martes, julio 22, 2008

EL VINO Y AREQUIPA: Siglos XVI


Víctor Condori
Historiador

El vino es tan abundante que después de dar copiosísimo abasto a todo el Obispado (de Arequipa) provee con abundancia al Arzobispado de la Plata, al Obispado del Cuzco, al de la Paz, algunas provincias de Huamanga y han llevado a Lima embarcaciones de este género.

Ventura Travada y Córdova. El suelo de Arequipa convertido en cielo (1752).



La importancia económica de la ciudad y región se iniciaron con la fundación española de la “muy noble y muy leal” ciudad de Arequipa, ocurrida un 15 de agosto, día de la Asunción de la virgen María, de 1540. A partir de ese momento, la futura Ciudad Blanca, comenzó a existir para la historia del Perú.

En los primeros años posteriores a su fundación, la ciudad de Arequipa tuvo una existencia marginal como muchas otras ciudades, frente a los principales centros urbanos: Lima, sede del gobierno virreinal y Cuzco, la antigua capital del Imperio de los Incas. Así, ante la ausencia de grandes minas, abundantes tesoros y numerosas poblaciones indígenas que repartir y aprovechar, la principal fuente de riqueza radicó en la tierra y en los beneficios que de ella se podían extraer.

La explotación del suelo no fue una tarea difícil, pese a la aparente aridez de la región. Con algo de riego y un poco de paciencia los cultivos habrían de surgir prodigiosamente para proporcionar al labriego el producto de su esfuerzo.

Como era de esperarse, la nueva población española de gustos mediterráneos, prescindió de los cultivos autóctonos, es decir el maíz y la papa, a fin de favorecer a aquellos provenientes de la península como el trigo y la vid. De igual modo sucedió con la chicha, ancestral bebida americana, quedando limitada a los sectores indígenas y populares, mientras el vino se hacía imprescindible en las mesas de los vecinos y familias principales de la ciudad.

SIGLO XVI

a. Los inicios de la viticultura

En los primeros años de la ciudad, el abastecimiento de tan apreciado néctar se realizaba desde la península, importándose de la región española de Andalucía. Sin embargo, la irregularidad de los envíos y el alto costo de los mismos, impulsó a ciertos vecinos a experimentar con algunas parras en sus tierras solariegas y así, producir vino de manera domestica que, aunque en pequeñas cantidades, les permitió compensar su frecuente escasez en el mercado local.

Por los años de 1550, ya se podían hallar algunos viñedos plantados en los valles de Socabaya y Tiabaya, cuya producción progresivamente fue desplazando al irregular y costoso vino andaluz. No obstante ello, la producción vinatera debió haber sido todavía muy modesta, no solo por el carácter de su producción, sino, por lo reducido del mercado arequipeño. Así se infiere también de la crónica del observador y prolijo Pedro Cieza de León (1553), quien al referirse a Arequipa no hace ninguna mención al cultivo de la vid, sino más bien al trigo de quien dice “Dase en ella muy excellente trigo, del cual hacen pan bueno y sabroso”.

El descubrimiento del rico yacimiento de Potosí, en 1545 y la consecuente formación de un vasto circuito comercial en torno a este centro minero ubicado en el corazón de la actual Bolivia, generó grandes posibilidades de negocios para los encomenderos y vecinos arequipeños, sobre todo en la exportación de vinos. En este sentido, hacía 1557 el cabildo de Arequipa comisionó a Hernando Álvarez Carmona para investigar la Factibilidad de otorgar tierras en el cercano valle de Vítor, ubicado a un centenar de kilómetros de la ciudad; y en julio de ese año, se midieron numerosos terrenos los mismos que fueron rápidamente repartidos entre los principales vecinos de la ciudad. Aunque se trató de pequeñas propiedades, la tierra era muy buena y el clima, mejor.

A mediados de 1570, una gran parte de los terrenos en el valle de Vítor se hallaban sembrados con viñas y en creciente producción. Muy a pesar de los Edictos Reales que intentaban prohibir la fabricación de vinos en las colonias, para de este modo proteger a los vinateros peninsulares. Pero, como los comerciantes españoles nunca pudieron satisfacer completamente la demanda colonial, ni en cantidad ni en precio, la industria vinatera local siguió creciendo hasta convertirse en la base de la economía regional.

Para el año de 1580, el cultivo de la vid y por ende la elaboración de vinos se habían rápidamente extendido desde Vítor hacia los vecinos valles de Siguas, Majes y Tambo. Consecuentemente, la producción regional que hasta esos años no había pasado de unas cuantas botijas de vino al año, se elevó considerablemente hasta alcanzar las 100,000 botijas. Tan enormes volúmenes se obtuvieron muy a pesar del terremoto del 22 de enero de 1582 (X grados de intensidad), el primero en la historia de la ciudad y que según el padre Víctor M. Barriga “todos los vinos de los valles se perdieron con las vasijas y bodegas”.



Un verdadero boom de la economía regional se experimentó en la última década del siglo XVI, cuando la producción vinatera largamente sobrepasó las 200,000 botijas, alcanzando un valor aproximado de un millón y medio de pesos corrientes por año. Asimismo, las valiosas exportaciones arequipeñas no solo tuvieron como destino los conocidos mercados serranos de Cuzco y Potosí, sino también, estas incursionaron en los mercados de Lima y aún a mayor distancia como los de Trujillo. A decir de un gran conocedor de la economía arequipeña colonial, Keith A. Davies, “a finales del siglo XVI, los arequipeños disfrutaron de uno de sus más prósperos periodos”.

b. La primera crisis

Sin embargo, como tantas otras veces en la historia del Perú, tal prosperidad también fue falaz y solo duró algunos años. La naturaleza sísmica y volcánica de la región se encargaría de frenar tan notable crecimiento. El 19 de febrero del año 1600, una gran catástrofe asoló la región. Se trató de un nuevo terremoto, cuya intensidad alcanzó el grado IX y fue originado por la violenta erupción del volcán Huaynaputina o Quinistaquillas, ubicado a unos 80 kilómetros al este de la ciudad de Arequipa. Tremendo cataclismo no solo destruyó los edificios más importantes de la ciudad, sino también, paralizó la pujante economía local. Cosechas enteras se perdieron, desde frutas y olivos hasta los apreciados viñedos Vítor Siguas y Majes estuvieron entre los valles más afectados. Una densa nube de ceniza volcánica cubrió durante algunos meses el “eterno cielo azul” arequipeño; y una verdadera lluvia de arena y ceniza continuó cayendo por más de año y medio. Consecuentemente, la destacada producción de vinos, que en años anteriores había sobrepasado las 200,000 botijas, dramáticamente se contrajo hasta alcanzar las insignificantes 10,000 botijas, siendo la mayoría de ellas “de pobre calidad”.

Sobre cuernos, palos. Cuando la maltratada economía local intentaba renacer como un ave fénix de las cenizas del Huaynaputina, un nuevo terremoto, aún más violento que el anterior, volvió a castigar la región y a sus afligidos habitantes. Ocurrió el 24 de noviembre de 1604 y fue de grado XI. Como era de esperarse, dejó otra vez en escombros a la ya castigada Ciudad Blanca; asimismo, causó severos daños en los viñedos de los principales valles, aunque en menor proporción que cuatro años antes, por la evidente ausencia de ceniza y arena volcánica.

Observados desde el punto de vista comercial, tamaños desastres de la naturaleza fueron doblemente perjudiciales, por que a raíz de la depresión productiva y la interrupción del abastecimiento de vinos en los mercados de Lima y Trujillo, tales mercados comenzaron a ser progresivamente proveídos con vinos y aguardientes procedentes de los valles de Ica y Pisco, mucho más cercanos a la capital. De este modo, al cabo de unos pocos años, mientras la viticultura local se intentaba recuperar, Ica y Pisco terminaron por desplazar la competencia arequipeña del norte y centro del Perú. (I Parte)

7 comentarios:

peruvid dijo...

interesante articulo, me gustaria contactarme con el autor, favor de escribir a peruvid@yahoo.com
atte,
Marco Zúñiga

Letras del Sur dijo...

Estimado Marco, el correo de Victor es josevictorcc2000@yahoo.es

saludos

Arturo Caballero

Anónimo dijo...

Yo tengo un par de manuscritos originales de la epoca uno consta de 4 paginas y el otro dos, uno de ellos dice asi: "Isidro Lopez y Pedro Gonzales, boticario, residente en la ciudad de Arequipa se conciertan para que lopez le venda a dicho gonzales 150 botijas de vino en caldo de la cosecha del viñedo del valle de pitau de la heredad de Juan de la Torre (uno de los "Trece de la Fama", conquistador de Peru y el primer alcalde de Arequipa, entre muchas mas cosas) al precio cada botija de 2 pesos y medio de plata corriente, los cuales se compromete a entregarle, dichas botijas, buenas, con el peso exacto para el mes de octubre... 7 de Abril de 1570".El otro documento dice asi: "...Pedro de Villanueva y Gonzalo Seguin , residentes de Arequipa , forma un compañía por un ciclo de un año para comprar mercancías de España y vender los articulos en esta ciudad... Villanueva pondra 1400 pesos de plata ensallada y 50 botijas de vino negro de la viña en el Valle de Majes de la que es dueño Diego de la Barreda mientras Seguin subira 1000 pesos de plata ensallada y otro costo que saldra de la venta de animales y un esclavo.... 16 Agosto 1581" un saludo.

anaisa dijo...

es articulo esta incompleto, las cosas se hacen o mejor no se hacen,,, que mediocre el que publico este fragmento

Jorge Suclla Medina dijo...

Es un buen artículo, la mediocridad es del insultante, me pregunto si el aguardiente de uva comenzó a comercializarse de forma importante en Arequipa o en Ica

Jorge Suclla Medina dijo...

Es un buen artículo, la mediocridad es del insultante, me pregunto si el aguardiente de uva comenzó a comercializarse de forma importante en Arequipa o en Ica

Jorge Suclla Medina dijo...

Es un buen artículo, la mediocridad es del insultante, me pregunto si el aguardiente de uva comenzó a comercializarse de forma importante en Arequipa o en Ica