lunes, julio 07, 2008

REPENSANDO LA REBELIÓN DE LOS PASQUINES


Víctor Condori
Licenciado en Historia



Durante el lejano periodo colonial, Arequipa la Ciudad Blanca, supo cosechar orgullosa títulos y reconocimientos reales muy importantes; fue la “Muy noble y muy leal” y también la “Fidelísima”. Sin embargo, al llegar los nuevos tiempos republicanos sufrió una transformación, casi una mutación, cambiando los escudos y blasones por las armas y revoluciones. Arequipa se convirtió en una ciudad rebelde, en el “León del sur”, la “ciudad caudillo”, en la ciudad “más representativa de la República”, como la llamó el maestro Jorge Basadre.

El objetivo del presente ensayo es revisar, a través de diferentes estudios, los factores que llevaron a una ciudad colonial con fama de “fidelista” a levantarse contra un conjunto de reformas introducidas por la corona española a fines del siglo XVIII y a su vez, repensar sobre la imagen tradicional que se tiene de esta revuelta urbana, vista tan solo como el rechazo de una élite egoísta, encubierta por una plebe manipulada y ajena a cualquier tipo de interés. Cuestionando, finalmente, el carácter prerrevolucionario y precursor de la misma.

AREQUIPA REVOLUCIONARIA

Son todavía legendarias las revoluciones arequipeñas, pese al silencio oficial , y aunque la mayor parte de estas tuvieron como escenario el periodo republicano, la primera de ellas, la que inició esta saga, se produjo en las postrimerías del periodo colonial, diez meses antes del mayor levantamiento indígena del siglo XVIII: la rebelión de Túpac Amaru.

Sucedió en enero de 1780, en ella participaron todos los sectores de la sociedad arequipeña y fue denominada por el desaparecido historiador Guillermo Galdos Rodríguez como “La Rebelión de los Pasquines”, pues se llama pasquines a los escritos anónimos que se colocan en lugares públicos y que contienen expresiones satíricas o de amenaza contra el gobierno o autoridades locales. Precisamente, fue de este modo como se inició la citada rebelión, cuando en la madrugada del sábado 1º de enero de 1780, apareció un pasquín pegado en la puerta de la iglesia catedral, que decía:

“Quito y Cochabamba se alzó
y Arequipa ¿porqué no?
la necesidad nos obliga
a quitarle al aduanero la vida
y a cuantos le den abrigo
¡Cuidado!

ANTECEDENTES DE LA REBELION

a. Las Reformas Borbónicas

A principios del siglo XVIII, ascendió al trono español una nueva dinastía o casa real: los Borbones. Junto con ellos, se introdujo en las colonias americanas un conjunto de cambios y transformaciones en todos los órdenes, que alteraron irreversiblemente la vida de una gran parte de sus habitantes. A tales innovaciones se les conoce con el nombre de Reformas Borbónicas.

En términos generales, dichas reformas buscaban modernizar el imperio español, colocarlo al mismo nivel que otras potencias europeas como Inglaterra o Francia y al mismo tiempo, hacer de Hispanoamérica una región económicamente mucho más productiva y eficiente. Particularmente, las reformas representaron un proyecto integral , pues además de la administración y economía, abarcaron aspectos tan vitales como la educación y la cultura, la higiene y la salud, la ciencia y la tecnología, los espacios públicos y la diversión, el ejército y las milicias, etc. Toda una transformación del mundo colonial americano. Sin embargo para ser llevados a cabo en su totalidad, el gobierno borbónico debía de contar con recursos económicos suficientes. Con este fin dio enorme impulso a un conjunto de medidas económicas, que posibilitasen obtener mayores ingresos y de ese modo hacer posible tales reformas.

No obstante, la mayor parte de las innovaciones borbónicas fueron introducidas de manera progresiva y con cierto respaldo de los colonos americanos, el aumento en los impuestos junto con un control más riguroso de la recaudación generaría no solo el rechazo de la población sino también, una oleada de protestas y motines urbanos en distintos puntos de América del Sur; como en Quito en 1765 y Cochabamba en 1777, y así ocurriría también en Arequipa, en enero de 1780.

b. Las Reformas Económicas en Arequipa

Las reformas fiscales borbónicas se intensificaron en las colonias americanas durante el reinado de Carlos III (1759-1788); quien determinado a ponerlas en práctica, envió al virreinato peruano en 1777 a José Antonio de Areche, con el cargo de Visitador General. Dentro de las principales medidas a implementarse estuvieron:

- El aumento del impuesto del Alcabala de 4 a 6%.
- La aplicación del nuevo impuesto de 12.5% sobre la producción de aguardiente.
- El restablecimiento del Quinto Real (20%) sobre la producción, acuñación y trabajo de los metales preciosos, y
- Una nueva reclasificación de los tributarios y su inclusión dentro de este grupo a indios forasteros, mestizos y castas.

Aunque necesarias para la corona, todas estas disposiciones habrían de comprometer sensiblemente los intereses de los diversos sectores socioeconómicos de la ciudad y sus alrededores:

El Alcabala, siendo un impuesto a la comercialización de mercancías afectaba no solo a los comerciantes locales, sino también, a los pequeños agricultores (chacareros), quienes regularmente conducían sus productos para la venta en los mercados de la ciudad. Junto con ellos, también lo sufriría el público en general, al tener que comprar dichos productos a precios más elevados.

El Nuevo Impuesto sobre el aguardiente , perjudicaba directamente a los productores y comerciantes de la región; lo cual era decir bastante, debido a que la producción de vinos y aguardientes constituía la base de la economía colonial arequipeña, además de ser la principal fuente de riqueza de las principales familias locales como los Goyeneche, Bustamante, Barreda, Gamio, Rivero, La Fuente, Bustamante, Moscoso, Tristán, Benavides, Berenguel, etc. Asimismo, dentro de la ciudad el aguardiente tuvo gran demanda en las tabernas, tiendas y chicherías. Estas últimas, consideradas por los arequipeños de la época como locales tan públicos como una plaza y precisamente a ellas concurrían desde funcionarios reales hasta humildes artesanos.

El reestablecimiento del Quinto Real , atentaba grandemente contra los intereses de mineros, comerciantes de plata y oro, al gremio de plateros de la ciudad e incluso al mismísimo clero. Esta última institución compraba objetos de oro y plata para la ornamentación y embellecimiento de sus numerosas iglesias y capillas. Asimismo, aunque poco conocido, pero no por ello menos importante fue el caso de las familias medianamente acomodadas, para quienes tales objetos metálicos representaban una forma de salvaguardar sus exiguos patrimonios, en una época sin bancos, mutuales o cajas de ahorro.

Una nueva reclasificación de tributarios, amenazaba con incluir dentro de esta “abyecta” condición a los indios forasteros y particularmente a mestizos, que representaban cerca del 20% de la población urbana de Arequipa (censo de 1796). Los mestizos eran hombres libres y tradicionalmente estuvieron exentos de toda contribución; ser incluidos para el pago de este impuesto significaría un descenso en su condición social, al mismo nivel de los indios. En este sentido, existía un temor oculto en muchos reconocidos vecinos de la ciudad, registrados frecuentemente como “españoles”, no obstante ser en realidad mestizos o como decían algunas autoridades de la época “tenían dicha marca”.

Si la introducción de las Reformas Fiscales Borbónicas amenazaba la estabilidad del conjunto de sectores socio-económicos de la ciudad. Desde los grandes hacendados y comerciantes, hasta los taberneros, panaderos, chacareros, plateros y población en general; entonces, todos “tenían algo que perder” con su introducción y sobradas razones para oponerse a ellas.

c. El establecimiento de la Aduana

A fin de realizar un cobro más estricto de los nuevos impuestos y tener un mayor control de las actividades económicas de la región, el Visitador General José Antonio de Areche anunció a su llegada, la creación de una aduana para Arequipa; la misma que debía empezar a funcionar a principios de 1780.

Una aduana era esencial para el éxito económico de la política fiscal en el Sur Andino y en Arequipa particularmente. Debido a que, desde el establecimiento del comercio libre (1778), la Ciudad Blanca recibía un mayor volumen de mercancías importadas y no solo desde la capital del virreinato como era lo habitual, sino de Buenos Aires e incluso, directamente de Europa. En razón de ello, con una aduana en la ciudad la corona ya no tendría que depender de funcionarios reales afincados en la capital del virreinato, para la recolección de impuestos sobre las mercancías importadas.

A fines de 1779, Areche nombró a Juan Bautista Pando, como administrador de la Real Aduana que se establecería en Arequipa y a Pedro de la Torre, como oficial mayor. Ambos eran limeños y sus respectivos nombramientos obedecían a la necesidad que tenía la corona de garantizar que los nuevos funcionarios no hayan tenido oportunidad de arraigarse en la región y consecuentemente, no se hubiesen creado compromisos y vínculos con la población local, que a la larga comprometerían su imparcialidad, sobre todo en el momento de aplicar las nuevas demandas económicas.
Lamentablemente para los arequipeños, la elección no pudo haber sido menos acertada. Ambos funcionarios, muy al margen de sus cualidades profesionales, carecían de la prudencia y la sensibilidad necesaria para percibir los cambios profundos que se generarían con la introducción de la aduana; y en una ciudad ya conmocionada por la aplicación de las nuevas medidas, la arrogancia y severidad de tales funcionarios produjo tantas “chispas” que una explosión social se hizo inevitable.

Antes de su ingreso a la ciudad, ya habían despertado los temores y rumores de toda la población local. En diciembre de 1779, apenas llegados a Camaná, hicieron un empadronamiento minucioso de los terrenos de cultivo e impusieron alcabalas hasta “a los alfalfares sembrados en las viñas y huertas”. Repitiendo igual comportamiento en los valles de Majes, Siguas y Vitor. Ya en la ciudad, algunos testigos informaron que Pando había públicamente presumido que en el primer año de su administración él aumentaría los ingresos reales de 80,000 a 150,000 pesos; y en el cercado valle de Tiabaya, había vuelto a alardear que dejaría a sus vecinos “en ropas interiores”.
No obstante los rumores y temores que se percibían en los diferentes ambientes de la localidad, la Real Aduana abrió sus puertas en Arequipa el 3 de enero de 1780; siendo recibido como era de esperarse, por una avalancha de pasquines de todos los tintes y matices, como los siguientes:

Aduaneros tenemos
con nuevas pensiones
que los sufran aquellos
que no tienen calzones


Quintos, repartos y aduanas
solo queremos quitar
más las reales alcabalas
no repugnamos pagar

A pesar de la amenaza implícita de estos escritos que diariamente aparecían en diversos sectores de la ciudad, los funcionarios aduaneros, ciegos y sordos, se conducían de manera tan abusiva y prepotente, que terminaron por confirmar los hasta entonces exagerados temores de la población arequipeña:
-Obligaban que todas las mercancías traídas a la ciudad, sean previamente depositadas en la aduana para su registro; no permitiendo que sus dueños puedan retirarlas sin el pago inmediato del impuesto del alcabala, pese a que la legislación colonial otorgaba el plazo de un año para cancelarlas. Generando de este modo, protestas tanto de ricos como de pobres por igual, debido a que los alimentos se echaban a perder por los días retenidos y consecuentemente, se tornaban inservibles para su venta.
-Cobraban alcabalas incluso a los productos traídos por los indios, como chalonas, chuño, quesos, manteca, bayetas de la tierra y otras especies; estando dichos productos exonerados del pago de todo impuesto.
-Negaban a los indios el ingreso de alimentos y bienes hacia la ciudad en domingos y días de fiesta, cuando la aduana se hallaba cerrada y los funcionarios no se encontraban disponibles para inspeccionar las mercancías y recolectar los respectivos impuestos. No importándoles en absoluto, que los indios dependieran de los días de fiesta para conseguir la mayor parte de sus exiguos ingresos.
- Como si todo aquello no fuese suficiente, Pando obligaba a los habitantes de la ciudad rendirle especial deferencia, como un genuino representante del rey. En este sentido, hasta los ciudadanos más importantes debían quitarse sus sombreros en su presencia y no podían ocupar los asientos de ningún local, hasta que él no diese permiso. Tamaña arrogancia ofendía sensiblemente al patriciado local, tradicionalmente orgullosos de su abolengo, quienes al parecer no estaban demasiados dispuestos a aceptar tales engreimientos.

A pesar que los más pesimistas temores de la población sobre los nuevos impuestos, se vieron dolorosamente confirmados con el establecimiento de la real Aduana, la gota que derramó el vaso o como se diría entonces “el puño de trigo que derribó al burro” fueron las actitudes desmedidas, arrogantes y caprichosas de los funcionarios aduaneros. Por que ellas no solo amenazaban las actividades de hacendados, comerciantes y campesinos, sino también, el normal abastecimiento de alimentos dentro de la ciudad.

NUEVAS LUCES SOBRE EL MOVIMIENTO

Además del comprensible rechazo a las innovaciones económicas, como también a las actitudes imprudentes y desatinadas de los funcionarios aduaneros, la población arequipeña tuvo otras razones, aunque menos evidentes, para oponerse a las reformas fiscales borbónicas. La principal de ellas, fue el temor al descubrimiento y por ende eliminación, de todo un antiquísimo sistema de corrupción institucionalizado y muy extendido en la región, desde hacía muchas décadas, sino siglos.

a. La Corrupción

La corrupción en el Perú, es un fenómeno tan antiguo como la presencia hispana en los Andes y se hallaba presente en esta época, a lo largo y ancho del territorio virreinal. Arequipa no podía ser la excepción, pues ella comprometía a los diversos sectores socio-económicos de la ciudad, desde los grandes hacendados hasta los más humildes campesinos indígenas e incluso, a las mismísimas autoridades locales, como el corregidor. Así lo señala un gran conocedor de la realidad arequipeña de esta época, como John Wibel, para quien:

“A pesar del resentimiento criollo hacia los funcionarios y comerciantes
peninsulares, ambos grupos fueron concientes de las ventajas de unir fuerzas para culpar de los disturbios a Pando. Lo más importante, fue
que ellos entendieron la necesidad de la unidad para impedir la exposición de la característica corrupción oficial del círculo inmediato
del corregidor o la típica evasión de impuestos de las élites terratenientes
y mercantiles de la región. Un agresivo reformador como Pando amenazaba las actividades ilegales de muchos arequipeños, activó además la oposición encubierta que fue considerada vital...”

Precisamente, el establecimiento de una Real Aduana y el nombramiento de inflexibles funcionarios foráneos, puso en grave peligro tales mecanismos de evasión. Sin embargo, para la corona ello representaba una corrección en la forma como tradicionalmente se venía llevando la recaudación de impuestos, desde que ahora, ella podría ejercer un control más estricto en el ingreso y salida de mercancías de la ciudad.

b. Las Haciendas Arequipeñas

Scarlett O’Phelan afirma que, Arequipa fue una provincia que estuvo en la “mira de visitadores y agrimensores reales”. La razón, esta región fue el principal centro de producción y comercialización de vinos y aguardientes en todo el Sur Andino.

“Además sus haciendas en los valles de Camaná y Vitor eran numerosas y algunas de gran extensión, lo que ameritaba registrarlas rigurosamente.”

Al parecer, las autoridades descubrieron que en esta región se presentaban frecuentes irregularidades en los “catastros de tierras”, a causa de la extendida costumbre de declarar una menor cantidad de tierras de las que poseían o en el peor de los casos, no existir equidad “entre lo que pagaban y lo que producían”.
Ello explicaría, por que los funcionarios de aduanas apenas llegados a Camaná en diciembre de 1779, hicieron un empadronamiento minucioso de los terrenos agrícolas , tomando incluso declaraciones juradas a sus dueños; y por otra, la alarma de la colectividad arequipeña, al enterarse que dichas mediciones se realizarían también en los valles de Majes, Siguas y Vitor.

c. La Aduana y la Alcabala

Fue moneda corriente en esta época, que muchos hacendados de la región acostumbraran enviar una gran parte de sus productos a los mercados de la ciudad de Arequipa, por medio de indios cargueros, a sabiendas que ellos estaban exonerados legalmente del pago de impuestos. Siguiendo este mismo ejemplo, dicha exoneración había llevado a algunos campesinos indígenas, a orientar astutamente su producción agrícola hacia el cultivo de productos relevados del pago del alcabala, como maíz, coca, ají, papa, granos, etc.

Precisamente sobre el impuesto del alcabala, este empezó a ser cobrado en su nuevo monto de 6% desde fines de 1778 y los encargados de su recolección fueron los tradicionales oficiales reales de hacienda. Desafortunadamente para los intereses reales, tales cobros se habían venido efectuando con retrazo, esporádicamente y con mucha displicencia. Las autoridades reformistas intuían que, con el establecimiento de una aduana se corregirían todas estas amañadas costumbres. Razón por la cual, al iniciar sus actividades, los funcionarios aduaneros obligaron a todos los comerciantes, grandes y pequeños, a depositar previamente sus mercancías a fin de ser minuciosamente registradas en libros especiales y exigieron el pago de la alcabala en todos los bienes que ingresaban a la ciudad, hasta en los productos considerados como regalo o aquellos de origen indígena.

d. La extensión del Tributo

Si el nuevo monto del alcabala comprometía los intereses de hacendados, comerciantes y campesinos; la extensión de la responsabilidad del tributo amenazó con descender de categoría a mestizos, cholos, zambos y forasteros. Pudiendo en el peor de los casos, afirma Cahill, llegar a alcanzar dentro del patriciado urbano y rural, a algunos cuyos miembros más notorios “carecían de limpieza de sangre”. Pues según este mismo autor:

“Los plebeyos de la ciudad y el campo e incluso muchos mestizos, fueron considerados patricios porque su situación económica ellos habían elevado.”

Sarah Chambers sugiere que, si la ampliación del tributo causó tanta alarma en la Ciudad Blanca fue porque muchos “españoles” no estaban muy seguros de su condición y al parecer, el administrador Pando estuvo muy conciente de ello, al afirmar que la mayor parte de la plebe no solo era mestiza sino que “muchos vecinos notables de Arequipa también tenían mancha”.

Al extender el tributo a mestizos y otras castas, las autoridades borbónicas buscaron no solo incrementar los ingresos, sino también, perseguir a muchos indígenas que habían evadido sus obligaciones fiscales adoptando la condición de mestizos o forasteros. Sin embargo y aunque sin proponérselo, pusieron en riesgo la situación social de muchos mestizos arequipeños, quienes durante el siglo XVIII habían accedido a la categoría de “españoles”.

e. El Corregidor y los Repartos

Como ya señalamos anteriormente, la corrupción fue un elemento muy vital y extendido en el periodo colonial. Alcanzando a funcionarios de todo nivel y dentro de ellos, a las autoridades locales como fue el caso del corregidor de Arequipa Baltasar de Sematnat.

Durante las investigaciones llevadas a cabo con posterioridad a los disturbios, algunos testigos informaron que en una ocasión “un pasquín no publicado cayó desde el bolsillo del corregidor de la ciudad”. ¿Se trataba solo de una declaración mal intencionada, proferida por algún enemigo personal? ¿Tendría el corregidor razones para buscar la clausura de la aduana y la salida de las autoridades aduaneras?
Antes de responder a estas interrogantes tendríamos que recordar algunos hechos importantes. El principal de ellos estuvo relacionado con los públicos abusos que como máxima autoridad local cometía Sematnat, a través del infame sistema de Repartimientos, a los indios y mestizos pobres de la provincia. Según algunos testimonios, en menos de dos años como corregidor “tenía hechos tres repartimientos e iba hacer otro para el mes de agosto”. En cada uno de ellos comercializó entre 900 y 1000 mulas, las mismas que le costaban 13 pesos la unidad y las vendía en 32 pesos, obteniendo una ganancia neta de 19 pesos por cada animal.
No obstante que los repartos habían sido legalizados en 1751 a raíz de las reformas fiscales, el visitador Areche había ordenado que antes de llevar las mercancías hacia sus provincias:
“Los corregidores debían obtener licencia de aduana y que, donde fuese posible, se establecieran receptarían locales para inspeccionar estas licencias.”

La introducción de nuevas medidas significaron un freno a las hasta ahora ubérrimas y abusivas actividades comerciales del corregidor y de sus numerosos abastecedores. Entonces se comprende la oposición que podría tener Sematnat al funcionamiento de la aduana y su posible participación en la publicación de algunos pasquines contra dicha institución. Todas estas especulaciones podrían ser confirmadas por el comportamiento del corregidor durante el desarrollo de los disturbios. Así, fue el corregidor quien luego del saqueo del día 14 de enero a la aduana, con gran celeridad y sin consultar a las autoridades limeñas, no solo abolió las innovaciones fiscales, sino que además, clausuró la aduana; y días después “invitó” a los funcionarios a abandonar definitivamente la ciudad.

LOS SUCESOS DEL 13-16 DE ENERO

Los primeros pasquines aparecieron el 1º de enero de 1780, y en los días posteriores se fueron incrementando en número y agresividad; comprometiendo ya no solo a funcionarios de aduana, sino a alas autoridades locales como el corregidor Baltasar de Sematnat e incluso, al mismísimo monarca español; como se lee a continuación:

SEMATNAT

Vuestra cabeza guardad Hasta cuando ciudadanos
y también tus compañeros, de Arequipa habéis de ser
los señores aduaneros el blanco de tantos pechos
que sin tener caridad que os imponen por el rey?
han venido a esta ciudad
de lejanas tierras extrañas Que el rey de Inglaterra
a sacarnos las entrañas es amante de sus vasallos
sin moverlos a piedad al contrario el de España
a todos vernos clamar. hablo del señor don Carlos.

En previsión de los disturbios que se veían venir, el 11 de enero el corregidor de la ciudad, solicitó al administrador Pando suspender momentáneamente los nuevos impuestos. Pero este, secamente rechazó la clamorosa solicitud de la autoridad. La suerte estaba echada.
A las 10 de la noche del día 13 de enero, una gran muchedumbre calculada en 500 personas, se congregó frente al edificio de la Aduana con el objetivo de amedrentar a los funcionarios de la misma. Lanzaron piedras y barro contra sus puertas, y después de gritarles “ladrones públicos” y “enemigos de la humanidad”, se retiraron en buen orden.

Temeroso por lo sucedido, al amanecer del día 14, el corregidor convocó a una junta de notables a fin de analizar la situación. Posteriormente, se envío una delegación de vecinos ante el administrador de la aduana, para solicitarle nuevamente el levantamiento de todas las innovaciones fiscales. Lamentablemente, Pando no solo se mantuvo inconmovible, sino que aquella misma tarde se supo que continuaba cobrando los impuestos “aún con más temeridad”. Como podría imaginarse, esa noche la aduana fue saqueada por una multitud estimada en 600 individuos, la mayoría a caballo y todos en tan buen orden, que evidenciaban una “cabeza que los gobernaba”. Mientras Pando y sus empleados huían desesperados por las casas vecinas, los manifestantes quemaban los libros de registro y saqueaban la caja fuerte, llevándose cerca de 2,500 pesos. Curiosamente, las mercancías depositadas por los hacendados y comerciantes para el pago del alcabala, no fueron tocadas. Antes de la una de la madrugada, todos se habían retirado en silencio y nuevamente buen orden.
En la mañana del 15 de enero, el corregidor Sematnat apresuradamente publicó varios decretos de emergencia, suspendiendo todos los nuevos impuestos, clausurando temporalmente la aduana y ofreciendo inmediatamente un perdón general a todos aquellos quienes habían participado en el saqueo de la víspera. Seguidamente, permitió a los hacendados y comerciantes locales retirar sus mercancías del depósito de la aduana “sin compensar el pago de impuestos”.

Sin embargo, si las autoridades creyeron que con estos decretos la calma finalmente retornaría a la convulsionada ciudad, se equivocaron. Esa misma noche, una turba más numerosa que las anteriores, compuesta de hombres y mujeres con solo algunos jinetes, se dirigió a la casa del corregidor Sematnat. Luego de ingresar violentamente en ella, la saquearon con tanta fogosidad “que no dejaron un clavo en la pared”. Después de incendiarla, se encaminaron a la tienda del comerciante catalán José Campderros; una vez dentro, se llevaron todas las mercancías “hasta dejarla en andamios”. No contentos con todo ello, los revoltosos marcharon sobre la cárcel pública de la ciudad, donde luego de destrozar sus puertas, liberaron a todos los presos. Cerca de las cuatro de la madrugada, los manifestantes ya no tuvieron tiempo de dirigirse a las cajas reales de la ciudad, donde se hallaban depositados cerca de 200,000 pesos. Entonces, para llevar a cabo dicho robo y también para saquear las viviendas de otros vecinos españoles de la ciudad, donde se decía existía “considerable caudal”; decidieron volver a reunirse esa misma noche.
¿Qué había sucedido? ¿Cómo había degenerado esta inicial protesta antifiscal en una especie de “lucha de clases”? Al parecer, los sucesos de los días 13 y 14 habían sido alentados por los propios hacendados y comerciantes de la ciudad; contando con el interesado apoyo de criollos y mestizos principalmente. Sin embargo, en los disturbios del día 15, la mayoría de los manifestantes estuvieron constituidos por pobres de la ciudad e indígenas de los poblados aledaños, especialmente de la pampa de Miraflores. Dichos grupos, llámese marginales, al parecer quisieron también sacarle provecho al ambiente de protestas y reivindicaciones que se había configurado en la ciudad. Mientras que para los hacendados y comerciantes estas protestas significaban la eliminación de los nuevos impuestos y la salida de los funcionarios de aduana; para los pobres fue una forma de conseguir botín, mientras que para los indios, de protestar y acabar con los odiados repartos del corregidor. Por ello, no sorprende que los objetivos de las protestas del día 15, hayan sido en primer lugar, la casa del corregidor y luego, la del comerciante español Campderros, de quien se rumoreaba era el proveedor de los artículos para el reparto.
Sean estas las razones u otras desconocidas, lo cierto fue que la ciudad se hallaba ante la amenaza de un inminente saqueo esa mismas noche, por hordas conformadas por indígenas y pobres de los alrededores. El corregidor Sematnat, sobreponiéndose a su miedo inicial, decidió convocar dentro de la ciudad a todas las compañías de milicias de la provincia (caballería e infantería) y organizar la defensa. Dichas compañías estaban integradas por peninsulares, criollos y mestizos, al mando de los oficiales Mateo Cossío, Raymundo O’Phelan y Pedro Ignacio Aranibar.
La temida invasión se inició cerca de las 10 de la noche del 16 de enero; aunque el ataque principal vino desde la pampa de Miraflores, en realidad se trataba de una masa desordenada de aproximadamente 800 indios, armados de palos, piedras y las tradicionales hondas. La lucha fue ardua, duró varias horas y no obstante el arrojo demostrado, los corajudos invasores fueron finalmente derrotados y expulsados de la ciudad, por las más disciplinadas y mejor armadas milicias locales.

Al día siguiente, dos compañías de caballería y una de infantería, invadieron la pampa de Miraflores. Luego de registrar, saquear y quemar todas las chozas y “rancherías” pertenecientes a los indios, retornaron con muchos prisioneros. Esa tarde en la ciudad, fueron exhibidos los cuerpos de cinco invasores, muertos en la refriega de la noche anterior.

Finalmente y para “escarmiento” de todos los revoltosos y saqueadores, el día 18 de enero, seis reos (5 indios y 1 mestizo) fueron condenados sumariamente por su participación en los disturbios y ahorcados en la plaza de armas de la ciudad.

DESPUES DE LOS DISTURBIOS

Aunque los disturbios finalizaron con la ejecución de los seis individuos, los misteriosos pasquines continuaron apareciendo ocasionalmente durante algunos meses. Mientras tanto el virrey del Perú, Manuel Guirior, informado de los acontecimientos de Arequipa por medio de ciertas cartas alarmantes enviadas por el corregidor Sematnat, decidió enviar una fuerza de 100 soldados, a fin de controlar la situación.
No obstante la oposición de los arequipeños manifestada en nuevos pasquines, las tropas reales finalmente ingresaron a esta ciudad el 8 de abril , cuatro meses después del comienzo de las hostilidades. El 13 de junio, el comandante de esta tropa, Antonio Gonzáles, fue nombrado Juez Pesquisador a fin de realizar las investigaciones sobre el “origen, causas y autores del tumulto” acaecido en la ciudad. Misteriosamente, dichas investigaciones fueron suspendidas en agosto de ese año.

El 6 de noviembre de 1780, el nuevo virrey del Perú Agustín de Jáuregui, nombró a Ambrosio Zerdán y Pontero como Juez Pesquisador para reiniciar las investigaciones. Sin embargo, un mes después de su llegada, estas fueron definitivamente suspendidas por haberse iniciado en el sur del Perú una masiva rebelión indígena, encabezada por el cacique de Tinta José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru II.

CONSIDERACIONES FINALES

Erróneamente se ha querido ver en estos eventos un intento para liberar Arequipa del gobierno español y como un movimiento precursor de la rebelión de Túpac Amaru (Galdos 1967). Nada más lejos de la realidad.

La llamada “Rebelión de los Pasquines” fue un motín urbano, una protesta anticolonial, un conflicto entre “los tradicionales intereses socio-económicos y aquellos patrocinados por las reformas borbónicas” (Brown. 1985); donde hubieron pocas luces de “una búsqueda por una alternativa política para el estado colonial” (Cahill. 1990).
El principal objetivo de las protestas, fue oponerse a la introducción de reformas fiscales, y dado que ellas amenazaban a un vasto sector de la población local, en diferente nivel y magnitud, fue posible una momentánea alianza a fin de hacer frente a este “enemigo común”. Pero como sucede en toda rebelión multiclasista, los intereses de un grupo al no ser los mismos, se irán diferenciando a lo largo del movimiento y terminarán en franca oposición; desviándose de este modo los objetivos iniciales de dicha revuelta.

Los sucesos de Arequipa entonces, deben también ser entendidos como un enfrentamiento entre los intentos de la corona española por suprimir la corrupción y evasión fiscal, y el esfuerzo de sus habitantes por oponerse a ellos.
Con respecto a la rebelión de Túpac Amaru, en diciembre de 1780, el cacique de Tinta envió una carta dirigida a los ciudadanos de Arequipa, con el objetivo de ganar su apoyo, proponiendo clausurar la aduana y todas las “innovaciones de la visita de Areche”; pero los arequipeños no solo ignoraron este pedido, sino que, se alistaron para combatirlo, recaudando cuantiosos donativos y organizando una poderosa fuerza militar.

Entre 1780 y 1782, numerosas unidades de milicias arequipeñas fueron enviadas a luchar en toda la sierra sur; y una de las hazañas más importantes de esta fuerza, fue haber conseguido el levantamiento del “cerco indígena de la Paz” en 1782. Curiosamente, muchos vecinos que habían participado en los disturbios de enero de 1780, aprovecharon de esta confusa situación para demostrar sus “sinceros sentimientos realistas”, entregando generosos donativos, que ayudaron a la derrota definitiva de los rebeldes cusqueños.* Y como si nada hubiese sucedido anteriormente, solicitaron los respectivos reconocimientos reales por aquellos triunfos.

Todos estos esfuerzos se vieron coronados el 5 de diciembre de 1805, cuando el rey Carlos IV, concedió a la “muy noble y muy leal” ciudad de Arequipa, el título de “Fidelísima” en virtud a sus grandes servicios cuando:

“En la rebelión de José Condorcanqui, alias Túpac Amaru, hizo frente a esta y sus aliados con una columna de tropa que levantó a su costa; coadyudó a destruir el asedio que tenía puesto a la ciudad de la Paz, prender al rebelde y asegurar la tranquilidad de aquellas provincias, mereciendo por ello que comúnmente se (le) llamase restauradora del Collao.” (Barriga. 1940).


* Wibel afirma que durante la rebelión de Túpac Amaru renació el entusiasmo de la región por la causa imperial, la misma que estuvo simbolizada en la figura de Domingo Benavides, conocido agitador de los disturbios de enero de 1780, quien como muchos otros vecinos ofreció una donación de 1,000 pesos a la corona. Asimismo unos 4,000 arequipeños lucharon contra Tupac Amaru y muchas figuras conocidas se distinguieron durante estas campañas, incluyendo los oficiales de milicias y comerciantes peninsulares Mateo Cossío, Pablo España y Francisco Martínez. (1975. 50)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

leíel artículo, que bueno, intetesants los veraderos motivos de esa rebelion creo un poco olvidada.

francisco
sieteesquinas.com

Natalia Silva dijo...

Interesante reflexión y muy de acuerdo con que eventos como los de Arequipa no son ni pre-tupacamaristas ni preindependentistas como se repite acriticamente, no solo sobre estos tumultos sino sobre otros aun desde el siglo XVI.
Sobre pasquines estoy haciendo algunas reflexiones en mi blog:
historiacolonialsiglosxvialxviii.blogspot.com
Saludos

Anónimo dijo...

POR FAVOR DIGAME SI FRAY CALIXTO DE SAN JOSÉ TUPAC INKA PERTENECIÓ A LA ORDEN FRANCISCANA Y SI EN ALGUN MOMENTO SE LE OTORGÓ LA REINVINDICACION DE LOS INDIOS AMERICANOS

Miguel dijo...

Es una etapa muy interesante en la vida de Arequiopa que debe ser recordada y npo olvidada jamas comop paerte de nuyestra hgistoria. Por ello, lo tomé cpmpo dato importante para hacer mi novela historica de Arequipa.