lunes, octubre 01, 2007

La novela de dictadura en América Latina





Yo, el Supremo Dictador de la República: ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo. Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca.


Fragmento inicial de Yo, el supremo
Augusto Roa Bastos (Asunción,Paraguay, 1917 – 2005)


Por Arturo Caballero Medina
acaballerom@pucp.edu.pe


La actual coyuntura política, agitada por la extradición de Alberto Fujimori, bien puede ser un pretexto para revisar las principales novelas que sobre dictadores se han escrito en América Latina.

Nuestra historia continental está plagada de experiencias totalitarias por lo cual pareciera que América Latina es tierra fértil para las dictaduras. La ficción de la novela de dictadura latinoamericana no dista mucho de la realidad. Desde una perspectiva historiográfica, comprobamos que la vertiente romántica que más aportó al desarrollo de la novelística latinoamericana es de raigambre realista con tonos históricos, sociales y políticos. El matadero (1838) de Esteban Echevarría, relato en el cual se expone la barbarie de un régimen que violenta a su población, tiene un fundamento netamente realista y fue escrita por quien dentro de la historiografía americana es considerado como el introductor del romanticismo en la Argentina. El caso peruano fue una excepción en el panorama de este romanticismo político que en la Argentina estuvo impulsado por el debate entre liberales y conservadores. De otra parte, Martín Rivas (1862) de Alberto Blest Gana, combina rasgos románticos y realistas además de incluir la discusión política a nivel de las élites y el pueblo en momentos que los liberales son calificados como una amenaza para los intereses de la burguesía conservadora en Chile, retratada en esta novela como un grupo acomodaticio y sin moral.

A continuación, presentamos una breve muestra de las principales novelas de dictadura escritas en América Latina, guía que puede servir al lector interesado en incursionar en este subgénero cuyos representantes nos han brindado verdaderas obras maestras de la novela latinoamericana.

Los dejo con unas palabras de García Márquez al respecto: “No hay ningún arquetipo mejor que el dictador latinoamericano que es el gran monstruo mitológico de nuestra historia”.


Amalia (1851), novela romántica de tendencia histórico-política, injustamente opacada por la trascendencia de María de Jorge Isaacs, es considerada por muchos críticos como la primera novela de dictadura en América Latina. José Mármol desarrolla un mural de las tendencias políticas e ideológicas discutidas por los intelectuales y por las masas en la Argentina postindependiente. Escrita durante su exilio en Montevideo, Amalia da cuenta de los años en que Juan Manuel de Rosas (1793-1877) —gobernador de Buenos Aires entre 1829-1832 y 1835-1852) y principal dirigente de la que habría de ser considerada como la Confederación Argentina (1835-1852)— ejerciera el poder a través del terror, la represión y la persecución a los opositores del régimen federal, en la ciudad de Buenos Aires. La voz del narrador y las acciones de los protagonistas de la historia sobre todo Daniel Bello y Eduardo Belgrano, jóvenes asimilados a la causa unitaria, critican duramente el régimen de Rosas, el cual ha conducido a los ciudadanos más notables e ilustres de la ciudad (cualidad encarnada por los unitarios), a su juventud, a sus mujeres y hombres, a vivir en el miedo o a resignarse a un anonimato cómplice que no deje traslucir su rechazo a una forma bárbara y salvaje de gobierno.


El señor Presidente (1946) nos expone ante un pueblo sometido al poder destructor, material y moral, de la dictadura. El drama guatemalteco al que la novela se refiere se inspira en la tiranía de Estrada Cabrera (1857-1924) quien fuera presidente entre 1898 y 1920. El dictador es presentado como una especie de brujo, invisible y temido; se retira a las sombras y desde allí domina la vida de la nación, disponiendo a su antojo de la vida y la muerte de cada ciudadano. El señor presidente es un personaje oscuro, misterioso e inhumano que domina desde la sombra, sin que a lo largo de muchas páginas sepamos cómo es; y cuando lo vemos es un ser borroso, cruel, gris, vestido siempre de negro, un cruel dios del mal. El Estado es su propiedad personal, como lo es el pueblo, masa esclavizada, aterrorizada, que vive en una atmósfera de corrupción donde sus verdugos, en nombre del dictador, ponen en peligro sus vidas. El señor Presidente ha logrado tanto alcance y permanencia que ni siquiera El otoño del patriarca de García Márquez, El recurso del método, de Carpentier, Yo, el Supremo, de Roa Bastos o La fiesta del chivo de Vargas Llosa han podido borrar.


En Yo, el Supremo (1974), Augusto Roa Bastos inspira la trama de su novela en una de las figuras más determinantes y enigmáticas de la historia paraguaya: el dictador José Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840). Esta novela tiene como tema central las confesiones, evidentemente falsas, del que fue Dictador Perpetuo del Paraguay entre 1814 y 1840. Los textos que el Dictador escribe en su diario secreto o en su “cuaderno de bitácora” aparecen enriquecidos pero también falsificados por su secretario Patiño, por un corrector, por testimonios de ultratumba que a veces impugnan o desmienten a Francia. Novela de aventuras, investigación histórica, celebración del poder, crítica de las costumbres políticas, denuncia de injusticias sociales: todos estos elementos forman parte de la novela, pero no agotan su sentido.


Gabriel García Márquez ha declarado una y otra vez que El otoño del patriarca (1975) es la novela en la que más trabajo y esfuerzo invirtió. García Márquez ha construido una maquinaria narrativa perfecta que desgrana una historia universal —la agonía y muerte de un dictador— en forma cíclica, experimental y real al mismo tiempo, en seis bloques narrativos sin diálogos, sin puntos y aparte, repitiendo una anécdota siempre igual y siempre distinta, acumulando hechos y descripciones deslumbrantes. El otoño del patriarca deja asomar en su trasfondo el acontecimiento más importante de la historia española de aquellos años —la muerte del general Franco—, aunque su contexto y estilo sean, como siempre en este escritor, el de la asombrosa realidad latinoamericana que García Márquez ha elevado una vez más a la dignidad del mito.

En La fiesta del chivo (2000) se narran los principales acontecimientos que marcaron la vida de los personajes que experimentaron los 31 años de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana. A través de las evocaciones de Urania Cabral durante los días en que increpa a su padre Agustín por haberla entregado a los apetitos sexuales del dictador cuando era solo una adolescente, el lector reconstruye una imagen de las atrocidades que el régimen cometía contra sus opositores y las humillaciones a las que sometía a sus más fieles colaboradores como prueba de lealtad. La técnica de la narración alternada a la que nos tiene acostumbrados Vargas Llosa crea en esta novela el suspenso necesario para enganchar al lector y comprometerlo con las diversas tramas que confluyen en el odio hacia el dictador dominicano. Esta novela fue presentada en Lima por Mario Vargas Llosa, Fernando Rospigliosi y Alfredo Bryce Echenique en los momentos más cuestionados del fujimorato justo cuando se perpetraba la tercera re-reelección del ahora extraditado Fujimori.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

que bonitas son las letras! todas juntas en bloque dan la sensacion de progreso, o bienestar com lasplumas de una almohada confortable y limpia, por eso me gusta la literatur, la buena literatura es como masticar tabaco de calidad

Anónimo dijo...

Es necesario que la realidad se presente, así sea a través de los ojos de un realismo mágico que dice de frente las cosas en la intrincada estructura de una narrativa bien construida, que tan solo se aleja de la verdad cuando alcanza el alo mágico de la revelación, fruto que solo corresponde a los dioses, y que se escapa de los humanos por el pecado de la hybris.

Anónimo dijo...

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