martes, noviembre 18, 2008

HERBERT MOROTE: enemigo Nº 1 de Bolívar



por Víctor Condori
Historiador

Para juzgar a las revoluciones y a sus jefes, debemos observarlas desde cerca y juzgarlos desde muy lejos.

Simón Bolívar

Bolívar fue un hombre excepcionalmente complejo, un libertador que desdeñaba el liberalismo, un soldado que menospreciaba el militarismo, un republicano que admiraba la monarquía. Estudiar a Bolívar es estudiar a un personaje extraño y muy particular, cuyo pensamiento y voluntad fueron factores no menos clave en el cambio histórico que las fuerzas sociales de la época.

John Lynch

No hay aspecto de la vida de Bolívar, desde su cuna (¿era del todo blanco?) hasta su muerte (¿murió como cristiano?), que no provoque acalorados debates en los que no siempre se lucha por la gloria del héroe con un sentido realista del valor de las municiones que se manejan, ni aún de la posición que se defiende.

Salvador de Madariaga


Los libros de historia tienen como principal función informarnos sobre los personajes, instituciones, acontecimientos y sociedades pasadas, luego de haber sido rigurosa y profesionalmente investigadas y analizadas por los historiadores.


No es labor del profesional de la historia juzgar o condenar una época, un pueblo o un personaje, sino más bien, tratar de entender los motivos o razones que llevan a adoptar un comportamiento, defender una aposición o realizar una acción.

Finalmente serán los lectores, aficionados y tal vez profesionales, quienes sacarán sus conclusiones, aceptarán o rechazarán, absolverán o condenarán; en otras palabras, tomarán partido o posición. Ello no significa que los historiadores no deban tener una posición política o ideológica, simpatías o preferencias, amores u odios, ¡claro que sí!, más ellas no deben influir en el trabajo de investigación, donde reina el valor del documento; más este reinado tampoco es absoluto sino relativo, por que varía según el tipo de documento y las circunstancias en que fue escrito.

Puede parecer un tanto simplista e incluso idílica esta introducción sobre la historia y los historiadores, pero es la forma como hemos entendido la historia algunos de nosotros que hacemos algo de investigación. Por ello, luego de leer el libro “Bolívar, libertador y enemigo Nº 1 del Perú” de Herbert Morote, me sentí entre confundido y decepcionado. No por que se muestre una imagen negativa de la figura “deificada” del libertador Simón Bolívar, sino más bien, por que no sabía si había leído un libro de historia o literatura. En el sentido que el texto carecía del rigor histórico y de la imaginación y encanto literario.

Pero si hay algo de lo que estoy seguro, es de la intención del autor. Que no es precisamente recordarnos quién fue Bolívar, para ello tendríamos que conocer no su vida, sino su evolución política, desde aquel jovenzuelo aristócrata con aires de Casanova que paseaba su curiosidad por Europa, pasando por el conspirador y revolucionario, hasta llegar al libertador y estadista. Esta evolución la encontramos en los sobresalientes estudios de Gerhard Masur (1987), Salvador de Madariaga (1985) y John Lynch (2006). Tampoco busca analizar el nacimiento, desarrollo y consolidación del autoritarismo bolivariano, su legitimación y justificación contemporánea por un tropel heterogéneo de mandones, caudillos, dictadores y dictadorzuelos latinoamericanos; no, este tema ha sido estudiado para el caso venezolano, desde hace 40 años, por Germán Carrera Damas (1969).



El libro de Herbert Morote pretende circunscribirse a la etapa de Bolívar en el Perú, entendiendo claro esta, el Perú por Lima. Sin embargo, si alguien cree que la etapa de Bolívar en el Perú debe comprender el estado político, social y económico en el que se encontraba nuestro país antes de su llegada; las causas del fracaso de San Martín y los primeros intentos de gobierno autónomo; las razones de la llegada de Bolívar y su retiro al norte para organizar allí el ejército libertador. Así como un estudio sobre los planes políticos federativos, sus relaciones con otras regiones del Perú y los objetivos de un gobierno vitalicio. Se equivoca, eso no va encontrar en el texto. Pues este se halla preñado de infundíos, contradicciones, malas interpretaciones, errores y hasta horrores, con los que se busca demostrar de la manera más pedestre hasta la indigestión, todo el daño que Bolívar nos ha hecho a los peruanos, pues a decir de Morote “ninguna otra nación latinoamericana llegó a pagar por su independencia lo que el Perú pagó por su ayuda” (p 17).
El tenor sobre el cual se mueve todo el argumento del libro es: la represión brutal que sufrimos los peruanos y la nefasta amputación territorial. Para demostrarlo recurre a algunas monografías, cuyos contenidos son citados sin ningún rigor, y sobre todo a las numerosas cartas del libertador. No obstante existir miles de ellas, Morote no logra entender que las cartas son ante todo documentos privados, que tienen diversos fines: llamar la atención, seducir, amenazar, comunicar y hasta engañar. Nos sirven muchas veces para conocer el estado de ánimo, la impresión que nos dejan las personas o lugares, dentro de un contexto específico; pero no, para calificar moralmente a alguien.

Así, en la página 53 de su libro, Morote cita una carta de Bolívar al vicepresidente de Colombia Francisco de Paula Santander, en la que dentro de muchos asuntos le manifiesta, “los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios y son todos truchimanes, todos ladrones, todos falsos, sin ningún principio moral que los guíe”. Y en base a este párrafo, afirma: “Creer, como Bolívar, que todos los indios son unos ladrones, embusteros, falsos y sin ningún principio moral es, aparte de ignorancia, un testimonio de racismo y de la peor clase y especie...Bolívar, con estos prejuicios, demostró que no poseía las condiciones morales ni intelectuales para gobernar un país, menos un país como el Perú donde el respeto y aceptación de la diversidad debiera ser la base de cualquier política” (p 55).

En primer lugar, debemos de precisar que dicha carta no fue enviada desde el Ecuador, como lo señala el libro (p 75), sino más bien desde Pativilca el 7 de enero de 1824. [1] Y ésta, no solo es un pedido urgente de necesarias tropas colombianas (p 53), sino un balance decepcionado de la situación vivida en el Perú cuatro meses después de su arribo, en medio de la incertidumbre por el futuro y la enfermedad presente, que lo ha tenido al borde de la muerte durante siete días, “de resultas de una larga y prolongada marcha que he hecho en la sierra del Perú, he llegado hasta aquí (Pativilca)) y caído gravemente enfermo”. Por ello se explica el tono pesimista y decepcionado.

En esta misma carta se queja de las deserciones en el ejército del sur, “Si hay 400 granadinos o venezolanos es lo que tenemos, y los suranos son tan desertores como no hay ejemplo: tanto es que hemos perdido ya 3,000 en el ejército del Perú”. Asimismo, manifiesta al vicepresidente Santander su negativa a encargarse de la defensa del sur, por que siente que en ella “voy a perder la poca reputación que me resta con hombres tan malvados”. Por ello se despide con su antiguo adagio, “vengan tropas y habrá libertad”.

En esta carta no se refiere específicamente a los indios ni a los peruanos, sino a los quiteños, colombianos, venezolanos, peruanos y guayaquileños, “los quiteños son los peores colombianos. Los venezolanos son todos santos en comparación con esos malvados. Los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo...Los guayaquileños mil veces mejores”. Si bien, llama a los indios truchimanes, ladrones, embusteros y falsos, es por que los está comparando con los blancos peruanos y quiteños que ha conocido: “los blancos tienen el carácter de los indios”, manifiesta.

Si uno atiende al contexto en que fue escrita dicha carta (enero 1824), encuentra varios elementos determinantes: a) La necesidad urgente de tropas colombianas y venezolanas para acabar con la guerra, por que las existentes desde su punto de vista son inútiles; b) la decepción generada por la rebelión de tropas argentinas acantonadas en la fortaleza del Callao (5 enero) ; c) las continuas deserciones de tropas peruanas, “toda la tropa del Perú que no se emplee encerrada en una plaza fuerte se deserta sin remedio y se pierde el gasto y el trabajo...Así es que todos los días se renuevan los batallones, y ya solo quedan reclutas”, le escribía al presidente Torre Tagle (7 de enero); y finalmente, d) su lamentable enfermedad, que lo tiene sumido en la impotencia, “es una complicación de irritación interna y de reumatismo, de calentura y de un poco de mal de orina, de vómitos y dolor cólico. Todo esto hace un conjunto que me ha tenido desesperado y me aflige todavía mucho. Ya no puedo hacer un esfuerzo sin padecer infinito”.

[1] Sobre esta carta del libertador, consultar Simón Bolívar. Obras Completas. Volumen I, pp. 864-866.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Arturo, cuando empezaste diciendo en uno de los párrafos "En primer lugar", tuve la impresión de que harías una crítica bien relacionada, pero sólo hay un retazo en nada conclusivo. 1º El que el autor haya errado el lugar de donde se envió una carta no desmiente los hechos negativos de su presencia en el Perú. 2º las cartas si bien son privadas, entiendelo bien, de ellas se han valido quienes crearon el mito bolivariano. ¿Y por qué no hacerlo a la inversa? Más aún si se corresponden con las acciones posteriores. 3º Napoleón provino de Córcega, una isla sin pena ni gloria al lado de lo que hoy llamamos Italia y de Francia. Su pequeña estatura y ambición de crear un imperio, los hacen casi iguales; la gran diferencia: el Corso no tenía un imperio que lo protegiese, Bolívar (siguiendo las ideas de Miranda -a quien traicionó-) tenía a Gran Bretaña. A mi parecer, no obstante la imprecisión que señalas, el libro sí logra demostrar que el Bolívar aristócrata que provenía de una Capitanía General ambicionó para sí el Perú, un Virreinato legatario de donde se originó la civilización en América del Sur (en su localidad, al encuentro de los expedicionarios, el tiempo se detuvo en la Edad de Piedra, no había oro no porque en el subsuelo escasease sino porque no producían metales, ni cultivaban. Eran recolectores, a veces, pescadores y cazadores -economía de subsistencia). Es obvio que Bolívar codiciaba no solo las riquezas en metal, sino sociales, ya que con lo que contaba no lograría lo más mínimo (¿Por que Gran Colombia y por qué no Gran Venezuela?). Finalmente, ¿qué diferencia hay entre la Coronación como Emperador de Napoleón y el "nombramiento" como Dictador-Presidente Vitalicio, con potestad para nombrar su sucesor, de Bolívar? El napoleonzuelo de Venezuela, como Napoleón, también lo perdió todo.

Anónimo dijo...

¡Y vuelven los peruanos con sus imaginarias glorias Incas! Probablemente en Venezuela no se trabaja los metales como en Perú. Tampoco sembraban con la misma eficiencia. Es verdad, para ese entonces, Venezuela estaba en la edad de piedra, pero a diferencia de lo que ocurría con los INCAS: NUestros pueblos originarios NO CONQUISTABAN. NO INVADÍA. NO TENÍAN SÚBDITOS! NO RECLUTABAN A OTROS HOMBRES PARA CONSTRUIR MONUMENTOS EN HONOR A OTRO HOMBRE QUE SE LLAMABA A SÍ MISMO "HIJO DEL SOL". Nuestra idea de desarrollo y evolución no tiene nada que ver con GRANDEZA MATERIAL E IMPERIO.

Mariano Raygada Tizón dijo...

Me permito recomendar la lectura de la segunda edición ampliada del historiador boliviano Hernando Armaza Perez del Castillo: Libertarse de sus propios Libertadores. De la rebelión de Tupac Amaru a la Guerra del
Pacifico. PLURAL editores 2016

Mariano Raygada Tizón dijo...

Me permito recomendar la lectura de la segunda edición ampliada del historiador boliviano Hernando Armaza Perez del Castillo: Libertarse de sus propios Libertadores. De la rebelión de Tupac Amaru a la Guerra del
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