontramos expuestos a una serie de normas que pareciera estuvieran diseñadas no para facilitar la espontaneidad del hablante, sino para limitar sus facultades creativas y, a veces, aplicar una sanción de tipo sociocultural a quienes no se ajustan a sus reglas, puesto que la incorporación satisfactoria de dichas normas, tanto a nivel del habla como de la escritura en las prácticas cotidianas de la escritura fortalecen el prestigio social del hablante o del grupo social que utiliza un determinado registro o variedad lingüística. En este sentido, las instituciones sociales desempeñan un papel fundamental en la consolidación del prestigio social de una lengua, así como de sus variantes, las cuales dependen de diferentes ejes (diatópico, diastrático, diacrónico, etc.) En esta disertación, me interesa reflexionar acerca de cuáles son los discursos subyacentes a esa visión del estudio del lenguaje y de la Lingüística como una disciplina prescriptiva más que descriptiva, es decir, intentaré dilucidar cuál es el trasfondo ideológico de esta concepción de la lengua y de los estudios lingüísticos. Para ello, he previsto responder algunas preguntas que orientarán mi exposición: ¿es la lengua solo un medio de comunicación? ¿por qué la variedad formal es más prestigiosa? ¿debe claudicar la normativa ante la realidad del hablante? y las más importante ¿existen en verdad vicios idiomáticos? Para efectos de una mayor concreción, el caso Supa-Mariátegui será de utilidad para elucidar mi postura.

II

Lenguaje y cultura

Es frecuente hallar en los textos escolares, e incluso en los manuales introductorios de nivel universitario, algunas definiciones de lenguaje que merecen ser comentadas. Las más usuales son las instrumentales, es decir, aquellas que conciben al lenguaje solo como un medio de comunicación; luego, las descriptivas o estructurales, en las que se alude a sus elementos constitutivos (signo, significante, significado, etc.); también, las diferenciales, que asumen el lenguaje como una facultad exclusivamente humana y representativa de los procesos cognitivos superiores del ser humano; y posiblemente en menor grado, las integrales, que no niegan las anteriores, sino que las incorporan, pero añadiendo un eje transversal a todas ellas: el vínculo entre lenguaje y cultura.

Sobre el particular, un estudio realizado por el University College London (UCL), cuyos resultados han aparecido publicados el 2008 en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS) señala que la evolución del lenguaje humano tiene su origen en la cultura y no en la genética . La mencionada investigación demuestra que, aunque nuestra especie posee una predisposición genética al lenguaje, este evoluciona mucho más rápido que nuestros genes, lo que sugiere que el lenguaje es producido y dirigido sobretodo por la cultura y no por la biología. En consecuencia, el lenguaje sería un sistema evolucionado culturalmente y no un producto de la adaptación biológica. Las conclusiones de esta investigación refutan parcialmente la teoría innatista de Noam Chomsky, quien sostenía que el lenguaje poseía una predeterminación biológica. De otro lado, Edgard Saphir y Benjamin Lee Whorf sostienen que “el lenguaje es el principal responsable de la construcción social. Para estos autores, no existe el mundo social sin el lenguaje. De esta forma, toda construcción debe ser nombrada y aprehendida, por tanto no puede ser comprendida si no está inmersa en la lengua .” (Saphir, 1941: 80. Lee Whorf, 1971: 245 citados por Korstanje: 2003).

Las conclusiones del referido estudio aportan argumentos categóricos a favor de la noción culturalista del lenguaje, la cual, como mencioné anteriormente, no descarta totalmente las definiciones precedentes, sino que las enmarca dentro de una concepción mucho mayor acerca del ser humano y de sus facultades. “La cultura y la lengua son elementos fundamentales de nuestra realidad nacional. Si algo es la columna vertebral de nuestro pueblo, es la lengua” pues “la lengua es el instrumento a través del cual se transmiten los valores humanos, las tradiciones históricas y nuestra forma de ser .” De esta manera, tenemos que el lenguaje y la lengua no son solo medios de comunicación, sino, además y sobretodo, formas de construir una cosmovisión particular y colectiva acerca de la realidad circundante. En otras palabras, una lengua es la forma en que un pueblo percibe y organiza la realidad.

Sin embargo, si alguna de las definiciones presentadas al inicio ha resultado notablemente restrictiva y, por ello, ha perjudicado la comprensión de la verdadera dimensión del lenguaje, la lengua y la Lingüística, esa es la que define al lenguaje o la lengua solo como un medio de comunicación “entre los seres humanos por medio de los signos orales y escritos que poseen un significado”. Esta noción instrumental del lenguaje es responsable, por ejemplo, en primer lugar, de que en muchas facultades de las universidades de nuestro país las autoridades, docentes y alumnos, tanto de la especialidad como de otras carreras, continúen creyendo que los cursos de Lenguaje, Lengua, Comunicación son materias de “relleno”, en virtud de lo cual se disminuye la carga lectiva de esta materia en aras de una supuesta mayor especialización en el conocimiento de los alumnos. Por supuesto, no es el caso de nuestra institución, pero es necesario recordar que se trata de una idea aún muy arraigada en aquellas instituciones de educación superior que poseen solo una visión pragmatista del conocimiento. En segundo lugar, también ha influido en difundir la idea generalizada de que la competencia lingüística es solo una responsabilidad de aquellos que estudian carreras afines a las letras o humanidades y no, por ejemplo, a las ciencias médicas, ingenierías y ciencias sociales. En consecuencia, la natural transversalidad del estudio del lenguaje, cuyos vínculos con la comprensión de la realidad acabamos de mencionar, cede lugar a una atomización de su estudio, de manera que, a lo sumo, se valora el hecho de que la correcta expresión verbal u oral en la variedad formal y la puesta en práctica de la normativa (tildación, puntuación, ortografía) son evidencias suficientes que demuestran la competencia lingüística de un estudiante o profesional.

La solidez y pertinencia en los contenidos de un texto, la organización textual, la jerarquía de ideas, estructurar oraciones inteligibles y usar un léxico preciso, cuidar la ortografía y usar correctamente los signos de puntuación son condiciones deseables, importantes y necesarias, pero no suficientes como para asegurar que los usuarios del lenguaje, los hablantes, han adquirido la competencia lingüística: ser lingüísticamente competente implica, también, tener conciencia de que la importancia de una lengua es indesligable de su relación con la cultura, de los prejuicios socioculturales que acompañan el uso prestigioso de determinadas variedades de una lengua o de una jerga académica especializada, de las prácticas intimidatorias contra algunas lenguas, ejecutadas según políticas lingüísticas excluyentes y abiertamente sesgadas a favor de una lengua y, por lo tanto, de una cultura hegemónica. El análisis del caso Supa-Mariátegui nos ayudará a aterrizar estas ideas en la realidad.


III

Lengua y sociedad

¿En qué radica el prestigio social de una lengua o de una de sus variedades? Las evidencias cotidianas nos aproximan a una respuesta: el prestigio social de una lengua y el reconocimiento social otorgado al hablante que la utiliza depende de grado de asimilación de la norma que regula su variante estándar. Ello no podría ser posible si es que no existiera un poder político institucionalmente organizado que reforzara modelos sociolingüísticos deseables para una comunidad de hablantes.


Analicemos el primer aspecto: el grado de asimilación de la norma estándar. Si consideramos posible para el hablante “ascender” de nivel sociocultural mediante el uso de cierto registro lingüístico, será entonces la variante culta o formal la que lo investirá de prestigio y reconocimiento social. Este valor agregado sobre el hablante a partir de la lengua o variedad de lengua que utiliza es reforzado, acreditado y defendido por ciertas instituciones sociales que asumen la función de prescribir lo que es correcto o incorrecto en el uso lingüístico. Por consiguiente, aquellos que no utilizan esta variedad prestigiosa son calificados como usuarios poco competentes lingüísticamente hablando.

Mis preguntas al respecto son ¿realmente se puede ser lingüísticamente incompetente? y ¿quién decide, y desde dónde, la incompetencia de un hablante? En relación a lo primero, estoy convencido de que no existen hablantes incompetentes en lo lingüístico, pues ello equivaldría a afirmar que los terremotos son malvados, los huracanes perversos o los tiburones unos criminales despiadados. Y ello porque desde el instante en que nos convertimos en usuarios del lenguaje nos apropiamos de él y de inmediato se inicia nuestro encuentro con la realidad, o más bien se inicia nuestro proceso de construcción, co-construcción y reconstrucción de la realidad. En ella intervienen otros hablantes y contextos que constantemente resignifican nuestras experiencias comunicativas. Nuestra apropiación del lenguaje es intersubjetiva, porque se enriquece de la relación entre “nosotros y los otros”, como diría Tzvetan Todorov . No puede ser incompetente en lo lingüístico un hablante que se apropia del lenguaje y construye una imagen del mundo producto de sus relaciones intersubjetivas e intercontextuales.

Sin embargo, aquella idea ha calado tanto en la mentalidad de los hablantes que con total desparpajo hay quienes como Aldo Mariátegui, director del diario Correo, sostienen que un ciudadano que no puede redactar un texto de acuerdo a la normativa estándar está incapacitado para ejercer un cargo público como la representación congresal, ya que ello sería una prueba fehaciente de su escaso nivel intelectual . En este caso, bajo el argumento de la incompetencia lingüística (la dificultad para redactar un texto formal acorde a la normativa estándar y al castellano costeño) se deduce que la congresista Hilaria Supa carece de las facultades cognitivas necesarias para ejercer un cargo público, lo cual la convertiría en un sujeto inelegible para representar a su comunidad. Si aceptáramos sin reparos la definición de lenguaje solo como un medio de comunicación, la superioridad de la variedad culta, formal o estándar y el prestigio del castellano de la costa, estaríamos obligados a darle la razón a Aldo Mariátegui porque de lo contrario seríamos inconsecuentes con esta lógica perversa de las jerarquías entre los ejes de variación.

No obstante, darle la razón a Aldo Mariátegui implicaría aceptar que la variante particular de una lengua, en este caso el castellano de la costa, es superior al castellano andino solo porque el centro de poder social, cultural, lingüístico, político, geográfico y económico se halla en Lima y no en la periferia provinciana y, por ende, que todos aquellos que no hayan asimilado dicha variedad —sin importar los factores que expliquen esta dificultad— estarán imposibilitados de representar a su comunidad, pese a que la voluntad de la mayoría los respalde. Esta sería la postura que tendríamos que asumir si es que juzgáramos la competencia lingüística de una hablante como Hilaria Supa bajo los criterios de la normativa estándar o culta, pues, siguiendo esta línea, sus textos están plagados de vicios idiomáticos.

Veamos a continuación cómo el prestigio social de una variedad de lengua, aunado a la prestigio de un sujeto, reconocido dentro de la comunidad académica y del imaginario colectivo como un pensador o intelectual, reviste su discurso con un aura de originalidad. ¿Acaso algún lingüista, crítico literario u otro especialista ha calificado como vicios idiomáticos a las licencias ortográficas que Manuel González Prada se tomó para reemplazar la g por la j o contraer la d cuando la secunda una vocal tal como ocurre en el francés? Ninguno lo ha hecho hasta donde tengo entendido y dudo que alguien con serias pretensiones académicas pudiera tener éxito en esta pretensión. Sobre la prosa de González Prada se ha dicho mucho: rebelde, innovadora, subversiva, ácida, y a lo sumo, excéntrica, pero de ninguna manera viciosa, degradante para el castellano, y mucho menos se ha imputado al autor de Pájinas libres alguna deficiencia de tipo intelectual o psicológica.

El sujeto enunciador y el lugar de enunciación tienen mucho que ver, además del contexto, en la recepción social del discurso. No es lo mismo que Aldo Mariátegui cometa varios errores en la construcción gramatical de sus oraciones que si Hilaria Supa incurre en ellos: ambos errores no pesan igual para la opinión pública y no se miden con la misma vara. A la congresista Supa se le atribuyó incapacidad intelectual para ejercer la representación política sobre la base de su dificultad para escribir un texto de acuerdo a la normativa estándar del castellano costeño. No voy a deternerme en los argumentos que refutan ampliamente esta ligazón entre desarrollo intelectual y desarrollo del lenguaje, pero sugiero leer el extraordinario ensayo de Steve Pinker, El instinto del lenguaje (The Language Instinct ) donde el autor discute que el lenguaje sea producto de la inteligencia humana, pues numerosos pacientes afásicos –que, no obstante conservar sus facultades mentales intactas, no pueden hilvanar un discurso coherente- le demuestran la disociación entre la facultad del lenguaje y otras facultades mentales.

Sobre el prestigio social de ciertos usos lingüísticos, el lingüista español Enrique Bernárdez en ¿Qué son las lenguas? precisa algo muy importante respecto al hablar bien/hablar mal. Considera que para “hablar bien” no es necesaria una institución académica, lo fundamental es que el individuo sepa usar la lengua adecuadamente en cada circunstancia. La lengua es de quien la habla; por lo tanto, los cambios en ella dependerán de lo que decidan los hablantes, no de lo que diga la Real Academia, pues los cambios son inevitables con el paso del tiempo. También, señala que el valor peyorativo que poseen las nociones de “jerga” y “dialecto” son puramente políticas y no tanto lingüísticas. Entiéndase “político” en el sentido de las redes de poder institucionalizadas que son reconocidas por una comunidad como entes organizadores y reguladores de las relaciones sociales.

En cuanto a la supuesta superioridad de la variante formal o de la estándar, Bernárdez considera que igualmente existen condicionamientos políticos al momento de preferir una variedad en perjuicio de otras. Una lengua estándar es aquella que se enseña en las escuelas y a los extranjeros ¿y por qué no las otras variantes? un hablante real en una situación real se ve obligado a recurrir a la variedad informal o coloquial y no a la culta cuando, por ejemplo, va a un supermercado, aborda un taxi o pide la hora. La lengua estándar no es homogénea, porque el estándar admite variaciones (hay un español estándar, por ejemplo, con variaciones chilena, peruana, argentina, etc.) A veces, se puede crear un estándar por conveniencias políticas o culturales; en este sentido se trata de algo artificial, ya que no corresponde a ninguna región en concreto. En pocas palabras, no hay lenguas mejores o superiores a otras, así como no hay variedades o registros mejores o superiores, ni usos léxicos ni modismos más refinados que otros sino más o menos adecuados a la situación comunicativa.

El poder político institucional ha sido ejercido por diversos actores: gobierno central, crítica académica (humanistas, científicos sociales, artistas, etc.), las élites económicas y también los grupos excluidos, pues, al estar tan entronizada la visión oficialista de la alta cultura y de lo lingüísticamente competente, terminaron por asimilarla y reforzar el prestigio de la lengua o variedad hegemónica. (Los discursos hegemónicos ratifican su dominio cuando los sujetos subalternos validan dicha supremacía.) Sin embargo, la educación se ha constituido en la institución social que más ha contribuido a consolidar el discurso hegemónico de las élites antes mencionadas (políticas, administrativas, económicas, académicas, etc.) a tal punto que, por ejemplo, muchos profesionales de las ciencias médicas, ingenierías u otras consideran que la competencia lingüística de un profesional se evidencia solo en la tildación, la ortografía y el uso de la variedad formal, por mencionar algunos aspectos.

Al respecto, constantemente he dialogado con colegas de diversas especialidades, quienes me manifiestan su preocupación porque sus alumnos no saben tildar. No deseo sugerir la idea que la tildación o la ortografía no sean importantes, lo son, pues permiten que nuestros textos adquieran una presentación adecuada a la situación comunicativa; sin embargo, si bien constituyen requerimientos necesarios para la producción de textos académicos, no son suficientes, porque el desarrollo de competencias lingüísticas debe ser asumido de manera integral (conocimiento de la norma, adecuación contextual del discurso y conocimiento de las implicancias socioculturales del lenguaje, entre otros aspectos.)

Reflexiones finales

Las lenguas no solo tienen como finalidad la comunicación: contienen marcas culturales, psicológicas e históricas, y, además, son el depósito de la memoria colectiva y de la identidad de los pueblos. En consecuencia, la lengua no es simplemente un instrumento, sino un proceso que ampliamente nos trasciende como sujetos culturales. Asimismo, el lenguaje nos constituye como seres-en-el-mundo, porque permite a los sujetos organizar la realidad. Nuestra subjetividad, es decir nuestra autoconciencia es indesligable del uso que hacemos de la lengua. Por esto, el lenguaje y la lengua están organizados de manera que permiten a los hablantes apoderarse de los usos concretos de la lengua. Por último, el poder institucional ha regulado el prestigio social y el reconocimiento que, en un determinado momento, posee una lengua, un registro o alguna variedad de lengua, lo cual ha generado que se trasladen dichas cualidades y valoraciones a los hablantes. La educación, en todos sus niveles, ha sido la institución social que más ha contribuido a difundir el posicionamiento (empowering) de ciertos usos prestigiosos de la lengua y atribuido valoraciones peyorativas a los usuarios que no se ajustaban a la norma.

No ha mi pretensión declarar la inutilidad de la normativa, como lo hiciera Gabriel García Márquez años atrás durante su discurso inaugural en un congreso internacional de la lengua española, sino tomar conciencia acerca de los mecanismos ideológicos y socioculturales que operan detrás del discurso de los vicios idiomáticos y las consecuencias que estos generan en prácticas comunicativas concretas y, por ende, en hablantes reales. La idea que se tiene sobre la cultura ha sido determinante para el diseño de políticas culturales y políticas lingüísticas y, a pesar de que existe una mayor apertura que en el pasado, aún subsisten muchos prejuicios y estereotipos sociales fundamentados en el buen o mal uso de la lengua. Por ello, considero que la competencia lingüística es un asunto que trasciende lo meramente lingüístico, pues es una noción que forma parte de una red de relaciones sociales de poder que instan a los hablantes no solo a hablar sino a actuar de determinada manera. De lo contrario, ¿cómo podríamos explicar que la gran mayoría de padres de familia, cuyos hijos estudian en escuelas rurales vean con desagrado la educación bilingüe intercultural? ¿por qué consideran que sus hijos no deben hablar quechua o aymara? ¿por qué los jóvenes descendentes de migrantes de la sierra se avergüenzan del idioma paterno o de la interferencia lingüística entre la lengua materna y el castellano como segunda lengua? La explicación es sencilla: a pesar de que la Lingüística hace muchas décadas dejó de ser una disciplina que sancionase a los "mal hablantes", es decir, una ciencia prescriptiva, y que hoy en día se trata de una disciplina descriptiva que procura abstenerse de valorar o calificar los usos lingüísticos y más bien se aboca a su análisis y explicación, todavía subsisten espacios que se resisten al cambio y continúan difundiendo un paradigma que carece de todo fundamento, por ejemplo, al sostener que una lengua que entra en contacto con otra o que adquiere préstamos lingüísticos es una lengua que pierde su identidad o que se pervierte y que, en consecuencia, hay que hacer todo lo posible por mantenerla en un estado puro e intacto, como si las lengua fueran piezas de museo. Y no es así: las lenguas son productos en constante cambio, pues los hablantes también cambiamos. ¿Acaso no deberían las normas cambiar? Dejo abierto el debate.

sábado, marzo 27, 2010

El precio de la libertad de pensamiento




En El pez en el agua, hay una sección en la que Mario Vargas Llosa relata una parte de su amistad con Julio Ramón Ribeyro. En ella cuenta que, si bien al inició mantuvieron una muy cordial amistad (Ribeyro fue uno de los primeros en leer el manuscrito de La ciudad y los perros), la política los fue distanciando progresivamente. Durante el primer gobierno de Alan García, Ribeyro fue nombrado funcionario cultural en la embajada de Perú en Francia. Corría el año de 1987 y García se empeñó en estatizar la banca. Como muchos recordamos, Vargas Llosa fue el líder del movimiento Libertad, con el cual inició una campaña que fue decisiva para hacer retroceder al gobierno en sus pretensiones. Cuando Ribeyro fue consultado acerca de la actitud de Vargas Llosa frente a la estatización de la banca, respondió que el autor de La casa verde era un representante de la oligarquía y que actuaba según los intereses de dicha clase. Tal afirmación decepcionó profundamente a Vargas Llosa quien consideraba a Ribeyro como un muy buen amigo. Sin embargo, poco tiempo después, el flaco Ribeyro le alcanzó una nota mediante una amiga en común en la que explicaba que sus opiniones se dieron en el marco de una coyuntura muy especial y que hiciera caso omiso de ellas. Esta rectificación privada molestó mucho más a Vargas Llosa que las expresiones públicas sobre su persona, pues las interpretó como una muestra de inconsistencia ética, la cual si es censurable a nivel privado, en el ámbito de la política pública es mucho más perniciosa. En consecuencia, la amistad entre ambos escritores se deterioró notablemente.

La integridad ética no es solo un asunto que compete a aquellos individuos que detentan un cargo público o que ejercen responsabilidades que comprometen a muchos otros. Las consecuencias de la doblez ética, es decir, de esa manera convenida de interpretar el marco que regula nuestra conducta moral, tiene impacto en todos los ámbitos del quehacer humano y podemos observarla cotidianamente en nuestro diario vivir. No obstante, cuando el contexto no es muy propicio para manifestar opiniones ni para ejercer la abierta discrepancia basada en convicciones personales y no en consignas, la integridad ética, la correspondencia entre el dicho y el hecho, es vista como una potencial amenaza contra el sistema dominante.
Ante esta situación, y con la finalidad de contrarrestrar el disenso, quienes ejercen el poder suelen recurrir a argumentos que son verdaderos en lo que afirman, pero falsos en los que niegan. Apelar al espíritu de cuerpo, la identificación institucional, el amor por el trabajo, el profesionalismo o al sacrificio en aras de un objetivo común es loable y difícilmente alguien podría en contra de aunar esfuerzos colectivos para obtener un resultado beneficioso para el grupo. Sin embargo, la trampa radica en que lo anterior no implica que cuestionar a la mayoría sea una señal de egoísmo, divisionismo o sabotaje. Propósitos muy nobles devienen en totalitarismo cuando se considera que no existe nada por criticar y que el solo hecho de reflejar un valor enaltecedor es condición suficiente para aceptarlo: "Somos conocedores de su capacidad profesional; por ello confiamos en que sabrá resolver el problema"; "La institución lo necesita, sea parte de la solución, no del problema". Desde donde lo veamos, estos discursos manifestan un evidente autoritarismo revestido de solidaridad y sacrificio.

Estos sistemas estar conformados por cualquier agrupación de individuos organizados en torno a ideas claves, principios, doctrinas, creencias, etc. Tales instituciones podrían o no tener una relevancia determinante en la sociedad, pero, al interior de su estructura, mientras menos fisuras ideológicas existan, habrá mayor cohesión entre los miembros, lo que posibilitará un blindaje efectivo contra cualquier ataque externo o disidencia interior. De hecho, existen instituciones más flexibles que otras, porque están constituidas por individuos que no solo ven en el conocimiento un capital intelectual, un recurso para el sustento laboral, un emblema de prestigio social, sino sobre todo que asumen que, por ejemplo, el ser democrático implica una acción que se concreta con la misma intensidad en el ámbito público como en el privado; y que la distinción oportunista, convenida, acomodaticia del accionar ético puede solventar injusticias y abusos. No es íntegro aquel que pregona la democracia, el diálogo, la concertación o la defensa de los derechos humanos, pero que practica el totalitarismo en sus relaciones laborales o familiares, la discriminación racial o el fundamentalismo pedagógico en las aulas.



Hasta hace algún tiempo, yo compartía la idea de que había que juzgar a un individuo de manera fragmentaria, según el ámbito en el que su pensamiento haya tenido alguna influencia; o, de otro lado, me parecía válido distinguir entre la valoración moral sobre una persona y las ideas que esta sostiene. Actualmente, opino distinto: considero que no es posible establecer dicha separación entre el sujeto que enuncia un discurso y el contenido del discurso mismo y que, por lo tanto, las valoraciones que se tienen sobre las ideas de alguien es justo proyectarlas sobre el individuo que las sostiene. Ello también es extensible a las instituciones.

Primero, porque las ideas, creencias y opiniones son productos cognitivos adquiridos, procesados, reforzados o reformulados mediante la socialización y el contacto con otras ideas similares u opuestas. Las ideologías no surgen por generación espontánea, sino que florecen en circunstancias que les sean favorables. Si hay un contexto propicio para el desarrollo del autoritarismo y, por ejemplo, el trato vertical a nivel familiar, laboral y social es de uso cotidiano, no debería sorprendernos que un dictador ascienda al poder fácilmente. Las ideas son construcciones mentales que influyen en la conducta de los individuos. Al organizarse y ser representativas de un grupo social, adquieren institucionalidad y, posteriormente, toman cuerpo ideológico y sirven como marco de interpretación de la realidad para los que comulgan con sus postulados.

Segundo, y en consecuencia de lo anterior, porque la adhesión de un individuo a una ideología va más allá de la simple simpatía o admiración. Se trata de que existe una identificación psicológica del individuo con la "personalidad" de la ideología. Las ideologías poseen una conducta, una psicología o una personalidad que es susceptible de analizar a través de los actos realizados por sus seguidores. El fascismo, el comunismo, el nacionalismo, el liberalismo tienen un espíritu particular que los anima y que, a su vez, anima a sus militantes. En consecuencia, la generación de ciertas ideologías en contextos favorables o la identificación psicológica con el "espíritu" de la ideología. El problema aparece por exceso o por defecto: cuando la ideología rige en absoluto toda la conducta del individuo y anula su capacidad crítica, ello deriva en fanatismo; o cuando, por el contrario, la ideología no cuaja en el individuo y este no actúa en consecuencia con los principios que enuncia. Cabe aclarar que no estoy utilizando una noción peyorativa de ideología, sino una más bien funcional o descriptiva, o sea, como conjunto organizado de creencias representativas de un grupo social.

Nuestros funcionarios públicos y autoridades implicadas en escándalos de corrupción ¿son solamente malos funcionarios? Aunque no conozcamos detalles de su vida privada, es posible adelantar algunos juicios sobre su persona en función de sus declaraciones o actos públicos. La soberbia de Aurelio Pastor respecto al indulto a Crousillat; la indolencia de Rafael Rey frente a las víctimas de las FFAA; la coprolalia de los audios León-Químper; los escándalos protagonizados por los congresistas "comepollo", "robaluz", "mataperro", "lavapiés"; y demás casos, de hecho que revelan, al menos un aspecto parcial de la conducta moral privada de estos sujetos.

Sin embargo, mantener la integridad ética no es muy sencillo cuando la libertad de pensamiento es censurada. El precio que se tiene que pagar por la libertad de pensamiento es enorme cuando hay que decidir entre la supervivencia económica, los contactos sociales, el reconocimiento público y la supremacía moral del deber cumplido que, generalmente, no es nada redituable en términos concretos. Los héroes morales son olvidados rápidamente; en cambio, "hacerse el muertito para no ser visto" sí es muy rentable.

La libertad de pensamiento se dificulta si es que las instituciones condicionan la independencia de sus miembros. Por ello, muchas veces algunos políticos prefieren abstenerse de discrepar de la posición de su partido o de emitir una crítica sobre el líder o sobre flagrantes hechos que merecen un deslinde claro y oportuno. Sartre y Camus lo sabían muy bien. Pese a que ambos consideraban que el socialismo representaba una alternativa política viable para lograr la emancipación del hombre, nunca militaron en ningún partido político de izquierda, seguramente, para conservar su independencia. Cuando la circunstancia lo ameritaba, ambos criticaron duramente a la izquierda francesa y europea por no manifestarse acerca de la existencia de campos de concentración en la Unión Soviética. Gran parte de la izquierda interpretó estas críticas como una traición al socialismo.

La independencia también se dificulta cuando la militancia o la fe nublan el juicio o cuando de subsistir este, es avasallado por el espíritu de cuerpo institucional. Lo vemos diariamente en la política, pero además lo podemos apreciar en lo cotidiano: el maestro innovador que es tildado de excéntrico, el alumno inquisidor calificado de irreverente, el empleado eficiente que culmina su labor en menor tiempo, pero que tiene que exceder su hora de salida para demostrar identificación con la empresa, o el profesional calificado que es postergado por el "tarjetazo" o por su falta de contactos, empatía o adulación con los mandos ejecutivos. El precio de la libertad de pensamiento puede ser muy alto, pero brinda una satisfacción incomparable: la reafirmación del ser individual y de las convicciones, y la liberación de sectarismo ideológico.
Necesitamos que el ciudadano entronice en su vida diaria aquello que los académicos saben muy bien a través de los libros, pero que no siempre aplican como regla de vida. Es la mejor manera de iniciar la pedagogía política con una ciudadanía cada vez más escéptica con los políticos y los intelectuales.

martes, marzo 16, 2010

Los intereses económicos y la libertad de prensa

El Comercio y el caso Crousillat

Las amenazas contra la democracia y uno de sus pilares fundamentales, la libertad de expresión, se viene gestando dentro del actual gobierno aprista con el presidente Alan García a la cabeza de esta ofensiva. Pero a veces estos propósitos no son solo esfuerzos aislados del oficialismo, sino que suelen ser apoyados por conglomerados económicos. Ello no es mayor novedad, pues incluso en los EEUU se sabe que los partidos políticos reciben millonarias subvenciones durante las campañas de sus candidatos a la presidencia a cambio de la devolución de favores si logran ganar las elecciones. Que los intereses económicos hayan sido gravitantes para el ejercicio de la política no sería tan significativo si es que las empresas en cuestión no administraran medios de comunicación. En ese caso, la conjura contra las libertades políticas, en especial, la libertad de prensa y expresión, inicia una secuela de acontecimientos que tienen como objetivo final, en el caso peruano, derribar desde los cimientos el endeble y todavía inconcluso proceso de transición democrática post Paniagua.

El peligro de la ingerencia de los intereses económicos particulares en los asuntos políticos de Estado ha sido ampliamente discutido. En El gobierno del futuro, Noam Chomsky advierte el peligro de que las decisiones políticas en los Estados más importantes del mundo ya no sean potestad de los gobernantes ni de los funcionarios elegidos para ejercer sus cargos, sino de las megacorporaciones transnacionales. Es decir, la agenda política, aquello que debería deliberarse dentro de los ámbitos de los poderes del Estado, está condicionada a los acuerdos del directorio de una empresa transnacional que, posiblemente, no tiene sede en el país donde se enmienda la plana al gobierno, sino a miles de kilómetros en una confortable oficina de un edificio ultramoderno. De igual modo, Frederic Jameson, en "Globalización y estrategia política", crítica la expansión global del libre mercado en clave neoliberal, pues sostiene que cada vez es más frecuente que las decisiones en torno a las políticas económicas no sean tomadas por los gobiernos, sino por las compañías transnacionales, lo que evidencia "la preponderancia de estos gigantes supranacionales sobre los gobiernos nacionales". Asimismo, Ana María Ezcurra en su libro ¿Qué es el neoliberalismo? señala que el FMI y el BID tienen un rol decisivo en la definición de las políticas y en la toma de decisiones de los gobiernos del Tercer Mundo. Ambas instituciones son organismos multilaterales, lo que quiere decir que están conformados por Estados miembros con capacidad de decisión proporcional al capital comprometido en su membresía. Si a ello le agregamos que, a su vez, estos Estados son cada vez menos soberanos políticamente y más dependientes en lo económico de las decisiones corporativas de las empresas transnacionales, entonces el panorama futuro no es muy auspicioso para el sostenimiento de la democracia.

La imparcialidad de los medios de comunicación es cuestionable en la medida que no solo se trata de una institución con un giro comercial distinto a otros, sino que detrás de todo el aparato mediático existe una empresa o un conglomerado de empresas que poseen intereses corporativos particulares que pueden o no sintonizar con los del gobierno de turno. Algunos medios, inteligentemente, han sabido obtener provecho de la adulación y la minimización de los estropicios cometidos por la actual gestión de Alan García en lo que a la transición democrática, derechos humanos y corrupción de funcionarios se refiere. Otros, en cambio, han mantenido una línea crítica hasta donde los propietarios les han permitido. Augusto Álvarez Rodrich fue la primera víctima de los "desencuentros" entre el gobierno aprista y el grupo El Comercio.

En aquella oportunidad, no recuerdo que el decano de la prensa peruana se haya rasgado las vestiduras por defender a capa y espada y en nombre de la libertad de expresión al director de Perú21, quien había mantenido una actitud crítica frente al gobierno. Los vínculos entre funcionarios de alto nivel con los negociados de Rómulo León, Alberto Químper y el dominicano Canaán fueron ventilados por este diario perteneciente al grupo El Comercio. De igual manera, América TV indagó en el tema y fue más allá al propalar los audios que ya todos conocemos. En consecuencia, renunció el gabinete Del Castillo, Rómulo León fue apresado, pero alguien pidió la cabeza de Augusto Álvarez Rodrich y de toda la unidad de investigación de El Comercio. ¿Dijo algo al respecto el señor Luis Miro Quesada Valega, actual presidente del directorio de América TV, con la misma vehemencia con la que intervino en Prensa Libre? ¿Se mostró acaso indignado con que se despidiera a un periodista ejemplar de un diario líder que forma parte del grupo económico que es copropietario de América TV y directamente vinculado a su familia? ¿Inició El Comercio algún tipo de campaña para denunciar las presiones políticas contra un periodista de su casa editorial? NO.

Así como se critica la intentona aprista, maniobra perversa y delincuencial, de amedrentar a un medio de comunicación, no muy grato con el gobierno, mediante el indulto a Crousillat, un sujeto que vendió la línea editorial de su canal a Montesinos y Fujimori, también es criticable la actitud acomodaticia de El Comercio que ve en la libertad de expresión un valor fundamental solo cuando alguna de sus empresas está bajo la amenaza de su ex propietario. Durante casi la mitad del fujimorato, El Comercio miró hacia otro lado; no involucro, por supuesto, a las individualidades que desde ese diario criticaron al régimen fujimorista y hoy aún mantienen una independencia notable. Me refiero a la actitud institucional y a la postura de sus principales ejecutivos que en buena cuenta son la imagen del diario. Canal N limpió bastante el rostro del diario, pero, por ejemplo, cuando a fines del año pasado se descubrió una fosa común en Ayacucho con 25 niños (presumiblemente ajusticiados por miembros de las fuerzas armadas), ello pasó desapercibido para el decano de la prensa nacional.

No solo los gobiernos pueden representar una amenaza para la democracia; también lo son aquellos medios de comunicación que deberían mantener una actitud vigilante y no condicionar su indignación exclusivamente a la posible expropiación de sus bienes. Estos medios merecen todo el repudio de una sociedad que ha optado por la cultura de la libertad; el mismo repudio que sentimos por los que se rindieron ante una bolsa repleta de dólares.

viernes, febrero 26, 2010

Objetividad, ideología y discurso



Notas sobre el debate acerca de la objetividad en las ciencias sociales




Si bien llego tarde al debate, lo hago con distancia del apasionamiento propio de quien está involucrado en él y con la ventaja de revisar las intervenciones vertidas hasta el momento. Nelson Manrique, Martín Tanaka, Gonzalo Gamio, Carlos Meléndez, entre otros, han intercambiado entradas sobre el tema de la objetividad en las ciencias sociales. De mi parte, solo me queda aportar algunas ideas, aunque tardíamente, a este interesante debate que, más allá de las posiciones sobre el tema, revela los presupuestos teóricos desde los cuales cada interlocutor enuncia su postura. El análisis crítico del discurso (ACD) es una propuesta de investigación muy útil para desentrañar los esquemas ideológicos que subyacen al discurso del sujeto que lo enuncia. Particularmente, considero que la confrontación entre hermenéutica y positivismo es la polémica que subyace a este debate y, a mi modo ver, es el trasfondo ideológico detrás de todas las posturas expuestas.



¿Cuáles son las limitaciones y posibilidades de la objetividad dentro de la investigación en el área de las ciencias sociales? ¿Es la objetividad una pretensión inalcanzable o su búsqueda un indicio que demuestra la rigurosidad de un investigador? Estas son las dos principales interrogantes que,me parece, atraviesan la polémica, a la cual agrego una más ¿Qué ideología está detrás de los discursos a favor de la objetividad y la subjetividad? ¿Qué acciones concretas demandan de los individuos que los asumen?




Nelson Manrique y los grados de objetividad


Nelson Manrique señaló que prefiere hablar "de grados de objetividad que pueden ser mayores en la medida en que seamos capaces de poner bajo control nuestros sesgos conscientes e inconscientes". Desde su punto de vista, es paradójico que la objetividad esté más presente cuando el sujeto es conciente de sus sesgos y no los niega. De esta manera, aquella objetividad que parta del supuesto que no existe nada entre el sujeto y el objeto comete el desliz de ser muy ingenua. No es que Manrique cierre filas contra la objetividad y sostenga que esta no es importante en la investigación: lo que indica es que debemos reconocer que se trata de una pretensión que no podemos satisfacer de manera absoluta, sino tan solo aproximarnos. Entonces, en el grado de aproximación al objeto es que se construye la objetividad.


Entender la objetividad como grado de aproximación equivale a decir que se trata de un proceso, de una construcción, es decir, la objetividad sería un "ir siendo", un estado de cosas que es susceptible de enriquecerse de las diversas perspectivas existentes sobre el objeto. Esto se explica porque un "grado de aproximación" es, en buena cuenta, una escala compuesta por múltiples intentos (individuales o grupales), algunos más logrados que otros. Si aceptamos la premisa de que la objetividad no se agota en una sola exclusiva mirada, contacto o interpretación de la realidad, en consecuencia, aceptaremos también que el resto de interpretaciones pueden complementarse entre sí, sin necesariamente excluirse. Prueba de ello es que, cuando se investiga, luego de plantear la interrogante que conducirá la investigación, no podemos ignorar las investigaciones precedentes a la nuestra. Ellas complementan nuestra hipótesis, ya reforzándola o bien exigiendo su reformulación. En ambos casos, los diversos grados de aproximación al tema en cuestión adquieren una gran importancia para el investigador.



Al incorporar puntos de vista distintos al propio en nuestra investigación y al verificar que nos colocan en un grado más cercano de validez que el ocupado al inicio del trabajo, se prueba que, primero, la objetividad es una (re)construcción, mas no una reproducción (si fuera así no habría posibilidad de aporte ni de avance, sino solo de coincidencia o diferencia de perspectivas), y, segundo, que no se debe ignorar la dimensión intersubjetiva de la investigación científica, porque la ciencia como tal es un discurso sostenido por una comunidad de individuos que contrastan entre sí sus conclusiones rechazando, aceptando y proyectando nuevas y constantes interrogantes y resultados. Lo intersubjetivo se evidencia en la posibilidad de poder "apropiarnos" del punto de vista del otro, es decir, de su subjetividad que, en parte, encierra su grado de objetividad aproximada al problema en cuestión.


¿Existe algún discurso desideologizado?


El otro aspecto de la postura de Manrique que destaco es su abierta crítica al cientificismo positivista, al cual no menciona, pero alude: El pensamiento más crudamente ideológico cree que la ideología distorsiona la percepción de los demás pero no la de uno mismo, porque uno piensa, limpiamente, “en científico”. La impronta del positivismo en las ciencias naturales durante el siglo XIX y parte del XX también se impregnó en las humanidades y en las ciencias sociales. Bajo el imperativo de que toda disciplina que se preciara de ser científica debería poseer un objeto de estudio sensible a la experiencia y que priorizara el método científico de las ciencias naturales como el más idóneo y extensible al resto de ciencias, la comunidad científica de la época entró en una especie de virulencia positivista, la cual se podría resumir en "el que no salta es un hermeneuta". La Literatura del siglo XIX está repleta de una carga utilitaria enorme, sobre todo en la educación: el autor y el lector, por algún tiempo, asumieron que la literatura tenía la función de educar a la población y unificarla mediante la construcción de un imaginario nacional. La función de construir el Estado-nación estuvo, durante mucho tiempo, asignada a la literatura en la escuela. La Historia adquirió la convicción de que era capaz de estudiar, objetivamente, los acontecimientos más relevantes del pasado de una nación sin ningún tipo de distorsión.


Para el positivismo no le es muy grato recurrir a la interpretación, puesto que desconfía de las valoraciones que no tienen como fuente un dato empírico y, debido a que se asume como un discurso que desentraña las causas de los fenómenos que estudia mediante el análisis de datos concretos , se considera libre de todo sesgo que distorsione sus impresión de la realidad. Ese "pensar en científico" supone, ingenuamente, la posibilidad de que el sujeto pueda sustraer su discurso de toda referencia espacio-temporal (valores, creencias, costumbres, identidad, etc.) y producir un enunciado limpio de toda impureza ideológica. De esta forma, la cientificidad radicó exclusivamente en la rigurosa aplicación de una metodología y en el acopio de datos y documentación en perjuicio de la interpretación de los resultados, pues más importante resultaba indagar por las causas de los fenómenos que valorarlos o reflexionar sobre ellos; tomar distancia de los hechos y no adherirse a una causa, bajo el riesgo de distorsionar los resultados.



Concuerdo con la postura de Manrique porque sostener que el discurso científico pueda estar desprovisto de alguna carga ideológica implicaría aceptar que el sujeto que enuncia dicho discurso se encuentra en un lugar privilegiado de observación (un lugar que situaría al sujeto fuera de "la cárcel del lenguaje") o que tiene acceso a una super-visión de la realidad negada para el resto de sujetos poco o nada capacitados en la práctica científica.


Hasta aquí deseo destacar dos conclusiones particulares: a) la objetividad es resultado del consenso subjetivo (en realidad, intersubjetivo), es decir, una construcción progresiva resultante de la integración de diversas perspectivas que, poco a poco, nos aproximan a la comprensión del fenómeno en cuestión, mas no agotan su problematización; y b) es imposible la existencia de un discurso desideologizado.


En la siguiente entrada, volveré sobre la polémica entre positivismo y hermenéutica a propósito de la postura de Martín Tanaka y Gonzalo Gamio.

viernes, febrero 05, 2010

El señor presidente 2010 II: el caso Bayly

Jaime Bayly ¿presidente?

Carlos Meléndez elaboró un análisis muy sucinto y claro acerca de los factores que explican el porqué de la simpatía electoral hacia el aún virtual candidato a la presidencia Jaime Bayly. Hasta ahora es el análisis más concreto que he leído al respecto y que va al fondo del asunto : ¿por qué alguien como Bayly tiene tanta aceptación en nuestro país cuando no se sabe si postulará o no a la presidencia? ¿Su participación banaliza las elecciones? ¿qué partidos se ven afectados con su ingreso a la arena política?

Luego de que Bayly anunciara que le gustaría ser presidente entre broma y broma, diversos periodistas y analistas políticos desestimaron tal proyecto. Interpretaron que se trataba de otra maniobra mediática para llamar la atención como era su costumbre, es decir, no lo tomaron en serio. Pero cuando las encuestas comenzaron a ubicarlo en lugares expectantes por encima de PPK, Marco Arana, Yehude Simon y todos los demás, y tan solo a un punto de Ollanta Humala, ya no es posible seguir tomando a la ligera la posible postulación del otrora "Niño terrible" de los 90.

Explicar las causas de un fenómeno no implica justificar el resultado de las mismas, sino que se trata de un esfuerzo por brindar una explicación. Siguiendo lo mencionado por Meléndez, tenemos que en el Perú la crisis de los partidos políticos se evidencia en la personalización del proyecto político partidario en la imagen del líder, que, en la mayoría de casos, es considerado el candidato natural de la agrupación, puesto que no se realizan elecciones internas que motiven un debate de propuestas. El carisma, la simpatía, el protagonismo mediático o los asuntos de índole privada toman mayor importancia que la difusión del plan de gobierno. El líder de un partido, alianza o movimiento emergente que saque partido de estas características sentirá la suficiente seguridad como para afirmar todo aquello que le plazca y que sepa que tendrá un eco inmediato en la opinión pública. Frente a ello, las ideas inteligentes, el debate alturado o los análisis acuciosos quedan al margen, lamentablemente, para el gran público.

El personalismo de un proyecto político es muy perjudicial para la democracia de partidos porque no solo todo el poder de decisión se concentra en un individuo y sus allegados, sino que el culto a la personalidad aflora de manera inevitable, toda vez que los seguidores no ven otra alternativa dentro de su agrupación. De esta manera, el espíritu crítico se nubla y da paso a la condescendencia cómplice, lo cual insufla de seguridad, y a veces de soberbia, al líder. Muestra de este personalismo es que, en muchas oportunidades, el nombre del partido o la ideología que lo sustenta termina siendo un "ismo" derivado del nombre del líder fundador: marxismo, maoísmo, leninismo, fujimorismo, toledismo, odriísmo, peronismo, etc. (actualmente, algunos analistas consideran vigente la dicotomía hayismo vs. alanismo).

No quiere decir esto que el baylysmo vaya a ser en la nueva ideología de moda ni que pueda convertirse en un pensamiento guía a futuro. Se trata de que el autor de No se lo digas a nadie, conciente o inconcientemente, está girando la tuerca hacia lo que en un futuro mediato podría ser el escenario político nacional: trivialización del debate político, deliberación mediática de la política y personalización del liderazgo político en sujetos mediáticos. Todo ello encaja en lo que Giovanni Sartori denominó videopolítica, es decir, la incidencia de la televisión en los procesos políticos mediante una transformación radical del "ser político" y de la "administración de la política". Este fenómeno tiene larga data en todo el mundo, tanto en dictaduras como en democracias. Nuestra realidad no escapa a esta influencia. Tampoco podríamos afirmar que está empezando con Jaime Bayly. Lo que pienso es que este momento representa un punto de quiebre en la manera cómo se desarrollarán las elecciones futuras en un escenario donde los partidos políticos buscan establecer alianzas o intercambian o adquieren candidatos con popularidad emergente porque en sus canteras simplemente no los tienen.

Lo paradójico es que, a pesar de que todos tenemos claro que los medios hace tiempo establecen la agenda política, los partidos aún no caen en la cuenta de los recursos que deberían explotar para difundir sus proyectos (si los tienen) a sus potenciales electores. Si desde hace dos décadas tenemos la certeza del poder influyente de los medios en la formación e información de la opinión pública, ¿nos debe sorprender de que sea un famoso conductor de TV quien semana a semana vaya incrementando su aceptación en las encuestas aunque no haya oficializado su candidatura?

Si esta tendencia se consolida, tendremos que en las siguientes elecciones los partidos procederán de manera inversa a la tradicional, es decir, desde afuera hacia adentro y ya no de adentro hacia afuera. O sea, dejarán la pesada tarea de instruir políticamente a sus electores y acortarán camino mediante la selección oportunista de algún personaje que les ahorre la captación de votos. Y en eso, José Barba Caballero parece ser un visionario.

Dudo que Bayly llegue a ser presidente. No ha demostrado que pueda sobrevivir mucho a presiones intensas, sino más bien que sabe sopesar las circunstancias para decidir sus acciones. Critica el populismo chavista, pero recurre irresponsablemente al populismo cuando se trata de decidir la suerte del sentenciado Fujimori al punto que propone un referéndum para que la población decida su liberación. Se conduele del sufrimiento de los desposeídos y exige que se invierta más en educación y menos en armas, pero no se disculpa por las expresiones discriminatorias que pronunció cuando comentaba las deficiencias intelectuales de los seguidores de Humala "allá por encima de los 4.000 metros de altura". Se presenta como un demócrata, un defensor de la democracia liberal, pero es capaz de colocarse la camiseta naranja del Fujimorismo sin ningún reparo.

La candidatura de Jaime Bayly debe ser combatida con buenas ideas y lo más pronto posible. Ningunearlo o atacarlo solo incrementará su protagonismo. Lamentablemente, no hay alguien lo suficientemente audaz para desnudar las deficiencias de su posible candidatura. Le temen y cualquier candidato que desee inclinar la balanza a su favor debe tener las agallas suficientes de sentarse con él en su programa y confrontarlo. De lo contrario, no se sorprendan si en la siguiente encuesta lo miran hacia arriba.





martes, enero 19, 2010

El entusiasmo militarista de Ricardo Milla

Arturo Caballero


El último fin de semana, en el suplemento Domingo de La República, Ángel Páez publicó un artículo muy revelador acerca de Alfredo Ignacio Astiz, capitán de fragata en retiro de la armada argentina, quien actualmente enfrenta un proceso por violación de los derechos humanos durante los años de la dictadura. En el referido artículo, menciona que Astiz, con el expreso objetivo de mortificar a los familiares de las víctimas en el tribunal, exhibió el libro Volver a matar, cuyo autor es el ex jefe de la SIDE (Secretaría de Inteligencia de Estado), Juan Bautista Yofre. Mientras Astiz exhibía el libro en el tribunal proclamaba estar orgulloso de lo que había hecho y que estaba dispuesto a volver a hacerlo.


Alfredo Ignacio Astiz

El fin de semana también leí una noticia, rebotada en el blog de Ricardo Milla, que da cuenta de la negativa de las Fuerzas Armadas del Brasil a aceptar ser investigadas por una comisión de la verdad. La noticia menciona que el Ministro de Defensa y los máximos comandantes de las Fuerzas Armadas de ese país renunciaron en cuanto se conoció el decreto que crea una comisión de la verdad que tendrá como objetivo investigar los crímenes cometidos por las fuerzas armadas durante la dictadura militar (1964-1985). Esta reacción de los militares brasileños ante la posibilidad de ser investigados es celebrada por Ricardo Milla con mucha admiración y, a la vez, lamenta que en el Perú nuestros militares no hayan hecho lo mismo, es decir, renunciar a sus cargos cuando se formó la CVR. En conclusión, y aunque no lo mencione explícitamente, porque solo comenta muy brevemente la noticia ("Me pareció interesante. Los militares de Brasil son un ejemplo. Los nuestros... bueno...") su admiración a la actitud de los altos mandos militares del Brasil entraña la defensa de la impunidad de los crímenes cometidos por militares. De ahí es que considero, en todo sentido, no solo lamentables, sino agraviantes las insinuaciones vertidas por Milla en su post y en algunos de sus posteriores comentarios sobre el mismo.

Porque no es posible estar a favor de la justicia y el Estado de Derecho -que implica reconocer que existe un sistema jurídico ante el que cualquier ciudadano es tratado con igualdad y que todas las instituciones del Estado y el Estado mismo quedan subordinadas al orden jurídico-, y a la vez, celebrar que los militares de un país hagan espíritu de cuerpo para no ser investigados y rechazar un decreto que está amparado en la fuerza de la legalidad y de los principios: exigir justicia y sanción ejemplar a criminales.

Por ello, Milla se contradice cuando afirma que "...si han habido crímenes de parte de un agente del Estado o de algún civil o de algún agente del orden, debe ser investigado. No he negado ello en ningún momento". Sí lo niega. ¿Qué significa entonces, si no, admirar que los mandos superiores de las FFAA de Brasil rechacen una investigación? Significa negar la posibilidad esclarecer la verdad, porque se impide que el Estado se redima con la nación por las tropelías cometidas por un gobierno dictatorial e impide que la sociedad civil, los deudos y la ciudadanía sepan qué ocurrió; significa avalar la impunidad de criminales que encuentran en su institución un manto protector; significa prolongar el sufrimiento de los deudos que solo desean hacer justicia porque no podrán ver sentenciados a los culpables. ¿Acaso Milla ignora que los militares en el Perú no quieren ser investigados? ¿No se da cuenta de la gravedad de celebrar la actitud de las FFAA del Brasil y lamentar que no fuera igual en el Perú? Por lo que hasta ahora ha manifestado, me queda claro que Milla no pensó en las implicancias de su entusiasmo militarista.

A Milla le parece mejor que en lugar de una CV que investigue a las FFAA, sean ellas mismas quienes se autoinvestiguen. "Me parece que ellos saben a quienes deben condenar, investigar y sancionar. Además, el Estado también puede intervenir. Pero de ahí a que se haga una CV para "aclara" (sic) los hechos me parece una intromisión que lo único que traerá será corrupción, como en el caso de nuetsro (sic) país en que se han hechos un sin fin de juicios, muchos por interesés y por venganza de un grupo de personas que parecen desear la erradicación de las FF.AA". Milla parece ignorar que las CV se forman por mandato de los Estados y fue Estado Peruano quien dispuso la formación de la CVR el 2001; en consecuencia, mientras duró fue una institución del Estado. El problema son los intereses del gobierno que tiene a cargo su administración del Estado, ya que quienes asumen el poder no distinguen entre Gobierno y Estado. Mencionó que el Estado también puede intervenir. En este punto vuelvo a lo anterior: ¿acaso las diversas CV que han existido en el mundo no se formaron por mandato expreso de los Estados? ¿No fue así en el Perú? En un país como el nuestro donde, como dije, Gobierno y Estado son entidades que los gobernantes y el oficialismo no distinguen muy bien no tenemos la garantía que una intervención directa del Estado sin instituciones intermediarias, logre los resultados previstos. Además, es propio de un Estado de Derecho -a no ser que Milla desee otro tipo de régimen- que los poderes del Estado sean autónomos, lo mismo que sus instituciones. El actual gobierno aprista, en alianza con el fujimorismo y la derecha, ha hecho todo lo posible por entorpecer las investigaciones que permitirían saber qué militares cometieron crímenes y a la postre, sentenciarlos. Lo hizo Flórez-Aráoz durante su cargo como Ministro de Defensa: rechazó todas peticiones del Poder Judicial aduciendo que no poseen archivos de identidad, lo cual es inconcebible. En razón de ello ¿es posible creer que este gobierno hará algo en lo que le queda en el poder por revertir esa situación? Las evidencias hasta ahora demuestran lo contrario.

Si bien las FFAA en el Perú no recibieron de buen grado la conformación de la CVR ni el IF CVR, no les quedó otra opción que aceptarla, aunque fuera a regañadientes, puesto que la institución quedó enormemente desprestiada por su participación durante el fujimorato, lo que es de lamentar, puesto que, de hecho, muchos oficiales honorables se vieron perjudicados porque no se alinearon con la corrupción. Qué diferencia respecto al mea culpa que asumieron los Estados y las FFAA de otros países como El Salvador, donde el Ministro de Defensa anunció el año pasado que las Fuerzas Armadas de su país estaban dispuestas a perdir perdón por los crímenes de guerra. Este manifiesto fue ratificado por el presidente salvadoreño Mauricio Funes el reciente fin de semana. Colombia, hizo lo propio ante las Naciones Unidas; durante dicha ceremonia, el vicepresidente calificó de "crimen inexcusable" las muertes de civiles y las ejecuciones extrajudiciales a mano de las FFAA y no las matizó como simples excesos. En Paraguay, el presidente Lugo también pidió perdón a las víctimas del dictador Alfredo Stroessner. A nuestro presidente le haría muy bien tomar en cuenta estos ejemplos circundantes y extender la petición de perdón no solo a la comunidad afroperuana, sino también a las víctimas civiles de las Fuerzas Armadas. (A pesar que Toledo lo hiciera cuando recibió el IF CVR, viniendo de García, en cuyo gobierno se incrementó la barbarie terrorista y siendo el único ex presidente que puede dar un testimonio de parte, sería notablemente representativo que pidiera perdón y demandara a las FFAA que también lo hagan, pero ello, soy conciente, es pedir demasiado. Sin embargo el general (r) Roberto Chiabra representa una honorable excepción: considera que ninguna institución del Estado se libra de no pedir perdón a la nación por lo sucedido entre 1980-2000 y que lo hagan en el marco de las recomendaciones de la CVR).


Una observación importante a los comentarios de Milla, que también son comunes en quienes defienden el accionar de las FFAA, es que califica de "excesos" los crímenes cometidos por los militares o agentes del orden. "En el caso de Perú hubo algunos excesos que no superan el 0,6% total de las muertes que se tienen registradas". Un exceso es el resultado imprevisto de una acción que tenía un objetivo diferente, también puede referirse a abusos, delitos o crímenes. Para que puede servir como atenuante de un resultado grave tendría que poseer la cualidad de ser ocasional. Si el exceso deviene perjudicial, es comprensible que el responsable del mismo lamente ese resultado imprevisto, sobre todo si este "exceso" es constante. Sin embargo, lo que Milla califica como exceso posee un patrón que caracteriza los testimonios de aquellos que fueron torturados por miembros de las FFAA, el cual se repite en los lugares donde hubo más violencia. La acumulación periódica de "excesos" sobrepasa dicha calificación porque ofrece indicios de que existe un procedimiento que en lugares distintos también se aplica. (Un dato que puede explicar dicho patrón es que muchos oficiales de mediano y alto rango fueron entrenados en tales prácticas en la Escuela de las Américas en Panamá. Ello se corrobora también con lo sucedido en Argentina, Paraguay, Brasil, Uruguay, Chile, El Salvador, etc., donde hubo prácticas similares).

Asimismo, tengo la impresión que Milla aporta el dato porcentual de víctimas con la finalidad de atenuar la responsabilidad de los militares que cometieron crímenes. Esto merece una aclaración porque muchas veces la objetividad estadística suele maquillar propósitos. Prefiero el análisis concreto en función al número de víctimas, ya que, en casos de crímenes, los porcentajes son anecdóticos y abstractos: se pierde la individualidad y visión de conjunto. No obstante, los muertos son más que víctimas: solo en Putis fueron aproximadamente 120 pobladores asesinados por el ejército; la Defensoría del Pueblo entre 1980 y 1996 ha comprobado la desaparición forzada de 7,382 personas y 514 ejecuciones extrajudiciales. Lo informó 7 años antes de la conformación de la CVR.

De otro lado, Milla también expresa su preocupación por el sesgo ideológico que existe detrás del discurso de los derechos humanos y considera que ese es el verdadero problema: "El gran problema está en las ideologías que se disfrazan en estas Comisiones de la Verdad. La pretensión es que por medios de una serie de investigaciones, parciales y guiadas por una ideología de fondo, para que, inculpando a agentes del orden y del Estado, se pueda beneficiar sus ideologías e intereses propios". Este argumento del sesgo ideológico -más adelante puntualiza que es el liberalismo de izquierdas- me recuerda a los avisos que suele haber en algunas bodegas: "Hoy no fío, mañana sí". De esta manera, el infeliz que deseara un crédito se encontrará con una postergación eterna que terminará con desanimarlo porque siempre habrá un mañana. Aquí la pregunta es ¿cuál es el mejor momento o la ideología más adecuada para iniciar las investigaciones sobre los crímenes de las FFAA? ¿Y cuándo estaremos listos para enfrentar la verdad de lo sucedido? ¿Hasta cuándo habrá que esperar para mostrarle a las generaciones posteriores que el Estado y la sociedad fueron corresponsables por acción u omisión de la violencia armada?

Las ideologías siempre van a estar presentes, pero como decía Wilde, "no hay que perder de vista la Luna mirando el dedo que la señala". Cierto es que hay oportunismo y deseos de indisponer a toda la FFAA de parte de quienes aprovechando las circunstancias actuales, lucen con rostro democrático, a pesar de que en el pasado quisieron demoler la democracia a sangre y fuego, pero este no es el caso de los comisionados de la CVR, ya que el IF reconoce el esfuerzo de las FFAA y señala que sin ellas no hubiera sido posible vencer al terrorismo. Si nos quedamos paralizados por temor a que un grupo ideologizado de izquierda radical se apropie de la memoria ¿hasta cuando esperaremos la ideologia adecuada para iniciar nuestra revisión histórica? ¿existe alguna ideología adecuada? ¿cuándo será el momento adecuado? ¿cuando los responsables ya no puedan ser sentenciados? Actuar por principios y anteponerlos a lo ideológico sí es una actitud loable: no lo es estar paralizado ante un problema y no distinguir entre lo que es de justicia y las ansias de los oportunistas.

La indolencia de Astiz frente a los deudos de las víctimas, de cuya muerte él responsable y cuya memoria pisotea frente a los familiares, es agraviante para todos los que perdieron a alguien a manos de quienes debían protegerlos de la violencia terrorista. Pedirle a alguien como Astiz que se arrepienta es una pérdida de tiempo. Sin embargo, espero equivocarme respecto a las aventuradas opiniones de Milla, porque, de lo contrario, su admiración por la actitud de las FFAA del Brasil bien podrían confundirse con la indolencia insolente y agraviante de Alfredo Ignacio Astiz, un entusiasta militar que volvería a asesinar sin remordimiento.

domingo, enero 17, 2010

El señor presidente 2011

Luis Castañeda y los posibles escenarios en una segunda vuelta el 2011




Según el sondeo de las últimas encuestas, el alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio lidera la preferencia electoral en Lima y provincias seguido de Keiko Fujimori, Ollanta Humala y Alejandro Toledo y Lourdes Flores Nano. Si bien falta poco más de un año para las elecciones presidenciales y cualquier cosa puede suceder en el camino, me aventuro a especular con algunos posibles escenario para una eventual segunda vuelta el 2011. Antes de ello, comentaré mis impresiones acerca de Luis Castañeda Lossio, quien parece configurarse como el nuevo outsider, término que viene captando el interés de muchos analistas políticos que se desvelan por saber quién emergerá como el candidato sorpresa para el próximo año.

Castañeda posee un perfil político diferente al de sus competidores. Se trata de un candidato que destaca por su perfil bajo ante los medios de comunicación y por ser un eficiente administrador en la gestión municipal. Como resultado de ello, las encuestas de aprobación no le han dado menos de 70% en todo lo que va de su gobierno, cifra que muchos políticos, comenzando por el Presidente de la República, quisieran tener. Sin embargo, lo que muchos analistas y simpatizantes ven en Castañeda como una virtud, a mí me parece, más bien una peligrosa señal. La actitud pragmática, es decir el presentarse como un ejecutor, un hombre de pocas palabras que declara poco y exhibe como prueba los resultados concretos de su gestión, no nos permite esclarecer cuán dialogante es o será cuando tenga que enfrentar críticas a su gestión. Parecer ser que Castañeda eludió el diálogo fluido con los medios de comunicación en casos como el Metropolitano o el litigio con la Universidad San Marcos por el puente que invade parte de su campus amparado en la aceptación que goza su gestión en la población limeña. Es como si nos dijera "mis obras hablan, yo no necesito hacerlo", "la gente lo aprueba, ello es suficiente". Y cuando un gobernante tiene la certeza de que la población lo apoya sin chistar, suele sentir que tiene carta blanca para todo y que no tiene que rendir cuentas.

De otra parte, debido a lo anterior, es un candidato que, en mi opinión, resulta muy permeable de caer en la tentación autoritaria-democrática, o sea, acceder al poder mediante elecciones, pero una vez en él, actuar de manera autoritaria. Y no me refiero a un autoritarismo del tipo chavista, sino a un autoritarismo descafeinado, sutil, populista, con la bendición del sector empresarial y banquero, y de las fuerzas políticas que no quieren desmantelar la corrupción fujimontesinista y que tampoco desean continuar con la transición democrática en lo que a derechos humanos y reparaciones a los damnificados por la violencia armada se refiere. Por ello, tengo la impresión que el fujimorismo, el APRA y la derecha estarán a la expectativa de apoyar a algún independiente o outsider cuyo perfil los satisfaga para la consecución de sus propios intereses; y ese es, a mi modo de ver, Castañeda Lossio.

Pero ¿qué tiene Castañeda que lo haga atractivo para el APRA, el fujimorismo y la derecha? Su pragmatismo es muy similar al de Fujimori: no habla mucho, pero actua; es eficiente y habla con resultados; no tiene un pasado político desgastado como sus competidores; goza del reconocimiento y la aprobación de la población limeña. En consecuencia, la viabilidad de sus proyectos encontrarían muy poca resistencia, lo cual, aunado a todo lo anterior, crearía un clima de confianza propicio para que empresarios e industriales se sientan cómodos (verían a Castañeda con mucho agrado, ya que garantizaría el status quo. Todo esto lo hace muy permeable al discurso conservador y al neopopulismo.

Segunda vuelta 2011

Castañeda vs. Toledo

Esta eventual segunda vuelta presentaría las siguientes características. El peligro es que Castañeda se vería obligado a negociar el apoyo del APRA, la derecha y el fujimorismo para ganar y cogobernar con ellos, de manera que así les devolvería el favor. En este momento, sería clave la participación de los movimientos regionales y del Partido Nacionalista que posee vínculos importantes con ellos. De darse una alianza abierta o encubierta entre Castañeda y la aprofujiderecha, el continuismo quedaría asegurado: retroceso en los procesos judiciales anticorrupción y en la investigación de casos ocurridos durante la gestión aprista; también, retroceso en la aplicación de las recomendaciones de la CVR y en el modelo económico.

En ese momento, recién conoceríamos la conducta política y moral de Castañeda, de lo que sería capaz de hacer: competir con sus propios recursos y rechazar el apoyo del aprofujiderechismo o recibir su apoyo con tal de ganar la presidencia. Si sigue la lógica pragmática de costo-beneficio que le ha dado resultados hasta ahora -que es lo más probable- pactará con quienes hoy gobiernan. Frente a esta posibilidad, se requeriría de una gran coalición de fuerzas políticas para apoyar a Alejandro Toledo con la finalidad de cerrarle el paso al APRA y al fujimorismo y a todo lo que ellos entrañan.

Castañeda vs. Keiko

Aunque parezca extraño, puede ser el escenario más conveniente, porque obligaría a Castañeda a apoyarse en fuerzas menos nefastas que las anteriores, sobre todo de centroizquierda, movimientos regionales y el nacionalismo, lo cual lo alejaría saludablemente del APRA y el fujimorismo, y desaparecería la posibilidad de que termine engullido por ellos y con ella la tentación autoritaria-democrática.

Keiko es una candidata muy vulnerable. No sería difícil para Castañeda demoler a Keiko en un debate. En una eventual segunda vuelta, los aliados de Castañeda lo harían muy gustosos durante la campaña.

El oportunismo aprista, con el olfato que caracteriza a su líder, podría abandonar su alianza estratégica con el APRA y buscar reacomodarse con los nuevos tiempos. No nos extrañe que, llegado el momento, Alan García comience a echar mano de la persecución que fue víctima cuando tuvo que salir del país, de los DDHH, el IF CVR y de todos aquellos temas que sirvan para demostrar que nada lo une al fujimorismo. Lo haría para al menos asegurar alguna cuota de participación en el poder.

Castañeda vs. Humala

En este caso, el más beneficiado sería Humala si es que entre Solidaridad y el aprofujimorismo se consuma y se hace evidente para el electorado. Humala sería visto como el único candidato que impediría el retorno de los enemigos de la democracia y de los corruptos. Las fuerzas políticas de centro, algunas a regañadientes, le darían su apoyo condicionado a que Humala se comprometa a respetar el orden constitucional y que no permite que el Perú ingrese a la órbita chavista. La duda es si Humala podrá resistir la presión chavista (aunque para ese momento, el gobierno de Hugo Chávez se encontrará debilitado por la crisis económica que atraviesa Venezuela, la cual tiende a agravarse).

Si Humala no hace un enorme y evidente esfuerzo por desmarcarse del chavismo y el radicalismo etnocacerista, Castañeda podría ser visto como el candidato que impedirá el ingreso del socialismo chavista en el Perú (ya estoy visualizando los spots apocalípticos en contra de Humala que mostrarán la crisis económica venezolana que nos esperará si este resulta elegido).

Cualquiera sera el escenario, la voz cantante la tendrán los movimientos y frentes regionales. Quien articule sus expectativas, las organice y los convenza de que desde Lima hay alguien que las hará posibles, tendrá muchas posibilidades de ser el señor presidente 2011.

Enlaces de interés

CASTAÑEDA, EL CALETA - Desde el tercer piso

Luises - Menos Canas

sábado, diciembre 26, 2009

Una sociedad con licencia para matar

La Policía Nacional y los escuadrones de la muerte en Trujillo




Juan Luis Cebrián en El fundamentalismo democrático advirtió el peligro que representa el surgimiento del totalitarismo en sociedades democráticas. Aunque parezca contradictorio, algunos gobiernos que afirman ser democráticos suelen recurrir a prácticas que distan mucho de serlo como la represión abierta o sutil del cualquier discurso que contradiga al discurso oficial. La opinión pública también es susceptible de adherirse a esta forma totalitarismo. Alberto Flores Galindo ensayó una explicación al respecto en La tradición autoritaria: el autoritarismo, esa tendencia a ejercer el poder a través de la fuerza, ha estado arraigado en nuestra sociedad desde la Colonia y ha subsistido en la República a tal nivel que se ha naturalizado en el día a día, ya que cada vez nos causa menos sorpresa, debido a su constante exposición. Así parece confirmarlo la significativa aceptación que tiene en un sector de la población la posible existencia de un escuadrón de la muerte, grupo conformado por policías en actividad y en retiro, quienes ajustician a delincuentes en Trujillo.

No es necesario elaborar una acuciosa investigación para explicar esta actitud. La delincuencia y el crimen organizado aumentan en la misma proporción que el crecimiento económico; es más, en las localidades más económicamente prósperas se suelen concentrar las actividades del crimen organizado. De seguir esta tendencia, Trujillo va camino a convertirse en el Medellín de los 90, ciudad Juárez o Tijuana por citar algunos ejemplos. Comerciantes y empresarios son extorsionados por mafias que cobran cupos a cambio de protección; tremendos jueces en fallos totalmente descabellados dejan libres a delincuentes que la policía logró capturar tras largos periodos de seguimiento. Si a ello le agregamos que desde el Legislativo y el Ejecutivo se exige sancionar drásticamente a los miembros de las Fuerzas Armadas y Policiales involucrados en delitos de función, pero, contrariamente, solo se castiga a los oficiales de menor rango, mientras que los superiores disfrutan de la cobija del gobierno y que no se mide con la misma vara los delitos de los funcionarios públicos vinculados al gobierno aprista, la indignación del cuerpo policial, lógicamente, es comprensible. En los hechos mencionados, podemos hallar explicaciones acerca de la frustración que invade a la Policía Nacional sobre todo al personal subalterno y a los mandos medios, quienes son los que ejecutan las operaciones contra la delincuencia y el crimen organizado.

Sin embargo, ¿qué otras razones llevan a la población a aprobar un escuadrón de la muerte y a un grupo de policías a constituirlo? Una de ellas es la ineficacia de los planes diseñados para combatir el crimen. La ciudadanía no percibe los resultados y, por ello, demanda una acción efectiva y ejemplar contra la delincuencia. Asimismo, tampoco deposita enteramente su confianza en la policía nacional, debido al descrédito social que esta institución tiene en el imaginario social de la población. La imagen de la policía está muy venida a menos por la coima que habitualmente un conductor entrega a un policía de tránsito y la facilidad con que este la acepta; la falta de seguridad en zonas donde se los necesita y no llegan con prontitud por negligencia o por falta de soporte logístico; escándalos protagonizados por policías ebrios que maltratan a sus cónyuges o parejas, o que abusan de su autoridad e incluso provocan víctimas fatales y luego reciben el apoyo de sus compañeros quienes obstaculizan las investigaciones; o casos de policías en actividad o retiro que integran bandas de secuestradores o que colaboran con ellas. Todo esto explica en parte por qué la población enardecida, cuando se alza violentamente en el interior del país, ataca de primera intención la comisaría o los puestos policiales.

No obstante, no todas las manzanas están podridas porque también contamos con valiosos ejemplos de sacrificio, valentía e integridad moral. Incontables héroes anónimos que diariamente exponen sus vidas, frustrando secuestros o capturando a avezados delincuentes, y que en sus días de franco continúan haciéndolo cuidando establecimientos privados u ofreciendo seguridad particular. Una breve noticia periodística da cuenta de estos actos, pero nada más. Otros, pensando más en las fatales consecuencias de una decisión precipitada, prefieren rendirse ante la muchedumbre enardecida, acatar sus exigencias tales como humillarse pidiéndoles perdón, antes que exponer su vida y la de sus hombres. ¿Y cómo califica el Presidente a este oficial? Lo tilda de de cobarde y débil, además de pasarlo inmediatamente al retiro. En cambio, Mercedes Cabanillas, luego del Baguazo, fue condecorada por los altos mandos de la Policía Nacional. Sin embargo, el general Alberto Jordán puede dormir con la conciencia tranquila.

En este punto, debemos darnos cuenta de que la policía no solo tiene que enfrentar a delincuentes comunes, criminales, narcotraficantes o terroristas, sino que también tiene en contra a algunos superiores sumisos e incompetentes que no velan por sus derechos y contra los poderes del Estado que les colocan zancadillas, por ejemplo, cuando el Ejecutivo no contempla incrementos salariales para la Policía o cuando el Poder Judicial no depura a los jueces inmorales que liberan a delincuentes, a pesar de las pesquisas y pruebas, lo cual mina la moral de las fuerzas policiales y deteriora su imagen ante quienes hacen del delito un estilo de vida.

El escenario que tuvo lugar en los ochentas y noventas durante la lucha contra el terrorismo es similar al que se vive actualmente, salvando las distancias, contra el crimen organizado en algunas partes del país: el último fin de semana, el director del penal Castro Castro Manuel Vásquez Coronado, fue brutalmente acribillado por tres delincuentes cuando salía de su domicilio con dirección a su centro de trabajo; en Trujillo, delincuentes cobran cupos a empresarios y transportistas; a menudo nos enteramos de asesinatos cometidos por sicarios; el crimen organizado ha elegido la construcción civil como espacio para consolidarse; las guerras entre pandillas en el Callao, donde "gobiernan" amplias zonas liberadas, cobran víctimas frecuentemente; los "marcas" acechan en cualquier parte de la ciudad para secuestrar o asaltar a quienes retiran dinero de los bancos. Y la tendencia es creciente.

Ante un panorama tan poco auspicioso, ¿debemos, entonces, justificar la existencia de un escuadrón de la muerte? De ninguna manera. Si el Estado y la sociedad civil actúan de la misma forma que en aquellas décadas, es decir, minimizando o ignorando la gravedad del problema -mirar hacia otro lado cuando el terror no tocaba nuestras puertas fue una actitud muy usual-; o si se acuerda combatir el terror con terror, las Fuerzas Policiales perderán por completo la endeble superioridad moral que conservan, gracias al invalorable esfuerzo de muchos buenos policías quienes, posiblemente, en un arrebato de indignación, decidieron tomar la justicia por sus propias manos y aplicar la Ley del Talión.

La escalada de violencia no se detendrá, porque los deudos de los asesinados extrajudicialmente se sentirán con la suficiente autoridad y respaldo legal y, cuando no, mediático, para exigir justicia y jaquear a la Policía. No por mucho tiempo podrá el Gobierno ocultar la verdad y a los mandos implicados en los escuadrones de la muerte, porque, como nos ha enseñado la historia reciente del Grupo Colina, estos destacamentos no actúan por iniciativa de un grupo de espontáneos efectivos que, de un día para otro, libremente decidieron ajusticiar delincuentes: actúan con la venia de los mandos superiores, seguramente, no comprometiendo a las esferas castrense más altas, pero sí a algunos mandos con poder de decisión. De esta manera, a la larga, la delincuencia y el crimen organizado tendrán más posibilidades de ganar que de perder, sin contar con que los cabecillas más "rankeados" tiendan a convertirse en ídolos populares, en víctimas o mártires heroicos y no ser reconocidos como que son: criminales. La impronta de un héroe es más influyente cuando está muerto porque genera una secuela de culto que elimina cualquier defecto moral elevándolo a la categoría de mártir o santo (si no recordemos cómo una multitud acudió al entierro de la senderista Edith Lagos en Huamanga, cómo mucha gente peregrinaba a la tumba del narco colombiano Pablo Escobar, y sin ir muy lejos, en los barrios más peligrosos del Callao, las paredes de las calles lucen pinturas y graffitis dedicados a los delincuentes más famosos del momento, conocidos cabecillas de bandas y pandillas; algunos de ellos muertos en enfrentamientos con la policía se convierten en ídolos para los adolescentes que se inician tempranamente en el delito y quienes tratan de emularlos.

La sociedad que encuentra en el ojo por ojo la solución contra la delincuencia está destinada a que la violencia le estalle en el rostro. La solución no pasa solo por el accionar de las fuerzas del orden, sino por una participación activa de las instituciones de la sociedad civil. Si las actividades del crimen organizado y el narcotráfico no se detienen, lo más probable es que sus tentáculos lleguen hasta las esferas más altas del poder como ha sucedido en México(*) y, en ese momento, cualquier acción por erradicarlos será fácilmente neutralizada.

Una sociedad con licencia para matar es una sociedad suicida.

(*) Este país es el espejo en donde debemos vernos hacia el futuro en lo que respecta a la violencia producto del crimen organizado y el narcotráfico.

Enlaces relacionados

El misterio del escuadrón de la muerte - Revista Poder

Trujillo: Redada Mortal - Caretas