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Los diarios, autobiografías, memorias y las crónicas suelen tomar su mejor forma cuando el escritor se halla en la madurez de su vida, pleno de experiencias y con un par de buenas obras que lo respalden. Es el caso del libro de José Donoso que desde una perspectiva intimista pretende abordar lo que significó la narrativa del “boom” para los escritores latinoamericanos de los años sesenta. A medio camino entre el ensayo y la autobiografía, Donoso explica los factores que incidieron en la formación de la nueva novela latinoamericana como, por ejemplo, que las grandes editoriales de esta parte del mundo no apostaran durante muchas décadas por publicar a jóvenes novelistas cuya narrativa hiciera derroche de técnica y cosmopolitismo. Eran los años en que publicar a los clásicos de la novela regionalista como Rómulo Gallegos, José Eustasio Rivera, Jorge Icaza o Alcides Arguedas, aseguraba los costos de edición y mantenía vigente el canon literario. La imagen que Donoso nos brinda del escritor latinoamericano es la de un artista insatisfecho con la tradición que hereda debido a que las fuentes de su inspiración se encontraban al otro lado del Atlántico, o bien, en Norteamérica: Kafka, Joyce, Proust, Wolf, Faulkner y Hemingway entre otros. Además de esto, la narrativa latinoamericana parecía agotada y sin recursos: si no se escribía en lenguaje llano, con localismos, con el paisaje americano como referente y utilizando la literatura como un instrumento para difundir las verdades que otros discursos ocultan, un novelista corría el riesgo de convertirse en un paria. El mismo destino les esperaba a aquellos que pretendían emular la técnica narrativa y el lenguaje experimental de los maestros europeos o norteamericanos del periodo de entreguerras. Estos intentos fueron percibidos, como bien apunta Donoso, como excentricidades, pose y, cuando no, como síntomas de una falta de originalidad y de compromiso con la realidad.
A esto le agregamos el hecho de que entre los nuevos escritores latinoamericanos de los años sesenta no existía una comunicación muy fluida sino, eventualmente, cuando coincidían en algún encuentro literario que los congregara. Según Donoso, Santiago de Chile era poco más que una aldea en lo que a circulación de novedades literarias se refiere, ya que recién pudo obtener un ejemplar de La ciudad y los perros luego de dos años de su publicación, y conseguir Rayuela era poco más que una hazaña.

Confesión de parte, testimonio transparente acerca de una etapa que sigue generando discusiones en la actualidad (hace poco leí una entrevista a Santiago Roncagliolo titulada “Los nietos del boom”). Cortázar mencionaba que era irónico que para destacar un fenómeno típicamente latinoamericano se tuviera que recurrir a una palabra inglesa. Miguel Ángel Asturias tuvo palabras muy duros para los escritores del supuesto “boom” calificándolos de mafia. La historiografía literaria no se pone de acuerdo en quiénes forman o no parte de la élite del “boom”, aunque existe cierto consenso, no podemos soslayar la trascendencia de Cortázar, Vargas Llosa, Donoso, Fuentes, García Márquez y Cabrera Infante. Los comentarios menos favorables al libro de Donoso lo sindican como un intento del autor por autoincluirse en el “boom”. Nada más lejos de la verdad, pero para que ud. amigo lector, se forme una opinión a conciencia, le sugiero la lectura de este libro que, recientemente, ha sido reeditado por editorial Alfaguara.
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